Conocimiento, reforma y bienestar

Escrito por Revista Ideele N°297. Abril 2021

La edificación de una sociedad de bienestar, ya sea como “estado social” o como “estado de bienestar”, tiene un costo económico considerable, que solo puede ser solventado si la actividad económica es altamente productiva, diversificada y crece de forma sostenida.  Asimismo, dicho bienestar social se construye si existe la voluntad de reducir al máximo las desigualdades y marginaciones. Por ello, la aspiración a una vida mejor descansa sobre fundamentos objetivos – económicos y políticos- que se deben tener en cuenta cuando nos hallamos ante la necesidad de realizar cambios importantes para beneficio de la población.

Sin embargo, las reformas que se precisan, tendrán los efectos positivos deseados, si se consideran a las experiencias exitosas en diversos escenarios temporales y espaciales, aquellas que están sustentadas en el conocimiento científico. Pero no se trata de una aplicación desprovista de crítica y de contextualización. Por el contrario, es necesario identificar la situación específica de nuestro país y, partir de ella, reconocer sus problemas y establecer las soluciones que se requieren. Haciendo uso inteligente del conocimiento que se posee, basado en evidencia sustentable de éxito social, se logran mayores cuotas de bienestar. Si no es así, se generan más problemas de los que querían solucionar.

Cambio y conocimiento

La gravedad de los colapsos socioculturales, como en el que nos encontramos[1], se evidencia cuando la desesperación y la incredulidad condicionan la percepción de la realidad de un grupo importante de ciudadanos. Si el imaginario de lo público está dominado por la presencia de la muerte, el abandono y la inseguridad, suelen erigirse como elementos de cohesión social, soluciones primarias e irracionales, ajenas a cualquier demostración crítica. Cuando colapsan los sistemas socioculturales, como ocurre actualmente en países como el Perú, se potencian los binarismos opositores de clase, de cultura, de etnia, entre otros, y se afianzan todo tipo de reduccionismos, perdiéndose el sentido de realidad y objetividad.

Analizando procesos similares, el físico e historiador de la ciencia, Gerald Holton, observó que existía una relación vinculante entre el ocultamiento de la realidad objetiva, la desaparición del conocimiento crítico y el auge de las ideas totalitarias. Según Holton, estos procesos políticos suelen apoyarse en premisas irracionales, no demostradas críticamente, y, por eso, alejadas del saber científico[2]. Cuando se prefieren los dogmas ideológicos, el resultado de las acciones de gobierno suelen generar serias distorsiones en mundo social, las mismas que ocasionan mayores pesares en las sociedades[3].

Ya en de la década de los treinta del siglo XX, se estaba en condiciones de brindar salidas limitadas a una diversidad de problemas sociales y económicos que, por siglos, habían carecido de solución. Gracias a la lógica del descubrimiento científico, aplicado al estudio social, se llegó a saber de qué modo se podían lograr cuotas graduadas de bienestar sin descuidar la productividad económica y la acumulación de riqueza, a fin de distribuirla colectivamente. Teniendo a la mano las herramientas científicas adecuadas, era necesario orientarlas hacia el bien común.

Si la irracionalidad sustituye al conocimiento racional en el plano de la decisiones políticas y económicas, se inicia una cadena de hechos desafortunados en términos sociales. No sólo porque se afectan los derechos fundamentales. También, porque la calidad de vida de los ciudadanos se reduce considerablemente. Advirtiendo el auge de las soluciones irracionales en el plano social, los filósofos del Circulo de Viena, publicaron, en 1929, un manifiesto, “La concepción científica del mundo”, donde expusieron, entre cosas, que una parte considerable de los problemas humanos podrían ser resueltos si aplicaba el conocimiento científico, sobre todo, para garantizar la transformación a un orden social y económico organizado racionalmente[4]. Es evidente que el fondo de esta importante contribución de los insignes pensadores austriacos, no tuvo las repercusiones esperadas, pues, en los siguientes años, las visiones totalitarias e irracionales lograron su plena hegemonía, ocasionando el terrible desastre del Segunda Guerra Mundial y sus sucesos concomitantes.

Sin embargo, ya en de la década de los treinta del siglo XX, se estaba en condiciones de brindar salidas limitadas a una diversidad de problemas sociales y económicos que, por siglos, habían carecido de solución. Gracias a la lógica del descubrimiento científico, aplicado al estudio social, se llegó a saber de qué modo se podían lograr cuotas graduadas de bienestar sin descuidar la productividad económica y la acumulación de riqueza, a fin de distribuirla colectivamente. Teniendo a la mano las herramientas científicas adecuadas, era necesario orientarlas hacia el bien común.

