Trump: un nuevo intento de reacomodo de la hegemonía norteamericana

Foto: Brendan Smialowski/Getty images

Escrito por Revista Ideele N°267. Febrero 2017

Al analizar lo que viene sucediendo en EEUU, y sus posibles consecuencias en el mundo, la mayor parte de observadores del exterior estamos fijados en la personalidad de Trump, vale decir en la patología o la teratología de un individuo. En este artículo, propongo que dejemos de lado por un instante al anti-héroe y reparemos en ciertas fuerzas sociales que podrían explicar su aparición y algunas de sus acciones. Esto ayudaría a darle una mayor amplitud al análisis y disminuiría saludablemente el peso que se tiende a atribuir a un actor con patentes limitaciones.

La elección de Obama fue un extraordinario hito en la evolución de la sociedad norteamericana. Negro, protagonista de un fulgurante ascenso social, intelectualmente brillante, liberal y reformista, de estilo conciliador y de expresión elegante. Indudablemente abrió la posibilidad de una nueva senda y ha dejado un legado político apreciable. Al mismo tiempo, sin embargo, removió profundos sedimentos de una sociedad culturalmente muy desigual, que no estaba completamente preparada para el cambio y que recientemente se ha dividido aún más entre los ganadores y perdedores de la globalización económica.

Trump hilvanó un elemental discurso efectista que logró movilizar a los que padecen viejos prejuicios y a los que sufren nuevos resentimientos, haciéndolos converger en un apasionado rechazo a la administración Obama y a toda una imaginada “clase política”, representada por Hillary Clinton.  Como en muchas otras elecciones recientes en el mundo, fue un dark horse que arrasó estructuras e ideologías partidarias.

Ducho en el manejo de los medios, admirado por su riqueza, encarnaba perfectamente, más que la figura de un anti-político, un anti Obama, el cual reivindicaba algunas preferencias atávicas en la sociedad norteamericana: blanco, nacido rico, intelectualmente poco sofisticado y más bien vulgar, brusco y directo, con un mensaje reaccionario y de odio hacia ciertos manoseados objetivos.

La victoria de Trump ha significado una debacle del excepcionalismo norteamericano, por lo menos de su democracia electoral, la cual ha dejado en evidencia las falencias y limitaciones de los partidos, la vulnerabilidad del electorado a la más burda manipulación mediática y la posibilidad de triunfo de un candidato que enarbola valores opuestos a los que sustenta el sistema político.

Una vez en el poder, sin embargo, va quedando en claro que Trump no podrá gobernar sin el concurso de una alta burocracia competente, la coordinación y negociación con sectores de la “clase política” que tanto ha vapuleado y el respeto a las normas básicas del sistema. Intentará probablemente avanzar en sus radicales promesas electorales con gestos aislados, una retórica engañosa y demonizando a sus oponentes.

En el caso de las relaciones externas que aquí nos concierne, un examen de algunas grandes fuerzas que han moldeado la política exterior y la economía norteamericanas en las últimas décadas puede ayudarnos a explicar el triunfo de Trump, así como prever en alguna medida las orientaciones diplomáticas y militares de su administración y su probable impacto en el mundo.

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la sociedad y la economía estadounidenses. Fue un frenazo brusco del crecimiento económico que completó el despertar de los norteamericanos a nuevas realidades internacionales: la fragilidad de su prosperidad y la nueva riqueza de los países emergentes liderados por China.

El capitalismo norteamericano, auxiliado por el Estado, pudo recuperarse de la crisis, pero quedó una aguda percepción popular de la nueva riqueza de otros y una asociación de ésta con los problemas propios. Las acusaciones y propuestas de Trump respecto a México y China aprovecharon astutamente estas percepciones.

En una perspectiva más amplia, podemos apreciar que desde los años sesenta, EEUU ha intentado reacomodar su hegemonía mundial ante nuevos competidores, fundamentalmente tratando de disminuir los costos económicos de la misma, en tres oportunidades.

En 1969, Nixon intentó exitosamente reducir los costos de la hegemonía, cortando la conexión del dólar con el oro, para mejorar las exportaciones y promoviendo la distensión con China y la Unión Soviética, con el fin de reducir los gastos de defensa.

Fue en este proceso que, por primera vez, los aliados de Washington, Europa y Japón, se convirtieron en rivales y competidores durante buena parte de la década de los setenta.

En 1981, Reagan, bajo influencia neoconservadora, completó el reacomodo redefiniendo la hegemonía financiera y militar de EEUU, asumiendo un decidido liderazgo y traduciendo el rearme y la protección militar en ventajas comerciales con sus aliados.

