Las fuerzas invisibles de la justicia

Foto: “Primary emotions” de Christina Boyt

Escrito por Revista Ideele N°264. Octubre 2016

El 25 de enero de 1996, a las 2:00 de la mañana, el policía Kenneth Conley se encontraba en medio de una persecución a pie por las calles de Boston. Al mismo tiempo y muy cerca a dicha carrera, otros oficiales agredían al sospechoso Michael Cox. Éste pudo probar su inocencia posteriormente y demandó al Departamento de Policía de Massachusetts por el abuso sufrido. Y como Kenneth Conley había pasado cerca a la golpiza, fue llamado como testigo.

Una vez en el estrado, el agente Conley confesó que había estado en el mismo lugar donde Cox había sido agredido. Sin embargo, alegó que no vio golpiza alguna. Ni la fiscalía ni el jurado le creyeron. Era imposible que hubiera pasado tan cerca sin haber registrado un evento así de notorio. Creían que mentía para proteger a sus compañeros de la policía. Por ello fue condenado a 34 meses de prisión.

Frente a ello, la defensa de Conley recurrió a un estudio empírico. En éste, los participantes debían seguir a un sujeto a trote y en una calle poco iluminada – recreando la situación de aquella noche del 25 de enero. Además, debían contar cuántas veces el sujeto que perseguían se tocaba la cabeza. Finalmente, y sin que lo supieran, se contrató a cuatro actores para que pelearan en algún lugar del recorrido.

Cuando los participantes terminaron de correr, se les preguntó cuántos habían visto la pelea. Solo 35% lo había notado. Ello fue presentado por la defensa de Conley como evidencia de que su cliente estaba diciendo la verdad y que en realidad no había registrado la golpiza a Michael Cox; si bien había pasado cerca, su atención estaba focalizada en la persecución. Dicha defensa caló en el tribunal y Conley fue absuelto.

El ejemplo anterior refleja la conducta que el sistema de justicia exige de los ciudadanos. Aquel no está cómodo con que los testigos tengan una percepción sesgada y una memoria fallida; y es que, el éxito de los procesos depende en cierta medida de la confiabilidad de los testimonios.

Este “problema” no se limita a los testigos. Los jueces también tienen una percepción y memoria imperfecta. Así, por ejemplo, este año una corte de apelación en Costa Rica anuló una sentencia por una falla en la atención de los jueces de primera instancia. En concreto, aquellos habían preferido revisar sus celulares – incluso parándose para conectarlos y cargar la batería – en vez de escuchar los alegatos y los interrogatorios. Por ello, la corte sentenció que “hubo una reducción temporal de la capacidad de percepción o de observación de los jueces, que no todo el tiempo […] estuvieron prestando la atención debida e indispensable para asegurar una correcta decisión.”

De otro lado, el sistema de justicia tampoco acepta que los jueces o árbitros sientan emociones, ni mucho menos que se dejen influir por éstas. ¡Qué miedo que la decisión dependa de una corazonada!

Sin embargo, los estudios reflejan que las emociones actúan como filtros que influyen en nuestra visión del mundo. Así, por ejemplo, Bright & Goodman-Delahunty indujeron molestia en la mitad de participantes de un estudio que debían decidir sobre la culpabilidad de un acusado de asesinato. Los resultados reflejaron que los encuestados iracundos emitieron más sentencias condenatorias (41.2%) que quienes se encontraban en una estado emocional neutral (8.8%).

Además, el sistema de justicia se rehúsa a creer que los jueces o árbitros sienten cansancio, hambre o sueño y demás factores biológicos. Nuevamente la ciencia conductual hace que dichas asunciones se estrellen de cara contra la realidad.

Al respecto, Danziger, Levav y Avnaim-Pessoa estudiaron 1,112 decisiones judiciales sobre pedidos de libertad condicional y descubrieron un patrón: las pausas que tomaron los jueces al inicio de la jornada (desayuno), a media mañana (snack) y a la hora de almuerzo tenían como efecto inmediato el incremento del porcentaje de decisiones favorables (hasta 65%). La pausa, el descanso y la ingesta de alimentos les permitía recuperar energía mental para tomar decisiones complicadas – como lo es decidir sobre la libertad de una persona. Por ello, los autores concluyeron que “la justicia es lo que el juez toma de desayuno”.

Finalmente, el derecho pretende que los jueces procesen la información de manera lógica y completamente deliberada, sin tomar atajos mentales. Ello simplemente no es real.

Para probarlo, Guthrie, Rachlinkski y Wistrich plantearon un caso de responsabilidad civil a 167 jueces federales de Estados Unidos, en el que un camión había atropellado y dejado paralítico a un peatón. No había discusión sobre la negligencia grave de la compañía (el camión se había pasado la luz roja y la empresa no había realizado el mantenimiento de frenos). Entonces, solo quedaba que determinar el monto de la compensación.

Ahora, la mitad de los jueces recibió un dato adicional: la compañía había interpuesto una excepción alegando que no se cumplía con el mínimo jurisdiccional de US$ 75,000.00. Si los jueces fueran perfectamente racionales, habrían ignorado por completo dicha moción. La empresa y el conductor fueron negligentes, y los daños a una persona paralítica y sin posibilidad de trabajar valen más de US$ 75’000.00 (por lo menos en Estados Unidos).Sin embargo, el pedido de la compañía funcionó como un ancla. Y si bien los jueces no la aceptaron, sí redujo en un 30% la compensación otorgada a la víctima.

Estos ejemplos reflejan algunas situaciones en las que el Derecho regula la conducta de los ciudadanos dejando de lado su naturaleza humana. El Análisis Psicológico del Derecho se rebela contra esta visión clásica y propone explorar en la influencia de los factores cognitivos (percepción, memoria, emociones, atajos mentales) y biológicos en el comportamiento de jueces, árbitros, testigos, abogados, legisladores, ciudadanos y demás agentes del mercado legal. Así, busca medir cómo impactan estas fuerzas invisibles en la tutela de los ciudadanos, y a partir de dicha evidencia proponer una reforma del sistema de justicia.

Como señala Jennifer K. Robbennolt “dado que los abogados pasan la mayor parte de su tiempo entrevistando, asesorando, negociando y tratando de persuadir a otras personas, es muy importante que estos piensan acerca de lo que dice la ciencia acerca de cómo las personas piensan y se comportan”.

Es momento de pensar fuera de la caja para adaptar la justicia y las políticas públicas a nuestra naturaleza humana. La psicología, las ciencias conductuales y el derecho deben terminar su divorcio y sentarse a conversar. Este último requiere con desesperación dejar de lado conceptos etéreos y comenzar a trazar reformas en base a evidencia.

Sobre el autor o autora

Valeria Duffóo
Abogada por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Magíster en Políticas Públicas por la Universidad de Singapur.

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