“Plata como cancha”, un retrato de César Acuña

Escrito por Revista Ideele N°297. Abril 2021

El periodista  Christopher Acosta investigó durante los últimos años al empresario y político peruano  César Acuña. Sus principales hallazgos los presenta en su libro “Plata como cancha: secretos, impunidad y fortuna de César Acuña”.

“Cuánto es 5 x 8?”, es la última pregunta que un periodista de larga trayectoria le hizo a inicios de marzo al candidato presidencial César Acuña. Él, después de unos segundos, solo atinó a sonreír. Aquella escena grafica la actitud que los medios de comunicación han tenido frente al político desde que se convirtió en uno de los protagonistas de la política peruana.

Sobre la imagen de Acuña, frases suyas como “una persona es feliz cuando logra su felicidad” y “no fue plagio, sino copia”, replicadas en memes innumerables veces, nos han pintado a un personaje extravagante e, inclusive, bufonesco. Su trayectoria, por otro lado, ha sembrado una sospecha sobre él. “Su dinero debe de provenir del narcotráfico”, se habla, se murmura, se intuye.

El periodista Christopher Acosta ha hecho una tarea que estaba pendiente desde hace tiempo: tomárselo en serio. Y es que es innegable que el poder de Acuña es grande. Maneja cientos de millones en empresas vinculadas al rubro de la educación, es el responsable de la formación de decenas de miles estudiantes a nivel nacional, derrotó al aprismo en su bastión principal y ha creado un partido político que en los últimos años ha sido determinante en los desenlaces políticos del país.

En las páginas de este libro el lector recorre anonadado la forma en que César Acuña se apropia de la Universidad Cesar Vallejo dejando de lado a su hermano Virgilio, cuando en un inicio el proyecto fue conjunto. Los múltiples casos de plagio. El clientelismo con la billetera del Estado. Las compras de silencios. Las compras de voluntades. La compra de títulos. Acuña es doctor y magíster, pero sus tesis las plagió. Los cuadros de su partido los ficha. Los votos no llegan solos. 

El protagonista de Plata como cancha es, en realidad, un personaje muy hábil, sin embargo, su falta de capacidades comunicativas ha generado una distorsión de su imagen. Acosta logra presentarnos un documentado retrato del magnate peruano que acompaña con las fuentes al final de cada capítulo.

En las páginas de este libro el lector recorre anonadado la forma en que César Acuña se apropia de la Universidad Cesar Vallejo dejando de lado a su hermano Virgilio, cuando en un inicio el proyecto fue conjunto. Los múltiples casos de plagio. El clientelismo con la billetera del Estado. Las compras de silencios. Las compras de voluntades. La compra de títulos. Acuña es doctor y magíster, pero sus tesis las plagió. Los cuadros de su partido los ficha. Los votos no llegan solos. 

Acosta, además, nos muestra que el éxito de Acuña no se debió solamente a su habilidad como empresario, sino que el contexto fue imprescindible:

“En 1996, la promulgación del Decreto Legislativo Nro. 882 denominado Ley de Promoción del Sector Educación, apalancó las inversiones de las universidades privadas, con una fórmula irresistible para cualquier inversionista. Si tenía una universidad y demostrabas que durante el año anterior habías invertido tanto en infraestructura como el cálculo de los impuestos que te toca tributar, no los pagabas. Así, entre pagar Impuesto a la Renta, y hacerse de nuevos pabellones laboratorios u oficinas, las universidades privadas claro está, optaban por lo segundo” (p.38).

Acuña tiene olfato para los negocios: los comerciales y políticos. Como también se describe en el libro, la Universidad César Vallejo desde su nacimiento diseñó un muy bien pensado plan de captación de estudiantes, a través de becas, charlas de orientación vocacional, concursos y organización de encuentros estudiantiles. De pronto, Acuña se convirtió en el padrino más pedido de las promociones, lo cual, como bien anota el autor, es visto por el empresario no como un gasto, sino como una inversión, pues le posibilita estar muy cerca de los padres de familia ansiosos por brindarles un futuro profesional a sus hijos. Él presentaba, entonces, las oportunidades que les ofrecía su universidad: cuotas bajas, un sinnúmero de becas y un título casi seguro.

