De manipuladores y manipulados: nuestra crónica crisis política

Escrito por Revista Ideele N°303. Abril-Mayo 2022. Imagen: El Comercio

Usualmente las crisis son cortas, pues sus causas suelen ser inmediatas, pero reaparecen recurrentemente si lo que las origina no es remediado a tiempo. La actual crisis que el Perú atraviesa, no obstante, se está volviendo una normalidad. Eso nos obliga a preguntar cuáles son sus verdaderas causas y si estas pueden ser procesadas, dado que esa sería la única manera de neutralizar una inestabilidad que se va volviendo estructural, pues las mismas causas producen los mismos efectos.

En todo proceso social las causas son tan variadas que resulta imposible reconstruirlas plenamente, de manera que uno tiene que buscar las que parecen tener un rol más eficaz para luego ordenarlas en el largo, mediano y corto plazo. Posteriormente se establecen estrategias de resolución y metas, las que deberán estar alineadas y articuladas entre sí. En otras palabras, en función a los objetivos mayores, uno deberá establecer procedimientos para abordar los problemas de mediano plazo y esto, a su vez, dará la pauta para resolver lo apremiante.

En el caso que nos concierne, una condición estructural que subyace a muchos de los problemas que agobian a nuestra sociedad es la incapacidad de buena parte de sus líderes y élites –sociales, políticas y económicas–, y sin duda también de sus electores, para tener una visión de larga duración, tanto respecto del pasado como del futuro. Está ausente la habilidad de comprender los procesos históricos y establecer metas de mayor alcance para, a partir de esos criterios, resignificar el presente, entenderlo e intervenir en él para transformarlo.

Otro problema es que, en los pocos casos en que hay visión de largo plazo, no hay acuerdo respecto de cuáles son los objetivos deseables. Muchos terminan sus análisis políticos sosteniendo, como si fuera una afirmación original u obviamente verdadera (no es ninguna de las dos cosas), que el norte es lograr el bien común. Pero, parafraseando a Voltaire, el bien común es el menos común de los bienes, pues precisamente el problema es que, cuando uno tiene concepciones diferentes de la sociedad, tiene también ideas distintas de lo que sería bueno para todos. Si no se está de acuerdo en los fines, ¿cómo se podría coincidir en los caminos? Un primer punto urgente, por tanto, si no queremos que el tejido social termine de deshilvanarse, es lograr acuerdos respecto de y a pesar de nuestros desacuerdos, para establecer algunas metas básicas de amplio alcance. 

Al largo plazo, nuestro objetivo prioritario debe ser construir un Estado sólido, eficiente y confiable, que no sea el botín de los políticos de turno ni un instrumento de imposición y justificación de relaciones de dominación, sino una red de instituciones transparentes, al servicio de los ciudadanos y de sus derechos fundamentales. Es menos importante el tamaño de ese Estado; lo esencial es que los ciudadanos se identifiquen con él, lo consideren un aliado y no su enemigo, y perciban que pueden confiar en él para los momentos de penuria.

Siempre fue, pues, evidente, que Castillo no nos conduciría al comunismo. Por el contrario, dada su incapacidad para gobernar, en la práctica es un neoliberal extremo pues deja todo como está. Eso lo saben los agentes económicos y por eso la economía no se ha desplomado. Es solo por su facilidad para dar mensajes incomprensibles y su inhabilidad para resolver conflictos sociales que tiene a la derecha soliviantada, de otra manera esta lo amaría como ocurrió con Alberto Fujimori, a quien primero satanizó y luego idolatró. Con Perú Libre no ha llegado el comunismo al poder, sino la informalidad, la misma que existe en prácticamente todo el país excepto en unos pocos distritos de sectores de clase media.

