¿Castillo, el Evo peruano?

Escrito por Imagen: La República Revista Ideele N°299. Agosto-Setiembre 2021

La elección de Pedro Castillo como presidente del Perú ha sido sorpresiva en más de una dimensión. Resalta, por ejemplo, que sea el primer presidente democráticamente electo de origen rural y andino, cuya incursión en las “grandes ligas” de la política se dio a partir de liderar una huelga de maestros durante el inicio del último quinquenio. Por lo mismo, la tentación a compararlo con otros liderazgos regionales surgidos de movimientos sociales es muy alta, especialmente dada su proximidad a la figura del expresidente boliviano, Evo Morales. No solo existen similitudes políticas y sociales entre “El Jefazo” y “El Profe”, sino que sus encuentros recientes sugieren un posible asesoramiento político. Sin embargo, se suele decir que ni Castillo es Morales ni Perú Libre es el Movimiento al Socialismo (MAS). ¿Qué tan atinadas y útiles son esas comparaciones? ¿Puede Castillo convertirse en una figura comparable a la de Morales? 

Para empezar, hay diferencias estructurales importantes. Las sociedades bolivianas y peruanas son distintas en sus niveles de organización y movilización social. Perú, por ejemplo, no desarrolló un movimiento social indígena de alcance nacional como Bolivia, donde este tipo de movilización ha sido históricamente más fuerte. Por el contrario, si algo caracteriza al Perú es la debilidad de sus sindicatos, la fragmentación de la protesta social y la fragilidad de sus liderazgos. La huelga encabezada por Castillo en 2017, que movilizaba a un sector radicalizado del magisterio en contra de la dirigencia nacional del SUTEP, es un buen ejemplo de esta precariedad y desconexión entre las organizaciones sociales. Eventos masivos y nacionales, como las protestas de noviembre del año pasado en contra del breve gobierno de Manuel Merino, son realmente extraordinarios y difícilmente se traducen en movimientos sociales que trascienden la coyuntura del descontento.

Por su lado, el MAS, a diferencia de las fuerzas políticas que hoy apoyan a Castillo, surgió en 1995 como expresión electoral de un movimiento social fuerte, densamente organizado, con disciplina, y geográficamente concentrado en el Chapare cochabambino, una zona de producción de coca y que recibió una fuerte migración interna de comunidades mineras, especialmente a partir de mediados de 1980. En sus comienzos, por falta de personería jurídica, los cocaleros, con Evo Morales a la cabeza, buscaron una alianza con la Izquierda Unida (IU), una coalición de partidos de izquierda que para mediados de los años 90 estaba casi difunta. En las primeras elecciones generales que participaron, los sindicatos de cocaleros, en alianza con la IU, consiguieron colocar a varios diputados, incluyendo a Morales. Su posterior crecimiento fue rápido y se dio a partir de experiencias municipales y buenas gestiones locales, desde lo local hacia lo nacional, al mismo tiempo que el partido acumulaba experiencia legislativa y coordinaba la acción directa en las calles. 

Si bien la historia no se repite pero rima, a veces rima poco. Las diferencias estructurales entre Perú y Bolivia, de relación entre liderazgo y bases sociales organizadas, de apoyo social, de contexto institucional al momento de acceder al poder, y las características de la oposición inducen a pensar que Castillo probablemente intente seguir la misma dirección que Morales pero sin el mismo éxito. No obstante, mientras la oposición siga en su deriva intransigente, el ejercicio del poder puede generar incentivos que fortalezcan el liderazgo del presidente, crear cierta cohesión alrededor su gobierno, y fortalecer sus bases de apoyo convirtiéndolas en actores sociales organizados.

Con ese capital, el MAS se fortaleció organizativamente a partir de 2002, cuando Morales casi conquista la presidencia y el partido puso a varios diputados en el congreso nacional. Esa derrota electoral fue una bendición. Evo no estaba realmente preparado para gobernar en un contexto de movilización social ascendente y el MAS carecía de cuadros capacitados para la gestión pública. Sin embargo, aprovecharon ese impulso para continuar con su estrategia de expansión organizativa territorial bastante ambiciosa, la cual incluía intentos de unir a la izquierda partidaria, especialmente urbana, detrás de su proyecto. Para el 2005, cuando ganaron las elecciones presidenciales en primera vuelta y con mayorías sólidas en el congreso, ni el MAS ni el expresidente eran actores secundarios en la política nacional boliviana. En tan sólo 10 años, aunque de forma consistente, el MAS se había transformado de un “instrumento político” de los cocaleros del Chapare a un vehículo electoral para un grupo mucho más amplio de actores sociales subordinados, y, finalmente, en partido de gobierno.

