Los concursos literarios… ¿respetan los derechos humanos?

(Foto: Espacio360)

Escrito por Revista Ideele N°251. Junio 2015

Tengo la sospecha de que las bases de los concursos literarios –no sólo los peruanos, sino los de todas partes—han venido lesionando, desde tiempo inmemorial, algunos de los derechos humanos de sus concursantes. Y lo han hecho a partir de sus bases y del procedimiento de selección usado para escoger ganadores. ¿Veamos cómo?

Los discriminatorios límites de edad.

No estoy al tanto de cómo funcionan, en términos de las edades permitidas a los concursantes, los certámenes de narrativa que se convocan en nuestro país, pero dos de nuestros tres concursos dedramaturgia fijan límites de edad para sus participantes. El Teatro Británico no hace ninguna discriminación de este tipo, y es necesario y justo felicitarlo por este gesto democrático. Pero al importante certamen del teatro La Plaza, llamado Sala de Parto, hace falta reclamarle una explicación. Este certamen exige a sus concursantes ser menores de 45 cuando ya están en carrera –el año 2013 este límite era de sólo 40— mientras que los dramaturgos primerizos sólo tienen que ser mayores de 18. Esto último lo entiendo perfectamente: es un asunto de mayoría de edad para firmar contratos. Lo que no entiendo –y en realidad nadie entiende—es por qué la edad de 46 años (antes 41) descalifica a un autor para concursar en Sala de Parto. Tampoco entiendo de dónde inicialmente sacaron esta edad, ni por qué razones luego la cambiaron.

El caso del concurso del Ministerio de Cultura es también curioso. Este certamen se titula Nueva Dramaturgia Peruana y excluye a cualquier autor mayor de 35 años. Dramaturgia nueva es la que se escribe ayer, no la que escriben los menores de 35, y dramaturgo nuevo –recién estrenándose en el oficio—puede ser un artista de cualquier edad. Conozco a un estupendo autor de cuarenta y tantos años que ganó Sala de Parto porque era menor de 45, pero que no puede participar en el concurso del Ministerio de Cultura por ser mayor de 35, pese a que sus piezas y su pensamiento son apropiadísimos para este concurso que privilegia una temática nacional. Por otro lado tengo un exalumno de la PUCP que, en apenas tres años, ya ha ganado todos los premios que existen y tiene dos o tres montajes profesionales entre pecho y espalda. A los 25 años este chico ya es todo un dramaturgo profesional y va a seguir ganando Sala de Parto, el Británico y el Nueva Dramaturgia durante 10 o 20 años más.

Entonces, para corregir esta situación discriminatoria en términos de edad… ¿qué tal un concurso de dramaturgia para mayores de 45 años? ¿Qué tal un concurso abierto sólo a hombres de raza negra –gays abstenerse? Si los concursos son cosa buena –y claro que lo son—deben ser accesibles a todos, sin limitaciones de género, raza, religión, orientación sexual, nacionalidad, procedencia socioeconómica ni, por supuesto, edad.

No puedo terminar este alegato por la no discriminación en los concursos literarios sin contar una anécdota personal. El mundo es ancho y ajeno participó en el concurso internacional que a mi padre lo llevó a la fama participando como candidato por Chile, donde él vivía deportado y desde donde mandaron su novela a Nueva York. El gobierno del Perú jamás la hubiera hecho –por razones políticas, claro—y fue la generosidad antinacionalista de los jurados chilenos lo que le cambió la vida a mi padre y quizás también cambió un poquito la historia de la literatura peruana.

El secreto mejor guardado de los jurados
Las bases de los concursos siempre indican cuántos expertos conforman el jurado. En algunas ocasiones sus nombres son secretos y funcionan como jueces sin rostro hasta que emiten su fallo, pero en otras ocasiones sus nombres son publicados y hasta publicitados. Los jurados –permítaseme este útil barbarismo—se reúnen y deliberan en secreto y su fallo es inapelable. Este fallo se convierte en un acta formal, pero a veces esto no ocurre. Y es una lástima que así sea porque un acta bien hecha y totalmente transparente revelaría el secreto mejor guardado de los concursos literarios de todas partes del Mundo, que es también el elemento más importante de todo el proceso de un concurso: ¿cuantas personas del jurado evalúan cada obra participante?

El hecho de que siempre un jurado esté compuesto por tres, cuatro, y hasta cinco o más expertos hace suponer a los concursantes –y también al público—que todas las obras habrán de ser leídas por todos esos expertos. Pero esto no es necesariamente así. Todo depende del resultado de una mezcla de factores heterogéneos: el número de obras concursantes, el número de jurados, la extensión de las obras, el tiempo que los organizadores le dan al jurado para considerarlas y también –cómo no—si acaso los organizadores remuneran al jurado por sus desvelos o si acaso ellos y ellas participana d honorem.

