El significado de Donald Trump (Notas escritas contemplando un abismo)

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Escrito por Revista Ideele N°265. Noviembre 2016

En una entrevista publicada el 4 de noviembre, el crítico Fredric Jameson afirmaba esto sobre el fenómeno Donald Trump: “Mucha gente dice hoy que se trata de un nuevo fascismo, y yo respondo: aún no. Pero si Trump llega al poder, las cosas serán distintas”.

Jameson estaba haciendo ahí dos observaciones importantes en una. La primera es que el fascismo no tiene realmente una forma predeterminada salvo en relación al ejercicio del poder estatal, y por lo tanto describir tal o cual proposición política como “fascista” antes de que tome el Estado y haga algo con él es siempre problemático. La segunda es que la figura de Trump —como había explicado el propio Jameson a su entrevistador momentos antes— surgió sobre todo de la decadencia de las instituciones de la república estadounidense, de su vaciamiento, y no tenía realmente (“aún no”) un contenido propio más allá del de ser la expresión de ese vacío.

Cuatro días después, Trump ganó la presidencia y las cosas, en efecto, se volvieron distintas.

En estas notas me pregunto qué es precisamente, y cómo, lo que está cambiando. Y lo hago sabiendo que la necesidad de escribirlas es en sí misma una respuesta, pues más allá de la discusión sobre cuán bien les calza a Trump y al trumpismo la fácil etiqueta de “fascistas”, el mero hecho de que esa pregunta resulte hoy tan urgente como legítima es, ya, una imagen del abismo al que nos enfrentamos.

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Subestimar la sagacidad de Donald Trump, sus consejeros y sus aliados es un error que muchos políticos de gran experiencia han cometido en tiempos recientes, y que cuesta muy caro. Trump, quien buscó por años el ángulo adecuado para insertarse en la política nacional estadounidense y preparó el terreno con pertinaz ambición y singular voluntad de poder, parece haber operado en base a una serie de intuiciones contrarias al sentido común y los saberes convencionales de la época. Al menos tres de esas intuiciones han resultado correctas.

Pocos hubieran dicho, por ejemplo, que la base electoral del Partido Republicano podía ser separada sin romperse de los mecanismos de control institucional establecidos por las élites partidarias. Trump, cuya precandidatura tuvo la forma de un insurrección interna, arrasó en las primarias con cada una de las narrativas que esas élites han promovido durante décadas. Arrasó con Jeb Bush, representante del establishment, los grandes capitales y la ortodoxia neoliberal, oponiéndole un discurso populista, proteccionista, contrario al libre comercio y a la globalización. Arrasó con Ted Cruz, el vocero de la ultraderecha evangélica, sin hacer mayor énfasis en su lenguaje y su visión de la moral pública, y siendo un connotado pecador que jamás (a diferencia, por ejemplo, de George W. Bush) ha pedido perdón o “renacido en la fe”. Y arrasó con Marco Rubio, el rostro joven y diverso que el oficialismo partidario quiso dar como respuesta a su derrota de 2012, oponiéndole un discurso ferozmente anti-inmigración, marcadamente xenófobo y estratégicamente racista. Las bases del partido aceptaron la oferta en bloque y lo eligieron su candidato con gran entusiasmo.

Del mismo modo, pocos hubieran anticipado la posibilidad de obtener la presidencia desde un posicionamiento partidario recalcitrante. Desde la era Reagan y hasta el 8 de noviembre de 2016, el saber político convencional indicaba que ganaría la Casa Blanca aquel candidato capaz de capturar “el centro” en la campaña nacional, una vez resueltas las primarias. Es lo que hicieron George H. W. Bush en 1988, Bill Clinton en 1992, George W. Bush en 2000 y Barack Obama en 2008 (y es lo que quisieron hacer, sin éxito, sus respectivos rivales). Se esperaba que Trump hiciera lo mismo: convertirse, acallando sus “excesos”, en una figura presidencial capaz de convocar a moderados e independientes. No lo hizo nunca. Más bien, hizo todo lo contrario, ignorando por completo esa topología, y ganó las elecciones.

