Mario Vargas Llosa: noviazgo y ruptura con el progresismo

Escrito por Revista Ideele N°302. Febrero – Marzo 2022

Mientras esas larguísimas elecciones transcurrían, yo, en la guarida de mi biblioteca, preparaba la defensa de mi tesis de Maestría, en la facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Tuvieron a bien aceptarme una investigación un tanto peculiar como la que emprendí, en una escuela acostumbrada a apostillar textos abstractos y a resucitar a autores de ideas con orden piramidal y de reputados filósofos; debió de ser extraño para las autoridades que recibieron mi tesis, tener entre las manos un trabajo acerca de Vargas Llosa. Gran fabulador, sí; de un talento afilado cuando se trata de pergeñar peripecias, sí; pero, acaso, de discutible acierto como ensayista, por lo que los académicos se preguntarían, con razón, con qué pretexto abordaba yo al personaje desde la filosofía.

Desde la filosofía política, claro está. Desde los asuntos en que se revuelven lo ético y lo político, en esa amalgama en que desfilan Sartre y Raymond Aron, Camus y Jean-François Revel, como insumos con los que trata de disipar la procelosa actualidad.

Pero hubo un problema. Un gran problema. Se iba a romper un extendido noviazgo entre el escritor y la izquierda. Antes, previo al flechazo, hubo recelo, temor, ensoñaciones. A lo largo de la década de los setenta, Vargas Llosa iba rompiendo con la URSS y Cuba, y durante los años ochenta escribía a favor de Von Mises, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, siendo durísimo con los intelectuales de izquierda, fustigaba en el lomo de la figura casi sagrada del progresista. No obstante, después, cuajó el noviazgo entre el escritor y, precisaré, ese sector de la centroizquierda que apuesta por la democracia.

La noche de la declaración, claramente, fue el domingo 5 de abril de 1992, cuando Alberto Fujimori a las diez y treinta de la noche, en un Mensaje a la Nación, anunciaba un golpe de Estado. Salieron los tanques, “disolver, disolver”, cercaron a líderes políticos, “temporalmente el Congreso de la República”, fue arrestado en su domicilio el presidente del Senado Felipe Osterling y secuestrado por dos días el periodista Gustavo Gorriti, “y reorganizar totalmente el Poder Judicial, el Consejo Nacional de la Magistratura, el Tribunal de Garantías Constitucionales y el Ministerio Público para una honesta administración de justicia”. El escritor y el centro-izquierda, codo a codo, se encausaron contra la dictadura; por años no sólo compartieron el rechazo visceral al autoritarismo y corrupción de los años noventa, sino también causas solidarias que apuntaban a un clima social menos inclemente. Caída la dictadura, el escritor, en el 2003, presentó un artículo preclaro defendiendo el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR)[1] y, en el 2008, se manifestó a favor de la construcción de un museo de la memoria que la primera ministra alemana, Ángela Merkel, había ofrecido cuando -por recomendación de la ministra alemana de Cooperación Económica y Desarrollo, Heidemarie Wieczorek-Zeul- visitó en ese año la muestra fotográfica «Yunanapaq» («Para recordar»), la sobrecogedora exposición fotográfica que fue una de las entregas del Informe Final de la CVR. Ella, en nombre de Alemania, una nación sensible a estos temas, ofreció, pues, dos millones de euros para financiar una «alameda de la memoria» -ahora el Lugar de la Memoria- durante el segundo gobierno de Alan García (2006-2011). Entre los referentes que podían inspirar al proyecto se contaba tanto con «Yunanapaq» como la escultura «El Ojo que Llora» de Lika Mutal, inaugurado tres años atrás, nacido por una iniciativa privada, y cuyo fin era, además de promover la reconciliación del país, honrar a las víctimas de la inmisericorde violencia terrorista y de la ciega la represión estatal durante el llamado Conflicto Armado Interno. El gobierno de Alan García rechazó el donativo[2]. Pero al año siguiente, por las presiones de Vargas Llosa y Fernando de Szyszlo, entre otros, y pese a la virulencia del fujimorismo, el gobierno aceptó la donación alemana y el escritor, a pedido, aceptó presidir el proyecto.

