Sabor a Caribe: migrantes venezolanos en Lima

Escrito por Revista Ideele N°307. Diciembre 2022

Era octubre de 2018 cuando Virginia Malavé pasaba desesperadamente de una farmacia tras otra en su ciudad natal, Maturín (Venezuela). Su hijo Daniel, de un año, tenía una infección de oído y el médico le había recetado un antibiótico común y corriente para niños. Aunque Virginia sacaba gruesos fajos de billetes en bolívares, lo único que obtenía de los farmacéuticos era un movimiento negativo con la cabeza, mostrando con el dedo estanterías vacías. “Lamentablemente, no tenemos ese medicamento”, le decían. En ese momento, Virginia y su familia tomaron una decisión: era hora de abandonar su país.

Estado de guerra, solo sin bombas

Desde 2016, el otrora país más rico de Sudamérica se encontraba en caída libre. El dinero perdía valor a cada hora, de tal manera que al final había que desembolsar un fajo de billetes de cinco centímetros de grosor por un negro corto, marrón o guayoyo – como se llaman los populares cafés en Venezuela. La gente hacía cola durante horas para comprar un litro de leche o un kilo de harina de maíz. Los farmacéuticos llenaron sus estanterías de papitas fritas y Coca Cola por falta de medicamentos.

Controles de precios y de divisas, años de descapitalización de la industria petrolera estatal, un conflicto político permanente, una corrupción sin precedentes y, en última instancia, la caída de los precios del petróleo convirtió a Venezuela en un país en el que parecía haber estallado una guerra, aunque nunca hubieran caído bombas.

Primero fue la clase alta en dar la espalda a la economía socialista de la escasez, luego le siguió la clase media en 2017 y pronto los más pobres, que hasta entonces seguían beneficiándose de las ayudas sociales del Gobierno. A la hora de elegir otro país, el vecino Colombia fue la primera opción. Justo después fue Perú, un país que los venezolanos hasta entonces sólo conocían como el hogar de indígenas que tocaban la zampoña y que albergaba la atracción turística Machu Picchu.

Por qué Perú era atractivo para los venezolanos

“Toda nuestra familia, diez personas en total, elegimos Perú porque allí se hablaba español y la economía era estable”, cuenta Virginia Malavé en la capital peruana, Lima, en febrero de 2022. El presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski, que gobernó entre 2016 y 2018, buscó erigirse como el líder de la oposición sudamericana del Gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro y prometió a los refugiados venezolanos un permiso de trabajo.

En poco tiempo, Perú, que hasta entonces había sido un país clásico de emigración, se convirtió en un país de inmigración. Alrededor de 1,4 millones de venezolanos llegaron a Perú en sólo cinco años. Al principio, la población peruana los acogió calurosamente. Muchos peruanos tienen familiares que 30 años atrás buscaron una vida mejor en el país petrolero, Venezuela. Pero cuantos más venezolanos llegaban a Perú, más se agitaba la xenofobia en los medios de comunicación.

Los medios de comunicación alimentan la xenofobia

Los medios de comunicación peruanos presentan a los venezolanos casi exclusivamente como peligrosos delincuentes y transgresores de la ley, según un estudio del Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Universidad Católica (IDEHPUCP) de Perú. Sin embargo, las estadísticas muestran que, proporcionalmente, personas venezolanas no cometen más delitos que personas peruanas.

La información distorsionada tiene un impacto en la opinión pública: en una encuesta realizada por la misma institución, en marzo de 2021, el 70 por ciento de los peruanos entrevistados dijo que la migración tendría un impacto negativo. El 62 por ciento manifestó que peruanos y venezolanos tenían poco o nada en común culturalmente. Esto puede resultar sorprendente, ya que ambos países comparten la misma lengua, religión y una historia similar de colonización española.

Sin embargo, paralelamente a la xenofobia, hay muchos ejemplos de cómo los venezolanos enriquecen la vida en Perú.

Un aire de música

Desde que los venezolanos viven aquí, Lima suena diferente. Entre los bocinazos del tráfico y los gritos de los vendedores ambulantes, se oye cada vez más a menudo el sonido de un violín, de una flauta o, incluso, el estruendo de una tuba interpretando una serenata de Mozart, una balada romántica o una vieja canción popular latinoamericana. Lo más probable es que los músicos procedan de Venezuela.