Pero quizá la más importante de las intuiciones sobre las cuales Donald Trump opera, y que los hechos hasta ahora confirman, es que los modos, convenciones, preocupaciones y consensos del establishment mediático no tienen la relevancia política que hasta ayer se les atribuía. Trump parece haber intuido mejor que nadie el potencial de las redes sociales para generar realidades alternativas y versiones de los hechos que poco o nada tienen que ver con la idea tradicional de la verosimilitud periodística. Y en un sentido más amplio, parece haber intuido el uso político de aquello que esa misma prensa está llamando en estos días, casi como una declaratoria de derrota, el régimen de la post-verdad.

Esta última intuición le permitió a Trump afirmar en campaña las más evidentes falsedades y contradecirse algunos días más tarde, y luego volverse a contradecir, sin pagar ningún precio político e incluso obteniendo réditos precisamente de la surreal abundancia de sus falsedades. Le permitió aprovechar al máximo, a la manera de una estrella de reality (cosa que es), el brillo de los reflectores que el permanente escándalo de sus declaraciones y posturas generaba. En el proceso, Trump dominó de principio a fin —es decir, los manipuló con destreza— tanto el ciclo noticioso en los viejos medios como el juego de (des)información en Facebook y Twitter. En las primeras elecciones en la historia de los Estados Unidos en las que una mayoría de adultos recibió su información a través de las redes, esta pericia comunicativa sin duda tuvo mucho que ver con su victoria.

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Por supuesto, nada de lo anterior garantizaba el éxito electoral. Las intuiciones descritas habrían servido de poco si no se aunaban a realidades más “duras” y más cuantificables. En una clave que es al mismo tiempo ideológica y demográfica, al menos dos de esas realidades parecen especialmente significativas.

Por un lado, la resonancia del discurso populista, proteccionista y anti-globalización en sectores específicos del electorado (por ejemplo, la clase trabajadora industrial en estados del llamado Rust Belt y los votantes de condados rurales del Medio Oeste, muchos de los cuales se inclinaron por Barack Obama en 2008 y, aunque en menor medida, en 2012). Por el otro, la existencia de potenciales votantes blancos “escondidos” de las encuestas y de la data electoral previa, y susceptibles de ser movilizados detrás de una oferta política xenófoba y racista presentada por un candidato con carisma mediático.

Me parece importante anotar, aunque suene obvio, que no se trata de que una u otra de esas dos realidades, considerada aisladamente, explique las elecciones estadounidenses de 2016. Tampoco se trata de que Trump haya basado su campaña en el envío de mensajes específicos a audiencias específicas e independientes unas de otras, a la manera del marketing político tradicional. Más bien, lo que le otorgó a la campaña de Trump una particular potencia fue la combinación del populismo proteccionista y el racismo en un mismo cóctel, su despliegue simultáneo, su coming together. Y me parece importante anotarlo porque indica, creo, algo que será clave para el futuro inmediato.

Es esto: el fenómeno Trump está anclado en el encuentro de dos formas de resentimiento que llevan décadas al borde de la ebullición, el resentimiento racial que desde los años 60 es parte de la estrategia Republicana —la famosa “Southern Strategy” de Richard Nixon, replicada cada cuatro años desde entonces con fortuna intermitente— y el resentimiento económico de sectores de la población seducidos y traicionados repetidamente por el Partido Demócrata desde los años 80, si no desde antes.

Es sobre esa base —y no hace falta decir que se trata de una inestable nitroglicerina política— que Trump ha construido su victoria electoral, y es también sobre esa base que se decidirá el destino de su presidencia.

Subestimar la sagacidad de Donald Trump, sus consejeros y sus aliados es un error que muchos políticos de gran experiencia han cometido en tiempos recientes.

