La cultura como forma de vida: recordando a Gonzalo Portocarrero

Foto: PuntoEdu

Escrito por Revista Ideele N°286. Julio 2019

1.- Evocando al intelectual y al amigo.

Gonzalo Portocarrero nos ha dejado y esa ausencia deja un vacío que se siente muy hondo.  Era un intelectual honesto y riguroso, preocupado permanentemente por pensar y comprender el Perú en condiciones de libertad y creatividad. Siempre dispuesto a empezar de nuevo, Portocarrero estaba convencido de que los más acuciantes problemas de la vida en común requerían el trabajo articulado de diversas disciplinas, él se propuso ir más allá de la matriz epistémica de su disciplina –era sociólogo de formación– para entablar un fructífero diálogo con las Humanidades y las artes con el fin de examinar fenómenos tan complejos como la idea de cultura, el integrismo, el mal, la etnicidad o la consistencia de nuestras visiones del mundo. Portocarrero ponía a prueba las categorías de su ciencia para recurrir a nuevos conceptos y metáforas que pudiesen ofrecer una mirada esclarecedora y crítica frente a los conflictos presentes en la realidad peruana. Era un intelectual interdisciplinario en toda la regla.

Pero era además un ser humano extraordinario. Sencillo y generoso, gustaba mucho de la conversación y de cultivar la amistad. Recuerdo mucho nuestras conversaciones sobre el multiculturalismo y sobre la vida de Vidaurre. Nuestros caminos se cruzaban todos los lunes por la tarde en la Universidad Católica –yo salía de clase y él llegaba para dictar la suya–, de manera que conversábamos unos minutos, o, si alguno llevaba prisa, nos dedicábamos un “hola tocayo”, a modo de breve saludo. Gonzalo era una persona generosa, dedicada a sus estudiantes con entusiasmo y esmero. Su contribución a la creación de la maestría de estudios culturales de la PUCP ha sido notable y sin duda dejará una huella indeleble en las investigaciones de las nuevas generaciones de académicos que se formen en ella.

En los últimos cinco años Gonzalo tuvo que enfrentar un cáncer. No obstante, esa situación de aguda crisis personal no le hizo perder la sonrisa. Ni a él ni a Patricia –su compañera– otro ser humano fuera de serie. Ambos lucharon duramente contra la enfermedad; Portocarrero se dio cuenta de que ese nuevo escenario tan difícil exigía de él una metánoia, una transformación que involucra a la vez al entendimiento y al corazón.

“En todo caso la enfermedad me ha hecho percibir la vida de otra manera. Ya no una carrera autoinmulatoria, sino algo que no termino de imaginar pero que se hará visible con la exploración de mis deseos personales, y con la identificación de los deberes con las comunidades a las que pertenezco. Entonces, pese a que no tenga un proyecto claro, sí tengo la ilusión de hacer muchas cosas. Algo que dejar a los que nos seguirán”[1].

Este cambio de actitud –importante, pero potenciada por las virtudes personales de Portocarrero– le permitió publicar nuevos escritos y concluir nuevos proyectos académicos con el propósito crucial de entender al país y colaborar con la formación de una cultura política democrática. Estaba convencido de la necesidad de desterrar la tradicional “cultura de los privilegios” que impera en el Perú al menos desde la colonia, para forjar un ethos republicano basado en la igualdad y libertad de todos los ciudadanos.

2.- En torno a la relación entre cultura y práxis. El debate sobre el concepto de cultura.

Uno de los temas centrales del pensamiento de Gonzalo Portocarrero ha sido sin duda el problema de la cultura y los conflictos que enfrenta su definición. Como se sabe, el cuerpo y el lenguaje constituyen los canales con los que nos relacionamos con otros agentes y con el mundo en cuanto tal. Queremos hacer del mundo una instancia más comprensible y dúctil con el fin de convertirlo en un espacio habitable y justo. El cuerpo y el lenguaje son las matrices mismas de cualquier producción de significados compartidos, que es evidentemente el elemento básico de la cultura. Ambos canales están abiertos al ejercicio de la creatividad y la expresión de sentido.

Portocarrero es categórico al señalar que no puede entenderse la cultura exclusivamente en los términos de la producción de la Academia.

“En el uso imaginativo del lenguaje se encuentra la creatividad del presente con la inercia del pasado. En esta convergencia se renueva lo gastado; caen entonces en desuso los términos y las expresiones que ya no se corresponden con las sensibilidades o creencias presentes. Y, de otro lado, bajo el acicate de la vida, y gracias a las capacidades imaginativas, surgen los nuevos términos, afines a los cambios de la época”[2].

La cultura nos ubica entre el pasado y el futuro. Establece un vínculo significativo entre los miembros de nuestras comunidades que nos antecedieron, y que fueron usuarios de antiguas tradiciones, y nosotros. Del mismo modo, el trabajo crítico de la cultura nos conecta con las futuras generaciones, en la medida en que nuestra reformulación del sistema de creencias y valores se convertirá en un legado que ellos tendrán que recibir y examinar con rigor y cuidado. Es nuestra obligación someter a prueba la clarividencia y la coherencia de nuestras visiones de las cosas. La racionalidad de la cultura no es solo la racionalidad del ejercicio, sino también la racionalidad de la autorreflexión.

