Wakolda en la cartelera

Escrito por Revista Ideele N°234. Noviembre 2013

Conversación con Lucía Puenzo, escritora y directora de cine en el 17.° Festival de Cine de Lima

La siguiente entrevista recoge las preguntas que le hiciera el público a la directora de Wakolda, una de las mejores películas que se exhibió en el 17.° Festival de Cine de Lima, y que toca un tema bastante sensible: la presencia de los nazis en Argentina con la complacencia de algunos sectores de la sociedad. Lucía Puenzo ha recibido varios premios por su primera película, XXY. Lo que se hereda no se hurta: es hija de Luis Puenzo, quien dirigió la película argentina más recordada: La historia oficial.

–Ésta es tu tercera película de ficción y está basada en una novela que has escrito, al igual que El niño pez, tu anterior película. ¿Qué porcentaje de real y cuánto de ficción hay en la historia de Wakolda?
Hay una mezcla de ficción y realidad. Es real que Mengele estuvo cuatro años en el país y figuraba con su nombre en la guía telefónica, que tuvo una farmacéutica que funcionaba con absoluta impunidad en Buenos Aires. También tuvo una empresa, y se escapó cuando el Mossad empezó a buscar a Eichmann. Después se abre un paréntesis y no se sabe dónde se fue antes de fugar a Paraguay. Es en ese paréntesis que se enmarca Wakolda. También es cierto que Mengele experimentó con niños y con nuestro ganado. Y es cierto que existió esta mujer, Nora Eplock, que era informante de la Mossad y apareció asesinada en Bariloche.

–La película gira al final y se vuelve de suspenso.
Sí, es un híbrido de géneros, pero el relato vira al final hacia otra velocidad.

–¿Cómo se produce tu tránsito de la literatura al cine? ¿Qué te motivó a filmar?
Yo estudiaba Letras y Cine. Empecé a escribir guiones de cine y televisión para otros directores. Escribí y dirigí un par de cortos para probar, pero mi sensación era que en mi familia no había lugar para nadie más que dirigiera, porque mi padre y mis tres hermanos lo hacen. Yo estaba muy feliz escribiendo: me gusta más que filmar. Pero me salió una beca de la Cine Fundación que implicaba escribir un guion y dirigirlo. Y de ahí salió XXY, que está basada en un cuento de Sergio, mi pareja. Ahora, con el tiempo, estoy disfrutando cada vez más de los rodajes.

–Pero hay una gran diferencia entre el trabajo solitario de escribir y la locura del rodaje y la producción cinematográfica.
Hay algo en la mezcla que me está funcionando muy bien. Ya no podría hacer solo una de las dos cosas. No toleraría solamente filmar, porque yo necesito escribir. Por ejemplo, éste es un año de escritura. Estoy escribiendo en mi casa dos guiones y una novela. La vida del escritor es más amable, más silenciosa, y eso me hace mucho bien. No podría filmar una película cada año. Yo vivo con otro escritor, así que tan sola no estoy, pero después de dos años me viene bien ver a otra gente, porque los escritores caminamos por las paredes en solitario.

–¿Es más difícil adaptar una novela que crear la historia?
Lo que creo es que es más difícil adaptarse uno mismo que a otro. Tiene todo lo bueno y lo malo. Me puedo traicionar con absoluta libertad porque me peleo conmigo misma y con nadie más, pero también una es menos condescendiente consigo misma. De repente no soy igual de sanguinaria. No saco escenas enteras porque me gustan, aunque debería hacerlo.

–Algunos cineastas dicen que la mala literatura funciona mejor para adaptarla al cine.
Sí, muchos dicen que las malas novelas se adaptan con más facilidad. Creo que también hay grandes adaptaciones de grandes novelas. Las novelas llenas de digresiones, que son las que a mí me gustan, las que no son un relato lineal que va de un punto a otro, ésas son las más difíciles de adaptar. Tienes que elegir entre los montones de ramificaciones en 90 minutos.

Muchos dicen que las malas novelas se adaptan con más facilidad. Creo que también hay grandes adaptaciones de grandes novelas. Las novelas llenas de digresiones, que son las que a mí me gustan, las que no son un relato lineal que va de un punto a otro, ésas son las más difíciles de adaptar

–El personaje de Wakolda es un villano por el cual se siente cierta fascinación. ¿Cómo lo has delineado?
Lo que más me espanta era que estos hombres no eran estereotipos de villanos, y por eso eran tan peligrosos fuera de los campos de concentración donde se camuflaban. Hay relatos que cuentan que los nazis tenían afinidad por la música clásica, por la literatura. Mengele era apuesto. Yo creo que rendirle homenaje a su parte monstruosa es mostrarlo en toda su complejidad. Yo recordaba películas como Teorema, de Passolini, en la que el personaje fascina y enamora a la familia. La idea era ésa, y que estuviera muy metido cuando se dieran cuenta del monstruo que tenían dentro. Eso requería una complejidad en la interpretación de quien fuera Mengele que logra muy bien Alex Brendemülle.