Bienestar y conocimiento

La decisión de reducir al máximo las desigualdades parten de una voluntad política, sostenida sobre un sólido principio de responsabilidad ético social. Sin esta voluntad no es posible dirigir el conocimiento científico hacia la resolución de los diversos problemas que emergen de las interacciones sociales y culturales. El descubrimiento moral de la sociedad de bienestar, es tan antiguo como la historia de las ideas éticas y políticas. Y encontró sus primeras formulaciones en la Política de Aristóteles, cuando el filósofo griego estableció la importante relación entre estabilidad política y el incremento notable de la clase media[5]. En la formulación aristotélica, si la inmensa mayoría de la polis pertenecía a la clase media, se lograba la estabilidad que precisa la democracia, pues se reducían las tensiones sociales que conducen a la desintegración de la comunidad.

En la tradición del pensamiento social antiguo, medieval y de la temprana modernidad, se pueden ubicar varios autores que ponderaron los beneficios integrales del bien colectivo, basado en la reducción racional de las desigualdades ocasionadas por la acción humana sin límites de acumulación[6]. A lo largo del siglo XIX, en la medida que se observaban las consecuencias sociales del laissez faire, pensadores políticos como Lorenz von Stein[7] y Eduard Bernstein[8], consideraron que desde la acción del estado se podrían realizar una serie de reformas sociales que incidirían en el bienestar de los afectados de capitalismo liberal. Estos planteamientos fueron aplicados parcialmente durante los siglos XIX y parte del XX. Pero, en la medida que el saber científico social fue desarrollando medios para la gestión de lo público y de lo económico, después de la Segunda Guerra Mundial, se empezaron a implementar, a pesar de sus limitaciones, políticas de bienestar social en occidente y en otras partes.

El asunto era claramente complejo, porque el costo de una sociedad de bienestar era y es muy oneroso. Sin embargo, si políticas gubernamentales son racionales y están basadas en el saber científico, es posible garantizar el costo del bienestar. ¿De qué modo? A través de un sistema económico de alta productividad que financie la distribución de la riqueza, considerando que las fracturas sociales generan condiciones de conflictividad que pueden derivar en la destrucción del orden público.

El conocimiento científico y sociedad de bienestar

A pesar de las limitaciones materiales, en nuestros días poseemos una ingente cantidad de conocimiento exitoso que nos permitiría reducir las desigualdades en diferentes tiempos. Sin embargo, el uso de este valioso saber demostrado, se tiene que realizar lejos de la tentación ideológica irracionalista y superando los perversos intereses plutocráticos. Si el fin es el bien común, los modelos teórico-aplicados se encuentran subordinados a la meta de ver reducidas las innumerables desigualdades de nuestro país.

De igual modo, si el fin es el bienestar de las mayorías, es lógico tomar decisiones en función de sus beneficios concretos, evitando las distorsiones procedimentales y las soluciones que no han tenido ningún resultado positivo en otras experiencias sociales. Asimismo, persistir en el mismo modelo de gestión pública y económica, que ha mostrado sus limitaciones en estas circunstancias, también sería un error. Quizás sea el momento de emprender un proceso de evolución de lo que se ha venido desarrollando en las últimas décadas, reconociendo los aciertos y censurando sus fallos. Los cambios, para tener los efectos deseados, deben realizarse teniendo el conocimiento adecuado, para la circunstancia adecuada. Si como sociedad no descubrimos que lo que se hace -bien o mal- está en relación lo que se conoce, entonces, todo este proceso, doloroso y complejo, no habrá servido de nada.


[1] La crisis sanitaria que conduce a una crisis económica, una depresión social y, finalmente, aumento de conflictividad política.

[2] Holton, G. (2003) Ciencia y anticiencia. Madrid: Nivola

[3] Hayek, F. A. (1997) “El uso del conocimiento en la sociedad”. En REIS. N. 80, octubre-diciembre, 217-226

[4] Hahn, H, Neurath, O, y Rudolf Carnap, (2002), “La concepción científica del mundo. El Círculo de Viena”, en Redes, vol. 9, núm. 18, pp. 103-149. Primera versión, (1929).

[5] Aristóteles. La política, Libro IV, Capítulo XI.

[6] Cicerón, San Ambrosio, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Tomas Moro, Francisco de Vitoria y La Escuela de Salamanca, etc.

[7] Primer teórico del “estado social”, que inspiró las reformas llevadas a cabo en Alemania por Otto Von Bismark.

[8] Uno de los mayores teóricos de la socialdemocracia, quien consideró que el incremento de bienestar social era posible bajo reformas políticas y económicas, que evitarían una revolución violenta.

Sobre el autor o autora

Ricardo L. Falla Carrillo
Candidato a Doctor en Humanidades por la UDEP y Magister en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con mención en Historia de la Filosofía. Además es Bachiller y Licenciado en la misma disciplina académica por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Asimismo, cuenta con un Diploma de Gestión Social por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Tiene más de 20 años de experiencia universitaria. Las áreas de investigación: historia de las ideas, historia intelectual, historia de las teorías del arte, relaciones entre sociedad y conocimiento. Director del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la universidad jesuita del Perú, desde 2014. También fue Director del Departamento de Humanidades de la misma universidad entre 2011 y 2014. Además es docente contratado de la Universidad ESAN desde 2011.

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