Diez ideas para entender el terruqueo hoy: una guía rápida y pormenorizada

Escrito por Revista Ideele N°297. Abril 2021

Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

A los hombres futuros, Bertolt Brecht

I. Un contexto: los tiempos sombríos que se avecinan

Tenemos algunas razones para sentirnos políticamente fatalistas. El panorama que se avecina es sombrío. Finjamos –de manera cínica y rápida– que no importa quién será el próximo presidente; y, más bien, detengámonos a observar cómo estará compuesto el Congreso entrante (nuestro infame Congreso del Bicentenario). Entonces descubriremos, con horror, lo que nos espera: se vienen años duros de conservadurismo. Por lo menos una tercera parte del legislativo pertenece a sectores político-económicos que rechazan, desacreditan o ya de manera visible obstaculizan varias propuestas y agendas que podríamos identificar como ‘progresistas’: verdaderas reformas educativas, reconocimientos legales para las minorías sexuales o raciales, cambios en el capítulo económico de la Constitución, políticas por la igualdad de género, mejoras laborales y salariales, visibilización de otras narrativas sobre el pasado y sus conflictos, reivindicaciones ecologistas, indígenas, culturales.

El poder político que nos gobernará desde el Congreso los próximos cinco años –al igual que las dos versiones que nos han gobernado en este último quinquenio– existirá mayoritariamente de espaldas o en grosera oposición a los intereses (¡a los derechos!) de muchxs. Por el contrario, estarán allí para defender los intereses de unos pocos: ese concentrado, heroico, heterosexual, blanco, masculino y pudiente sector cuyo proyecto político/económico/cultural –su neoliberalismo a la peruana– les viene asegurando estabilidad, legitimidad y permanencia. Es un sector algo conocido. “La derecha”, le decimos para simplificar. Pero agrupa a personajes e instituciones con formas y fondos variados: la quejosa CONFIEP y los grupos financieros que representa, ciertas tendencias dentro de las dirigencias evangelistas, envejecidos militares en asociaciones que multiplican comunicados, periodistas disque imparciales, intelectualidad disque muy culta, tecnócratas preocupados en las cifras y no en los sujetos, también políticos (¡cómo no!). Se proclaman los defensores de la democracia, aunque como los definió Luis Pásara hace unos días, «nunca fueron demócratas y aborrecen un juego democrático que no pueden controlar». Son un grupo heterogéneo, pero hegemónico. Y tienen bastante poder. Así que tenemos algunas razones para sentirnos políticamente fatalistas. También para decir junto a Brecht que, verdaderamente, vivimos en tiempos sombríos.

Una manifestación vigente y poderosa de este sector es el terruqueo. Lo vienen usando –con regularidad y descaro– desde hace muchos años (de hecho, hace pocos días, Victor Liza publicó una interesante columna sobre la historia del terruqueo; desde Billinghurst hasta Castillo: ya van más de cien años). Hoy, lo sabemos más o menos bien, toda potencial disidencia es terruqueada. Se terruquea a estudiantes que toman el campus universitario, a pueblos indígenas que reclaman derechos negados, a mujeres que deciden sobre sus cuerpos, a trabajadores que demandan mejoras laborales, a instituciones culturales e, incluso, a producciones artísticas que rememoran el pasado social. Todos ellos son representados bajo el mismo perfil, aquel que asocia sus reclamos y agendas reivindicativas con las prácticas terroristas de Sendero Luminoso y el MRTA.

Es, por supuesto, un ejercicio poderoso (e impune) de invalidación. Y aunque no es particularmente nuevo, el terruqueo merece ser pensado desde la complejidad social que establece su práctica deslegitimadora. Por ello, quiero explicar aquí diez ideas sobre este fenómeno. Esta es una guía más o menos rápida para entender qué es hoy el terruqueo y cómo opera. Un decálogo, pero también una advertencia: una suerte de breve manual de contención para resistir los tiempos sombríos que se avecinan.

De este modo, el terruqueo funciona como un arma del consenso neoliberal que deslegitima, desprestigia y expurga a todo potencial enemigo al campo de lo repudiable: la escala más baja de valoración social, ese lugar hoy reservado para el (verdadero) sujeto terrorista.