Nunca hemos tenido un Estado con esas características. Cuando hay un terremoto, una sequía o una inundación que requiere de su presencia pronta y eficiente, éste no aparece, o lo hace a destiempo e ineficazmente. Jamás ha habido un sistema educativo público de calidad que cubra todo el territorio nacional y ofrezca ese derecho fundamental a los compatriotas de todos los rincones del país. Lo mismo ocurre con la salud. La triste evidencia es que, durante la pandemia, el Perú tuvo el mayor número de muertos a nivel mundial en proporción al número de habitantes[1], lo que prueba que el Estado no tuvo capacidad de reacción frente a una calamidad que puede repetirse en cualquier momento. Sería fácil echarle la culpa al gobierno de turno, pero no sería justo, la responsabilidad la tienen los gobiernos que durante 200 años no fueron capaces de construir instituciones eficientes. Si el peruano promedio ya tenía una pésima opinión del Estado antes de la pandemia, después de esta no pudo ser peor. Eso es funesto, porque la percepción de la realidad la transforma y se convierte en realidad.

Al mediano plazo, nuestro objetivo debe ser la construcción de organismos públicos descentralizados y partidos políticos estructurados, lo que es condición de posibilidad para fortalecer al Estado. No es tolerable que tengamos agrupaciones políticas oportunistas que tienen en su ADN, tanto en un sentido metafórico como literal, la corrupción, la violencia o el autoritarismo. Deben desaparecer las agrupaciones políticas que son mafias encubiertas, como el Movadef, el fujimorismo y otras semejantes que son la fachada de organizaciones delictivas.

Aunque el corto plazo es más delicado de diagnosticar, mi sospecha es que el presidente Castillo no terminará su mandato. No es claro si eso ocurrirá por vacancia, renuncia o porque su propio entorno le exigirá que dimita, lo que ocurrió –en aquel caso de manera injusta– con PPK; pero veo improbable que Castillo llegue al 2026. De ser así, la vicepresidenta Dina Boluarte tendría que asumir el cargo y habría que darle el beneficio de la duda. Si ella tampoco pudiera construir gobierno, tendría que renunciar y la presidenta del Congreso estaría obligada a convocar a elecciones generales, tanto para el poder ejecutivo como para el legislativo. En aquel escenario, la única opción sería esperar, de las ruinas de las fuerzas políticas, un mínimo de madurez para ponerse de acuerdo, a pesar de las discrepancias, en apoyar a un grupo de personas moderadas y reconocidas por su probidad para sacar al país adelante, mientras los partidos políticos se reestructuran.

Sería deseable que las pocas organizaciones políticas que quedan actúen con un mínimo de desprendimiento; pero incluso si no lo tuvieran, que por lo menos actúen con un mínimo de astucia, para mostrarse ante la opinión pública con un rostro de responsabilidad e integridad que no tienen, pero que les convendría presentar. Así pues, sería de interés de los propios políticos el que tengamos nuevas elecciones generales. En aquellas, podrían apoyar a un grupo alejado de los extremos que haga un gobierno de transición y reconstrucción nacional, mientras los partidos se recomponen mirando al largo alcance y no solo a los próximos cinco años. Los políticos que no se sumaran a este objetivo nacional quedarían en evidencia como mezquinos y cortos de miras, lo que tendría que afectarles electoralmente, algo que los otros deberían aprovechar. Más allá de si esta salida es realista o probable, es la única concebible si queremos salvar la democracia.

Pensando en el mediano plazo, será conveniente recordar el segmento de la crisis que comenzó en 2016. Keiko Fujimori se negó a aceptar su derrota y boicoteó todo lo que pudo al gobierno de PPK –es decir, al Perú en su conjunto–hasta que logró destruirlo. Es difícil saber qué hubiera pasado si el fujimorismo hacia oposición constructiva y PPK se quedaba en el cargo. Lo más probable es que hubiese hecho un gobierno aceptable, que el fujimorismo hubiera limpiado algo de su imagen y hasta es concebible que hubiese ganado las elecciones de 2021. Hubiéramos aprovechado el alza de los metales, la globalización y el desarrollo económico de los países vecinos para crecer exponencialmente. ¿Por qué no se hizo? ¿De quién es la culpa? ¿Es momento de buscar responsables? Yo creo que sí. El país necesita accountability. Eso no ocurrió porque Keiko solo pensó en lo inmediato, invadida como estuvo por las erinias griegas. Si uno es capaz de ver más allá de un metro cuadrado, notará que ella tiene responsabilidad directa en la actual situación de inestabilidad y que eso será recordado por los historiadores, pues la historia será escrita por académicos profesionales, no por políticos venales.