Acuña entendió, además, que para que su partido tenga mayor visibilidad debía recurrir a ciertos personajes de la política peruana que en el pasado habían pertenecido a otros partidos y que, cuestionados o no, tenían seguidores y presencia en los medios. Pragmático siempre, no importaba de las canteras de donde proviniesen. De esta manera recalaron en su organización: Anel Townsend, Luis Iberico, Marisol Espinoza, Carmen Omonte, Edwin Donayre, Omar Chehade, entre otros.

El mismo sistema emplea para su universidad. En un momento de crisis debido a los cuestionamientos sobre  la relación entre universidad y Partido, la empresa educativa contrata a Beatriz Merino, expresidenta del Consejo de Ministros, ex Defensora del Pueblo y expresidenta de la  Asociación de las AFP.

“Eres un hombre bueno, eres un líder, eres un hombre inteligente” (p.26), son las palabras que le dedica Beatriz a su jefe César Acuña.

La cita no requiere mayor comentario de parte del autor. Los lectores tienen suficiente material no solo para formarse una idea completa del empresario y sus estrategias, sino también de la gente que lo rodea.

Acosta cuenta en este libro las denuncias de los plagios de Acuña. Es conocida la historia de que se apropió de un libro entero de quien fuera profesor suyo en la Universidad de Lima y luego parte de la plana docente de la Universidad César Vallejo: Otoniel Alvarado. También sabe que plagió sus tesis en la Universidad de Lima y en la Universidad Complutense de Madrid, pero probablemente no sepa en qué terminaron aquellos escándalos.

César Acuña se ha dedicado a divulgar la versión que la universidad española nunca le llegó a probar el hurto académico y que la prueba es que sigue manteniendo su título. Es una media verdad. Es cierto que no le pudieron quitar sus títulos, pero no que no se le haya probado el delito.

En realidad, la universidad – luego de una investigación interna – había decidido retirarle su título de doctor al haber comprobado que muchas páginas de su tesis fueron copia literal de otros textos. Pero para que se pueda ejecutar, esta decisión debía ser refrendada por la Comisión Jurídica Asesora (CJA) y en esa instancia prevalece la enrevesada lógica del derecho administrativo. Los abogados de Acuña – un buffet top, defensores de ricos y famosos como Leonel Messi- se concentraron en las fisuras formales de la acusación para dejar sin efecto la sanción. Acosta narra – con una dosis de suspenso- la sucesión de hechos que, finalmente, determinaron que Acuña pudiera seguir conservando su grado en España y otros títulos. A pesar de que se haya probado hasta la saciedad sus múltiples plagios, el empresario puede seguir jactándose de ser el candidato que más grados académicos tiene. 

En el caso de Otoniel Alvarado, el profesor desistió se la demanda. Prefirió cerrar un trato aparentemente conveniente para ambos. Uno se ahorraba la prosecución del escándalo y el otro, muchas deudas por pagar.

Acuña Peralta también ha sido el arquitecto de la red de clientelaje que organizó a expensas de su  centro de estudios. Sin embargo, la imagen del millonario que tiene plata como cancha para regalar no es tan cierta. No siempre lo ha hecho con la suya. Su gran negocio de la política lo hizo, también, con la plata de todos.

Hay vídeos que  muestran no solo el delito sino al estratega en todo su esplendor:

“Tenemos que ganarnos a los comedores populares, a los programas sociales… vamos a entregar 3,000 soles a los 496 clubes de madres de toda la provincia… Estamos hablando de estrategias de campaña. Por mi parte, como municipalidad, vamos a hacer campaña. Vamos a entregar 3,000 soles a cada comedor para que ese dinero lo inviertan en implementar y mejorar su infraestructura. ¿Qué cómo lo hacemos político? Eso depende de nosotros” (p.50).

Pero de esa también salió bien librado.

César Acuña es, sin duda, un hombre de su tiempo, de los tiempos del todo vale, del emprendurismo sin ética. Acuña vivísimo se la hizo a sus hermanos, a sus exesposas, a sus trabajadores, a sus propios profesores, a sus aliados políticos, a cualquiera que se cruce en su camino.  La próxima moneda que salga, debería llevar su retrato. No importa que sea falsa. Acosta lo ha sabido mostrar.

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