II. Una definición: ¿qué es (y por qué)?

“Calla, terruco” es una frase popular. La podemos encontrar casi a diario en las redes sociales, un lugar donde se terruquea con frecuencia. ‘Terruco’ es un término coloquial que sustituye a ‘terrorista’ y que posee una fuerte carga despectiva. Como ha explicado Carlos Aguirre en un artículo ya clásico (y pionero), la palabra se habría originado en la sierra, durante los años más violentos del conflicto armado interno (detenciones arbitrarias, largas jornadas de torturas, desapariciones forzadas). Quizá se empezó a usar por primera vez en el Ejército y de allí pasó a las comunidades campesinas (o viceversa). Eso no se sabe bien. Lo que sí sabemos es la connotación que, desde ese entonces, conlleva el término: es un insulto. En el imaginario de la población, reflexiona Aguirre, «la palabra ‘terruco’ sugería la imagen de personas de extracción indígena que cometían actos de violencia sanguinaria que, a su vez, revelaban (es decir, confirmaban) su condición de individuos hipócritas, fanáticos, traidores, antipatriotas e incluso subhumanos». Luego dice: «el uso extensivo de la palabra ‘terruco’, como ocurre con tantos otros insultos, tuvo precisamente el efecto de estigmatizar a los reales o potenciales terroristas, sugiriendo implícitamente que eran serranos o, en cualquier caso, tan inhumanos y salvajes como los serranos» (pág. 110).

Definamos, entonces. ‘Terruco’ pasó a centralizar cuatro aspectos específicos despreciables: una conducta política censurable (ser subversivo, rebelarse contra el Estado o sus actores armados, ser antipatriota), un accionar criminal (cometer actos terroristas, asesinar, matar, destruir), una condición étnico/social (ser serrano, indígena, hablar quechua, ser pobre) y una cualidad moral/intelectual (sujetos irracionales, fanatizados, la maldad per se). Así funcionó durante la guerra interna, como un término desacreditador, como parte de la campaña ideológica contrainsurgente que las fuerzas militares y policiales desplegaron. Así lo heredamos quienes aprendimos del pasado inmediato en las primeras décadas del posconflicto peruano.

Hoy, volvamos a Aguirre, todavía se emplea «para denominar a reales o supuestos integrantes de grupos armados y para intentar desacreditar a personas que tienen posiciones políticas progresistas o de izquierda, a organismos e individuos comprometidos con la defensa de los derechos humanos, e incluso a personas de origen indígena por el solo hecho de serlo» (pág. 110). El terruqueo: una invalidación del potencial enemigo. El terruqueo: una estigmatización de la disidencia[1].

III. Una práctica: ¿cómo opera?

El terruqueo funciona como una práctica que desacredita.

Es definitivamente una estrategia política. Busca deslegitimar a diversos grupos sociales disidentes al asociarlos con el fantasma del terrorismo y todos los traumas que este generó. De allí que terruquear, como apuntó Sifuentes, implique «la descalificación moral de sus adversarios ideológicos». Es decir, el terruqueo es un arma simbólica de control social que hoy es usada con impunidad. Agüero lo ha explicado bien: el acto de terruquear «expulsa al denigrado del espacio legítimo de discusión. Y nos advierte que nadie bajo esa sospecha podrá ser un igual. No podrá compartir nuestro mundo laboral, político o social, será repudiado». De este modo, el terruqueo funciona como un arma del consenso neoliberal que deslegitima, desprestigia y expurga a todo potencial enemigo al campo de lo repudiable: la escala más baja de valoración social, ese lugar hoy reservado para el (verdadero) sujeto terrorista.

Por ello, como recientemente escribió Maldonado, el terruqueo desarrolla «una función de prevención y contención: prevención porque pretende apuntalar el disciplinamiento social al desmovilizar y desactivar posibles disrupciones que cuestionan el orden neoliberal y, con ello –y esto es lo principal–, contener, bloquear o debilitar las demandas distributivas, igualitarias». Acusarte de ser un terruco, una terruca, es una forma de invalidarte social y moralmente. Una invalidación para ti, para los que reclaman contigo y, sobre todo, para lo que reclamas: la incompetencia de tus autoridades, los abusos recibidos, las repartijas políticas, la contaminación de tus tierras, el salario insuficiente, el plomo en la sangre de tus hijos… y tanto más.