Hay quienes piensan que no hay que concentrarse en el pasado sino mirar al futuro y que no importa lo que ocurrió en 2016 sino lo que ocurre ahora. Eso es precisamente lo que estoy objetando. Sí hay que observar el pasado, porque eso nos dará una pista para entender lo que pudo haber ocurrido y podría llegar a ocurrir. No hay que olvidar sino explicar lo acontecido. Es precisamente una opción cortoplacista y selectivamente ciega la que sostengo debemos superar. Los seres humanos tenemos la capacidad de simular el pasado y el futuro para entender y dar sentido al presente, lo que nos permite tomar decisiones prospectivas apropiadas. A eso se llama “cronestesia” y es una facultad exclusivamente humana, pues los animales viven en un presente permanente. Sostengo, pues, que muchos actores y electores políticos peruanos viven en un presente perpetuo donde su pasado es el día anterior y su futuro el posterior, sin ninguna capacidad para comprender y planificar en el tiempo.

¿Cuál hubiera sido el escenario de haber ganado Keiko? Habríamos tenido mayor predictibilidad en el manejo económico, acompañado de copamiento en las instituciones estatales y de un plan para instalarse en el gobierno por un mínimo de 20 años. Ese proyecto habría recibido el apoyo de grupos empresariales y mediáticos, y de muchos miembros de las Fuerzas Armadas, quienes piensan que el Perú no está listo para una democracia real y requiere de una democracia aparente, es decir, una dictablanda. Lo que aquellas personas no entienden, sin embargo, es que la única manera de aprender a vivir en democracia es ejerciéndola. La democracia nunca es plena y siempre es perfectible, pero la tarea de afinarla requiere de practicarla con todas sus limitaciones y defectos. Ningún país puede aprender a vivir en democracia mientras padece una dictadura.

Llegamos a la segunda vuelta electoral de 2021 con los dos peores candidatos de todos disputándose la presidencia. Si uno miraba un poco más allá de sus narices, era fácil predecir lo que ocurriría. De ganar Castillo, tendríamos un gobierno errático e irracional, pero no comunismo ni socialismo, ni siquiera izquierda moderada. Así fue. Solo se necesitaba un mínimo de información y capacidad de análisis político para saber que jamás se iba a imponer un modelo comunista. En Perú Libre nadie tiene idea de lo que es el marxismo, excepto quizá Vladimir Cerrón. Castillo fue miembro de Perú Posible, al lado de Alejandro Toledo, desde 2005 hasta 2017, en que la inscripción de ese partido fue cancelada. De no haber sido así, tal vez habría postulado por ese partido. Cerrón sabía eso, pero no le importó porque creía que su candidato jamás ganaría la presidencia y que solo posicionaría al partido con su fama de sindicalista combativo. Para proponer o imponer un modelo político se necesita un mínimo de liderazgo y capacidad organizativa, algo que Perú Libre está lejos de tener.

Siempre fue, pues, evidente, que Castillo no nos conduciría al comunismo. Por el contrario, dada su incapacidad para gobernar, en la práctica es un neoliberal extremo pues deja todo como está. Eso lo saben los agentes económicos y por eso la economía no se ha desplomado. Es solo por su facilidad para dar mensajes incomprensibles y su inhabilidad para resolver conflictos sociales que tiene a la derecha soliviantada, de otra manera esta lo amaría como ocurrió con Alberto Fujimori, a quien primero satanizó y luego idolatró. Con Perú Libre no ha llegado el comunismo al poder, sino la informalidad, la misma que existe en prácticamente todo el país excepto en unos pocos distritos de sectores de clase media.