(Acerca del resentimiento de los grupos seducidos y abandonados por el Partido Demócrata, quiero hacer un paréntesis. Bill Clinton vive en la memoria de muchos trabajadores y extrabajadores industriales estadounidenses principalmente como el responsable de la firma de NAFTA, el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá. Clinton prometió que ese tratado redundaría en muchos beneficios para la ciudadanía, incluyendo un aumento del empleo industrial, pero es claro que estaba mintiendo. En 2008, cuando Barack Obama competía en las primarias Demócratas contra Hillary Clinton, prometió revisar NAFTA y poner coto a la expansión del libre comercio; como presidente, sin embargo, rompió todas esas promesas —según se lo recordó en un detallado informe la senadora Elizabeth Warren— y promovió en cambio el TPP, un acuerdo tan escandalosamente proempresarial que debió ser negociado en secreto. En 2016, el partido Demócrata terminó presentando a las elecciones nacionales a la misma candidata derrotada en 2008 por Obama y su promesa de combatir el libre comercio y proteger a los trabajadores; más aún, la presentó como la heredera directa no solo de su esposo, el firmante de NAFTA, sino del propio Obama que traicionó tan prestamente aquella promesa. Entre tanto, Trump mantuvo desde el inicio de su campaña la oferta de revisar NAFTA, rescindir el TPP y contrarrestar la política de libre comercio, repitiendo esencialmente el viejo discurso Demócrata al respecto. Que su victoria entre los trabajadores en los estados que más han sufrido por la desindustrialización haya sido una sorpresa para muchos es difícil de comprender, salvo como resultado de una profunda ceguera política. En todo caso, esta larga historia de traiciones a uno de los pilares fundamentales de su base social —los trabajadores industriales— carga a la cuenta del establishment Demócrata, incluyendo a los Clinton y a Barack Obama, una significativa responsabilidad histórica por lo que ocurra en los años que vienen).

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Decía que el fenómeno Trump y su victoria electoral se han articulado sobre dos energías, dos resentimientos, largamente presentes en la historia política y social de los Estados Unidos. En esa medida, lo que está en su centro no es realmente algo nuevo, sino algo bastante viejo. De hecho, aquellas son las mismas energías que ambos partidos tradicionales han querido capturar, amoldar y manipular a lo largo de todo el período neoliberal, sin darles nunca una expresión política estable.

La coalición electoral que ha venido a condensarse detrás del trumpismo, sin embargo, sí es significativamente nueva, y también lo es —para insistir en el punto— la combinatoria operada por Trump al articular el populismo proteccionista y el racismo xenófobo en torno a una figura carismática. Es decir, la forma en la que Trump expresa aquellos resentimientos es distinta a cualquiera que se haya visto antes en la escena política estadounidense, aunque mantenga evidentes continuidades con, por ejemplo, el nativismo de Pat Buchanan y la retórica populista del Tea Party. La pregunta, entonces, es cuán estable resultará el trumpismo, esta nueva expresión de viejos resentimientos, una vez que empiece a ejercer el poder estatal.

Un aspecto de la respuesta es bastante obvio: las expectativas económicas de los trabajadores industriales que votaron por Donald Trump serán defraudadas; en términos más generales, serán defraudadas las expectativas de cualquier votante que haya creído ver en él la oportunidad de un cambio estructural en el proceso del neoliberalismo. Y no podría ser de otra manera.

De hecho, eso ya está sucediendo. Aunque Trump se mantiene firme en su decisión de renegociar NAFTA y rescindir el TPP, y muy probablemente lo haga, parece intuir en ello una oportunidad de reorganizar las relaciones comerciales de los Estados Unidos en una clave a la vez más nacionalista y más imperial, no una forma de proveer beneficios y protecciones a los trabajadores o a la clase media. Más aún, incluso antes de asumir la presidencia ha cambiado su promesa de usar el sistema tributario para penalizar el offshoring de empleos industriales por ofertas de recortes de impuestos a las corporaciones que lo practican, a cambio de que lo hagan un poco menos.

La política económica de la nueva administración, hasta donde puede preverse, negará el populismo de su retórica con una combinación de las viejas recetas de la derecha global: reducción de impuestos a las corporaciones, reducción del gasto social y de bienestar, eliminación de regulaciones y “trabas”, etc. Trump gobernará —como han hecho todos sus predecesores, sean Republicanos o Demócratas— de la mano con Wall Street y con las grandes corporaciones de siempre. Y los resultados serán los mismos.

Algunos observadores auguran que la coalición electoral que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca se romperá, más temprano que tarde, sobre esa fisura insostenible. De hecho, el ala izquierda del Partido Demócrata parece dispuesta a apostar su futuro en esa posibilidad: tanto el excandidato Bernie Sanders como la senadora Elizabeth Warren han planteado la necesidad estratégica de distanciar del trumpismo a la clase trabajadora, potenciando su reclamo económico para desgajarlo de la convocatoria xenófoba y racista.

