Roberto (cuento)

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Revista Ideele N°298. Junio-Julio 2021

Me esperó con un vestido negro, ceñido, ligero, y con el pelo húmedo como si acabara de salir de la ducha. Crucé el umbral de la puerta sin detenerme y dejé mi maletín sobre una de las sillas de sala. Se acercó por detrás y me ayudó a sacarme el saco que había llevado puesto todo el día. Antes de colocarlo sobre el respaldar del mueble, pasó su rostro alrededor de la solapa, aprovechando hasta el último olor que había dejado.

Me dejé caer sobre el sofá, sintiendo todo mi peso hundirse lentamente. Tiré mi cabeza hacia atrás y me relajé. Sentí uno de sus dedos en cada uno de mis muslos, subiendo y bajando despacio. Haciendo círculos, figuras. Luego la palma de sus manos apretando suavemente mi torso. Mi respiración cambió de ritmo, mantuve los ojos cerrados y me dejé excitar por sus manos frías.

Antes me ponía nervioso el momento en el que empezaba a decirme Roberto. Hacía que estuviera alerta, asustado, me inhibía un poco. Los primeros meses noté que se esforzaba por no llamarme así, que trataba de ocultar ese detalle cuando nos veíamos. Poco a poco me tuve que acostumbrar.

            —Roberto—dijo mientras desabrochaba mi pantalón sin dejar de mirarme. —Roberto ha muerto, ha muerto. 

La sala tenía varias fotos de mi hermano: siempre sonriente, guapo, seguro. Estaban también las de su boda. En el medio de la mesa, un cuadro grande, plateado. Ambos salían elegantísimos: la pareja más feliz del mundo. Me puse de pie, dejé que mi pantalón se deslizase hasta caer al suelo y cargué a Roció sosteniéndola por las piernas. Sobre la cama sentí su lengua húmeda en mi oreja y sus besos rápidos, ansiosos, en mi rostro. 

            —Roberto está muerto ¿verdad?, ¿qué tan muerto está? —preguntó.

Había pasado ya el velorio, el entierro, su misa por el primer mes y la del primer año. Mi madre continuaba de luto por la muerte de su primer hijo. Decía, sofocada por un dolor inconmensurable, que seguiría vestida de negro hasta que a ella también se la lleve la muerte. Para mí, había llegado ese momento en que el sentimiento empieza a naturalizarse, en que uno se habitúa a determinadas ausencias y se reconcilia con el pasado. 

            —Muerto, muertísimo. Cada vez que lo hacemos está más muerto—le contesté mientras entraba en ella con rudeza y mis palabras se confundían con sus jadeos. 

Yo era la versión que ella había conocido de Roberto antes de que se dejara la barba, antes de que se recibiera de ingeniero y empezara a trabajar en la fábrica textil. Le gustaba decirme que antes el pelo de Roberto era como el mío, ensortijado y castaño, una maraña marrón por la que le gustaba pasar sus manos. 

Me pedía que imagine su cuerpo sin arrugas, que piense en cuando sus senos eran más firmes y sus caderas tenían la anchura exacta. Quería que viera todo eso nunca disfruté de cerca: su torso delgado, su cabello rubio y natural. Que la toque como la tocaba Roberto antes de que la cambiara por vicios comunes: cigarros, ron y siestas inacabables. Quería que fuera ese hombre con el que podía perder el control y sentirse segura, que me convierta en mi hermano antes de las peleas por sus amantes. 

La primera vez que fui solo a su casa luego de la muerte de mi hermano fue para llevarle el sobre con dinero que él había dejado guardado en casa. Ese día crucé el umbral como lo haría muchísimas veces después, en silencio, pidiendo permiso, sintiéndome diminuto en la casa que había comprado mi hermano para vivir con su esposa, una mujer bellísima y casi de su misma edad. 

Ese día noté que la tristeza había llegado al rostro de Rocío como algo que cae en el lugar equivocado y solo le queda el camino de la impostura. Estaba de negro y con el cabello recogido, tenía guantes puestos y los hombros un poco caídos. Pero en sus ojos solo había calma, expectativa al verme y ni un rastro de pena. Luego de que le di el dinero, me pidió que me siente en el sillón principal de la sala, se colocó a mi lado. Sus labios se acercaron a mi boca. Su cuerpo se movía como si pudiera deslizarse sobre el mío. Al oído empezó a llamarme a Roberto, una y otra vez, mis manos juntaron su pecho al mío y esa noche pasamos a ser un solo cuerpo.

Con ella las tardes y las noches se confundían, pasábamos el día entero desnudos sobre su cama. Durante los siguientes dos años vi a sus senos perder forma y a sus piernas subir de peso.  Cada vez más arrugas y más canas mientras me educaban en todos los misterios de la lujuria. Recorría mis piernas, mis manos, mis brazos blancos, atléticos, apenas con algunos pelos granates, sentía que quería arrancarme la juventud con las uñas.

Los últimos días, hicimos el amor con cadencia, sin ritmo, monótonamente. El cuerpo de Rocío había pasado a parecerme flácido, redondo, viejo y sin gracia. Pasé de la costumbre al hastío, su belleza se me fue desvaneciendo y su sexo me causaba cada vez menos atracción.

Por esos días conocí a una chiquilla preciosa, jovencísima, a punto de terminar la secundaria. En la oscuridad de mi cama le enseñé de amor y de sexo. Fumando juntos bajo las sábanas prometimos huir para vivir juntos apenas acabara sus estudios a finales de ese mes. Pensé luego en Roberto, en lo que le había pasado, y en que podría correr yo el mismo destino si Rocío descubría que le era infiel. Decidí que partiéramos de inmediato. 

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