Visiones de Johana (cuento)

Escrito por Revista Ideele N°298. Junio-Julio 2021

Encuadré la toma y enfoqué la iglesia por el visor de la cámara. Desde ahí el paisaje lucía magnífico. El cielo era un mar en donde gobernaba el sol, únicamente interrumpido por las montañas verdes y la arquitectura del templo. No me detuve a pensar en por qué ese paisaje y no otro de los muchos que había visto camino al pueblo.

Solo vi la imagen en mi cámara cuando desempaqué mis cosas en el cuarto del hotel. Ahí estaban las paredes de piedra, el cielo azul, el campanario, la cordillera. Un breve zoom me permitió concentrarme en los detalles, la yerba entre los zócalos, el musgo creciendo cerca al jardín y las manchas de óxido invadiendo el enchapado de cobre. De pronto, una figura se dibujó entre las piedras, proyectada por la luz matinal de los Andes. Era el perfil de una mujer en un poncho opaco, parecido al color de la iglesia.

Salí del hotel y desanduve mis pasos. La gente del pueblo no estaba acostumbra al turismo en esa época, así que mientras caminaba por la calle era objeto de atención de todo el mundo. Atiné a ver mi reflejo en la ventana de una vieja zapatería. Mi cabello negro y lacio, mi metro setenta de estatura, el pantalón morado y la casaca de cuero. El mismo atuendo que había llevado hacía poco por las calles de Madrid. Mi propio rostro, tosco y femenino, que había cautivado a Nikita tiempo atrás. Ella solía buscarme en plena marcha por las calles de Malasaña con la euforia de las pastillas y las cervezas, siempre escapando de alguien. 

–¡Johana! –Me llamaba desde la puerta del bar–. Te he estado buscado toda la noche –me decía, cínica, para luego caer en mis brazos.

–Ya habrás acabado con todos tus amantes –le recriminaba.

¿Qué estará haciendo ahora Nikita? ¿A quién se estará cogiendo?

Encontré a la señora apoyada junto a la iglesia, en la misma posición en la que había estado horas atrás cuando tomé la fotografía. Le pregunté si se encontraba bien, pero ella solo atinó a dirigirme una mirada que contenía siglos de memoria. Dijo algo que no pude entender y extendió su mano hacía la mía, como pidiendo una moneda.

Saqué un Sol y se lo di, para luego ofrecerle algo de comer.

–¿Quieres comer? –le pregunté–. ¿Tienes hambre? –Me toqué el vientre y solo entonces ella aceptó, primero con desconfianza, luego con la seguridad de quien no tiene nada que perder.

En el restaurante del hotel pedimos carne de alpaca y vino. La señora comió de manera pausada, usando la cuchara sopera para servirse garbanzos y arroz. El vino no lo tocó, pero pidió en su lugar una botella de agua. Me observaba incrédula y yo no dejaba de mirar esas largas trenzas negras que le llegaban a la cintura.

Más tarde, en la plaza, la mujer se puso a hablar. Yo no la podía entender, pero capté de inmediato el mensaje de que algo muy malo, terrible, había ocurrido sin que a nadie le hubiera importado. Su voz era como un lamento inconcebible, diáfano, que nada tenía que ver con Lima, con Madrid o con Nikita, o con el resto de mi vida que venía en un barco desde el océano Atlántico.   

La tarde empezó a caer sobre el pueblo como una avalancha morada. Lejos, en la montaña, ya se había hecho de noche, las casas parecían dormir en un plácido limbo. Más lejos, una tenue luz parecía tintinear en la penumbra. En el pueblo, el sonido de un mototaxi partió en dos la quietud del atardecer.

Prendí un cigarrillo. La mujer ahora se quejaba y señalaba un lugar indeterminado entre los comercios del pueblo. Lloraba y sus lágrimas lo mojaban todo: sus trenzas, el poncho, mi cara, la vieja casaca de cuero.

Pensé en mi madre, en la forma en que todo había acabado, en que hacía años que no pensaba en ella. Me pregunté por las mujeres de mi vida y elaboré mentalmente una lista de todas. Estaba sola, con Nikita y mi madre a miles de kilómetros, compartiendo el dolor de una mujer a la que no conocía, en un pueblo perdido en la sierra del Perú.

–¿Pero qué coño haces ahí, Johana? –Me escribiría Nikita más tarde.

Cerré los ojos y lloré, lloré mucho. Nunca el dolor había sido tan reconfortante. Sentada en la banca de aquella plaza de pueblo, en la oscuridad de la noche y lejos de todo lo que alguna vez consideré mío, sentí que podía amistarme con las mujeres del mundo, que nuestras imperfecciones pronto serían retribuidas con grandeza, que el amor era algo posible, que el mundo seguiría siendo un gran misterio para nosotras, pero que por fin eso ya no tenía ninguna importancia. Las dos llorábamos cuando me di cuenta de que después del dolor, y en su lugar, llegaba una plácida calma, y que el cigarrillo en mi mano se había apagado.

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