Castillos en el aire

Escrito por Revista Ideele N°216. Febrero 2012

 “La última vez que te vi tenías 22 años. Fue un 21 de octubre de 1990 y andabas muy preocupado por la suerte de todas esas personas que en tus investigaciones estudiantiles junto con otros compañeros de tu universidad realizaban en los pueblos jóvenes, como resultado de las medidas económicas implantadas por el shock del gobierno de Fujimori…”

“Y en eso estabas en Villa El Salvador ese fatídico domingo 21 de octubre de 1990 cuando caminando por esas calles uno de esos vehículos que cubrían un operativo policial te detuvo frente a las miradas curiosas de muchos vecinos cuando te amenazó con su arma un policía, te insultó, quitó tus lentes y tus documentos personales y sin mediar razón alguna te ordenó que te metieras en la maletera del patrullero partiendo con rumbo desconocido”.

Así comienza su carta Cromwell Castillo. Ese otro padre coraje que tampoco cesó en la búsqueda de su hijo, un joven estudiante de sociología de la Universidad Católica  a quien no se le dio la oportunidad de explicar qué hacía en Villa El Salvador un domingo de setiembre. Era la época en que los estereotipos se volvían fulminantes.  La maletera de un auto, en la que fue arrojado con prepotencia, fue el último lugar en el que se le vio con vida.

 Cromwell, ajeno a las luces de los impertinentes flashes, pero sacándole brillo a  su coraje; le escribe una carta a su hijo Ernesto quien ahora debería tener 42 años.

 La teoría de la conspiración, en este caso, no fue  necesaria. La escena de su desaparición fue acreditada por una decena de testigos. Las profundidades del Colca quedaron pequeñas. Aunque aquí también   una atmósfera pétrea  parecía haberse tragado un cuerpo, pero lo más pétreo fueron las autoridades del   país y su monumental indiferencia.

  Al igual que Ciro, Ernesto, su tocayo de apellido, salió una mañana de su casa  y nunca más regresó. Al chico lo desaparecieron de la faz de la tierra y aunque hubo testigos y videos, nunca fue  hallado el cuerpo. Pero Ernesto  era de la Universidad  Católica y el caso tuvo sus 15 minutos de atención mediática. A pesar de que actualmente los policías implicados  estén cumpliendo condena,   la verdad es que nunca se hicieron los esfuerzos necesarios para encontrar a Ernesto Castillo Páez.

 No hubo ayuda extranjera, ni titulares que día a día nos relatasen una búsqueda inexistente, no hubo títulos de padre coraje para el hombre que hasta ahorita no flaquea en la búsqueda de la verdad, no existieron cuentas  de  apoyo económico ni tampoco cambio de fiscal para garantizar un proceso transparente, no hubo reconstrucción de los hechos.

 Pero todo parece indicar que si hubo topos. No  del tipo de  estos  mexicanos especialistas en hallar personas desaparecidas, sino de aquellos  expertos en escarbar la tierra y esconder los huesos.

  El reto por la verdad y la justicia emprendido por Ernesto Cromwell Castillo ha dado sus frutos, en parte: el coronel Juan Carlos Mejía León fue sentenciado a 16 años de prisión. Pero el camino no fue para nada fácil y de ninguna manera representa el destino de los miles de desaparecidos en el país cuyas familias aún esperan justicia.

 La ruta de Castillo estuvo dinamitada desde el inicio. Literal. A su abogado el doctor Zuñiga le reventaron el brazo, vía un sobre bomba.  Los victimarios sobre los que pesaban pruebas irrebatibles (videíto manda no mandó) fueron absueltos en oprobiosos procesos.

 Recién con la huida de Alberto Fujimori, nuestro gobernante de facto en ese entonces, y en el inicio de la transición democrática se pudo reabrir los procesos.

 Quiso la coincidencia del apellido y que ahora se cumplan 20 años de su desaparición que hagamos un símil entre estos dos jóvenes. Pero como estos Castillos existen más de 15, 000 nombres. Para ellos no existen cámaras ni flashes que iluminen su olvido. Existe sí una chalina de la esperanza, que tendremos que aprender a destejerla  y tejerla en espera de una justicia que nunca llega.