–Lo otro que está en todas tus películas es la mirada del niño preadolescente. Esa mirada infantil entre siniestra y perversa que hay en tus historias.
Yo creo que en ese cruce de umbral que es la pubertad hay un momento de absoluto descubrimiento en el que probablemente esa personita ya sabe quién va a ser de adulto. El espectador camina de la mano de la niña y ve el mundo por primera vez al igual que ella. Sobre todo cuando los niños son tan empáticos y magnéticos como esta niña, uno quiere que no le pase nada. Florencia Bado nunca había tenido ni una clase de teatro, no sabía lo que era hacer una película, y lo que hace es notable. El casting fue muy difícil, porque tenía que ser una niña muy extraña, muy angelada, que tuviera cierta belleza y que pudiera sostener la película. Probamos a 700 chicas. Ella es como un animalito de cine. Igual que Inés Fromm, la actriz de XXY: son chicas que tienen en la mirada cosas que parecen no ser posibles en un mismo cuerpo: son muy ingenuas pero muy sexuales; muy intensas y a la vez muy idealistas.

–Ésta es tu película con mayor producción. ¿Qué retos tuviste que asumir como productora?
Yo tengo una relación polémica con la producción. Por un lado me divierte y, a la vez, me hace saber bien dónde se está poniendo el dinero y ser consciente de cuánto cuesta una hora extra de producción. Pero es muy agotador, porque a veces uno necesita un poco más de impunidad para poder filmar. En el caso de Wakolda fueron casi dos años hasta que se logró armar esta coproducción con Noruega, Venezuela, México, Francia y España. Era como un mapa del mundo; nos enloquecimos bastante, pero lo hicimos. Fue un curso acelerado en coproducción.

–En Argentina se trabaja bastante en coproducción y han salido directores jóvenes que pueden hacer así sus películas.
Sí, y ahora las coproducciones incluyen socios latinoamericanos. Es algo nuevo que no sale de un repollo, como decimos nosotros. Tenemos una muy buena ley de cine que pelearon los directores de la generación de mi viejo. Nosotros filmamos gracias a ellos, porque esa ley nos cubre la espalda, nos da subsidios y otros beneficios que nos permiten salir a filmar. Es muy importante tener una industria subsidiada. Sin eso el cine no existiría en mi país.

–Volviendo a la película, tu hermano Nicolás fue el director de fotografía, y le saca todas las posibilidades al paisaje de Bariloche.
Nico, mi hermano menor, es muy talentoso. Desde que empezamos a hablar de esta película siempre pensamos en el mundo microscópico de los planos-detalle, y de los grandísimos planos generales. La sensación de la inmensidad, de lo infinito de la Patagonia, es lo que queríamos transmitir.

–¿Por qué la comunidad argentina de Bariloche no descubrió y desenmascaró a estos refugiados nazis? ¿Tu película relaciona esta actitud con una que después se repitió en ciertos sectores de la sociedad en relación con la dictadura militar?
Estos hombres se evaporaron por las cadenas de complicidad con los civiles, y esto tiene réplicas en otros procesos políticos. En la dictadura militar mucha gente decía “yo no sabía”, y uno piensa “cómo podrían no saber”, “hasta qué punto no sabían”. Con este tema también pasó lo mismo. Por un lado, en la comunidad alemana había un grupo que estaba preparado para recibirlos, darles pasaportes nuevos, trabajos, cambiarles la cara si hacía falta. Peor no solo ellos: La Cruz Roja y el Vaticano también los ayudaron a camuflarse, entregándoles pasaportes.

–¿Qué se sabía de estos nazis refugiados en los años 60?
En esos años lo que se sabía de la guerra era menor. No se sabía el lugar que ocuparon los médicos en el nazismo. Eso se supo después de los juicios de Núremberg. También había civiles que sabían que eran alemanes y que habían tenido algo que ver con la guerra, pero no sabían qué habían hecho en los campos de concentración. Se fue conociendo de a pocos. Pero hubo gente que, sabiendo, no abrió la boca y permitió que se evaporaran.

–¿Mengele era el gran médico y científico, o había una mitificación de él como profesional?
Mengele no era un gran médico; era un médico impune y fanático. En la película lo cree la madre y la comunidad que lo recibe. Eso es cierto: los recibían como héroes, como hombres que venían de Europa con el saber, y probablemente el médico local era mejor. Mucha gente dice eso en los testimonios que recogió Carlos Echevarría, el gran documentalista que tenemos vivo en Argentina. Él creció en Bariloche y fue al colegio Primo Capraro, y fue de los alumnos que denunciaron esto.

–¿Cómo se llama el documental de Echevarría?
Pacto de silencio, y es sobre su infancia en ese colegio, de cómo un grupo de alumnos se van dando cuenta de los pactos de silencio que hay, y después que tienen a un director del colegio que es nazi. El colegio sigue existiendo, y probablemente los que están ahora no tienen que ver con la ideología nazi. Pero a nosotros, durante el rodaje, nos tumbaron 20 locaciones. Llegábamos al lugar y nos decían que habían llamado los dueños de los campos para decirles que no podíamos filmar allí.

–¿Viste Niños del Brasil, con Gregory Peck?
Lo que me fascina de esa película es ese lado esotérico del nazismo. El que estuvieran sembrando hijos de Hitler en el universo tiene que ver con las ciudades subterráneas; el que pensaran construir naves espaciales para invadir otras tierras. Ese lado loco demuestra hasta dónde querían llegar los súper hombres.

–¿Y tu padre tiene algún proyecto?
A mi padre todos sus hijos le están diciendo que se vaya a escribir y que filme, porque es un desperdicio que no lo haga. Él nos ayudó a todos durante años. En mi productora todos tenemos más o menos la misma edad, y él es como la voz de la experiencia. Tiene un guion y ojalá que filme el año que viene.

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