Castillo gobierna al Perú de la misma manera que gobernaría la Municipalidad de Chota, algo que considera normal. Por eso ni siquiera entiende algunas de las críticas que le formulan. Hace lo que está acostumbrado a hacer. Es más, su discurso, de ser un poco más coherente, podría ser este: “ustedes, el Perú autodenominado ‘formal’ e ‘instruido’, pero en la realidad simplemente más occidentalizado, han gobernado por doscientos años y lo han hecho mal, porque han mantenido la pobreza en condiciones inequitativas y con frecuencia corruptas. Déjennos ahora gobernar a nosotros como estamos acostumbrados a hacerlo.” En ese hipotético discurso, Castillo tendría razón en una cosa: las élites “formales” lo hicieron mal y ahora hay un sinceramiento de la informalidad nacional. Pero Castillo estaría equivocado en que eso podría ser una solución para algo, especialmente en un mundo globalizado.

La verdad, planteada de manera simple, es esta: nuestro bicentenario es un simbólico parteaguas. Las élites lideraron mal, no lideraron, o, peor todavía, lo hicieron pensando en sus beneficios inmediatos. Ahora tienen que aprender a liderar bien si no quieren que el gobierno de Castillo, o de otros equivalentes, sea la norma para los próximos doscientos años. Es el momento de decidir si queremos seguir mirando a nuestros beneficios de rápida caducidad o a los intereses del país al largo plazo que, obviamente, serían también los nuestros.

¿Cuál hubiera sido el escenario de haber ganado Keiko? Habríamos tenido mayor predictibilidad en el manejo económico, acompañado de copamiento en las instituciones estatales y de un plan para instalarse en el gobierno por un mínimo de 20 años. Ese proyecto habría recibido el apoyo de grupos empresariales y mediáticos, y de muchos miembros de las Fuerzas Armadas, quienes piensan que el Perú no está listo para una democracia real y requiere de una democracia aparente, es decir, una dictablanda. Lo que aquellas personas no entienden, sin embargo, es que la única manera de aprender a vivir en democracia es ejerciéndola. La democracia nunca es plena y siempre es perfectible, pero la tarea de afinarla requiere de practicarla con todas sus limitaciones y defectos. Ningún país puede aprender a vivir en democracia mientras padece una dictadura. Sin embargo, como se sabe, el proyecto de establecer un gobierno autoritario con maquillaje democrático fue el de quienes apoyaron al fujimorismo a partir de 1992, luego del descalabro aprista de los años 80 y después que Alan García y la izquierda se aliaran en 1990 para impedir una victoria de Fredemo e inventar a Alberto Fujimori. Así, el Apra y la izquierda tienen responsabilidad directa en la creación del monstruo. Podrán decir que no lo previeron, pero tendrán que admitir que lo produjeron.

Tal vez algunos crean, de manera bienintencionada, en ese programa autoritario, pero ciertamente hay muchos que lo único que desean es obtener poder, conseguir ventajas económicas o mantener privilegios. En el mejor de los casos, los pocos bienintencionados tienen como objetivo lograr un fujimorismo no corrupto que dé estabilidad al país, incluso si eso implicara pagar un alto precio: desinstitucionalización, debilitamiento de la democracia, impunidad ante la corrupción y los crímenes cometidos en los años 90, y humillación nacional al haber repuesto en el poder a un grupo delincuencial. En otras palabras, nos hubiéramos prostituido como sociedad, lo que habría dejado una herida psicológica y moral muy difícil de cicatrizar. Adicionalmente, como siempre ocurre, el copamiento y la concentración de poder habrían conducido inevitablemente a la corrupción, lo que hubiera hecho imposible tener elecciones limpias en 2026, incluso si los fujimoristas en el poder lo hubiesen deseado.

