Mafias, Estado y democracia

Escrito por Imagen: Panamericana TV. Revista Ideele N°298. Junio-Julio 2021

Algunos debates en filosofía política interrogan por el origen y la naturaleza del Estado, como, por ejemplo, de qué manera se constituye y qué características de sus momentos iniciales mantiene a lo largo de su desarrollo. Pero es interesante, también, considerar si estas reflexiones nos permiten entender mejor el extraño y complejo fenómeno que vivimos los peruanos en las elecciones presidenciales de 2021.

Hay, entre otras, tres concepciones clásicas para explicar el origen del Estado, que, sin embargo, no son incompatibles entre sí. Thomas Hobbes sostiene en el Leviatán que, en un estado de naturaleza en el que todos son enemigos de todos y la vida humana es “solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve ” (Hobbes, 1651/2010, p. 103), las personas descubren que es preferible ceder algo de su libertad y autonomía a cambio de protección y seguridad. De esta manera uno se subordina voluntariamente a un poder central que tiene como función controlar las vidas de las personas, a cambio de evitar que ellas mueran en la anarquía. Hobbes sabe que esa situación de completa anomia nunca realmente ocurrió (p. 104), pero piensa que en toda sociedad está siempre el riesgo de sucumbir al caos.  

Para Marx (1867/1999), cuando las necesidades son mayores que los recursos disponibles se origina la propiedad privada que, a su vez, genera clases sociales, relaciones de explotación, una ideología que justifica tales relaciones y un Estado, que es la estructura legal y política que se encarga de mantener el statu quo.

Algunos sectores sociales creen que solo ellos saben cómo sacar al país adelante y sienten que les asiste el privilegio de decidir por sobre los demás. Para muchos de ellos, por tanto, la democracia está bien si les permite mantener su derecho a liderar, pero mal si este es cuestionado. En doscientos años no ha habido mucho cambio al respecto, excepto en un punto que puede ser crucial: después de lo que hemos visto en esta segunda vuelta, ahora es imposible no ser conscientes de ello.

Otra concepción, que actualmente fomenta mucha investigación interdisciplinaria, se encuentra inspirada en Darwin (1871/2009). De acuerdo con esta, no hay en las sociedades humanas un origen específico del Estado ni de la propiedad privada, pues ambos se retrotraen a la vida política de nuestros antepasados mamíferos. Así, por ejemplo, las tropillas de primates tienen complejas prácticas sociales en las que los individuos dominantes someten por la fuerza, aunque también mediante alianzas y relaciones de reciprocidad, a los otros miembros. Los primates cooperan al interior del endogrupo y compiten ante el exogrupo, con una estructura política análoga a la de una colección de mafias luchando salvajemente por el control. La mafia vencedora genera un Estado autoritario en miniatura, pues se impone a la mayoría para beneficiar a una minoría en la distribución de dos recursos principales: comida y sexo. Así se establecen articulaciones clientelistas en que los individuos dominantes conceden migajas de poder a los más débiles, a cambio de su sometimiento. Pero ante el riesgo de perder poder, los primates pueden ser crueles hasta el extremo.

Con frecuencia, las tropillas establecen pactos para convivir en relativa calma sin hacerse demasiado daño mutuamente, pero la paz suele ser interrumpida por momentos de crisis en que los subordinados se rebelan contra los dominantes en sangrientos enfrentamientos, lo que conduce al establecimiento de nuevas relaciones de jerarquía, control y sumisión. Se sabe que Marx leyó el Origen de las especies de Darwin (1859/2009) y que su teoría de la selección natural influyó en su concepción sobre la lucha de clases. El 16 de enero de 1860 Marx escribió a Lasalle: “El libro de Darwin es muy importante y me sirve de base en la selección natural para la lucha de clases en la historia” (Marx & Engels, 1975, pp. 22-23).

La vida política de los humanos es una complejización de la de nuestros antepasados y parientes primates. Nuestro orden social también se constituye a partir de un difícil equilibrio entre, de un lado, la tendencia que tienen los grupos de poder para imponerse con el objetivo de maximizar sus beneficios y, del otro, la necesidad de establecer alianzas con grupos menos poderosos para no perder influencia sobre ellos.

Pero, a diferencia de lo que ocurre con otros primates, en el caso humano surgió un fenómeno cultural que modificó significativamente los equilibrios de soberanía que constituyen el Estado. La democracia occidental apareció en Atenas hacia el año 508 a.C., gracias a las reformas del legislador Clístenes, como una manera de resolver los conflictos mediante el intercambio de razones y no (solo) por imposición. No es una coincidencia, por supuesto, que aquella surgiera de manera simultánea a la filosofía. La democracia, sin embargo, es un ideal nunca plenamente realizado, pues una sociedad puede acercarse a ella o alejarse de ella. En tanto los conflictos se resuelven apelando a la manipulación o la fuerza, es decir, cuando los grupos de poder se imponen o, incluso, cuando su comportamiento adopta características mafiosas, se debilita la democracia. Por el contrario, si las discrepancias sociales se solucionan en el espacio de las razones (Quintanilla, 2021), el peso de las mafias se debilita.