Esta idea es ciertamente verosímil, si se tiene en cuenta que el apoyo a Trump entre los trabajadores blancos no es tan monolítico ni tan definido como una mirada superficial podría sugerir. Es perfectamente posible que la coalición trumpista se rompa pronto. Lo que no es tan claro, sin embargo, es que esa ruptura vaya a marcar el fracaso del trumpismo como proyecto de poder.

Quienes creen que sí lo hará están viendo a Donald Trump y su facción bajo el prisma del pasado. Los están viendo como formas de la política normal. Ese quizá sea un error —uno similar al cometido por los rivales que el candidato Trump dejó este año en el camino, pero infinitamente más costoso hoy, cuando las cosas ya empezaron a cambiar.

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(Antes de continuar, quiero hacer otro paréntesis. Tres observaciones me parecen necesarias en este punto. La primera tiene que ver con la naturaleza de la demagogia. La demagogia funciona como estilo político porque establece una relación de empatía entre los sentimientos de la multitud y las palabras del líder. Esa empatía requiere de verosimilitud, no de veracidad: las palabras del líder deben sentirse ciertas, pero no tienen que serlo. Y esa verosimilitud depende de marcos de referencia compartidos y de un consenso estable sobre “los hechos”. Está claro que ahí donde esos marcos de referencia y esos consensos se fragmenten y se hagan discontinuos, aquella verosimilitud se volverá cada vez más manipulable, y su ductilidad hará más fácil fabricar desde el poder la empatía que apuntale al demagogo.

La segunda observación necesaria tiene que ver con la naturaleza del resentimiento y su expresión en el campo político. El resentimiento no es una consecuencia sobredeterminada de aquellas realidades sociales y económicas “profundas” que las tradiciones intelectuales de la modernidad nos acostumbraron a buscar. El resentimiento es, sobre todo, una función del discurso —un posicionamiento del sujeto ante el proceso de construcción de sentido, no un sentido en sí mismo. El peligro y la potencia de una política basada en el resentimiento radica precisamente ahí: su combustible es el discurso, no “la realidad”, y su ciclo es potencialmente tan infinito como el de la semiosis misma.

La tercera observación que quiero hacer aquí es sobre el vínculo entre aquello que líneas atrás llamé “energías sociales” y los liderazgos que les dan expresión en el campo político. Ese vínculo no es unidireccional. La política no solo canaliza y expresa esas energías; también les da forma y, al menos en alguna medida, las produce. Es decir, un liderazgo político genera sus bases sociales tanto como ellas lo generan a él. Y en algunas circunstancias —por ejemplo, ahí donde “la realidad” se haya vuelto infinitamente maleable, donde el resentimiento sea la forma dominante del discurso, y donde el demagogo haya capturado un poder estatal efectivo— ese proceso puede convertirse en un feedback loop de considerable autonomía funcional).

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AP Photo/Eugene Hoshiko

Es esto: el fenómeno Trump está anclado en el encuentro de dos formas de resentimiento que llevan décadas al borde de la ebullición, el resentimiento racial que desde los años 60 es parte de la estrategia Republicana —la famosa “Southern Strategy” de Richard Nixon

Decía que Trump y el trumpismo no son parte de la política normal y no deben ser medidos con esa vara. Esto no significa, valga aclararlo, que no respondan a procesos estructurales, o que no representen agencias e intereses específicos, o que escapen a la lógica esencial del sistema. Por supuesto que no: son parte de la historia del capitalismo. Pero sí significa que se rigen por principios y normas fundamentalmente distintos a los convencionales, y en más de un sentido opuestos a ellos.

También en este terreno Donald Trump representa algo que es a la vez nuevo y la culminación de largos procesos preexistentes. Como observaba Jameson en la entrevista que cité al principio, el trumpismo emergió del vaciamiento de las instituciones políticas y el deterioro de la vida social en los Estados Unidos, que no son en modo algunos fenómenos recientes. Sus antecedentes son muchos y muy claros.

Los ejemplos de aquello que algunos analistas han llamado el “momento post-constitucional” de la vida estadounidense son abundantes y diversos. Pueden verse, por ejemplo, en la mendacidad de la administración de George W. Bush y su legalización de prácticas como el encarcelamiento indefinido y la tortura de sus enemigos. Y pueden verse también en la expansión sostenida de los poderes de la presidencia bajo Barack Obama, quien no solo ha hecho exponencialmente más opacas las operaciones del ejecutivo, en particular las de espionaje y vigilancia internas, sino que ha justificado como perfectamente legal la ejecución de sus propios ciudadanos sin proceso judicial de ningún tipo.