Si hubiera ganado Keiko se habría repetido como un calco, treinta años después, lo que ocurrió con su padre en los años 90. La corrupción hubiera estado omnipresente, mucho más que ahora, porque los fujimoristas tienen amplia experiencia en el latrocinio y se asegurarían de no cometer los mismos errores, mientras que los perulibristas tienen aún mucho por aprender. Con los años, los estallidos sociales habrían sacado a Keiko de Palacio para enviarla a la cárcel pues, como dice Antonio de Zamora en aquella famosa comedia, “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”. Hubiera pasado exactamente lo mismo que le ocurrió al padre, como un libreto dramático de teatro noh o una trágica compulsión a la repetición. En los 90, Fujimori y la derecha se utilizaron mutuamente; algo semejante habría pasado ahora. Se habría establecido un pacto tácito entre grupos empresariales, monopolios mediáticos, políticos corruptos, jueces en alquiler, periodistas venales y miembros de las Fuerzas Armadas, para dar la suficiente estabilidad económica al país de manera que permitiera a algunos de ellos saquearlo. Naturalmente ese no hubiera sido el objetivo explícito, sino salvarnos del comunismo. De un comunismo ilusorio, fantasmagórico, imaginario e imposible, claro está.

No se necesita tener una bola de cristal para hacer esas conjeturas, sino observar las evidencias y hacer proyecciones razonables. Precisamente por eso no podemos mirar al futuro sin tener en cuenta el pasado, a menos que tengamos una agenda oculta que nos interese deslizar. Pero, entonces, si todo esto era obvio para quien pudiera ver un poco más allá de sus narices, ¿cómo logró instaurarse esa visión apocalíptica de que con Castillo se impondría el comunismo y que había que votar por Keiko para evitar convertirnos en Venezuela? ¿Cómo se instaló la convicción de que la dictadura más corrupta de nuestra historia iba a salvar a nuestra frágil democracia? ¿Por qué se convenció mucha gente de que el aparato de control mediático de los 90 protegería a la libertad de expresión? Si Keiko destruyó a PPK –de todos los candidatos el que tenía más afinidad con ella– por puro resentimiento y ambición de poder, ¿cómo pudo alguien pensar que ahora ella nos libraría del autoritarismo? Si Keiko había recibido dinero, por debajo de la mesa, de Odebrecht y de otras empresas privadas, ¿cómo podría ocurrírsele a alguien que, siendo gobierno, actuaría con transparencia? Mi opinión es que hubo y hay un proyecto manipulador, producto de la experiencia fujimontesinista de once años en el poder. Su objetivo es distorsionar la realidad de una manera que solo una persona desinformada o cándida podría no notar, para tejer una red clientelista que permita entornillarse en el poder por tiempo indefinido, tanto en el ejecutivo como en el legislativo. Aunque haga un esfuerzo extremo de imaginación, no concibo al fujimorismo entregando el poder de manera pacífica. En el año 2001 tuvimos que sacarlos por la fuerza. Si hubiesen ganado el 2021, habríamos tenido que echarlos de la misma manera el 2026.      

La manipulación es una forma de engaño planificado en que el manipulador presenta una falsa realidad a su víctima, para así controlar su percepción, sus creencias, sus emociones, sus deseos y su comportamiento. En el terreno personal, constituye abuso psicológico; en la dimensión social, es un instrumento ideológico de imposición. El manipulador tiene una doble agenda: la que oculta y la que espera que el manipulado crea.

Lo curioso es que la manipulación que realizó el fujimorismo –con el apoyo fanatizado de gran parte de la prensa y de casi todo el dinero del Perú– no fue exitosa, como se evidencia ante el hecho de que perdió las elecciones. La estrategia fue obtusa y desubicada. Intentar aterrorizar a los votantes de los sectores C y D con el comunismo es lo más delirante que a alguien se le podría ocurrir. De hecho, quizá a ese ciudadano le hubiera caído en gracia el supuesto comunismo, de haberlo considerado una posibilidad real. La campaña de amedrentar con ese fantasma no podía funcionar, porque los únicos espantados habrían de ser los que de todas maneras iban a votar por Keiko, quienes salieron en camionetas 4×4 para expresar su apoyo a la libertad de expresión, pulverizando en redes a todo aquel que osara pensar diferente y esgrimiendo insultos racistas contra el candidato Castillo, mientras se preparaban para resistir a la KGB chotana que nos convertiría en Cuba. La cantidad de gente que aseguraba que vendería todo para irse del país, pues nuestro destino era inexorable, me hizo dudar de la cordura del votante promedio de los sectores A y B. Obviamente nada de eso ocurrió, no se fueron a ningún sitio y los que vendieron su casa de playa por temor a la expropiación ya se compraron otra. 