El Estado está sometido, pues, a una continua tensión entre los diversos sectores que aspiran a aumentar su influencia y el ideal de la democracia que tiende a ampliar la agencia de los menos empoderados para establecer oportunidades más simétricas. Al día de hoy, en cualquier parte del mundo, es una ilusión suponer que los grupos de poder van a reducir su tendencia a fortalecerse, sobre todo en nuestras sociedades capitalistas en las que se asume que la competencia produce, como un efecto colateral, bienestar para la mayoría. Pero no es ingenuo aspirar a que la democracia se fortalezca atenuando la fuerza del dinero o de la manipulación y, sobre todo, garantizando el ejercicio de todos a los mismos derechos.  

Así pues, el Estado es el producto de la competencia entre sectores con distintos intereses y surge como un instrumento de imposición de los más fuertes, aunque también como consecuencia de múltiples alianzas para proteger a los más débiles. En otras palabras, a veces el Estado es más un órgano de dominación que un instrumento para controlar a los grupos de poder y, en otras ocasiones, es lo opuesto. Así es como un país se puede acercar o alejar del ideal democrático.   

El proceso electoral peruano de este año ejemplifica esa tesis y es una irónica coincidencia que ello ocurra cuando cumplimos 200 años de independencia. Como en el caso de muchos otros países, nuestro Estado republicano nació débilmente desde un Virreinato, donde el poder estaba configurado para someter a un grupo social numeroso, con el objetivo de beneficiar los intereses de otro más reducido. A lo largo de la República se hizo intentos, a veces sinceros, por convertir al Estado en un instrumento de protección de las comunidades antes sometidas. Ese proyecto apenas se logró, en primer lugar, porque no llegó a haber un Estado suficientemente fuerte sino hasta fines del siglo XIX y porque, en todo caso, con frecuencia este continuó siendo una herramienta de maximización de los intereses de una minoría. Con gran dificultad ese escenario fue cambiando hacia mediados del siglo XX, en que, gracias a la presión social, el Estado peruano se fue progresivamente transformando con el objetivo de brindar servicios básicos a todas las comunidades y fueron instalándose en la conciencia colectiva ciertos principios de igualdad de derechos.

En ese momento se convoca a elecciones generales con una diversidad inusitada de partidos políticos, casi todos nuevos e improvisados. Creyendo que los de centro tendrían mejores opciones, los más extremos enfilaron sus baterías a los moderados, pulverizándolos. Como suele ocurrir, el elector mayoritario peruano hurgó entre las opciones disponibles buscando la más alejada de aquel establishment que, a su juicio, hizo inoperativo al Estado. Así encontró a un maestro de escuela que no parecía vinculado con el poder que controlaba al Perú desde hace cientos de años.

Así desembocamos en el bicentenario con un Estado grande y burocrático, pero al mismo tiempo ineficiente y débil; incapaz de atender a las necesidades más básicas de los ciudadanos, sobre todo en salud y educación, y especialmente incompetente para garantizar que se cumplieran en la realidad las normas constitucionales de igualdad y universalidad de los derechos fundamentales. Hoy tenemos, además, un Estado en muchos casos inútil para resistir a las presiones de los grupos de poder. El proyecto neoliberal instalado en el Perú desde 1990 asumía que la competencia privada, con mínima participación del Estado, terminaría por generar condiciones que beneficiarían a todos. Treinta años después, sabemos que eso simplemente no ocurrió. Si bien hubo una importante reducción de la miseria durante las últimas décadas, la debilidad del Estado impidió que cumpliera con sus obligaciones básicas de asegurar servicios mínimos a toda la población, garantizar el acceso de todos los peruanos a los mismos derechos y controlar las distorsiones del mercado.  

Al sumarse a ello la pandemia, estaba hecha la receta para el desastre. Como esta atacó prioritariamente la salud y el Estado no tuvo capacidad de reaccionar a su embate, se evidenció su fragilidad, lo que incrementó la insatisfacción de la población ante un Estado que no tenía ninguna capacidad para protegerla. Los enfrentamientos entre ciertos grupos políticos y económicos hicieron el resto. Mientras algunos sectores intentaban vacar al presidente de turno y este maniobraba para evitar que eso ocurriera, la pandemia y la crisis económica originada por ella, avanzaban implacablemente.