Como Diego Tovar, un joven de 22 años de la pequeña ciudad de Guanare aprendió a tocar el clarinete y el saxofón de niño en el famoso sistema de escuelas de música de Venezuela, llamado “Sistema”. Gracias al “Sistema” más de un millón de venezolanos han aprendido a tocar un instrumento y han tocado en una orquesta sinfónica. Algunos se convirtieron en músicos profesionales.

Este era también el gran deseo de Diego. Le faltaban dos años para graduarse cuando llegó la crisis económica. Diego Tovar subió a un autobús con destino a Perú. El viaje duró cinco días, a través de Colombia y Ecuador, hasta la capital peruana. Su clarinete no podía faltar en su equipaje.

Del famoso “Sistema” a la calle

Diego pensó que, como todos los emigrantes, primero tendría que aceptar trabajos temporales en hostelería o limpieza. Pero su clarinete y, más tarde, su saxofón le abrieron muchas puertas y el corazón de los peruanos. Podía ganarse la vida con “gigs” (es decir contratos para fiestas particulares, bares etc.), supliendo en la orquesta sinfónica juvenil del Estado y, sobre todo, con música callejera.

Hoy en día, Diego y cinco compañeros músicos que tocan la guitarra, el fagot, el clarinete y el violonchelo interpretan éxitos latinoamericanos y clásicos durante varias horas todos los días en la plaza situada frente a un concurrido centro comercial de Lima.

Una pareja de ancianos lleva media hora escuchándolos. “Qué bien tocan”, dice agradecido el profesor jubilado. El hecho de que los músicos procedan de Venezuela le sorprende. En las noticias peruanas, los migrantes venezolanos aparecen principalmente como peligrosos delincuentes, no como excelentes músicos. “¿También saben jugar Juego de Tronos?”, les pregunta. Diego y sus colegas sí saben.

Con su concierto frente al centro comercial, Diego gana entre 80 a 120 soles al día. Es mucho más de lo que ganaría en Venezuela o en un trabajo como mozo en Perú.

Diego ha tenido buenas experiencias con los peruanos. “Voy a quedarme aquí por ahora”, dice y saca su saxofón de la maleta para la siguiente ronda de música.

Superar la nostalgia con el béisbol

Todos los domingos, el único día de la semana en que no está corriendo por Lima en su moto llevando pizzas y sándwiches por delivery, Christian Castellanos baja las escaleras hacia la costa del Pacífico, a las afueras de Lima, con su mujer y su hija Camila de dos años.

Nublada la mayor parte del tiempo, la costa limeña es estéril, nada que ver con una exuberante playa caribeña de Venezuela bordeada de palmeras. Pero Christian sólo tiene ojos para el balón que vuela hacia él. Con un bate de madera, intenta golpearlo y tirarlo lo más lejos posible en el terreno de juego. Luego empieza a correr como si fuera por su vida. El juego, beisbol, es nuevo en Perú, pero un clásico en Venezuela.

Christian es “bateador” en el equipo de béisbol “Los Piratas”. Todos los jugadores, vestidos con camisetas amarillas y pantalones bombachos, son venezolanos. En el partido de béisbol del domingo —que dura unas cuántas horas— se quitan la frustración, los largos días de trabajo y el tráfico infernal y se sienten un poco como en casa en Venezuela. Los emigrantes ya han fundado 14 equipos de béisbol venezolanos en Lima, que compiten entre sí los domingos.

Mientras tanto, su esposa Vilmery y su hija Camila, nacida en Perú, son las hinchas más entusiastas de Christian. El público consiste de las esposas y novias de los jugadores. Pero eso podría cambiar en unos años. En dos distritos de Lima, jugadores de béisbol venezolanos ya entrenan a jóvenes peruanos en el juego del “tiro y atrapar”.

Virginia compite con la cocina peruana

Cuatro años después de su llegada a Lima, Virginia Malavé y su marido Diego están frente a su nuevo restaurante “Tequecheese”, en una concurrida calle del distrito de San Miguel. Allí han abierto el restaurante “con sabor venezolano”. En la estantería, tras el impecable mostrador, botellas de cerveza venezolana de la marca Polar esperan a los clientes. Para los venezolanos, es el sabor de casa, como las arepas y los tequeños.