Castillo nunca tuvo una estrategia para nada pues él jamás pensó verse en el trance de gobernar al país, por lo que ahora tenemos caos y desorden, pero no comunismo. Por el contrario, las tácticas fujimoristas siempre fueron maquiavélicas. Por una parte, estas emplean la manipulación artera, aunque poco hábil, porque las costuras de la artimaña son notorias. De otro lado, la idea es hacer tierra arrasada. Es decir, con el objetivo de llegar al poder –supuestamente para dar estabilidad al país– el fujimorismo está dispuesto a desestabilizarlo al máximo, copar o destruir las instituciones e incluso romper con la continuidad democrática. Lo paradójico es que, para librarnos del comunismo, están aplicando al pie de la letra la metodología leninista de agudizar las contradicciones del sistema. De hecho, el molde marxista que los fujimoristas y sus secuaces usaron evidencia que muchos de ellos alguna vez sí fueron marxistas de libreto y panfleto, y que no han perdido las mañas.

Los argumentos son infantiles y se formulan con preguntas absurdas: ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué no perdonar? Como si uno votara por amor u odiara a aquellos por quienes no vota. Uno vota pensando en el tipo de sociedad a la que aspira, a menos que esté tan manipulado que vote por terror. Alguien ciertamente puede perdonar las atrocidades cometidas durante los años 90, pero no es obligatorio hacerlo, precisamente porque el perdón es un don, un regalo gratuito, esa es incluso su etimología. Uno puede sentirse preparado para perdonar, pero eso no implica que deba votar por el perdonado. Se nos pidió que perdonásemos los crímenes y delitos del fujimorismo, porque si no lo hacíamos seríamos egoístas y personas de corazón estrecho. Que se nos lo pida a quienes fuimos víctimas políticas del fujimorismo es ofensivo, pero que se lo pida al familiar de una persona asesinada o torturada, o a una mujer víctima de esterilizaciones forzadas es grotesco, expresa egoísmo, ausencia de empatía y de escrúpulos y, adicionalmente, falta de ingenio para pensar en artimañas más eficientes.

Queda claro, entonces, que hubo y hay un programa de manipulación para retomar el poder perdido en 2001. Ante las derrotas electorales de 2011, 2016 y 2021, el objetivo ahora es vacar a un pésimo presidente, aunque no haya razones legales para hacerlo. Parte del proyecto era satanizar su gobierno, pero eso ya no es necesario dado que Castillo lo hace solo. Ahora se trata de esperar a que Castillo termine de autodestruirse. Si la oposición no hubiera sido mezquina sino mínimamente constructiva, el gobierno habría sido menos desastroso de lo que es. Quizá el propio Castillo hubiera aceptado de buena gana el apoyo, dada su conciencia de que no está preparado para gobernar. Pero tuvimos una tormenta perfecta: un presidente sin preparación para el cargo y una oposición empeñada en aniquilar a un gobierno que nació malherido.

Lo que prueba que la maniobra del fujimorismo fue poco sagaz es el hecho de que, teniendo todo a su favor, incluyendo el dinero donado por las empresas más ricas del país y la propaganda de la prensa monopólica, Keiko perdiera ante el peor candidato de todos, uno que nunca pudo formular una sola propuesta inteligible, lo que a muchos nos hizo sospechar que en realidad Castillo quería perder. Hubo quien pensó que Keiko lo había comprado para que hiciera una campaña suficientemente mala que le permitiera ganar. No me hubiera sorprendido, pero aun así Castillo ganó y Keiko perdió, a pesar que después de las elecciones tuvimos una larga pesadilla hasta que la candidata reconociera su fracaso fáctico, pues nunca admitió su derrota electoral.