Aunque el escritor haya aceptado, dos años después, que Alan García le ofreciera una cena y lo condecorara con la Orden de las Artes y Las Letras, por el Nobel de Literatura, lo cierto es que, a pesar de esa cana al aire, el noviazgo con la centroizquierda se mantuvo. El pegamento más visible era, sin dudas, el rotundo antifujimorismo que un grueso de la sociedad peruana construyó como un escudo ante las embestidas por el poder del fujimorismo. Nadie pensó, así, que, en el 2021, en la segunda vuelta de las elecciones, Vargas Llosa se volcaría por Keiko Fujimori, haciéndole campaña al movimiento político al que combatió de manera tenaz desde 1992, y a cuya candidata identificó con el mal mayor. Por ese entonces advertía que votar por Keiko Fujimori era legitimar a la peor dictadura padecida por el Perú, aquella que perpetró delitos contra los derechos humanos, contra el Estado de Derecho -crímenes y desapariciones, torturas y ejecuciones extrajudiciales- y que erigió, por medio de chantajes y compras de la línea editorial de los grandes medios de comunicación, la peor cleptocracia que, se calcula, robó cerca de diez mil millones de dólares, fruto de privatizaciones en las que se traspasaron monopolios públicos a monopolios privados. Estos hechos renegridos del fujimorismo unieron, pues, a Vargas Llosa con los intelectuales progresistas. Así había sucedido, en el 2011, con el proyecto de Ollanta Humala, aunque, después, en el 2016, ese espectro político fue el que se sumó a la candidatura de Pedro Pablo Kuczynski con el fin de impedir la victoria fujimorista. Los unía la noción de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo; los fusionaba una búsqueda de justicia. Pero ese noviazgo acabaría. Y acabó.

Ocurrió la tarde del sábado 17 de abril; yo husmeaba por la librería Crisol del óvalo Gutiérrez, tratando de despejar la cabeza de la peor segunda vuelta que íbamos a vivir. Habían transcurrido seis días de que, si bien nos limpiamos, por ahora, de Rafael López Aliaga (una de las encarnaciones grotescas de la ultraderecha), perdíamos, de manera increíble, a los candidatos que, con sus grumos y granos, eran los más cercanos al centro. Julio Guzmán, pese al escándalo en el que se le veía huyendo del departamento en el que estaba con su amante, por una alarma de incendio, al menos mostraba un plan de gobierno; y más a la derecha, Hernando de Soto, frívolo, asesor de dictadores -no sólo el del Perú, sino de Muamar el Gadafi, en Libia, y, en Egipto, de Hosni Mubarak-, pero con un renombre en economía informal y los derechos de propiedad en el Tercer Mundo, bajo el think tank Instituto Libertad y Democracia. De Soto obtuvo 11 %; Guzmán, 2%.

En la librería, mientras miraba la edición de Tusquets de Las edades de Lulú y otra de Mujeres de ojos grandes, pensé, frente a los dos candidatos, que el escritor se empeñaría, como hizo con Ollanta Humala en el 2011, para que Castillo firmara una hoja de ruta, moderara sus propuestas, aceptara tender un puente con economistas no marxistas; aunque, claro, cómo iba a apoyar a un candidato que ex profeso, en su plan de gobierno, cree que la solución de los problemas del país pasaba por nacionalizar empresas, intervenir en el mercado ¿Endosaría votos a Keiko? En eso, mi amigo Carlos, también incrédulo, me envió un fragmento en que el escritor exhortaba a votar por Keiko. Podía ser una noticia falsa. A las cinco de la tarde los medios publicarían el texto de Vargas Llosa. Carlos me lo resumió así: «Keiko y sus amigos deben de reírse de la ingenuidad de Mario. Ella pensando en hacer negocios y evitar la cárcel, y él pensando en el fantasma del comunismo».

Continué negando con la cabeza. Había que leer la columna. Eran las cinco en punto, salía con mi familia de la librería y el título del texto era «Asomándose al abismo». Sofrené en el óvalo Gutiérrez y lo leí en voz alta. Las palabras tenían una textura de irrealidad: «A condición, claro está, de que Keiko Fujimori se comprometa, en nombre de estas libertades públicas que dice defender ahora, a respetar la libertad de expresión, a no indultar a Vladimiro Montesinos, responsable de los peores crímenes y robos de la dictadura, a no expulsar ni cambiar a los jueces y fiscales del Poder Judicial, que han tenido en los últimos tiempos una actitud tan gallarda en defensa de la democracia y los derechos humanos, y, sobre todo, a convocar a elecciones al término de su mandato, dentro de cinco años». De acuerdo, dije.