Un ejemplo bueno para desmenuzar las posibilidades de acierto y error de un jurado sería el de un certamen cuyos organizadores comprometen a un jurado de tres expertos y que recibe 102 obras concursantes. En las bases está que el jurado deberá escoger ocho obras para que sean distinguidas y/o premiadas.

Pueden ponerse en marcha tres procesosde muy distinta equidad y, quizás, hasta de muy distinta legalidad:

  • El buen proceso será aquel en el que los tres miembros del jurado lean todas y cada una de las 102 obras participantes y elaboren una lista de unas doce, que pondrán sobre la mesa como sus respectivas candidatas. La deliberación será muy ardua si las tres listas son muy distintas, o muy fácil si las tres son casi iguales, pero siempre habrá la certidumbre de que las obras ganadoras han sido vistas por todos los tres jurados y que, por ello mismo, el fallo será todo lo equitativo posible cuando se trata de expertos que son seres humanos con sentimientos, historias y gustos personales evaluando obras de arte que causan sentimientos, cuentan historias y responden a gustos personales.
  • Un proceso inferior, pero usado con alguna frecuencia, hace que los tres miembros del jurado partan y se repartan las 102 obras, tocándole a cada uno la tarea mucho menor de leer solamente 34. De estas apenas 34 leídas cada jurado escoge, digamos, sus cuatro favoritas. Estas cuatro pasan a formar parte de un pool de doce quees leído, ahora sí, por todos los jurados (aunque en realidad cada jurado ahora lee solamente ocho nuevas, porque ya leyó sus propias cuatro preferidas). Este sistema causa dos efectos: uno es que los jurados se alivian bastante la chamba, ya que sólo leen un total de 42 obras y no las 102 que llegaron al concurso. Y el otro es que 78 de esas 102 obras son leídas y dadas de baja por un solo jurado, sí, uno solo decide tu destino. Y puede suceder, por ejemplo, que una estupenda obra feminista sea descartada por el jurado secretamente machista que le tocó en (mala) suerte como único lector, o que una sensacional obra que sucede en el ártico caiga en manos del único jurado que le tiene fobia al hielo.
  • La tercera y peor manera de dirimir un concurso implica conseguirse un grupo de, digamos, cuatro lectores junior que se leen, entre todos, las 104 candidatas y escogen, entre todos, digamos unas quince obras que consideran buenas. Sólo estas quince son leídas por cada uno de los tres jurados oficiales quienes escogen las ocho premiadas. Este sistema es usado solamente –creo yo—para los más concurridos y menos serios concursos de novela en los que participan, digamos, cien novelas con una extensión promedio de 300 páginas. ¿Puede acaso un buen miembro del jurado –persona ocupada, persona productiva—leerse todas las cien novelas, vale decir leerse –o por lo menos revisar—todas las 30,000 páginas que le toca leer en el plazo –siempre corto— que los organizadores le ponen?

Algunas conclusiones informales
No estoy reclamando aquí –válgame el Cielo— una nueva legislación que ordene cómo se han de hacer los concursos del sector privado. Esta legislación ya existe aunque la aplica solamente el Ministerio de Cultura. En sus bases siempre aparece detallado el proceso que seguirá el jurado a la hora de considerar las obras y de dirimir los premios. Lo que estoy reclamando aquí es apenitas equidad y transparencia. Esto y un poquito de ejercicio democrático en el tema de los límites de edad, ya que sería bueno saber por qué los 45 años son dramatúrgicamente mágicos para Sala de Parto y por qué un autor de 36 años no puede escribir dramaturgia nueva. Y también aquí reclamo transparencia para hacernos conocer cuál es el proceso que sigue cada jurado para leer las obras y dirimir los premios.

Pero permítaseme otra notita personal: allá por el año 82 participé y gané un pequeño concurso de apoyo a la dramaturgia otorgado por el Estado de Ohio, Estados Unidos. Todos los concursantes fuimos invitados a presenciar todas las sesiones del jurado, todas y cada una de las deliberaciones oficiales y pudimos ver, oír y sentircada uno de los argumentos de cada uno de los jurados, hablando a toda voz a favor o en contra de cada obra presentada. Democracia abierta, que le llaman, y que se ejercecotidianamente en ese gran país donde todavía y con frecuencia se practica… pues eso que todos llamamos Democracia.

Sobre el autor o autora

Alonso Alegría Amézquita
Dramaturgo, escritor, novelista y director teatral. Bachiller en Arte y máster en Dramaturgia y Literatura Dramática por la Universidad de Yale.

Deja el primer comentario sobre "Los concursos literarios… ¿respetan los derechos humanos?"

Deje un comentario

Su correo electrónico no será publicado.


*