Esto contrasta claramente con el caso de Castillo y Perú Libre. En principio, tanto el partido como el candidato eran desconocidos para la mayor parte del electorado hasta antes de marzo de este año. El ascenso político del hoy presidente responde a la dinámica electoral antes que a un proceso de efervescencia social. En breve, Castillo no ganó la presidencia por ser representante de un movimiento social consolidado ni por la competitividad de su partido, sino por los vaivenes propios de una de las elecciones más polarizadas y fragmentadas de la historia peruana reciente. Hasta unas semanas antes de la elección, su intención de voto se mantenía en un solo dígito y no fue hasta el último tramo en que el desencanto con las otras opciones benefició su candidatura hasta obtener un magro 15% de los votos emitidos. Vale recalcar que aunque ese porcentaje le aseguró pasar a la segunda vuelta como el más votado, esa cifra es mucho menor al obtenido por los “segundones” en las elecciones celebradas desde 2001. Fue precisamente su cualidad de desconocido, de no tener un pasado reconocible, la que le aseguró sacar el boleto al balotaje frente a un electorado que iba cambiando de candidatos como quien deshoja margaritas. 

Además, a diferencia del MAS, Perú Libre es un partido personalista construido alrededor de la figura de Vladimir Cerrón, el presidente del partido y originalmente candidato a la vicepresidencia, cuya centralidad dentro de la izquierda ha crecido en los últimos meses. Hasta antes de la segunda vuelta, el partido era considerado una organización menor e improvisada comparada con otras coaliciones políticas que aglutinan a la izquierda como Juntos por el Perú o el Frente Amplio. De hecho, esa falta de preparación para competir en una segunda vuelta hizo que Castillo se viera forzado a tender alianzas con estos grupos, para obtener los cuadros técnicos y políticos necesarios para enfrentarse a Keiko Fujimori. Por ello, antes que un fenómeno de bases y de construcción de organización en el largo plazo, estamos frente a un resultado coyuntural, producto de una competencia marcada por la volatilidad de las simpatías y antipatías. 

Esto nos lleva a reflexionar sobre el liderazgo del movimiento social. Desde temprano, el MAS eligió a un líder, Evo Morales, cuyo mandato surgió directamente de las filas del movimiento cocalero y quien se posicionó tempranamente como figura central, indiscutible y a la cabeza, del armado político. Tanto el partido como el líder emergieron del movimiento de manera orgánica. Como parte de su expansión territorial y organizativa, el MAS abrió sus listas de candidatos a organizaciones de la sociedad civil (sindicatos rurales, cooperativas mineras, transportistas, asociaciones de trabajadores informales), nutriendo al partido de liderazgos locales y ampliando su caudal electoral. También convocó a figuras “invitadas”, miembros de élites sociales y culturales quienes sirvieron como puentes con segmentos predominantemente urbanos y de clase media y, al mismo tiempo, introdujeron fuertes tensiones entre liderazgos “orgánicos” e “invitados” al interior del partido. 

Las diferencias con el caso peruano son aquí significativas. Para empezar, Perú Libre no es una expresión orgánica de la organización sindical que lidera Castillo, la Federación Nacional de Trabajadores de la Educación (FENATE); es decir, no es un partido de movimientos sino más bien un proyecto político de Cerrón al cual Castillo se suma luego de las protestas sociales que lideró en 2017. El hoy presidente se afilió formalmente al partido en septiembre del año pasado, cumpliendo las formalidades para la inscripción de su candidatura. Por ello, es significativo que, durante en la segunda vuelta y ya en el gobierno, el liderazgo de Castillo dentro de Perú Libre haya sido cuestionado por algunos militantes cerronistas pues perciben que no ha contribuido directamente en la construcción del partido sino que es un “invitado”. De hecho, hay quienes consideran que el control de Cerrón sobre la bancada es precisamente su palanca para mover al presidente, por lo que la FENATE parece estar iniciando un proceso para la formación de su propio partido. Esta tensión  fue ilustrada en el nombramiento de su primer gabinete. Castillo es el presidente del gobierno pero no es la figura central dentro del partido sino más bien un copiloto. 