El escenario que se avecina es sombrío: la derecha radicalizada cada vez terruquea más; descaradamente, sin mayor temor o reparo, lanza el insulto y ya ni necesita esconder la mano. Total, tiene un buen contingente político, económico, judicial y mediático que lo respalda. Son los mismos que borraron y/o celebraron la destrucción de los memoriales en homenaje a Inti y Bryan. Son los que declaran como terrorista cualquier obra de arte que no cuenta la versión de los hechos a su antojo. Son los que exigen una educación conservadora (dios, patria y ley) para supuestamente proteger a la familia natural.

IV. Una memoria hegemónica: ¿de dónde viene?

Parte de la explicación de este fenómeno se encuentra en las disputas discursivas que todo proceso de rememoración colectiva conlleva. El escenario posterior al conflicto armado interno peruano no ha sido ajeno a estas disputas. Como explicó Elizabeth Jelin, «las memorias, siempre plurales, generalmente se presentan en contraposición o aun en conflicto con otras». En el contexto peruano de posguerra, estas luchas políticas por la significación del pasado se evidencian en las distintas comprensiones que se establecen sobre los actores del periodo de violencia y sobre los orígenes y desenlaces de este. Una poderosa –y actual– comprensión de este pasado es la conocida como memoria salvadora (Degregori le puso el nombre): un discurso de cohesión social en torno a la heroica victoria del Estado peruano (específicamente de sus gobernantes y representantes armados) contra el sanguinario terrorismo de SL y el MRTA.

Como explican Barrantes y Peña (en un trabajo importante pero poco consultado), este es un discurso defendido por «organizaciones civiles vinculadas a las fuerzas armadas y policiales, sectores conservadores de la derecha política y de la iglesia, élites económicas –entre las que destacan algunos gremios empresariales– y simpatizantes del régimen dictatorial de Alberto Fujimori». Así, esta narrativa encumbra al exdictador como el gran salvador de la patria: el héroe que dirigió y derrotó la subversión –ese monstruo por antonomasia–, y que sobre todo pacificó al país.

Pero no es solo eso. Maldonado explica (y varios otros también) que, luego del golpe de Estado de 1992, el fujimorismo reconfiguró las relaciones entre sociedad, Estado y mercado de manera absolutamente favorable a este último y a su principal actor, el gran empresariado. Como sabemos, instituyó una nueva Constitución en 1993 de tendencia neoliberal y así consolidó una hegemonía que promovió un crecimiento económico basado en la exportación de commodities y la integración a través del mercado (deuda y consumo). A la par, se desplazó de manera sistemática cualquier fórmula o alternativa reformista; también cualquier potencial cambio. De esta manera, con su consagración como restaurador socioeconómico del país, el fujimorismo (y los intereses que representa) estableció una hegemonía cultural sobre la comprensión del pasado inmediato. Toda interpretación que escapara a su discurso era (y sigue siendo) señalada y denunciada como sospechosa, potencialmente censurada, acusada de terrorista.

Es desde este lugar –desde las élites económicas y mediáticas neoliberales que se agrupan en torno al fujimorismo y a otros sectores de derecha radical y/o popular– que hoy en día se terruquea.

V. Un contexto internacional: ¿con qué se relaciona?

No obstante, no estamos solos. El uso actual y constante del terruqueo frente a cada nuevo reclamo o descontento social se comprende mejor si miramos el contexto internacional. Sectores de extrema derecha han alcanzado visibilidad e importantes posiciones políticas. No es solo Trump incentivando la toma del Capitolio por los rednecks y los white trash, la base de su electorado. Tampoco el nacionalismo eurofóbico y rupturista que alimentó el brexit. Hoy, de los 27 países que integran la Unión Europea, 22 cuentan con partidos y/o agrupaciones políticas de extrema derecha en su parlamento, democráticamente elegidos. Vox en España, Chega en Portugal, la familia Le Pen en Francia, los neonazis griegos de Amanecer Dorado. Hace un año, Alho Cabral lo complementaba así: «En Italia, Suecia o Eslovenia, los partidos de ultraderecha encabezan las encuestas de intención de voto para las próximas elecciones. En otros, como Polonia y Hungría hay partidos populistas en el poder de corte autoritario que, si bien no todo el mundo considera como de ultraderecha, sí comparten rasgos con ellos, como la exaltación de la identidad nacional o el discurso contra las minorías sexuales y religiosas».