Pero en la noche recordé que Keiko Fujimori ofició de primera dama desde 1994 hasta el desplome de la dictadura de su padre -plagada de los latrocinios que ya sabemos, que copó los poderes del Estado como ya sabemos, con lo que creyó que podía violar con impunidad Derechos Humanos que le parecen zonceras-. Muchos ciudadanos recordaban que, según el mismísimo Montesinos, él le entregaba a ella dinero (probablemente diez mil dólares mensuales) hurtados del tesoro público[3], además de que Keiko tiene juicios que le soplan la nuca porque habría, todo indica, recibido dinero de Odebrecht, todo lo cual lleva a que uno la vea como una persona cuyos compromisos no han estado precisamente con la democracia y la construcción del país (¿de qué otra manera se podría considerar, si no, a quien llevó al Congreso a obstruir al ejecutivo los recientes cinco años?). Por eso, el balance de los pros y contras de ambos candidatos fue dificilísimo para varios. Quienes se inclinaban por Keiko, eclipsaron el rastro de aquellas fechorías; quienes por Castillo, hicieron lo propio. Y quienes optaron por el voto blanco o viciado optaron por el papel del espectador, del que no se involucraba en el juego, de querer tener las manos limpias, solución moral metafísica, pues, a pesar de ser una medida con la que buscaban blindarse de lo enmugredidos de ambos bandos, en la práctica, era más o menos esperar que eligiese el azar.

En el país zumbaban esas opiniones y, a pocos días del artículo de Vargas Llosa, el fujimorismo y sus esbirros de la prensa mordían y mostraban navajas, con lo que la indignación de buena parte de los electores creció, pues los canales de televisión del Perú, al desinformar de manera inescrupulosa y distorsionar los hechos, recordaban la década infame en que gobernó Alberto Fujimori, favoreciendo así al oponente. Pudieron limitarse a mostrar el plan de gobierno de Castillo, bastaba ver las anacrónicas intenciones de Cerrón y las biografías de los integrantes de Perú Libre, pero no. La consigna fue limpiar a Keiko y, por ello, varios periodistas fueron perdiendo su trabajo. La primera fue Clara Elvira Ospina, quien, tras nueve años ininterrumpidos, fue despedida un mes antes de la segunda vuelta, como directora periodística de América TV y Canal N, lo que vaticinaba la atmósfera enrarecida de la prensa ¿Qué había ocurrido? Era la manera de asegurar que no se humanizara al candidato Castillo y se cuidara la imagen de la candidata investigada como presunta cabeza de una organización criminal por el Ministerio Público. La purga continuó; ocho periodistas, que vieron que se les estorbaba en sus investigaciones, renunciaron ¿Dijo Vargas Llosa algo sobre esta demostración de poder? No.

Hacia finales de abril, primero en Lima, después en otros departamentos, emergían, altos, robustos, luminosos, paneles publicitarios en varias avenidas principales que advertían de la crisis que vendría si se cernía sobre nosotros el comunismo. Ahí la clase empresarial apoyaba, sin nombrarla, a Keiko con estos lemas: «el comunismo genera miseria y pobreza», «anular tu voto es anular el futuro de tus hijos». En Piura un cartel rezaba: «No pierdas la fe, Dios te ama, confía en Él, ya no dudes. No votes en blanco, no a Castillo». Pues, bien, en muchísimos electores, ese esparcimiento del apocalipsis no dio resultado, y, más bien, quedaba a la vista la mano poderosa que de repente era filántropa. Y era atronador el silencio acerca del papel obstruccionista de Keiko en los últimos cinco años.

Yo vicié el voto. Había estado pensando en marcar el fujimorismo, pero el día de la segunda, domingo 6 de junio, leí al escritor. Ni bien me levanté, preparé café y fui a su columna. Toda la semana ese malestar, esa sofocación; como a muchos, vivir entre varias tribus políticas, en momentos así, pasa factura. Días atrás peleé con amigos de izquierda y de derecha. Los de izquierda me obsequiaban su repugnancia moral; los de la derecha, advertencias, admoniciones. Unos y otros escrutaban lo abominable del oponente, pero omitían ver la viga en el ojo propio. La prensa capturada hizo lo suyo. Mostró lo que mostró y ensució a quien ensució. Y en las redes había subido esa ola histérica, con ataques a los que viciarían el voto (¡hipócritas!, ¡tontos útiles!). La ola acusaba de dignos, de ilusos, a quienes no votarían por ninguno y su razonamiento, más o menos, fue éste: «¿democracia o capitalismo? Con Keiko habrá por lo menos habrá capitalismo, con Castillo ni eso». Y todo en esa Lima crispada era un embudo hacia la señora K. (¡Ustedes cargarán con la culpa!, ¡odiadores! ¡Hasta el Premio Nobel perdonó!) La otra Lima, la que con recelo te mira y no te cuenta su voto, tras amenazas veladas de los empleadores, sabían qué tenían que decir. «La verdad, te cuento, votaré por Keiko, pero antes sí, sí me había gustado el lapicito». Otro: «Esta vez no votaré por el profe». Y una tarde desde una radio escuché que le preguntaban a Kenji qué opinaba de que ahora el escritor los apoyara: «Durante años fue nuestro enemigo, hoy da signos de madurez». Vaya. Y después vino esa conversación virtual entre ella y él. Me dije, él lo hace para sujetarla al ojo internacional. Y más políticos conversos, y más farándula vendida, y más prensa negra.