Portocarrero es categórico al señalar que no puede entenderse la cultura exclusivamente en los términos de la producción de la Academia. La clase de elitismo que solo concentra la mirada en la (mal llamada) “alta cultura” desconoce gravemente desarrollos importantes en las ciencias, las artes y la vida cívica más allá del ámbito universitario, aportes que han puesto de manifiesto la perspicacia y profundidad de la obra de personas que provienen de otros espacios sociales y actividades. Además de una tratarse de una interpretación reductiva de la producción de sentido, está abiertamente enfrentada con la idea misma de democracia. En la medida en que excluye a muchos agentes del trabajo creativo.  

Pero una aproximación rigurosa al fenómeno de la cultura exige dar un paso adicional. La cultura no es solamente la construcción de un “tejido simbólico” elaborado desde el ejercicio del lógos, no podemos abstraer la participación de las emociones del proceso de constitución de sentido y en general de nuestros modos de lidiar con las cosas. Las emociones configuran nuestras actitudes y nuestra percepción de las situaciones que vivimos. Esta era la posición de Aristóteles en la Antigüedad, y una versión acaso bastante más enfática –pero asimismo muy lúcida– se pone de manifiesto en el psicoanálisis de Jung y de Freud, que Portocarrero recoge con entusiasmo en su trabajo científico.

“La relación entre los afectos y lo simbólico ha sido objeto de un sinnúmero de reflexiones. En realidad, un análisis de la cultura que no tome en cuenta lo afectivo está condenado a permanecer en la superficie del mundo interior, en el terreno de los motivos deliberados, de los propósitos conscientes; ignorando el fundamento animal del ser humano; las fuerzas subterráneas de lo irracional, de donde proviene mucho de lo mejor y de lo peor de la vida. La relación entre la razón y los afectos tiene que pensarse en la misma línea que la presentada para el caso de los fenómenos sociales. Es decir, la razón y los afectos no son iguales, pero tampoco son diferentes. Sus límites se diluyen al entretejerse en configuraciones complejas. O, para decirlo con las palabras de Remo Bodei la relación entre lo afectivo y lo racional tiene que pensarse bajo la consigna de “ni contigo, ni sin ti”. Sólo se pueden entender juntos, aunque obedezcan a distintas lógicas. La idea de mito, por ejemplo, hace evidente la sinergia entre afectos e ideas. La ilusión nos precipita en la creencia, pero ésta no se sostendría sino pareciera lógica y plausible”[3].

Ciertamente evocar el concepto de cultura implica ingresar al terreno de la articulación entre las ideas, las prácticas y las instituciones sociales y políticas. Como los pragmatistas han sostenido, nuestros conceptos, metáforas y principios no son otra cosa que herramientas para  ajustar cuentas con el mundo natural y social. La práctica es el terreno específico de la cultura. Las culturas constituyen el trasfondo hermenéutico desde el cual actuamos y pensamos. Portocarrero indica acertadamente que la reflexión y la deliberación permiten que los agentes –en el locus de la cultura– descubran y esclarezcan nuevas posibilidades para la acción. El trabajo crítico sobre la cultura y desde ella tiene una estricta dimensión liberadora.

El propósito de esta práctica reflexiva y deliberativa es que nos hagamos cargo de nuestra historia personal y colectiva y podamos asignarle un sentido. En esa línea de pensamiento, el ejercicio crítico sobre la cultura apunta al cuidado de la responsabilidad, a la práctica de la “revuelta espiritual” de la que habla Julia Kristeva en su libro El porvenir de la revuelta[4]. Damos cuenta de nuestra experiencia –el contacto con nosotros mismos y con el entorno– elaborando un relato que aspira a la consistencia; ese relato se constituye en diálogo con las culturas que habitamos (y que habitan en nosotros). Esa narración establece coordenadas significativas para nuestra identidad sobre las cuales hemos de ser capaces de responder. Facticidad y libertad son los componentes de la elaboración de esta narración.  Gonzalo Portocarrero ha estudiado con singular esmero las determinaciones de estos actos humanos. Sus  contribuciones son de un valor incalculable. Constituyen los cimientos de un estudio serio acerca de nuestro sentido de lo que supone ser un agente en un mundo social diverso.

[1] Portocarrero, Gonzalo “Conviviendo con el cáncer”  El Comercio 15 de Febrero de 2017 en: https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/conviviendo-cancer-gonzalo-portocarrero-142045

[2] Portocarrero, Gonzalo “Hacia la (re)construcción de un concepto de cultura y de la crítica cultural” en: Apòstrofe Nº 4 Agosto 2001 p. 3. Puede ser encontrado este documento en: file:///C:/Users/User/Downloads/Cultura%20(2).pdf

[3] Ibid., p. 7.

[4] Kristeva, Julia El porvenir de la revuelta México, Fondo de Cultura Económica 1999 pp. 13 -53.

Sobre el autor o autora

Gonzalo Gamio Gehri
Filósofo. Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España). Tiene la calificación de Investigador Concytec como parte del Grupo Carlos Monge Medrano Nivel III. Es docente de la Maestría en Filosofía y de la Escuela de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Es autor de diferentes libros como: Tiempo de Memoria.

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