La democracia es trágica sin una ciudadanía educada

Escrito por Revista Ideele N°300. Octubre-Noviembre 2021. Imagen: elindependientedegranada.es

Las crisis de los últimos años han sido excesivamente severas en el Perú, hasta se diría que trágicas, pero los problemas que nos han salido al frente deberían dejarnos necesarios aprendizajes, siempre que sepamos reconocerlos. Si no los vemos, solo volverán a reaparecer cuando las circunstancias les sean propicias.

Es significativo que esos problemas hayan erupcionado al cumplir exactamente 200 años de independencia, como si nuestro país nos quisiera llamar la atención ante algo que no estamos viendo y que a veces incluso nos esforzamos por no ver. Las profundas, largas y casi permanentes crisis nos pueden conducir al pesimismo, la inmovilidad, el desánimo y el abandono; pero también podrían permitirnos una mejor comprensión de nuestra realidad, un análisis más fino y, en consecuencia, un comportamiento curativo, en el sentido latino de cultivo y en el griego de terapia, pues la palabra griega therapeía –que originalmente viene de therapón, el escudero que protege al guerrero– fue traducida al latín por cura, tanto en el sentido agrícola como médico y espiritual.

Para comenzar a entender lo que nos pasa, es buena idea tomar consciencia de la genealogía de los significados con que intentamos autodescribirnos. Las primeras palabras que vienen a la mente son “crisis”, “tragedia”, “problema” y “análisis”, todas de origen griego. Krisis procede del verbo krinein, que significa juzgar para tomar decisiones, separar y distinguir[1]. Términos castellanos con el mismo origen son “criterio”, “crítica”, “criba”, “discriminar” y “discernir”. Ahora bien, un primer punto que resulta claro es que nuestras crisis no suelen venir acompañadas de discernimiento ni pensamiento crítico: son solo desorden y desconcierto sin finura de criterio, es decir, quiebre y separación, pero sin lucidez para recomponer lo roto.

No toda crisis es dañina, por el contrario, ellas pueden ser ocasiones para la generación de un juicio autocrítico. Pero para que una crisis sea constructiva tiene que generar análisis. Esta palabra viene de analúo, que significa desatar, desamarrar y desligar. Así, entonces, si asociamos las virtudes del criterio y el análisis, podemos tener la oportunidad de deshacer nudos, reparar rupturas y, como decía el Quijote, “desfacer entuertos”, mediante un comportamiento dotado de discreción. Algo igualmente importante es que, el confrontarnos con una situación trágica, nos sensibilice moralmente ante el sufrimiento ajeno.

La palabra “tragedia” originalmente aludía al canto de los machos cabríos y a himnos religiosos que se entonaban en ocasiones fúnebres. Sus temas giraban en torno de la inexorabilidad del destino signado por los dioses. La noción misma de tragedia, por tanto, alude a dos cosas: la incapacidad humana de escapar de una fatalidad previamente establecida y al hecho de que, aun pudiendo nosotros elegir, con frecuencia tenemos que escoger entre dos males mayores donde no hay un mal menor. Con los primeros tragediógrafos, hacia el siglo VI a.C., la tragedia se inclinó por reconstruir dramáticamente acontecimientos paradigmáticos que, afectándonos a todos, nos permiten reconocer un aspecto de nosotros mismos, lo que nos facilita conocernos un poco mejor y hacer catarsis al imaginar un sufrimiento ajeno que sabemos no es real pero sí posible. Al sufrir ante las desgracias de un personaje que sabemos ficticio pero posible, purgamos nuestros propios padecimientos. Las tragedias, por eso, solían versar sobre eventos universales y dolorosos, como la muerte, la transitoriedad de la vida, la vejez, la enfermedad o la complejidad de las relaciones y los vínculos humanos. La tragedia es universal, la comedia circunstancial y contextualizada. Pero las tragedias no son celebraciones del dolor sino ocasiones para sensibilizarnos moralmente ante él, de manera que podamos sobrellevar de una manera más sabia aquellas circunstancias inevitablemente humanas de las que no nos podemos librar. 

“Problema”, por otra parte, alude a un obstáculo inminente que puede conducir a un accidente o una herida. Naturalmente, las heridas y los problemas pueden ser físicos o psicológicos, así como individuales y colectivos. Pero, aunque un problema es un escollo que nos aguarda en un recodo de nuestro camino, conocerlo o esperarlo nos permite evitarlo.