Ese domingo entonces necesitaba saber qué había dicho el escritor. Si no logro contradecirlo, me dije, voto por Keiko. Dijo algo errado. Dijo que gran parte de los peruanos estaba insuflada por culpa de la pandemia, por el mal manejo que de ella habían hecho los gobiernos. Crack. («Hoy da signos de madurez») ¿Cómo?, ¿el modelo no necesita reformas? Pero en el 2019, a raíz de las protestas chilenas, el escritor había pasado revista al capitalismo de Chile y había reconocido que a su crecimiento económico general le faltaban transformaciones que permitiesen que los ciudadanos vieran materializados sus esfuerzos. Ahora, en su columna del día de las elecciones, nada de eso. Borraba de un plumazo esa exigencia. La meta era impedir que llegase al poder el marxismo-leninismo-mariateguismo. Pues, sí, ahí concordé. Pero, oh, devolví el café. Dijo que Keiko había incorporado en su equipo a confesos antifujimoristas ¿Confesos antifujimoristas? ¿A quiénes? Bueno, se refería a Fernando Rospigliosi y a Pablo Cateriano.

Ese artículo no me convenció, pero recordé los anteriores, especialmente aquel del óvalo Gutiérrez. Fui a votar. Y en el trayecto esa sensación de asco (ella es el mal menor), de ir contra lo que en el fondo sabes que está mal (ella ha cambiado), hasta la cabina. (¡Los dignos, los dignos!). Sí, pues, un poco. Y vicié. Pero la sensación de asco no se difuminó.

El siguiente domingo 13 de junio, en Canal N, en el programa «Agenda Política», lo entrevistó Enrique Castillo. Lo primero es lo primero. Dijo, con esa manera rotunda, lo que su hijo Álvaro se había encargado de ventilar: que el presidente del Perú, aún Francisco Sagasti, lo había telefoneado. «Tengo que decirle que el presidente no intentó influir sobre mí en absoluto para que yo pidiera a la señora Fujimori aceptara de una vez el resultado electoral. En absoluto. Estaba muy preocupado por el clima de exacerbación que notaba en las calles del Perú y, entonces, él me propuso que yo, al igual que otras personas a las que él también había llamado, interviniésemos con los dos candidatos para que apaciguaran el clima existente. Yo, claramente, le dije que estaba a favor de la señora Fujimori y que, por lo tanto, no podía intervenir con un adversario de ella. Y creo que él lo aceptó y estuvo muy discreto. Creo que el presidente no influyó de manera indebida de ninguna manera».

 Minutos después enfatizó que el problema con Pedro Castillo y Vladimir Cerrón era que, por sus mensajes, revelaban, en economía, una profunda ignorancia y que lo que necesitaba el Perú era atraer a los capitalistas. «¿Por qué está Venezuela como está? ¿Por qué está Cuba como está? ¿Por qué está Nicaragua como está? Son países absolutamente en estado comatoso, que han aplicado recetas que nos quieren venir a imponer en el Perú». Lo que le aterra a Vargas Llosa era que Pedro Castillo estuviese proponiendo cambiar la Constitución del Perú, sin decir, con claridad, qué rumbo económico, qué marco legal y cuál sería el destino de los empresarios y trabajadores en el Perú. «Por eso, mire, esa es la razón por la que tantos peruanos que éramos antifujimoristas, hoy día estamos apoyando a la señora Fujimori. Porque no queremos que nuestro país siga empobreciendo, no queremos que nuestros empresarios sean expulsados del país». Las actas electorales, dijo, todavía están siendo revisadas por el Jurado Nacional de Elecciones. «Debemos dejar trabajar al Jurado Nacional de Elecciones para que opine de una manera fundada».