En ese momento se convoca a elecciones generales con una diversidad inusitada de partidos políticos, casi todos nuevos e improvisados. Creyendo que los de centro tendrían mejores opciones, los más extremos enfilaron sus baterías a los moderados, pulverizándolos. Como suele ocurrir, el elector mayoritario peruano hurgó entre las opciones disponibles buscando la más alejada de aquel establishment que, a su juicio, hizo inoperativo al Estado. Así encontró a un maestro de escuela que no parecía vinculado con el poder que controlaba al Perú desde hace cientos de años. Los votantes de derecha, por otro lado, se fueron decepcionando progresivamente de sus candidatos, en tanto ellos iban evidenciando sus limitaciones. Así también los medios de comunicación fueron abandonándolos. No les quedó sino el mal conocido, el fujimorismo. De esta manera ocurrió lo inconcebible: Keiko Fujimori y Pedro Castillo tuvieron una esmirriada votación, pero, aun así, las dos más altas.

Para la segunda vuelta se aliaron los poderes fácticos con el objetivo de lavar de sus defectos a Keiko Fujimori, quien, sin embargo, fue ligeramente superada por el candidato más débil de todos, Pedro Castillo. ¿Cómo ocurrió eso? Un importante número de electores tuvo la sensación que había que elegir entre una mega mafia, producto de la alianza de varias otras también poderosas, y un hombre sin mayor preparación para gobernar, aunque aparentemente sincero y dispuesto a enfrentarse a un poder que parecía invencible. Para otras personas, lo que estaba en juego es cuál de las dos mafias autoritarias iría a capturar el Estado y optaron por la mas fácil de neutralizar. Otra parte del electorado creyó la campaña mediática de terror, algo delirante, que presentaba a Perú Libre como parte de una conspiración internacional para imponer el comunismo en Latinoamérica y vivió los momentos de mayor pánico de su vida. Finalmente, un segmento de la población votó con esperanza por el supuesto grupo marxista-leninista, sin tener claro lo que eso significa, con el simple deseo de que haya un cambio en el sistema económico y estatal, pues siente que este no lo beneficia sino más bien lo perjudica.

Así pues, en algunas personas el voto por Castillo fue emocional e irreflexivo, en otras se trató de un riesgo calculado y solo en una minoría fue el producto de la elección de una ideología. El votante de Fujimori, por su parte, estuvo principalmente movido por el pavor, un espanto en gran medida generado por redes sociales y medios de comunicación alineados para ese fin. El fujimorismo apeló a los fantasmas menos elaborados de nuestra historia reciente: la dictadura de Velasco, los crímenes de Sendero Luminoso y la pésima administración económica del primer gobierno de Alan García. Castillo, un candidato con mensajes erráticos, hizo posible que el fujimorismo y la prensa que lo apoyaba proyectase eficientemente en él todos esos temores, generando la impresión, en mucha gente seguramente bienintencionada, que, aunque el fujimorismo encarna el autoritarismo y la corrupción, esta vez salvaría a la democracia peruana. A pesar de todo eso, Castillo ganó.  

El resultado, al día de hoy, es que los partidos que nos gobernarán son los más polarizados que se pueda recordar. El ejecutivo estará en manos de la izquierda y el Congreso controlado por la derecha, con un centro político triturado. Dado ese escenario, son pocas las posibilidades de que Castillo termine su mandato, a menos que establezca alianzas con los partidos de derecha. Este sector, por su parte, no tendrá interés en participar de ellas y más bien hará todo lo posible por interrumpir el mandato de Castillo, lo que pondría al país al borde de la violencia extrema. A muchos grupos de derecha, no obstante, eso no parece importarles o no lo tienen claro. Más temor les produce la indefinición de Perú Libre y la impresionante campaña de información falsa promovida por sus opositores. 

¿Se hubiera podido evitar todo esto? Quizá sí, pero esa pregunta solo tiene sentido para entender nuestro pasado reciente y así evitar que algo semejante vuelva a ocurrir. Para comenzar, si en nuestra época de bonanza se hubieran fortalecido los servicios estatales, los sectores mayoritarios se habrían sentido más protegidos y acompañados durante la pandemia. Esta no es solo responsabilidad del gobierno central sino también de los regionales, de su incapacidad administrativa y, sobre todo, de su falta de perspectiva a mediano y largo plazo. Si, además, la derecha hubiera presentado mejores cuadros y no los más mediocres, quizá ellos hubieran mostrado una cara más moderada y atractiva. Finalmente, si, en un improbable acto de vergüenza, nobleza y realismo, el fujimorismo hubiera desaparecido de la escena peruana en el año 2001, muchos compatriotas no tendrían hoy la sensación de que el Estado es el botín de un conjunto de mafias cínicas a las que solo les interesa su beneficio. Ver defendiendo la democracia a personajes que participaron de una dictadura y organizaron un fraude electoral en el año 2000, no hizo más que robustecer la idea marxista que el concepto de democracia es solo la justificación ideológica de una clase dominante para permanecer en el poder.