Hay quienes siguen creyendo que el gobierno de Castillo es comunista y que Sagasti es marxista, lo que prueba que no tienen idea de lo que dicen. El uso del calificativo “caviar” es otra muestra de la pésima factura de la manipulación. Como se sabe, la palabra en cuestión fue acuñada en su sentido político por los sindicalistas franceses en los años 80, para cuestionar a los socialistas de clases acomodadas, pues aquellos consideraban que estos no tenían “experiencia de clase”, es decir, que no eran proletarios y, por tanto, no podían ser socialistas comprometidos sino solo izquierdistas de salón que hablaban de marxismo mientras tomaban vino caro y comían caviar de origen soviético. Detrás de esa idea está el principio marxista de que el ser social determina la conciencia social.

En el Perú se acusa de caviares, es decir de traidores de clase, a quienes, procedentes de sectores acomodados, no defienden los privilegios que les corresponde y decidieron votar por Castillo o, incluso, en blanco, para evitar el retorno de la mafia. Es “caviar” una persona de sectores A y B que tiene objeciones al modelo neoliberal, aunque no alguien de sectores C y D, porque estos no están protegiendo a su clase. El “caviar” es, pues, un traidor de clase, al mejor estilo de manual marxista. Misteriosamente nunca se consideró caviar a Alan García, a pesar que su discurso era populista, tuvo formación marxista, alguna vez se consideró socialista y tomaba vino en su yate de la costa verde. Quizá nunca se le consideró caviar porque su origen de clase era C y no precisamente A o B. La manipulación, inspirada en folletos marxistas, es tan grosera que hay que ser demasiado limitado para no verla.

Como se sabe, en el Perú la palabra fue importada con poca creatividad –dado que aquí nadie come caviar– para caricaturizar a cualquiera que no adopte en bloque el modelo neoliberal implantado en los 90 y para bloquear cualquier debate que suponga una tímida reflexión crítica de ese modelo. En otros países los usuarios de ese concepto son más imaginativos. Por ejemplo, en Brasil se habla de una “izquierda Ballantine’s” o de “socialistas con iphone”; en Gran Bretaña se usa champagne socialism, en Estados Unidos Gucci socialism y en Suiza “socialista de café”. Esas denominaciones tienen en común el desaprobar a una persona que, reclamándose de izquierda, tenga gustos burgueses y no muestre un verdadero compromiso personal con el socialismo, incluso si su discurso lo pregona. Es discutible que ese cuestionamiento sea válido, porque uno podría defender ideas socialistas mientras toma una copa de vino en un café miraflorino, lo que no es un signo exterior de riqueza. Más aún, uno podría considerarse socialista incluso si lo único que hace es hablar de él y votar cada cinco años. No es contradictorio ni poco ético.

Pero el uso de “caviar” en el caso peruano tiene una dimensión manipuladora, pues no se cuestiona a quien se considere socialista por pose o por ser poco coherente, sino a cualquiera que no acepte el modelo neoliberal en su conjunto, incluso si no se reclama socialista. De hecho, quienes no somos y nunca fuimos de izquierda, pero no votamos por Keiko, terminamos siendo considerados caviares. ¿Qué nos hacía caviares? El no someternos al cargamontón acrítico e intentar pensar de una manera mínimamente diferenciada. Los medios de prensa que insistían en este punto lo hacían con una simplicidad que parecía una maniobra para internarse en los cerebros menos activos, pero la realidad es que los cerebros de los manipuladores tampoco tienen mucha actividad, como queda claro cuando uno enciende por unos minutos el canal de Willax, por ejemplo, pues hacerlo por más tiempo no es recomendable dado que es dañino para los circuitos neuronales. También se acusó a los supuestos caviares de haber logrado la victoria de Castillo, lo que implicaría que más de la mitad de los votantes peruanos son personas acomodadas que toman vino costoso mientras hablan sobre Marx en cafés miraflorinos. Eso, que sería una maravilla, desafortunadamente no es verosímil.