  • ¿Usted no cree que hay razones estructurales, razones más amplias que el COVID para que la población sienta un descontento y busque una figura distinta a la que ya ha tenido la administración del país sin el éxito real que se puede plantear para solucionar el problema de los más pobres?
  • Mire, yo creo que el problema de los más pobres se solucionará creando riqueza, creando trabajo, atrayendo capitales. No amenazando a los empresarios -eso es un disparate absoluto- para que se vayan a otro sitio a llevarse sus inversiones. Necesitamos de los empresarios, de los capitales extranjeros. Es muy importante que nuestro país sea atractivo para esas fuerzas, de las cuales van a crearse los puestos de trabajo que necesitamos para elevar los niveles de vida de la población. Desde luego que los empresarios deben pagar impuestos. Por supuesto. Por supuesto. Es muy importante que la administración sea muy estricta, exigiéndoles a los empresarios pagar hasta el último centavo de los impuestos que le deben al Estado.

Hasta ahí incluso era convincente. Pero después se sumó a la acusación de fraude[4]. El malentendido pasó por las denuncias del grupo que perdió, según las cuales en unos pueblecitos de la sierra peruana había rastros de firmas falsas en las actas de votación. Pero esas denuncias habían sido desestimadas por los observadores de la OEA, y, es más, afirmaron que las elecciones del 6 de junio fueron limpias, y lo mismo dijeron la Unión Europea y el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, el domingo 19 de junio, en «No le quiten el cuerpo a la jeringa», Vargas Llosa repitió lo que decía el fujimorismo: varias firmas habrían sido fraguadas, según lo sustentaba «un perito grafólogo que sometió esas actas a un examen morfológico». Ese grafólogo, un buen samaritano, tras una humeante investigación, habría cobrado la módica suma de 120 dólares, y, dijo Vargas Llosa, los observadores que había enviado la OEA al Perú se apresuraron al declarar que estas elecciones habían sido limpias. La columna remataba: «hay abundantes testimonios, en la sierra y la selva, de que [los personeros de Keiko Fujimori] fueron intimidados o expulsados de las mesas a las que estaban convocados», lo cual no ha sido demostrado hasta hoy.

Una enjundiosa comisión fujimorista viajó a la sede en Washington D.C. de la OEA, esperaban que el secretario general, Luis Almagro, los recibiera. No les abrieron la puerta. Así, tuvieron que retirarse el economista Daniel Córdova, la excandidata aprista Nidia Vílchez y los congresistas electos Hernando Guerra García (de Fuerza Popular) y Jorge Montoya (ahora de Renovación Popular y que en 1999 firmó un acta de sujeción ante Vladimiro Montesinos), aunque se les recibió su reclamo por una puerta trasera. Convocaron una rueda de prensa en la que disertaron frente a sillas vacías, excepto por la presencia de una socióloga de Ica que al final les enrostró que, para el ojo internacional, no eran sino unos golpistas.

Lo inenarrable ocurrió a continuación. El programa Cuarto Poder invitó, nada menos, a un criptoanalista, Arturo Arriarán, un exoficial de la Marina que decía tener pruebas fehacientes del fraude. En realidad, no mostró ninguna evidencia. Al siguiente programa, los dos conductores, Mávila Huertas y Mario Ghibellini, no aparecieron más.

En Madrid, el viernes 9 de julio Vargas Llosa apareció con uno de los miembros de aquella comisión al Foro Atlántico, organizado por la Fundación Internacional para la Libertad (FIL), en la mesa titulada «Iberoamérica, democracia y libertad en tiempos recios». Daniel Córdoba sería el primero en hablar, y se suponía, ahora sí, que mostraría las pruebas del fraude, pero, en esencia, sucedió lo mismo que en el programa Cuarto Poder: las pruebas brillaban por su ausencia. Dijo tres cosas. Uno, que, en la madrugada del 6 de junio, el día de las elecciones, unas 2 mil mesas, de pueblos remotos, había sido tomadas por Perú Libre, partido de Pedro Castillo que además tiene nexos con el Movadef. Desmentido. En ese momento, no había ninguna indicación de esto en el reporte de la Central de Operaciones del Proceso Electoral (COPE) del Jurado Nacional de Elecciones. Dos, que en las primeras 72 horas se detectaron mil actas con firmas falsificadas (dijo que en su página web, enlazados a un drive, habían archivos que corroboraban sus afirmaciones). Desmentido. Ojo Público analizó las carpetas y el drive y ningún documento corrobora el fraude. Tres, que hubo actas llenadas en computadoras. Desmentido. El escrutinio de cada voto es manual, explicó la subgerente de comunicaciones y prensa de la ONPE, Susana Vital, y que después la información se digitalizaba.