En nuestra región el panorama es similar: el Brasil antivacunas de Bolsonaro, el ingreso de Jeanine Áñez con una biblia al palacio presidencial de Bolivia, las medidas conservadoras de Macri en Argentina, Costa Rica y el evangelismo en su gobierno. Y así varios países más[2]. Son los nuevos radicalismos de derecha –Traverso los denomina postfascismos–, con actualizadas políticas que vulneran los derechos humanos, la justicia y la democracia. Son, como advertía Todorov hace una década, los enemigos íntimos de la democracia. Su discurso se sostiene muchas veces en fake news, se construye como una posverdad, se expresa a través de sus múltiples plataformas (con trolls en redes sociales, pero también con periodistas en horario estelar).

En Perú, el terruqueo puede ser entendido como parte de esta acometida internacional: una expresión política que, tomando las singularidades del contexto nacional, comparte similitudes con los discursos de la extrema derecha internacional. Dicho de otro modo: el terruqueo se incorpora al conjunto de estrategias políticas deslegitimadoras que los movimientos de derecha radical contemporáneos practican hoy en día.

VI. Un par de ejemplos: ¿cómo exactamente se manifiesta?

Pero aceleremos la explicación y demostremos. Dos momentos más o menos recientes y emblemáticos: las marchas de noviembre y ‘Terrónika’. Uno ejemplifica al terruqueo como contención, el otro como prevención.

La angurria del Congreso sacó a las calles a miles de personas en noviembre pasado. Gritos y cacerolazos. Indignación, represión. Lecciones de dignidad. Dos muertos. Varios congresistas (y sus defensores) respondieron terruqueando. Hay una caricatura de Gabriel Alayza que muestra a Martha Chávez diciéndole “calla terruco” a César Vallejo (que por esos días fue famoso debido al discurso presidencial). ¿Es una parodia? Ni tanto. La congresista afirmó desde su cuenta de Twitter que “los vándalos y extremistas, sin duda vinculados a Sendero o al MRTA, ven en las manifestaciones el escenario ideal para su criminalidad”. Prácticamente culpó a los propios manifestantes de las muertes de Inti y Bryan. Así de miserable. Noten aquí cómo opera el terruqueo: una realidad busca ser negada a partir de la instauración de otra. Un gesto de contención política. No importan las protestas y el reclamo popular, tampoco la violencia y las muertes. Lo que importa es que hubo allí terroristas. Y si se reconocen las muertes de Inti y Bryan se hace porque estas justifican el accionar de los vinculados a SL y el MRTA, quienes –sigo citándola– tienen “su agenda paralela, de caos y ataque a las Fuerzas del Orden”. El modo cómo se denomina la situación es revelador: no hay protestas, sino ataques a las fuerzas del orden. Tampoco hay fuentes para afirmar la acusación, pero esta se lanza sin mayores problemas. Toda una representación antojadiza, malformada, envilecida, de la realidad. Cuando el cargamontón la sobrepasó, Chávez borró su tuit. Pero no olvidamos.

El caso de ‘Terrónika’ es menos puntual y se explica en una sostenida campaña de demolición que se llevó a cabo desde varios partidos de derecha (cada cual con su grupo más/menos jugoso de trolls). El término se popularizó en un video de campaña a favor de Urresti y, como es evidente, asocia el término ‘terrorista’ al nombre de Verónika Mendoza. Prácticamente están diciéndole –están diciéndonos– “izquierda terrorista”. No es un insulto nuevo, lo sabemos. Pero qué efectivo es. Una generalización burda pero útil, pues funcionó como lema del rechazo a la candidatura de Juntos por el Perú. Observemos cómo en este ejemplo el terruqueo no es usado solo para etiquetar/desprestigiar al evento o a los sujetos que reclaman. Aquí, más bien, el terruqueo funciona bajo una lógica preventiva. Otorga una identidad al potencial enemigo desestabilizador. Te insulto y difamo por adelantado, te terruqueo “por si acaso”.