La opción que ganó condujo, como era fácil prever, a un gobierno errático, sin objetivos ni norte, partido en pedazos y con una pésima estrategia de comunicación. Un gobierno, en suma, que, pudiendo resolver muchos de los más graves problemas que nos agobian, hasta el momento no parece capaz de hacerlo: antiguos y legítimos resentimientos de etnia y clase, una sensación de desesperanza de los sectores con menos acceso a los derechos y las oportunidades, y la perpetuación del círculo de la pobreza. El otro mal mayor, un posible gobierno fujimorista, hubiera sido igualmente y hasta quizá más catastrófico, porque no solo no hubiera resuelto los problemas antes mencionados sino los habría rociado de gasolina. No había salida. Era Orestes tratando de decidir sobre opciones imposibles.

Así pues, una pregunta que debemos formularnos es si aprenderemos, como individuos y sociedad, algo de las crisis, las tragedias y los problemas que nos han afligido en estos años y que parece no nos abandonarán tan pronto. Aunque los tenemos muy frescos en la memoria, no está de más recordarlos. Tuvimos una pandemia pésimamente enfrentada que nos convirtió en el país con mayor letalidad en el mundo, de manera proporcional a nuestra población[2]. La ausencia de consensos mínimos, asociada a la torpeza y el egoísmo de los actores políticos, puso al país al borde de la ingobernabilidad y el enfrentamiento social. Las elecciones generales dieron lugar, nuevamente, a un congreso conformado por una mayoría de personas sin preparación ni capacidad, y a una segunda vuelta electoral caracterizada por dos males mayores y ningún mal menor, lo que nos recordó una vez más a la tragedia griega: tuvimos que enfrentarnos a la fatalidad de elegir sabiendo que cualquier elección que tomáramos iba a ser destructiva. Nunca hubo mal menor, aquellos que creyeron que lo hubo simplemente se autoengañaron, lo que expresaron mediante la violencia con que intentaban justificar lo que en el fondo sabían que era falso.

La opción que ganó condujo, como era fácil prever, a un gobierno errático, sin objetivos ni norte, partido en pedazos y con una pésima estrategia de comunicación. Un gobierno, en suma, que, pudiendo resolver muchos de los más graves problemas que nos agobian, hasta el momento no parece capaz de hacerlo: antiguos y legítimos resentimientos de etnia y clase, una sensación de desesperanza de los sectores con menos acceso a los derechos y las oportunidades, y la perpetuación del círculo de la pobreza. El otro mal mayor, un posible gobierno fujimorista, hubiera sido igualmente y hasta quizá más catastrófico, porque no solo no hubiera resuelto los problemas antes mencionados sino los habría rociado de gasolina. No había salida. Era Orestes tratando de decidir sobre opciones imposibles.

En medio del desaliento, el 6 de octubre el presidente Castillo hizo pública una reconformación del gabinete ministerial que devolvió la esperanza. Las declaraciones y gestos de la premier Mirtha Vasquez han devuelto algo de optimismo, pero, estando rodeada de dos manadas de hienas, una de la ultraizquierda y otra de la ultraderecha, todavía es poco lo que podemos esperar que pueda hacer, por buena voluntad que tenga. Es notable, sin embargo, que buena parte del liderazgo político está ahora en manos femeninas: la premier, la presidenta del Congreso, la lideresa de la izquierda –Verónika Mendoza– y la de la derecha –Keiko Fujimori–. Quizá siempre necesitamos eso: no la mano autoritaria sino la de la madre comprensiva y tierna. Pero la de la madre, no la de la madrastra, por eso es de esperar que Keiko abandone la política y que a Maricarmen Alva le salga su lado más conciliador.  

Los primeros meses de este Gobierno han carecido de liderazgo, táctica y estrategia. La táctica es la habilidad para encontrar métodos que puedan acercarnos a metas inmediatas. La estrategia supone una mirada de largo plazo, que requiere de la capacidad para ensamblar tácticas puntuales con el fin de lograr objetivos más amplios. Tácticas y estrategias se requieren mutuamente y este Gobierno ha carecido de ambas. Para continuar con las alusiones a la lengua griega, “táctica” viene de taktikós que significa la posibilidad de ordenar algo según ciertas finalidades. “Método” procede de métodos, que literalmente significa camino. “Estrategia” se deriva del griego strato, con el significado de ejército y agein, que significa guía. Deliberadamente estoy explicitando la genealogía de muchos de los conceptos con los que nos entendemos a nosotros mismos, para recordar que somos tan hijos del mundo andino como del occidental. Así como debemos valorar nuestra herencia indígena, pues mestizos somos todos –en este y en cualquier otro país– lo que heredamos de la realidad europea es tan importante como nuestra herencia indígena para conformar nuestra identidad. Se entiende el interés del presidente Castillo por dar un lugar adecuado a nuestra herencia autóctona, es un ejercicio válido de buscar equilibrio sobre algo que nunca estuvo bien armonizado, pero hay que tener presente que somos hijos de las dos tradiciones –tanto en un sentido étnico, genético y cultural– y sería un error capital descuidar a una de ellas con el objetivo de elevar a la otra al lugar que legítimamente le corresponde.    