En aquel Foro Atlántico, Vargas Llosa reiteró que el gobierno de Francisco Sagasti claramente era favorable a la candidatura de Castillo y dijo: «Tengo la impresión de que desde Venezuela se ha dirigido toda esta elección, pero no lo puedo probar». «Todo lo que se haga para frenar esa operación turbia está perfectamente justificado».

Bajo la ceja arqueada de su padre, Álvaro Vargas Llosa dijo que la sentencia de un juez validando la demanda de concertación monopólica del Grupo El Comercio anunciaba una era de destrucción de la libertad de prensa (olvidando que su padre, hacía siete años, cuando apoyaron al candidato Ollanta Humana, propusieron que, por el camino legal, se pusiese coto a ese monopolio[5]).

Confesos admiradores de Vargas Llosa rompieron el hielo. El escritor José Carlos Yrigoyen dijo que ese apoyo a Keiko era un craso error, y, para ese viernes 9 de julio, desde su muro de Facebook, Gustavo Faverón dijo que la elección había sido reñida, pero limpia, y que era penoso que el fascismo peruano utilizase al escritor. «En este momento estás luchando empecinada y tercamente por el aniquilamiento del sistema democrático en el Perú y va a ser una lástima que tu último legado sea el de la arrogancia, la prepotencia, el atropello, el bárbaro y abusivo ataque contra el voto de las mayorías provincianas, indígenas y pobres».

El esperado artículo de Vargas Llosa llegó. El domingo 11 de julio, «Retórica de la desesperación», convenció a los convencidos, disuadió a los incrédulos, turbó a sus seguidores. Dijo ahí que en el Perú se consumaba un fraude perpetrado por Perú Libre colocando en la presidencia a Castillo «por obra de un Jurado Nacional de Elecciones que resiste impávido todas las demostraciones en contrario»[6]. Un fraude, dijo, fruto de la extrema izquierda latinoamericana, empoderada en Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, y que en el Perú se aceptaba bajo las ruinas producida por el coronavirus. En una charla pública, vía Zoom, Alberto Vergara y César Hildebrandt no comprendían por qué el escritor llegaba a azuzar el asunto del fraude[7]; Gustavo Faverón escribió: «la pulsión ególatra de verse como campeón de la libertad, sin darse cuenta de la imagen patética que ahora tiene entre la prensa, los políticos de cierta sensatez y los intelectuales con algo de sentido crítico»[8]. Una nota disonante aparecía en el texto de Vargas Llosa. Citaba un libro de la historiadora Anne Applebaum, centrándose en los intelectuales que, desmoralizados por el Brexit y Boris Johnson, Trump y Putin, dejan de luchar por la legalidad y la democracia, pero resulta que Applebaum, en textos recientes, indicaba que el nuevo componente del populismo es desconocer los resultados electorales, como lo hizo Trump con eso de “stop the fraud” y que ahora es la táctica que plagia el tercer mundo, con personajes como Keiko Sofía Fujimori y su falsa denuncia de fraude.

El nubarrón no fue ajeno en España. El Diario El País presentó una nota aclaratoria con sabor a enjuague bucal. Después de treinta años de columnista en ese Diario, en que Vargas Llosa ha publicado su columna quincenal, era ahora amonestado por trasgredir la línea que divide los hechos de la opinión. Para ser francos, la publicación mostró la objeción del Defensor del Lector -Jorge Castrillón- y el descargo del escritor, a quién reconocieron, tras una venia y mejillas sonrosadas, como la más prestigiosa firma histórica de El País[9]. El caso es que Castrillón le recordaba que, si bien las opiniones son libres, los hechos son sagrados, incluso y sobre todo en los textos de opinión, y que, en su reciente columna, no había base para las acusaciones de fraude en las elecciones del 6 de junio y, por lo tanto, había propalado «un bulo», pues los corresponsales en el Perú del Diario -Juan Diego Quesada y Jacqueline Fowks- niegan que haya habido fraude y, es más, afirman que las actas de todas las mesas pueden consultarse en Internet. Además, la limpieza de las elecciones fue alabada por los Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos.