Ambos ejemplos, ambas modalidades del terruqueo, dan cuenta de la estigmatización desplegada; también, de cómo este mecanismo se desarrolla amparado en fake news y legitimado como una posverdad: falsa pero efectiva. Además, estos ejemplos muestran cómo esta es una práctica principalmente discursiva. Es decir, el terruqueo opera a través de los procesos de significación que, en un contexto sociocultural determinado, se despliegan a través del lenguaje. Se construye y afianza una narrativa sobre determinados sujetos (o eventos); se propone una representación para ellos.

Dicho de manera bien simple (como para terminar de entenderlo): funciona como el ‘raje’. Se habla mal de alguien, sin importar si eso que se está ‘rajando’ es verdad (lo importante, lo verdaderamente importante, es que se hable mal).

VII. Algunos ámbitos: ¿dónde se evidencia?

Hay tópicos en los que el terruqueo se manifiesta con mayor frecuencia. Claramente, el político/electoral es uno recurrente. No es solo un “exabrupto” disculpable de la inevitable contienda quinquenal por votantes. Es cierto que durante la temporada de elecciones se activa más su uso contra los candidatos de izquierda. Ya lo hemos visto: aparecen supuestos vínculos con el comunismo internacional y chavista; interpretaciones sobre un brazo levantado, un modo de saludar o una palabra utilizada; se difunde esa obvia fotografía trucada con la hoz y el martillo, o con la bandera roja, o con el abrazo a Abimael: “¡ya te atrapé, rojete!” (estoy parodiando).

No obstante, con los 73 congresistas fujimoristas que llegaron en 2016, el tono agresivo, provocador e intransigente abordó zonas inesperadas. Recordemos a Rosa Bartra calificando de terrorista la portada de La República que criticaba su proyecto de ley del esclavo juvenil; o a Galarreta diciendo (mientras condecoraba a militares) que debemos “ganar la guerra contra el terrorismo”, en alusión a que los textos escolares no cuentan de modo correcto la historia. Ese fue el estilo de política que hizo el fujimorismo hasta que les cerraron el Congreso; luego, se fortificó. Así continúa hasta ahora; en redes sociales, con ese hashtag de #NoAlComunismo que se usa al lado de #TerrorismoNuncaMás; y, en la vida real, con esos desentonados carteles en la avenida Javier Prado que advierten (¡qué considerados!) todos los males que traerá el comunismo.

La intervención de Galarreta permite tener en cuenta, además, el otro ámbito donde el terruqueo también se hace presente: la educación. No es solo el reclamo chillón y frecuente porque los textos escolares cuenten bien la historia sobre “lo que real y verdaderamente ocurrió: terrorismo y nunca conflicto armado interno, caviares” (sigo parodiando). Es decir, no se trata solo de una mirada revisionista y conservadora sobre cómo y qué enseñar del pasado histórico inmediato. También se terruquean otros temas educativos: la página de Facebook de Con Mis Hijos No Te Metas acusó a la currícula escolar con enfoque de género de radical y manipuladora. Publicaron un video donde asociaron esta propuesta de igualdad con la política de Sendero Luminoso: la denominaron terrorismo de género. “Ya no son más cochesbombas, ahora son textos ideologizados; ya no son más encapuchados, ahora son ONG antifamilia infiltradas en el gobierno”. Así, literal. (Ya no estoy parodiando)

Pero quizá lo sucedido con Aprendo en casa (el segmento educativo del Ministerio de Educación) resulte la situación más emblemática en este ámbito. Al explicar por qué algunas lenguas poseen mayor poder y prestigio respecto de otras, programa habló sobre cómo los grupos de poder económico y político imponen sus ideas y costumbres –su cultura– por encima de otros menos favorecidos. Apenas unas horas después de transmitido, el terruqueo comenzó. “La infiltración de la izquierda en la educación salta ahora en los videos escolares”, publicó Perú21. “El video utiliza términos marxistas para elaborar un análisis ideologizado que explique la problemática lingüística en el Perú”, insistió. Otros periodistas y políticos, que ya sabemos qué defienden y a quiénes, calificaron esta situación de irresponsable, se lamentaron por lo que denominaron “contenido clasista”, acusaron de ‘caviares’, ‘rojos’ y ‘comunistas’ a los lingüistas que salían en el programa explicando el tema. Virginia Zavala, una de las lingüistas involucradas, les respondió bastante bien: “No es muy difícil darnos cuenta que en este episodio se revelan, una vez más, intereses de los sectores más conservadores del país. La discusión sobre el lenguaje se está utilizando como excusa para mantener un proyecto que no acepta críticas y que hoy algunos nos quieren imponer al más viejo estilo del gamonalismo. No podemos continuar viviendo en un país donde todo tipo de crítica se utilice obscenamente para ‘terruquear’ y descalificar a quienes nos dedicamos al pensamiento y a la duda”.