“Una vez en el poder, sin embargo, va quedando en claro que Trump no podrá gobernar sin el concurso de una alta burocracia competente, la coordinación y negociación con sectores de la “clase política” que tanto ha vapuleado y el respeto a las normas básicas del sistema”.

Después del fin de la Guerra Fría, en 2001, Bush hijo, también bajo influencia neoconservadora, tras los atentados de las Torres Gemelas, intentó, aunque con muy parcial éxito, redefinir la hegemonía política y económica norteamericana, imponiendo “cambios de régimen” en aliados y rivales estratégicos y negociando tratados de libre comercio.

Las medidas anunciadas por Trump desde su campaña representan en gran medida una nueva tentativa norteamericana de reacomodo hegemónico reflejando los efectos de la crisis de 2008 y algunas posiciones del Tea Party (tales como la oposición a los inmigrantes y a la regulación ambiental).  Se trata con ellas de disminuir los compromisos económicos externos de Washington, en medio del malestar de sectores de la población con los resultados de la globalización.  Estas medidas de reacomodo, que obedecen en el fondo a una tendencia histórica de la potencia norteamericana, han recibido de Trump un tinte personal radical y demagógico.

La salida norteamericana del TPP impedirá la profundización de las relaciones con las competitivas economías del Asia Pacífico. Difícilmente propiciará el surgimiento de la intervencionista China como una campeona del libre comercio.

La renegociación del TLCAN, particularmente con México, intentaría mejorar los beneficios de la integración para EEUU, en términos de empleos y salarios. Cabe señalar que en este caso, más de 20 años de integración han creado cadenas de valor, en la que ganan los dos socios, las cuales no podrán desarticularse sin significativas pérdidas compartidas.

En general, Trump propugna un nacionalismo económico (“America First”) que lo alinea como defensor de medidas como el Brexit frente a esquemas que restringen la soberanía económica de los Estados. Hace temer la aparición del proteccionismo frente a los socios comerciales de EEUU.

En cuanto a la OTAN, EEUU exige, una vez más, una mayor participación de los aliados en los gastos de la alianza. Sin embargo, parece problemático que pueda avanzar estas exigencias en medio de una crisis existencial de Europa y de un deseo de mejorar la cohesión de la OTAN frente a Rusia.

Frente a China, la situación es más compleja. En lo económico, Trump plantea endurecer las restricciones a las exportaciones chinas y la revaluación del yuan; en lo político-militar, cero tolerancia a las pretensiones de Beijing en los mares del Sur de China y del Japón. Trump parece centrarse en exigencias a China, en un momento en que Beijing está particularmente poco inclinado a ceder. Es evidente que el juego de la diplomacia deberá lograr un mayor equilibrio entre las demandas y las ofertas de las superpotencias.

En cambio, con Rusia, Trump publicita una buena disposición a negociar (que merece críticas), tal vez con la intención de ampliar la distancia entre Moscú y Beijing, como Kissinger lo hizo en 1971. No es de esperar, sin embargo, que se dé una entente cordiale entre Washington y Moscú.

Se afirma que los grandes problemas de Trump en el frente externo son su “enciclopédica ignorancia de los asuntos internacionales”, especialmente una equivocada creencia de que todos los temas son negociables para las potencias, así como una inclinación a aperturas intimidatorias y al exabrupto que son reñidas con la diplomacia.

Pero el mayor problema del mandatario será sostener sus propuestas sin torcer grandes orientaciones de la política exterior norteamericana que son el sustento de una posición hegemónica. Estas políticas son además desarrolladas globalmente por burocracias militares y políticas que se mueven con una fuerza inercial difícil de alterar si no es de manera incremental.

Por ejemplo, la política del Pivote al Asia (2011), de contención de China, no podrá continuar sin un componente comercial que ligue a EEUU a los países del Sudeste Asiático. Por otro lado, un deterioro de las relaciones con Europa podría propiciar que algunos países de la región se acercaran a Rusia. Finalmente, un manejo muy restrictivo o politizado de las relaciones comerciales con América Latina favorecería los avances de China en la región.

En América Latina, las primeras reacciones a los reclamos proteccionistas de Trump han sido de profundizar mecanismos de integración regional (por ejemplo, las declaraciones de los presidentes Macri y Temer respecto a Mercosur). También se ha hablado, encomiablemente, de fortalecer los mercados internos. Por último, parece surgir en la región una nueva sensata actitud de percibir los intercambios económicos y comerciales sujetos a una dinámica política, la cual hay que habituarse a tomar poderosamente en cuenta y evaluar.

Sobre el autor o autora

Javier Alcalde Cardoza
Internacionalista. Doctor en Filosofía de Asuntos Exteriores por la Universidad de Virginia. Profesor del Departamento de Ciencias Sociales y de la Escuela de Gobierno de la PUCP.

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