Si hubiera que apuntar a los dos epicentros principales que explican nuestras crisis, mencionaría dos: ausencia de estrategia para mejorar la educación e inexistencia de pensamiento crítico. En efecto, las falencias a nivel educativo están presentes en todos los sectores sociales del país, aunque es obvio que los grupos más afortunados tienen la oportunidad –no siempre empleada– de tener una educación que les permita una comprensión más fina del Perú. La segunda vuelta electoral de 2021 evidenció que las élites peruanas tienen dificultad para entender a nuestro país y que incluso a veces se esmeran por taparse los ojos ante lo evidente. No solo no vieron sino también agudizaron taras ancestrales como el clasismo y el racismo, que están entre las causas más profundas de muchos de nuestros problemas. Pero, lo que es peor, con frecuencia esas élites guían a los sectores emergentes para que estos tengan una actitud parecida.

Los primeros meses de este Gobierno han carecido de liderazgo, táctica y estrategia. La táctica es la habilidad para encontrar métodos que puedan acercarnos a metas inmediatas. La estrategia supone una mirada de largo plazo, que requiere de la capacidad para ensamblar tácticas puntuales con el fin de lograr objetivos más amplios. Tácticas y estrategias se requieren mutuamente y este Gobierno ha carecido de ambas.

En otras palabras, en vez de que los sectores emergentes cambien de actitud al acceder a beneficios que sus padres no tenían, conservan y continúan las peores taras de las antiguas élites. Un ejemplo es el racismo. En otros países este se produce a partir del enfrentamiento entre dos o más grupos sociales étnicamente diferentes. Podríamos pensar, por ejemplo, en el apartheid sudafricano que existió hasta el año 1992 o en el comportamiento discriminador, en muchas partes del mundo, ante quienes no tienen una pigmentación específica o proceden de una lejana excolonia. Pero en el Perú el racismo tiene otras características. Quien posee una educación más occidentalizada y es de piel más clara, tiende a segregar al que es menos occidentalizado o tiene la piel algo menos clara; quien hace lo mismo con los que tienen la piel ligeramente más oscura y tienen costumbres diferentes o hablan una variedad del castellano distinta, y así en adelante. Eso conduce a que el racismo no sea propiamente un conflicto entre grupos, sino una cadena de segregación en la que la mayor parte de personas al mismo tiempo discriminan a algunos y son discriminadas por otros.

Lo característico de las élites en una sociedad es que suelen tener ventajas y privilegios que el resto de ciudadanos no tiene, pero, que, por eso mismo, tienen responsabilidades de liderazgo. Al tener mayor acceso a la educación podrían tener información y una actitud crítica que deberían transmitir a los otros sectores sociales. Así podrían servir de modelo aspiracional. Pero, en general y con valiosas excepciones, eso no ocurre en el Perú. Las élites suelen valorar la educación solo cuando tiene consecuencias prácticas y –siempre en líneas generales– no fomentan ni el pensamiento crítico ni la sensibilidad moral ante la complejidad de los procesos sociales peruanos.

Las falencias en educación y pensamiento crítico causaron que, en los últimos años, se abriera la caja de Pandora. Los poderes ejecutivo y legislativo se enfrascaron en disputas de una mezquindad difícil de superar y, en varias ocasiones, pusieron al país al borde del colapso. ¿Por qué Frepap obtuvo una votación tan alta en las elecciones parlamentarias de 2020, a pesar de no representar a nadie ni ofrecer nada sensato? ¿Por qué Pedro Castillo, teniendo mínima exposición mediática y siendo mal candidato, ganó a Keiko Fujimori, quien tenía a todos los poderes fácticos a su favor? La respuesta es obvia: el elector promedio estaba hastiado de ese juego político torpe y egoísta, y prefirió votar por cualquiera que pareciera ligeramente menos torpe y egoísta que los otros. El Frepap prometía valores religiosos que sugerían la posibilidad de un mayor nivel de honestidad que aquellos políticos que terminaron o terminarán investigados o presos. El presidente Castillo fue visto como un maestro rural de escuela primaria, no contaminado por la podredumbre de la política nacional. Ese es el voto por el outsider: la apuesta por quien parece no estar en el centro de la corrupción. Mientras más alejado de ese núcleo mejor, piensa el votante peruano.