La política y la educación no son los únicos espacios donde abundan los casos de terruqueo frente a lo que no les gusta. Las producciones artísticas que reflexionan el pasado desde la memoria y los derechos humanos también son constantemente señaladas, intervenidas, censuradas. «Frenan “exposición artística” prosenderista», decía el titular de Correo sobre las Tablas de Sarhua que iban a exponerse en el MALI y que fueron incautadas por la Policía y el Ministerio Público; un par de estudiantes de fotografía fueron denunciadas de apología al terrorismo por realizar un performance con la foto de Abimael Guzmán; el congresista Donayre (además de hacer el ridículo) hizo que despidieran a una trabajadora del LUM y pidió censurar su exposición permanente; a la obra de teatro La Cautiva (que se presentaba en Larcomar, el lugar menos terruqueable posible) también le abrieron investigación por supuestamente defender el terrorismo; la película de Palito Ortega, La casa rosada, recibió una fuerte campaña de desprestigo al acusarla de lo mismo, defender terroristas. Artes plásticas, intervenciones, teatro y cine sobre el conflicto armado: todo puede ser potencialmente proterrorista. Incluso, documentales como Hugo Blanco, río profundo o La revolución y la tierra que no abordan directamente los temas de la guerra interna han sido terruqueados: al parecer, basta con que se hable de luchas sociales, reivindicaciones y exigencias de cambio para que cierto sector te identifique como el enemigo al que hay que combatir, investigar, denunciar, enjuiciar.

VIII. Algunos vínculos: ¿con qué otras dinámicas de poder se articula?

Es oportuno (y otorga complejidad) pensar cómo el fenómeno del terruqueo se articula con otros espacios de poder como la raza o la clase social. Hace un tiempo, saliendo de clases, en épocas prepandémicas, un estudiante me dijo que no era lo mismo protestar de un lado u otro de la avenida Venezuela: “la policía te trata de manera distinta dependiendo de qué universidad eres, profe”. Se refería a las protestas que, por esos días, sucedían a la vez en San Marcos y en la PUCP, dos universidades geográficamente cercanas (solo divididas por la esa avenida), pero socioeconómicamente opuestas: una es pública; la otra, privada. A pesar de que en ambas las y los estudiantes protestaban, había muchas diferencias. En una, la Policía lanzó demasiadas lacrimógenas –que interrumpieron clases y conferencias– contra quienes se oponían al recorte del campus; en la otra, la Policía detuvo el tráfico y escoltó a los que protestaban por los aumentos de las boletas y las ausentes políticas de género. El estudiante me hizo entender que la raza y el origen social influyen poderosamente en la posibilidad de que seas o no terruqueado. “Si eres cholo, eres terruco; si no mire nomás cómo nos han bombardeado el campus, profe”.

Los procesos de racialización, una de las formas contemporáneas más constantes en que hoy se ejerce el poder en Perú, están presentes desde el origen mismo del término ‘terruco’. Ya Aguirre advertía que “terruco de mierda” tenía un vínculo directo con “serrano de mierda”, un insulto normalizado en nuestra sociedad. La CVR explicó vastamente cómo el componente racial fue una de las causas que generó muerte, abuso y violaciones a los derechos humanos durante el conflicto armado interno: para militares y policías, ser indígena era una forma de ser culpable, porque sí. De este modo, la asociación entre ‘terruco’ e ‘indígena’ (o ‘serrano’ o ‘cholo’) ha sobrevivido en el imaginario social –otra de las tantas secuelas del conflicto– y hoy estos términos existen casi como sinónimos. Si a esta relación léxica le añadimos el componente socioeconómico (es decir, el hecho de que ser pobre te haga “más propenso” a ser sospechoso prosenderista), podemos hallar otra frase usada con recurrencia para desprestigiar e invalidar: resentidos sociales.