El espectro de una nueva Constitución es otra herramienta de manipulación, en esta ocasión producto de una alianza tácita entre los dos extremos. La ultraizquierda dirige ese mensaje a sus electores para dar la impresión de que no ha olvidado su promesa principal de campaña. La ultraderecha lo hace a sus víctimas del terror, para persuadirlos de que siempre hubo un plan comunista con el objetivo de quedarse en el poder indefinidamente y para convencerlos de que el pánico generado antes de las elecciones tuvo sustento. Pero todos saben que en este momento es inviable una Asamblea Constituyente. El gobierno es muy débil y muy desorganizado para promover algo tan importante. Además, si se convocaran elecciones para ello, lo más probable es que la derecha obtendría mayoría y haría imposible cualquier modificación estructural. Sin embargo, a unos y otros, aunque por diferentes razones, les interesa que la gente crea que es posible lo imposible.

Queda claro, entonces, que hubo y hay un programa de manipulación para retomar el poder perdido en 2001. Ante las derrotas electorales de 2011, 2016 y 2021, el objetivo ahora es vacar a un pésimo presidente, aunque no haya razones legales para hacerlo. Parte del proyecto era satanizar su gobierno, pero eso ya no es necesario dado que Castillo lo hace solo. Ahora se trata de esperar a que Castillo termine de autodestruirse. Si la oposición no hubiera sido mezquina sino mínimamente constructiva, el gobierno habría sido menos desastroso de lo que es. Quizá el propio Castillo hubiera aceptado de buena gana el apoyo, dada su conciencia de que no está preparado para gobernar. Pero tuvimos una tormenta perfecta: un presidente sin preparación para el cargo y una oposición empeñada en aniquilar a un gobierno que nació malherido.

Este es el diagnóstico de una crisis que corre el riesgo de volverse estructural y, por tanto, de convertirse en una forma de vida. Es importante –si uno quiere ver las cosas en perspectiva y no quedarse atrapado en un presente perpetuo– tener claridad sobre los culpables y sus respectivos grados de responsabilidad. En el año 90 el Apra y la izquierda inventaron a Fujimori; pero a partir de 2016, la derecha y el fujimorismo fueron autores directos de la crisis que nos agobia, por lo que haberle dado la presidencia a Keiko hubiera significado premiar demasiada acumulación de vileza. Ser conscientes de eso no es odiar, sino tener un mínimo de sensibilidad moral e histórica, algo que a muchos les parece una banalidad, pero que es esencial para construir una sociedad que pueda desarrollarse en el tiempo, más allá de si el dólar sube o baja la próxima semana. Un hecho importante a subrayar, sin embargo, es que ninguna de las tácticas de los manipuladores funcionó para su objetivo último, que era ganar las elecciones, y solo logró espantar a la población más ingenua. Los manipuladores son experimentados y pícaros, pero torpes. Los manipulados, por su parte, solo son torpes.


[1] https://www.gob.pe/institucion/concytec/informes-publicaciones/2028205-informe-sobre-las-causas-del-elevado-numero-de-muertes-por-la-pandemia-del-covid-19-en-el-peru

Sobre el autor o autora

Pablo Quintanilla Pérez-Wicht
Profesor principal de filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es PhD. en filosofía por la Universidad de Virginia y magíster en la misma especialidad por la Universidad de Londres (King’s College). Es autor de La comprensión del otro. Explicación, interpretación y racionalidad (Lima: PUCP, 2019) y de otros libros y artículos académicos sobre su especialidad. Sus áreas de investigación son filosofía de la mente y del lenguaje, epistemología y pragmatismo clásico y contemporáneo. Es miembro de varias instituciones académicas internacionales, incluyendo el Grupo Interdisciplinario de Investigación Mente y Lenguaje.

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