Aún así, la administración Trump promete ser no solo una profundización de esas tendencias sino un salto cualitativo hacia un terreno distinto. A diferencia de sus predecesores, Trump y el trumpismo no se colocan en contraposición a aspectos específicos del orden constitucional ni buscan mecanismos que justifiquen su subversión. Su jugada es más simple y más eficiente: se colocan fuera del consenso en el que ese orden constitucional se fundamenta (y sin el cual no existe). Así, las normas, las leyes y los hábitos de la democracia liberal son para ellos instrumentos que se puede desplegar tácticamente o ignorar según convenga, pues la legitimación de cualquier acto de gobierno se dará por otros medios y en otra parte.

¿Dónde? Difícil pronosticarlo con exactitud, pero las posibilidades están sobre la mesa: en el vínculo empático entre Trump y sus seguidores; en la capacidad de la facción trumpista para desestabilizar, fragmentar y manipular las narrativas civiles sobre lo real y generar nuevas verosimilitudes; en la producción continua de nuevas bases sociales para una política del resentimiento, en particular el resentimiento racial y la xenofobia. Y sobre todo, en el ejercicio mismo de un poder que será —con control de prácticamente todos los niveles de gobierno, además del enorme aparato de seguridad nacional— muy cercano al absoluto.

Para volver al punto, entonces: la singular coalición electoral que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca seguramente se romperá por la incoherencia de sus promesas, pero es probable que ello no signifique el fin de su proyecto. Esto es así porque ese proyecto consiste precisamente en nulificar el marco de referencia en el cual la formación de coaliciones electorales es uno de los sentidos de la política, y en fundar otro donde el poder se legitime y se justifique en el hecho mismo de su despliegue y su existencia.

Quizá no haga falta especificarlo, pero aquí está: uno de los nombres de aquel marco de referencia que el proyecto trumpista quiere cancelar es democracia liberal. Y uno de los nombres de un régimen de poder que busca legitimarse en la dinámica de su propio ejercicio, antes que en sus formas y sus procesos, es autoritarismo.

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(Un último paréntesis. El modelo para la forma de autoritarismo que se anuncia en los Estados Unidos es la “democracia administrada” que Vladimir Putin ha instaurado en Rusia y que Trump dice admirar. El régimen ruso tiene mucho en común con la promesa fundamentalmente antiliberal del trumpismo en el poder. En particular, Putin y sus asesores han sido pioneros en el despliegue de una política de la post-verdad, y es muy probable que a su vez los asesores de Trump hayan estudiado con detenimiento las tácticas y las estrategias de sus colegas rusos. Es cierto que la noción de “democracia administrada” calza también con los propios Estados Unidos bajo el neoliberalismo, dado el control que el gran capital ejerce sobre el campo político, y es cierto también que las realidades históricas de ambas sociedades son muy diferentes; aún así, los interesados en entender qué sucederá en los próximos años harían bien en informarse con algún detalle sobre lo que ha sido hasta hoy el gobierno de Putin).

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Algunos comentaristas han querido interpretar el ascenso al poder de Donald Trump como una oportunidad para la agudización de las contradicciones del capitalismo neoliberal y la movilización de una “auténtica izquierda” con potencial transformador. El más famoso defensor de esta tesis es Slavoj Zizek.

En esencia, Zizek arguye que la homogeneización totalitaria que caracterizó al fascismo europeo de los años 30 no es factible en los Estados Unidos, dada la riqueza y la diversidad de sus instituciones políticas y sociales, y que hay por lo tanto espacios para el surgimiento, bajo la “debacle” que significará un gobierno de Donald Trump, de una izquierda insurreccional que promueva el avance del “proyecto emancipador”. Este argumento es tentador, pero falaz.