Por su parte, Vargas Llosa le contestó al Defensor del Lector. Dos mil mesas habrían sufrido irregularidades, que, según el expresidente Tuto Quiroga, fue el método utilizado en el fraude electoral de Bolivia en el 2019. «De allí la opinión de muchos peruanos, incluida la mía, de que, ante la actuación sospechosa del Jurado Nacional de Elecciones frente a los pedidos de nulidad de la parte afectada, era indispensable una auditoría internacional del proceso de votación, algo a lo que el Gobierno peruano, parcializado con Castillo, se negó». Además, continuó Vargas Llosa, las denuncias de fraude las había mostrado en su artículo del 20 de junio (en las que desfilaban las denuncias de ocupación ilegal de mesas organizada por Perú Libre, firmas falsas en actas según un grafólogo, suplantación ilegal de miembros de mesas por familiares e inexplicables mesas sin votos para Fujimori en la segunda vuelta -cuando los hubo en la primera- y sin votos en blanco o nulos porque fueron adjudicados a Castillo).

Concedida la versión de las dos partes, la nota de El País finalizaba así: «Es esa una opinión [la de Vargas Llosa] perfectamente sostenible en una tribuna o una columna, pero la afirmación de que hubo fraude va más lejos cuando aún no hay un dictamen oficial y definitivo, sea peruano o internacional, sobre esas presuntas irregularidades. El jefe de Opinión, el subdirector Andrea Rizzi, señala al respecto: “La afirmación es sin duda polémica y plantea un dilema de edición. Nuestro criterio general es aplicar una interpretación amplia de la libertad de opinión. Pero es cierto que en este caso habría sido adecuado hablar con el autor y proponerle considerar una reformulación que a la vez respetara su libertad de opinión y aclarara el contexto fáctico sobre el que se pronuncia».

La nota finalizaba invocando que, con las versiones expuestas, el lector, con criterio, formara una opinión sobre lo ocurrido. Correcto, los lectores iban a evaluar al escritor, pero no solo mediante el cotejo de los hechos, sino -es una expresión de Sartre- desde su situación. La situación ha sido vista como el derribo de la objetividad, la simple destrucción de la evidencia, el capricho obtuso, pero con ella Sartre escribía acerca de que el obrero y el patrón digieren los hechos desde estómagos distintos. Hoy, con el fenómeno de la rapidez ultrasónica con la que vuelan las fakes news, se ve que las noticias muchas veces son interpretadas desde los grupos en los que los ciudadanos fraguan identidades; de modo que los artículos, entrevistas y mensajes de Vargas Llosa, en gran parte, fueron descifrados desde la dicotomía que atravesó a la segunda vuelta de estas elecciones: el fujimorismo y su antípoda. Así sucedió con las declaraciones de Álvaro Vargas Llosa que, no era para menos, fueron vistas a la luz (y a la sombra) de esa dualidad. Todo lo que decía era leído con un aprobatorio visto bueno o con la certeza de tener al frente a un ciego negado para la política. «Ha llegado la hora de superar en el Perú esta especie de guerra civil no armada entre fujimorismo y antifujimorismo. Era necesaria esa confrontación en su momento, pero ha quedado claro también que en el antifujimorismo había el germen del autoritarismo, que era un ánimo eficaz más para destruir que construir»[10].

Recapitulo estos acontecimientos, ahora, meses después de las elecciones, cuando el gobierno de Pedro Castillo da muestras de ser un caos, y cuando a cada destape de manejos turbios en palacio, la progresía tiene por tic responder “peor con la Fujimori” ¿Qué vio la centroizquierda en Keiko? La perpetuación del mal ¿Cómo detectó Vargas Llosa que, una vez sentado en el poder, el gobierno del maestro de Chota sería un desastre peor? Leyó su plan de gobierno, y también conocía, desde la húmeda intimidad gástrica, las disquisiciones teológicas de los grupos de izquierda. Hace 50 años, joven y marxista, había militado en el grupo Cahuide, y por esos años le había conmovido hasta los huesos la temprana muerte del poeta mártir Javier Heraud, lo que le había mostrado, mejor que cualquier argumento, que el tiempo del diálogo había muerto, que sólo la acción revolucionaria liberaría a Latinoamérica del hambre y explotación.