Así, el terruqueo también se expresa a través de las dinámicas sociales actuales de ejercicio del poder. De allí que se establezca toda una contraposición diferencial cuando el reclamo, la protesta o la disidencia viene de uno u otro lado. No solo es el trato diferencial que brindó la policía a estudiantes de San Marcos y la Católica cuando protestaban; también es, por ejemplo, el reconocimiento de ciudadanía: vecinos de Miraflores protestan versus pobladores de Comas protestan; o el grado de represión ejercido en una manifestación dependiendo del lugar donde esta sucede (es un secreto a voces que en provincias la policía reprime con mayor violencia fáctica que en Lima); o el acceso a los medios de comunicación (¿a diferencia de los representantes de la banca y gremios empresariales, los representantes de qué gremios o agrupaciones estudiantiles, laborales, campesinas, etc. tienen acceso a narrar su versión de los hechos sin que sean o vilipendiados, interrumpidos o directamente acusados de violentistas?, ¿cuántos de estos tienen un espacio constante en la prensa (una columna, entrevistas regulares y sostenidas) del mismo modo que sí lo tienen analistas o comentaristas que están en el otro bando? Como podemos apreciar, el terruqueo –la persistente invalidación sociomoral que establece, la estigmatización que legitima– funciona de modo interseccional: es un rizoma que opera a partir de diversos puntos de marginalidad. ¿El género también podría ser un punto más para sumar? Quizá. Probablemente existan situaciones en las que el género o la identidad sexual contribuyan a ubicar a ciertos sujetos en un perfil más fácilmente terruqueable.

IX.           Una advertencia: ¿sobre quién o qué?

El premio a mejor performance terruqueadora del año es, definitivamente, para Rafael López Aliaga. Hasta a Sagasti le dijo terruco. Pero, claro, no es sobre él la advertencia de este par de párrafos, sino sobre lo que representa. La simpleza y facilidad con que lanza sus acusaciones (izquierda = rojos = terroristas = terrucos), el cinismo con que las sostiene, su vulgaridad, su autoritarismo obstinado. Es un bravucón con poder. Y ciertos grupos empresariales se sienten tan bien representados en él… Su masiva aceptación en el sector A de nuestro país muestra cómo están pensando desde arriba, con quiénes se sienten identificados, cuál es la lógica que siguen para relacionarse con el otro que exige, denuncia y reclama. “¿Qué haces para que no descubran que ideológicamente estás vacío?”, le pregunta un empresario a otro en una caricatura memorable de Andrés. “Terruqueo a todo el mundo”, le responde. Es cierto, la previsible respuesta terruqueadora de este sector muestra su desnudez ideológica. En eso acierta la caricatura. Pero no dice nada acerca de su efectiva impunidad.

Hace tres años, durante una presentación en el Instituto de Ingenieros de Minas del Perú, en Lima, el gerente de Southern Perú, Carlos Aranda, dijo que si la población de Deán Valdivia (en Arequipa) se oponía al proyecto minero Tía María era porque en ese distrito había nacido Abimael Guzmán: “¿ustedes saben que Deán Valdivia es la cuna de Abimael Guzmán?, pues yo creo que hay algo genético ahí”, declaró. Luego aseveró que los pobladores tienen la casa de Guzmán bien cuidada (desde el minuto 4 de este video se escuchan sus argumentos sobre el terrorismo genético). Seguramente este gerente votó por López Aliaga en las últimas elecciones. Porque no es el sujeto que dice “mermelada” cada cinco palabras lo que principalmente debe preocuparnos (podría ser cualquier otro), sino la aceptación que ha recibido por los que ostentan el poder económico en nuestro país. Una aceptación que se evidencia en la descarada campaña que ha dado más visibilidad (y escaños en el legislativo) a los individuos y a las ideas que representa López Aliaga, que ya amenazó con ser alcalde de Lima.