Educación y democracia conforman un círculo que puede ser vicioso o virtuoso. Una sociedad desinformada y con poca capacidad crítica, garantiza una sucesión de elecciones nefastas. Por el contrario, una aceptablemente informada y habituada a discernir, favorece la posibilidad de tener gobernantes preparados y honestos. La verdad es que la democracia simplemente no funciona en una sociedad sin educación, pero, por otra parte, solo es posible educar críticamente en una sociedad democrática, por rudimentaria que esa democracia sea.

Está claro, entonces, que los problemas de educación recorren todos los niveles. Pero hay que entender este concepto de manera amplia. Educarse no es solo tener información sobre algo, es también y, sobre todo, desarrollar competencias y capacidades para procesar esa información con el objetivo de resolver problemas. El ejercicio en el pensamiento crítico, que es un componente central en la educación, es algo que se puede rastrear, en el pensamiento occidental, hasta por lo menos los inicios de la filosofía griega hacia el siglo VI a.C. De manera general, puede decirse que una persona piensa críticamente si es capaz de analizar la información que recibe, lo que le permite distinguir las creencias que están bien justificadas sobre la base de la mejor evidencia disponible y además notar qué otras creencias se deducen válidamente de ellas. Adicionalmente, quien piensa críticamente es capaz de alejarse imaginaria y momentáneamente de sus propias circunstancias e intereses, para ver los acontecimientos como los vería un hipotético espectador imparcial con pretensiones de objetividad, integrando la información para construir una concepción coherente sobre algún aspecto de la realidad. Es central notar, sin embargo, que el pensamiento crítico es inseparable de la capacidad de autocrítica.

La educación formal no es solo una manera de transmitir datos de una generación a otra. Así solía ser en el pasado, cuando los medios de comunicación globales no existían y el conocimiento estaba solo en las bibliotecas y en los cerebros de las personas informadas. Hoy todo el saber existente se encuentra prácticamente a disposición de cualquier persona. La educación, por tanto, debe incorporar el logro de habilidades para procesar adecuadamente la información, distinguiendo la que está bien justificada de la que no lo está, sobre la base de evidencias razonables, basada en otro corpus de evidencias igualmente razonables. Pero eso tampoco basta. La educación también debe proponerse sensibilizar moralmente a las personas. Las fallas a nivel educativo se dan en todas esas dimensiones y tanto entre quienes lideran como en los que son liderados. En esas condiciones, la democracia es prácticamente inviable.

Así pues, un elemento fundamental de la educación es precisamente el logro de pensamiento crítico. Pero es claro que eso no está presente en un sector mayoritario del sistema educativo peruano, de los medios de comunicación y de los debates políticos. Muchas controversias mediáticas reflejan precisamente la ausencia de ello. En algunos casos no es que los actores políticos carezcan de esta capacidad, sino que priorizan deliberadamente su interés personal esperando, ingenuamente, que los demás no lo noten. En otros casos es aún más penoso, porque uno percibe que esa persona está priorizando su beneficio personal, pero también nota que su cálculo es tan malo que ni siquiera llega a beneficiarse a sí mismo. En otras palabras, no solo su comportamiento es egoísta sino su razonamiento es demasiado limitado incluso para lograr los mezquinos objetivos que persigue.

Pero la única manera de que Castillo podría hacer un gobierno bueno o aceptable es que la centroderecha lo apoye o, por lo menos, que no lo boicotee aliándose a la ultraizquierda, qué tiene una clara agenda política que lo excluye para incluir a Cerrón. Ambos extremos se pondrían de acuerdo en vacar al presidente, esperando tener suerte en unas hipotéticas próximas elecciones. No sería la primera vez en que la ultraizquierda y la ultraderecha se unen para agudizar las contradicciones con la esperanza de obtener un rédito político, por improbable que sea. Así, la supervivencia del presidente parece estar en manos de la centroderecha. Sin embargo, no queda claro que las personas que se ubican en ese registro tengan la suficiente lucidez para notar su responsabilidad en este delicado proceso.

Educación y democracia conforman un círculo que puede ser vicioso o virtuoso. Una sociedad desinformada y con poca capacidad crítica, garantiza una sucesión de elecciones nefastas. Por el contrario, una aceptablemente informada y habituada a discernir, favorece la posibilidad de tener gobernantes preparados y honestos. La verdad es que la democracia simplemente no funciona en una sociedad sin educación, pero, por otra parte, solo es posible educar críticamente en una sociedad democrática, por rudimentaria que esa democracia sea. Se puede probar empíricamente que cualquier forma de autoritarismo pretendidamente eficiente terminará conduciendo, tarde o temprano, a un régimen corrupto e ineficaz que, para mantenerse en el poder, terminará hundiendo más aún los niveles educativos. Nosotros lo vivimos en carne propia con el fujimorismo durante los años noventa y treinta años después no hemos logrado superar esa lacra.