Hoy sus soluciones para Latinoamérica son otras. Las suyas, con sus bemoles, son ideas cuyo interés es el de proteger al individuo de las imposiciones colectivas, iluminar el telar y la rueca de los oligopolios, otorgándole al ciudadano, por justicia, condiciones reales de equidad, desde el inicio de la vida. En el Perú, viéndonos ahora, todo esto no es sino un ideal, una aspiración; pero comparados con lo que fue este país un siglo atrás, hay que continuar con el esfuerzo para que todos los ciudadanos posean una educación valiosa, que les permita participar, de manera franca, en las competencias y vicisitudes del tramado social. Pero esa retórica se ha ido devaluando por su lentísima concreción, razón por la cual los extremistas, de un lado y del otro, seguirán ampliando su poder de convocatoria.


[1] Mario Vargas Llosa «La verdad sospechosa», en Diario El País. Domingo, 23 de septiembre de 2003. https://elpais.com/diario/2003/09/21/opinion/1064095207_850215.html   

[2] Mario Vargas Llosa. «El Perú no necesita museos», en Diario El País. Domingo, 2 de marzo de 2009.    https://elpais.com/diario/2009/03/08/opinion/1236466813_850215.html?event_log=oklogin?event_log=oklogin   

[3] Diario El Comercio. Domingo 27 de septiembre de 2009. https://archivo.elcomercio.pe/politica/gobierno/montesinos-afirmo-que-keiko-fujimori-estudio-dinero-estado-noticia-347782

[4] Mario Vargas Llosa. “No le quiten el cuerpo a la jeringa”, en el Diario El País. Domingo 19 de junio de 2021.

[5] Mario Vargas Llosa, “¿Un castillo de naipes?”, en Diario El País. Domingo 12 de enero de 2014.https://elpais.com/elpais/2014/01/10/opinion/1389368800_276531.html “El grupo El Comercio se ha hecho con el control del 80% de la prensa escrita del Perú, lo que es una seria amenaza para la libertad de opinión sin la cual cualquier democracia se desmorona”. “que haya una economía de mercado y se respete la propiedad privada no bastan, por sí solas, para garantizar la libertad de prensa en un país. Esta se ve amenazada, también, si un grupo económico pasa a controlar de manera significativamente mayoritaria los medios de comunicación escritos o audiovisuales. Es lo que acaba de ocurrir en el Perú con la compra, por el grupo El Comercio, de los diarios de Epensa, operación que le asegura el control de poco menos que el 80% de la prensa escrita en el país. (El Comercio posee también un canal de cable y el más importante canal de televisión de señal abierta del Perú)”. “cuando un órgano de prensa anula a los competidores y se convierte en amo y señor de la información, ésta pasa a ser un monólogo tan cacofónico como el de una prensa estatizada y con ella no sólo la libertad de información y de crítica se deterioran, también la libertad”.

[6] Mario Vargas Llosa. «Retórica de la desesperación», en Diario El País. Domingo, 11 de julio de 2021. https://elpais.com/opinion/2021-07-11/retorica-de-la-desesperacion.html

[7] Presentación de la reedición de Ciudadanos sin República. Minuto 36. https://www.facebook.com/libreriaelvirrey/videos/1107622036397701

[8] Carlos Reyna. «Vargas Llosa, la telenovela del fraude», en Revista SER.PE. Lunes, 12 de julio de 2021.

[9] Defensor del Lector. «Peligroso cruce de frontera en Perú. Algún lector critica que un artículo de Vargas Llosa superó la divisoria entre hechos y opinión», en Diario El País. Sábado, 17 de julio de 2021 https://elpais.com/opinion/2021-07-18/peligroso-cruce-de-frontera-en-peru.html

[10] Entrevista a Álvaro Vargas Llosa. «Sobre dudas y reconciliaciones», en Diario El Comercio. Domingo, 18 de julio de 2021. En la entrevista Álvaro continuó con que había indicios de fraude electoral. (Fernando Vivas) -¿Por qué crees que Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido, han respaldado la teoría de que las elecciones fueron limpias y no han hecho caso a la posición de Fuerza Popular?

(Álvaro Vargas Llosa) -Por dos razones. La primera es porque se han dejado llevar por el informe preliminar, no definitivo, de la misión de la OEA que no viajó a las zonas que están ahora en controversia; fue bastante superficial. Segundo, por las gestiones del gobierno.

Sobre el autor o autora

Héctor Ponce
Filósofo. Docente del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

1 Comentario sobre "Mario Vargas Llosa: noviazgo y ruptura con el progresismo"

  1. Excelente articulo, Mario Vargas Llosa es uno de los mas grandes escritores de latinoamerica.

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