X.             Una posibilidad de resistencia

Mechaín retrató bien nuestra preocupación políticamente fatalista en una reciente caricatura: está atardeciendo y un niño le pregunta a su padre si el cielo es color rojo o naranja. «No importa, hijo. De todas maneras va a oscurecer», le responde. Quizá lo doloroso de la frase no sea el aviso de oscuridad, sino la garantía de que “de todas maneras” sucederá. El escenario que se avecina es sombrío: la derecha radicalizada cada vez terruquea más; descaradamente, sin mayor temor o reparo, lanza el insulto y ya ni necesita esconder la mano. Total, tiene un buen contingente político, económico, judicial y mediático que lo respalda. Son los mismos que borraron y/o celebraron la destrucción de los memoriales en homenaje a Inti y Bryan. Son los que declaran como terrorista cualquier obra de arte que no cuenta la versión de los hechos a su antojo. Son los que exigen una educación conservadora (dios, patria y ley) para supuestamente proteger a la familia natural. Son los que se están yendo a Estados Unidos para inocularse una vacuna gratuita y estatal, pero que aquí hacen lobby para el ingreso del sector privado al negocio. Son los que reclaman libertad de tránsito a costa del contagio (y la imposibilidad de pagarse la cura) de otros. Son, finalmente, los que dicen que el modelo está bien y que no hay necesidad de cambios porque eso es chavismo, comunismo, terrorismo.

Y, sin embargo, cada vez les creemos menos. Cada vez son más personas que miran con sospecha y escepticismo (incluso con algo de burla y vergüenza ajena) el nuevo evento o personaje terruqueado. En la misma Javier Prado, el mismo día que se difundieron los costosos carteles advirtiéndonos de la amenaza comunista, un precario y marginal grafiti respondió colectivamente: “tu terruqueo es mi progreso”. Ahora mismo hay grupos de ciudadanos intentando organizarse para responder de manera práctica y teórica al terruqueo. Se plantean campañas contra la desinformación, ayuda legal básica, tesis universitarias, propuestas jurídicas contra este tipo de calumnias. Son formas colectivas de organización. Modos de resistir la infamia. Nuevas lecciones de dignidad. Esto también es nuestro Bicentenario, felizmente.

No obstante, el terruqueo continuará: es un arma de control y prevención que ha venido siendo efectiva desde hace muchos años. Y no hay razones claras para que se detenga precisamente ahora. Las próximas semanas (los próximos años) traerán episodios de descrédito que alimentarán los ejemplos. Habrá que estar atentos, para que los tiempos sombríos que se avecinan nos encuentren organizados, lúcidos y críticos. Con la respuesta potente y efectiva. Con el ánimo y la voluntad necesarios. Ojalá que estas líneas puedan contribuir a ello.


[1] El canal de YouTube Microhistorias ofrece una explicación del ‘terruqueo’. También toma como fuente el texto de Aguirre (2010). El video podría usarse en las escuelas o los primeros años de universidad (como para empezar a discutir este fenómeno): https://www.youtube.com/watch?v=WtwJwdSMQP8

[2] Para quien quiera adentrarse más en este tema, recomiendo el reciente y vasto dossier que Barry Cannon y Patricia Rangel coordinaron para el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB).

Sobre el autor o autora

Oswaldo Bolo Varela
Docente de Comunicación Social. Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

5 Comentarios sobre "Diez ideas para entender el terruqueo hoy: una guía rápida y pormenorizada"

  1. Miluska Dueñas | 14 mayo 2021 en 06:47 | Responder

    Muy agradecida por esta publicación. Interesante.

  2. Fernando Federico Fujita Alarcón | 21 agosto 2021 en 23:20 | Responder

    Interesante análisis de la realidad manifiesta en el Perú.

  3. edgar Fernando ayala | 22 agosto 2021 en 04:45 | Responder

    Excelente vision de la realidad peruana. Sin un pensamiento critico estamos a Merced de seguir por siempre lo mismo. Le corresponde a este gobierno de izquierda hacer cambios sociales, y tratar de eliminar esa imaginario sobre izquierda = rojo = subersivo =terruco. Lo lamentable, es que la gente de la izquierda que llego Al gobierno no es una izquierda progresista, sino tienen mucha similitud con una derecha conservadora, autoritaria, negacionista.

  4. Alejandro Rondón | 22 agosto 2021 en 07:35 | Responder

    Un, artículo magnífico. Gracias

  5. Claro y preciso, excelente informe.
    Saludos Gracias

Responder a Alejandro Rondón Cancelar la respuesta

Su correo electrónico no será publicado.


*