La única solución, entonces, es confiar en que el sistema educativo mejore progresivamente para que la democracia también lo haga, y que mejores estándares democráticos tengan un efecto educativo en los ciudadanos. Mientras tanto, la educación y la democracia serán imperfectas o hasta deleznables. En otras palabras: la democracia no funciona en una sociedad no educada en pensamiento crítico y sensibilidad moral, pero cualquier otra opción es todavía peor. 

Al día de hoy, gracias al crecimiento económico del país –incluso bajo una administración errática– hay dinero para invertir en educación, entre otras cosas gracias al canon minero. Además, como consecuencia de la globalización, por primera vez en la historia un escolar de los Andes tiene acceso a la misma información que un estudiante de posgrado en Londres; la diferencia está en la capacidad para procesar esa información. Tenemos todas las oportunidades para mejorar significativamente la formación de los ciudadanos, lo que falta es liderazgo y estrategias razonables.

En el momento en que escribo este artículo el presidente Castillo ha decidido actuar con su propio criterio y alejarse del ala radical de Perú Libre. Aunque sigue cometiendo errores incomprensibles, ha convocado a algunos profesionales moderados que conocen su sector. Si el presidente sigue en esa dirección, es concebible y ciertamente deseable que termine su mandato siendo algo más que un presidente mediocre y, sobre todo, logrando hacer cambios estructurales, no solo en la política sino también en la mentalidad de los peruanos. Es imposible saber si eso ocurrirá, aunque es indiscutible que es lo mejor que podría pasar.

Pero la única manera de que Castillo podría hacer un gobierno bueno o aceptable es que la centroderecha lo apoye o, por lo menos, que no lo boicotee aliándose a la ultraizquierda, qué tiene una clara agenda política que lo excluye para incluir a Cerrón. Ambos extremos se pondrían de acuerdo en vacar al presidente, esperando tener suerte en unas hipotéticas próximas elecciones. No sería la primera vez en que la ultraizquierda y la ultraderecha se unen para agudizar las contradicciones con la esperanza de obtener un rédito político, por improbable que sea. Así, la supervivencia del presidente parece estar en manos de la centroderecha. Sin embargo, no queda claro que las personas que se ubican en ese registro tengan la suficiente lucidez para notar su responsabilidad en este delicado proceso.

Por lo pronto, no hay otra opción que comenzar, ladrillo sobre ladrillo, a construir un sistema educativo nacional pensando en el largo plazo. Fortalecer la educación en el Perú requiere de un minucioso trabajo de precisión que tomará por lo menos una generación, pero es algo impostergable. De otra manera, las tragedias del año 2021 volverán a aparecer, sin fecha de caducidad, y nuestros descendientes estarán hablando sobre este mismo tema en la celebración del tricentenario.


[1] Ambas palabrasvienen de la raíz indoeuropea krei-, con el significado de diferenciar, cortar y cercenar. De esa raíz también procede el latín cernere, del que vienen “cernir” y “discreción”.

[2] Villarán, Fernando et al. (2021). Informe sobre las causas del elevado número de muertes por la pandemia del COVID-19 en el Perú. Lima, Concytec. http://repositorio.concytec.gob.pe/handle/20.500.12390/2896

Sobre el autor o autora

Pablo Quintanilla Pérez-Wicht
Profesor principal de filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es PhD. en filosofía por la Universidad de Virginia y magíster en la misma especialidad por la Universidad de Londres (King’s College). Es autor de La comprensión del otro. Explicación, interpretación y racionalidad (Lima: PUCP, 2019) y de otros libros y artículos académicos sobre su especialidad. Sus áreas de investigación son filosofía de la mente y del lenguaje, epistemología y pragmatismo clásico y contemporáneo. Es miembro de varias instituciones académicas internacionales, incluyendo el Grupo Interdisciplinario de Investigación Mente y Lenguaje.

1 Comentario sobre "La democracia es trágica sin una ciudadanía educada"

  1. Hernán Rodríguez | 31 octubre 2021 en 15:51 | Responder

    Felicitaciones y gracias, que información tan clara, fundamentada, ilustrativa y orientadora. Al mismo tiempo, verídica y objetiva. Ojalá que oriente , sobre todo a nuestra juventud.

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