Cromwell Castillo, el padre de Ernesto, también pensó en escribir un libro y lo hizo, “¿Dónde está Ernesto?”, fue su  título. No hubo segunda edición. No publicaron adelantos en los periódicos ni se anunció como best seller. Pero no todos han tenido la posibilidad de Cronwell . Hay muchas otras historias escritas sobre piedra y sólidas  como una mole  en el monumento “El ojo que llora”.

 Cromwell Castillo continúa su carta:

Era el cumpleaños de tu única hermana y te esperábamos en casa verte aparecer siempre con esa sonrisa del joven-hombre que sabía defenderse de cualquier dificultad.. pero nunca llegaste.

Nos costó mucho aceptar que ya nunca más vendrías, tras una larga e interminable jornada de velar por tu integridad física imaginada en una celda recluido, pero la institución policial negaba en todos los términos su responsabilidad de tu detención y recurrimos a todos los medios de prensa denunciando tu desaparición, presentamos un habeas corpus a los pocos días de tu desaparición que aunque fue declarado a nuestro favor en las dos instancias, no fue cumplido, iniciándose un proceso judicial sin ningún resultado positivo hasta que mandaron archivar tu caso.

Conocías de nuestra lealtad por el respeto de los valores de la persona humana y nuestro derecho a defenderlos y en ese ambiente te formaste, sabías entonces que para nosotros tú eras y eres lo más importante y jamás te abandonaríamos. Cualquier esfuerzo sería poco en nuestro afán de encontrarte o de saber qué hicieron contigo. Demandamos al Estado entonces ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos a la que no le fue difícil encontrar al Estado Peruano como culpable del delito de lesa humanidad cometido con tu desaparición.

Reabierto el juicio en el Perú se acusó a todos los policías que participaron en ese operativo en el cual te capturaron en cuyo proceso testigos presenciales de tu detención reconocieron al policía que lo hizo, su nombre: Juan Fernando Aragón Guibovich. La Sala Penal Nacional lo condenó junto a sus dos acompañantes del vehículo a 15 años de prisión y al oficial que dirigió ese operativo, coronel retirado de la PNP Juan Carlos Mejía León, a 16 años. Todos ellos se encuentran hoy en la cárcel sin aceptar su responsabilidad, negándose en consecuencia a confesar qué fue lo que hicieron contigo. Pasaron 16 años para que la justicia se haga presente, pero tú ya no estás y tampoco sabemos dónde están tus restos porque a los gobiernos que se han sucedido no les interesa y menos importa en los hechos cumplir con la parte de la sentencia de la Corte Interamericana que obliga al Estado Peruano a realizar todos los esfuerzos por ubicar tus restos y entregarlos a tu familia.

Es probable que muchos de los estudiantes aquí presentes, si no todos, por el tiempo transcurrido, 21 años, no te conocieron, sin embargo algunos o una parte minúscula a veces, se dan cita, para al mismo tiempo que nos hacen sentir su compañía, reflexionar aunque sea por breves instantes, de ponerse en tu lugar y sacar algunas conclusiones de la significación de estos eventos sobre tragedias que enlutaron a miles de familias peruanas en los aciagos tiempos que no tuvieron la desdicha de experimentar pero que ahora sirven para tomar conciencia de que nunca más se vuelvan a repetir.

 Hasta siempre Ernesto, mi querido hijo

 Tu padre

 La historia de Ernesto Castillo desnuda las miserias de un país. A todos les gusta enterarse de las vergüenzas ajenas, a nadie le gusta compartir las propias. Los desaparecidos en el Perú son nuestra  vergüenza. Es momento de reconocer que la historia nos emparenta a todos, a veces de manera injusta e inopinada, en un periodo infame. Que aquella sociedad que no termina de morderse las uñas  en cada   capítulo  de la historia del Colca, se de por enterada que hay 15, 000 familias con un drama similar, pero con más de 20 años de espera.

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