Virginia Malavé y su familia han convertido los tequeños en un exitoso modelo de negocio, y esto en la aclamada capital culinaria de Sudamérica. La cocina peruana es famosa en todo el mundo y los peruanos están muy orgullosos de ella. Sin embargo, Virginia Malavé se ha hecho un lugar en el universo de la gastronomía peruana. Y eso que no había estudiado nada de cocina. La joven de 33 años estudió Ciencias Ambientales. Su marido, Daniel, es mecánico. Virginia junto a su esposo, sus hijos, su hermana con familia y sus padres partieron hace cuatro años para Lima. Pronto quedó claro que no disponían de capital suficiente para poner en marcha en Lima el negocio automovilístico que su padre había manejado en Venezuela. Así surgió la idea de los “tequeños”.

Los tequeños en Venezuela son casi tan conocidas como las arepas y poco tienen que ver con los tequeños que se comen en el Perú como piqueo.  Un tequeño venezolano –que tiene su nombre por la ciudad venezolana Los Teques– se parece a un dedo gordo: láminas de masa envuelven un trozo de queso blanco y luego se fríen o se cuecen en el horno. Se comen calientes con una salsa de ajo o guacamole.

Un plan de negocio para los tequeños

Virginia y su familia amasaron y enrollaron sus primeros tequeños en la mesa de la cocina de su piso alquilado en Lima. Poco a poco se corrió la voz por el barrio de que los Malavé tenían buenos tequeños, y la familia pudo abrir su primer local. “Desde el principio, seguimos toda la normativa y obtuvimos los permisos necesarios”, relata Virginia con orgullo.

Muy profesionalmente, toda la familia elaboró un plan de negocio, hizo estudios de mercado e invirtió en una amasadora y en el horno. No obstante, hubo contratiempos. En noviembre de 2020, en plena pandemia, tuvieron que cerrar su primer restaurante. Con las últimas ganancias que les habían quedado, pagaron 1.000 dólares de tasas para poder ofrecer sus productos en una feria navideña. Pero habían caído en una estafa. La feria nunca se hizo.

Aquella Navidad no hubo regalos para los niños. “Pero ni siquiera en ese momento pensamos en volver”, recuerda Virginia.

Competir con la población local por empleos mal pagados

Para los venezolanos no es fácil afianzarse económicamente en Perú. Aunque los emigrantes venezolanos tienen, en promedio, más estudios que la mayoría de los peruanos, el mercado laboral formal es reducido. Alrededor del 70% de los peruanos obtienen sus ingresos de manera informal, es decir, no están empleados, no tienen derecho a prestaciones sociales y, muchas veces, no suelen pagar impuestos.

En el mercado laboral informal es fácil conseguir trabajo, pero los salarios son bajos y las horas de trabajo largas. A muchos venezolanos les sorprende que los peruanos no se rebelen contra estas condiciones. Para entrar en el mercado laboral formal hacen falta contactos y títulos. Hacer revalidar títulos profesionales en Perú es caro y se requiere mucho tiempo. Por esta razón, muchos venezolanos en Perú aún no trabajan en sus profesiones aprendidas, sino en empleos no calificados, como repartidores de comida o mozos.

Pocos meses después de que la familia Malavé estuviera a punto de fracasar con su idea de negocio, su suerte dio un vuelco: una gran cadena de supermercados puso a la venta sus tequeños. Con esta seguridad, pudieron pedir un préstamo y abrir el nuevo restaurante.

En la actualidad, la familia Malavé produce entre 1 500 y 2 000 tequeños al día y da trabajo a 16 personas, la mayoría familiares que se trasladaron aquí desde Venezuela.

A Virginia le gusta la vida tranquila de Perú, donde aún se puede salir a la calle por la noche sin miedo a que te asalten, y donde la luz funciona y el agua sale de grifo, mientras hayas pagado la factura.

“Nos quedamos aquí, aunque seguimos soñando con volver a casa algún día, claro”, dice Virginia y se lleva a la boca un tequeño caliente recién horneado.

(Texto original en alemán: https://www.riffreporter.de/de/international/flucht-migration-venezuela-peru, 1ero de marzo 2022)

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