Asimismo, en Bolivia, a principios del primer gobierno del MAS, se hablaba del “mandar obedeciendo” a las bases sociales. Lejos de ser un mero slogan, esto tenía algo de sustancia y práctica, al menos por un tiempo. En el caso peruano, no queda claro quién manda, a quién se obedece, ni cómo funcionan estos mecanismos de retroalimentación. Al parecer, con el nombramiento de ministros, si bien se lograron ciertos equilibrios corporativos y una diversidad en su composición social resultado de pugnas por cuotas de poder (comparable al primer gobierno de Morales), también en esos nombramientos se impuso Cerrón y así logró tensionar las relaciones con segmentos de sus pocas bases sociales organizadas. Si bien organizaciones de base como las rondas campesinas permanecen alineadas con Castillo, y en general la crítica se mantiene en ámbitos privados, algunos líderes y sectores minoritarios han expresado su descontento. Entre otras líneas de tensión emergentes, existe un malestar al interior de organizaciones locales de izquierda que apoyaron a Perú Libre en la segunda vuelta y consideran que al forzar las tensiones con la oposición, el gobierno puede perder una oportunidad única para avanzar cambios realmente importantes. En un contexto marcado por la polarización, es de esperar que estas críticas permanezcan en las internas, al menos por ahora. Cabe mencionar que estas bases sociales organizadas además son bastante estrechas, a diferencia de los movimientos que le dieron forma y sustento político al MAS.

Dicho esto, también encontramos similitudes. Tanto Castillo como Morales accedieron al poder en contextos de movilización social ascendente. Lo hicieron en un momento en el cual los “establishments” políticos estaban en crisis fatal. Pero incluso en las similitudes hay diferencias destacables. En el caso boliviano el MAS ganó las elecciones presidenciales de 2005 en medio de una ola de protestas, una secuencia reactiva de insurrecciones que habían empezado en el 2000, con fuerte contenido anti-neoliberal, y recibió una agenda bastante radicalizada de nacionalizaciones, reforma agraria, asamblea constituyente–un “momento constituyente”, en palabras del politólogo Jason Frank. En otras palabras, el MAS recibió un mandato bastante radicalizado, y la movilización social empujó en ese sentido, aunque al momento de ganar las elecciones el MAS ya era un partido más moderado, al menos en el plano económico, con una figura como Luis Arce (en una fórmula comparable al nombramiento de Pedro Francke), y bastante pragmático más allá de una retórica radicalizada. Esta combinación de retórica radicalizada y políticas moderadas fue, a su vez, un rasgo distintivo del proceso político boliviano liderado por Morales, al menos en el plano económico.

Si bien Castillo accedió al poder luego de una serie de protestas y con apoyos de “los de abajo”, la movilización social es distinta: muy fragmentada, con fuerte impronta local, e incapaz de articular una agenda programática nacional más allá de los intereses sectoriales. Esto lo ha explicado muy bien Omar Coronel en esta misma revista. Aunque la demanda por una nueva Carta Magna sigue presente en los reclamos de algunos sectores, Perú está más cerca de un “momento destituyente” que de uno constituyente. A fines del 2020, en medio de la crisis política, la encuesta de opinión del IEP mostraba que un 48% de los peruanos pedía una nueva constitución, en julio de este año, el apoyo a dicha demanda se redujo a 23%. Antes que radicalizar el debate, la campaña incrementó los temores ciudadanos, debilitando el mandato por una nueva constitución. En este escenario, el gobierno no ha abandonado la retórica constituyente, usándola como un mensaje de “lealtad” con sus bases pero también como una herramienta para intentar sostener la poca movilización social generada por la segunda vuelta y en rechazo de las maniobras de la oposición para deslegitimar los resultados. 