En primer lugar, su confianza en las instituciones estadounidenses parece ingenua, dadas las circunstancias: el trumpismo es síntoma precisamente de su debilidad, y es imposible que haga algo que no sea continuar promoviendo su deterioro. En segundo lugar, presupone que la única forma de homogeneización es la del totalitarismo histórico, y no hay ninguna razón para pensar que eso sea cierto: una sociedad de consumo tan próspera, tan ideológicamente uniforme y tan hipervigilada como los Estados Unidos bien puede producir ese mismo efecto por otras vías. En tercer lugar, quizás tal homogeneización ni siquiera sea necesaria hoy para constituir un poder autoritario con pretensiones totalizantes, dadas las condiciones fragmentarias, discontinuas e inestables en las cuales se produce nuestra acción comunicativa. Basta mirar los desplazamientos antidemocráticos del mundo contemporáneo para intuir esa posibilidad.

Así, pues, la expectativa ultraizquierdista de un colapso del sistema y el surgimiento de un Lenin de sus ruinas es poco más que wishful thinking. Y lo mismo puede decirse de argumentos en el fondo similares esgrimidos desde posiciones más centristas o demo-liberales, como el de David Runciman, quien sugiere que dado que los EE.UU. no son un estado fallido, no “caerán”. Para Runciman, el riesgo más obvio de la administración Trump es una profunda incompetencia, que buscará disimular detrás de continuos pavoneos y despliegues de rimbombancia, pero que será atenuada por las “capacidades funcionales” del aparato estatal.

Esta mirada razonable es tentadora como consuelo, pero —como quizás sea el caso de Sanders y Warren, según anoté antes— carece de la imaginación histórica que el momento requiere. Las certidumbres teóricas y analíticas del realismo liberal desde las que Runciman escribe son precisamente aquellas que el trumpismo niega en la práctica; las cosas, como anunciaba Jameson, han cambiado, y es imposible no tener la sensación de que aquellas certidumbres ya no nos alcanzan.

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Esta es, entonces, la situación. Un demagogo sin compromisos ideológicos reales —y sin otro proyecto que el poder por sí mismo y el engrandecimiento personal— se ha hecho del ejecutivo estadounidense azuzando la política del resentimiento, y gobernará en alianza con los mismos sectores del gran capital que “administran la democracia” desde hace mucho tiempo. Habiendo recompuesto rápidamente sus relaciones con los políticos tradicionales del Partido Republicano, controlará también el Congreso y los gobiernos estatales, junto con la Corte Suprema y el resto del aparato judicial.

Todo ello ocurre en un momento en el que la eficacia de los instrumentos para la desestabilización de las narrativas públicas y la fabricación de versiones inestables de la realidad ha aumentado exponencialmente, mientras los consensos previos sobre las normas para la verificación del discurso se debilitan hasta la inexistencia. Es decir, un momento en el cual un liderazgo carismático que controle el Estado y sus recursos puede continuar produciendo las bases de su poder y legitimando su ejercicio por un tiempo prácticamente indefinido.

Los riesgos son obvios, y no es exagerado decir que se trata de riesgos existenciales para la democracia liberal en los Estados Unidos.

Hay, por supuesto, un sentido en el cual este puede ser visto como un proceso de sinceramiento: la democracia liberal estadounidense viene deformándose desde hace décadas (de hecho, nació deforme) y su desliz hacia el autoritarismo, que precede a Trump, solo estaría revelando un aspecto congénito de su naturaleza. Esa es una de las implicancias de la postura de Zizek, que no pocos izquierdistas peruanos comparten.

No discutiré si tienen o no la razón, pues es irrelevante. Lo cierto es que mientras el “aún no” de Jameson se va convirtiendo en un “ya casi” —mientras un proyecto político autoritario y antiliberal se asienta y encuentra maneras de reproducirse tanto en los Estados Unidos como en el espacio global— lo que se pierde es mucho más que lo que se gana. Se pierde el vasto horizonte de derechos y libertades contra el cual se han perfilado hasta aquí las prácticas políticas de la era contemporánea, incluyendo las prácticas de crítica y contestación. Y lo que emerge en su lugar es una restauración reaccionaria que reafirma, no socava, el programa neoliberal, y que promete resolver por fin, de la manera más trágica, la largamente anotada incompatibilidad entre la democracia y el capitalismo.

Nada de esto es definitivo todavía, claro está. Pero se acerca.

Sobre el autor o autora

Jorge Frisancho
Escritor peruano nacido en Barcelona. Licenciado en Letras en la PUCP y en Literatura en San Marcos. Autor de Reino de la necesidad (1987) Estudios sobre un cuerpo (1991) y Desequilibrios (2004).

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