Aunque muchos votantes por Castillo no hayan leído a Marx, probablemente intuyen cuál es la crítica a lo que él llamaba ‘democracia burguesa’. En el extremo de la ironía, la derecha ejemplificó otros conceptos marxistas como, por ejemplo, la noción de ‘traición de clase’. Para Marx, el proletario que no lucha por sus intereses y se alía a los grupos dominantes, traiciona a su clase. Durante nuestra surrealista segunda vuelta, colectivos de derecha persiguieron y amenazaron a las personas de sectores acomodados que rechazaron al fujimorismo o que simplemente optaron por no apoyarlo. Esos ‘caviares’ eran, pues, traidores de clase. Naturalmente no acosaron a las personas de estratos más bajos, pues consideraban natural que ellos se comportasen de esa manera, dada su extracción socioeconómica. Nunca mejor ilustrada la tesis marxista de que “el ser social determina la conciencia social”.  

Pero nada de eso es sistémico sino coyuntural y esperemos que anecdótico, si la cosa no llega a mayores. El punto central es que las causas de fondo que conducen al elector peruano a intentar destruir el sistema con su voto, siguen presentes: falta de oportunidades, inequidad e insuficiente acceso a la educación y la salud, es decir, Estado débil. Si no intervenimos en esas causas y si se sigue confiando en que los problemas estructurales del país serán resueltos por la competencia entre empresas privadas, cuyo objetivo último es el lucro, volveremos una y otra vez, como una trágica compulsión a la repetición, a observar la misma dinámica: mafias autoritarias que intentan capturar el Estado; la frágil democracia peruana que se resiste a morir, sostenida por la sociedad civil; un número enorme de electores que cada cinco años protestan enfurecidos, introduciendo un papelito en una urna, ante un Estado al que consideran extraño, incomprensible e ineficiente. La solución no es debilitar aún más ese Estado, sino fortalecerlo, para que pueda enfrentarse a los grupos de poder que intentarán tomarlo por asalto o incluso desaparecerlo, de manera que ellos puedan avanzar a su gusto. Fortalecer el Estado, naturalmente, no es necesariamente agrandarlo sino hacerlo más eficiente para garantizar servicios básicos de toda la población, sobre todo en salud y educación. Es también hacerlo más transparente y, especialmente, más sensible a las necesidades mayoritarias. A diferencia de las empresas privadas que no tienen por qué serlo y que solo se limitan a cumplir la ley, el Estado sí debe ser un agente moral.       

Lamentablemente celebraremos nuestro bicentenario replicando una inconfundible tara colonial. Algunos sectores sociales creen que solo ellos saben cómo sacar al país adelante y sienten que les asiste el privilegio de decidir por sobre los demás. Para muchos de ellos, por tanto, la democracia está bien si les permite mantener su derecho a liderar, pero mal si este es cuestionado. En doscientos años no ha habido mucho cambio al respecto, excepto en un punto que puede ser crucial: después de lo que hemos visto en esta segunda vuelta, ahora es imposible no ser conscientes de ello. De hecho, ha sido precisamente en plena celebración del bicentenario donde este fenómeno se ha mostrado con toda su crudeza. Por ello, la tarea que nos espera para los próximos años es construir una república para terminar de salir del Virreinato.  

Referencias

Darwin, Charles (1859/2009). El origen de las especies. México: UNAM.

Darwin, Charles (1871/2009). El origen del hombre. Barcelona: Crítica

Hobbes, Thomas (1651/2010). Leviatán. O la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. México: FCE.

Marx, Karl & Engels, Friedrich (1975). Marx y Engels. Cartas sobre las ciencias de la naturaleza y las matemáticas. Barcelona: Anagrama.

Marx, Karl (1867/1999). El capital. Barcelona: Bauza.

Quintanilla, Pablo (2021). El diálogo público y la fuerza de las razones. En Martín Tanaka (ed.). 2001. Las elecciones y el bicentenario. ¿Oportunidades desperdiciadas o aprovechadas? Lima: PUCP.

1 Comentario sobre "Mafias, Estado y democracia"

  1. Juan José Martín Lizarraga Lazo | 23 junio 2021 en 09:36 | Responder

    Interesante análisis de cómo es que llegamos donde estamos y, sobre todo, la tarea de ciudadanía que debemos emprender desde este instante. Participación cívica y ciudadana, fortalecimiento y participación política. La solución es participación y razón y fe.

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