El contexto político-institucional también es claramente distinto. Morales ganó la elección en primera vuelta con 54% de los votos mientras que Castillo obtuvo menos del 20% en primera vuelta y casi empata en con Keiko Fujimori en el balotaje. De hecho, el MAS no tuvo que enfrentarse a un contrincante como el fujimorismo, un partido que amenaza con dinamitar todo en cualquier momento, siguiendo lo aprendido en los últimos cinco años. La oposición boliviana era un campo más fragmentado y débil en términos institucionales, y, sobre todo, el congreso tenía poco poder real como para armar y desarmar el tablero político, como en el Perú de los últimos cinco años. No obstante, esa oposición, basada en Santa Cruz, logró construir poder de movilización para suplir su débil posición institucional, llevando a Bolivia hacia lo que el ex-vicepresidente Álvaro García Linera llamó un “empate catastrófico” que amenazó, por un tiempo, con llevar al país al borde de una guerra civil. Pero, a diferencia de Castillo, Morales contó desde comienzos de su mandato con una base social lo suficientemente amplia, densa, y fuerte como para sostener conflicto y polarización paralizantes y al mismo tiempo “refundar” las bases institucionales del país. 

Ahora bien, cualquier intento de revisionismo sobre la experiencia boliviana debe tener en cuenta que el MAS también estaba plagado de tensiones internas y externas cuando Morales ganó la presidencia. Eran pocos los académicos, analistas, periodistas, y políticos de oposición que le pronosticaban más de seis meses de sustento político al presidente. En efecto, si bien el MAS accedió al poder con cierta experiencia de gestión local y poder organizativo, capturó la presidencia con estructuras políticas poco desarrolladas, con movimientos sociales de alcance nacional plagados de pugnas internas y empujando en todas direcciones, con una oposición altamente movilizada, y en un contexto de fuerte desprecio por parte de las élites económicas y sociales ante la llegada al poder de un líder indígena. 

No obstante, el MAS se fortaleció enormemente desde el ejercicio del poder, al calor de lo que el politólogo Alberto Vergara definió como una “danza hostil” con la oposición y las élites económicas, que facilitó la construcción de una cohesión interna que no existía y que tomó tiempo. Cabe resaltar, sin embargo, que el MAS se fortaleció desde el poder, no se construyó a partir de él. Más que un juego de palabras, esta aclaración revela un problema fundamental para el presidente Castillo: La historia reciente indica que construir un partido desde el gobierno, especialmente en un país con amplia desconfianza por la política como Perú, es un proyecto menos auspicioso. Más aún, por premura o impericia, una de las primeras medidas del gobierno ha sido acelerar el reconocimiento de la FENATE por parte del Estado, algo que, lejos de fortalecer la unidad del magisterio como base social del gobierno, le abre una nueva veta de tensiones con el SUTEP, uno de los pocos sindicatos nacionales con capacidad de movilización.

Si bien la historia no se repite pero rima, a veces rima poco. Las diferencias estructurales entre Perú y Bolivia, de relación entre liderazgo y bases sociales organizadas, de apoyo social, de contexto institucional al momento de acceder al poder, y las características de la oposición inducen a pensar que Castillo probablemente intente seguir la misma dirección que Morales pero sin el mismo éxito. No obstante, mientras la oposición siga en su deriva intransigente, el ejercicio del poder puede generar incentivos que fortalezcan el liderazgo del presidente, crear cierta cohesión alrededor su gobierno, y fortalecer sus bases de apoyo convirtiéndolas en actores sociales organizados.

En un contexto polarizado, las fuerzas centrípetas pueden darle nueva forma a esa constelación dispersa que es hoy la sociedad peruana, apiñando no solo a la oposición (concentrada mayoritariamente en Lima) sino también al oficialismo. En el caso boliviano, esa gravitación de los sectores sociales alrededor del MAS fue importante para destrabar el empate entre gobierno y oposición, para consolidar al partido en el poder, y para “normalizar” y despolarizar el juego político favoreciendo la construcción de un actor con aspiraciones hegemónicas. Sólo el tiempo y la danza entre gobierno y oposición–incluyendo el comportamiento del sector empresarial y los militares–nos dirán si algunos de estos elementos se replican en el Perú. Aunque, claro, como destaca el politólogo Juan Pablo Luna, los tiempos sociales y políticos se han comprimido brutalmente en la región y las “lunas de miel” hoy rozan lo efímero. 

Sobre el autor o autora

Santiago Anria
Profesor asistente de ciencia política y estudios latinoamericanos en Dickinson College. Doctor en ciencia política por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. @AnriaSantiago

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