Lo que nos falta

La gran mayoría de jóvenes desconfía de los partidos políticos y del Gobierno (Foto: LaMula.pe)

Escrito por Revista Ideele N°227. Febrero 2013

Es indudable que el Perú vive uno de sus mejores momentos. El crecimiento económico sostenido de la última década ha permitido disminuir la pobreza a casi la mitad: del 48% al 28%, y en menor medida (un 13%), la desigualdad: de un GINI de 0,55 en 2004 a uno de 0,48 en 2010 ¿Significa eso que “ya la hicimos”? Lo dudo, pues tenemos que preguntarnos si basta un mayor consumo, una moneda fuerte y más automóviles y celulares para convertirnos en una sociedad moderna, más segura, menos corrupta y socialmente más integrada. Es decir, si estamos al mismo tiempo creando una cultura y valores compartidos en torno a cuatro dimensiones claves para el desarrollo, como lo sugiere Kliksberg. 

La primera de estas dimensiones culturales es la confianza, tanto entre las personas como en las instituciones ¿En quién confiamos las y los peruanos? Sin duda, muy poco en instituciones claves para la democracia. Según un estudio reciente, un 89% de los jóvenes desconfiaban de los partidos políticos y del Gobierno, y un 87% de la justicia y del Congreso. Casi todas las instituciones públicas (con excepción de la Iglesia) salían “jaladas” en el rubro confianza. Asimismo, pese a la descentralización, el Perú es el penúltimo país en América Latina y el Caribe en donde la gente confía en sus gobiernos locales (municipios), con apenas 42,1%, ligeramente mejor que en Haití (35%). La desconfianza está directamente asociada a la desigualdad, como lo saben bien las empresas mineras, de hidrocarburos y otras que operan en contextos culturales distintos en donde la pobreza y la falta de poder político nutren esta falta de confianza.

El segundo aspecto clave para el desarrollo es la capacidad de las personas para asociarse y cooperar, y para defender sus intereses por vías democráticas. En este sentido también tenemos serias dificultades. La protesta violenta, la toma de carreteras y la destrucción de locales públicos y privados son el pan de cada día. Aunque sin duda muchas de estas acciones son propiciadas por dirigencias e incluso autoridades locales violentistas y antisistema, es evidente que el sustrato que les da soporte es la poca eficiencia, legitimidad y apertura de los canales democráticos institucionales (Congreso, partidos políticos, sindicatos y el propio Ejecutivo) para canalizar estos reclamos y protestas en forma pacífica y efectiva. (Merece señalarse que la densidad del tejido social entre los sectores populares es mucho mayor que en los sectores medios). Una multiplicidad de organizaciones locales, incluso en las comunidades más alejadas, que pueden carecer de legalidad pero no de legitimidad, recurren a la protesta violenta ante la frustración de no ser escuchados y atendidos en sus reclamos y expectativas. El Perú ocupa el tercer lugar entre los países de ALC en cuanto a mayor participación en protestas y en su justificación de éstas, incluso si son violentas, como un método “normal” de participación política. Ésta es otra de las debilidades de nuestra democracia formal que se basa en lo ya señalado: la falta de confianza en las instituciones públicas.

Según un estudio reciente, un 89% de los jóvenes desconfiaban de los partidos políticos y del Gobierno, y un 87% de la justicia y del Congreso. Casi todas las instituciones públicas (con excepción de la Iglesia) salían “jaladas” en el rubro confianza

Una tercera dimensión cultural básica en una sociedad desarrollada es la conciencia y buen uso de los bienes colectivos. La evidencia señala que en contextos de débil institucionalidad y regulación sobre los recursos comunes, la emergencia de oportunidades de enriquecimiento depredador lleva a la destrucción o mal uso de éstos. Ejemplos cercanos son la tala y la minería informal, pero también el caso reciente de “La Parada”. No se puede culpar solo a los sectores populares o a la falta de oportunidades de trabajo e ingreso por el mal uso de los recursos comunes; persiste en los sectores medios la idea de que “lo que no es mío no es de nadie, y puedo por tanto arrojar basura en la calle o en la playa, robarme las plantas y flores del parque o aprovecharme para mi uso personal de lo que es público, pues nadie me vigila o reclama”. Ésta es otra tara cultural que estamos lejos de haber superado.

Finalmente, un cuarto aspecto de la cultura sin el cual mal podemos considerarnos desarrollados o exitosos, son los valores y prácticas éticas que compartimos y en las que creemos. Algunas de sus dimensiones son la corrupción y la delincuencia. La corrupción y la inseguridad han pasado a percibirse como los principales problemas del país de un 17% de los ciudadanos en 2006 a más del 43% en 2012.  La misma fuente revela que un 80% de los peruanos cree que la corrupción de los funcionarios públicos es algo generalizado, y señalan a la Policía como la instancia más frecuente de los que han sido víctimas de una coima o soborno. Nuestras propias investigaciones, comparando la aceptación de los últimos gobiernos entre sectores populares, encontraban que tenían mayores niveles de aprobación aquéllos que “habían robado pero también sabían repartir”, por ejemplo al comparar los gobiernos de los ex presidentes Fujimori y Toledo. Felizmente, estas actitudes empiezan a cambiar: las personas que justifican el pago de un soborno bajaron del 21,8% al 13,7% en los últimos 6 años. 

En suma, la cultura importa para un verdadero desarrollo. Se necesita por tanto una campaña de valores y un compromiso ético para generar confianza basada en el ejemplo de personas e instituciones que ejercen liderazgo y forman la opinión pública en el país. De lo contrario, y pese a la nueva afluencia, seguiremos siendo una sociedad con desconfianza, inseguridad, corrupción y precaria gobernabilidad. Muchos vivirán bien, pero dormirán muy mal.

Sobre el autor o autora

Carlos Eduardo Aramburú Lopez de Romaña
Antropólogo PUCP. Magíster en Demografía, Territorio y Desarrollo por la London School of Economics and Political Science, Reino Unido. Profesor Principal Dpto de CCSS-PUC. Profesor Visitante, Univ. de Florida, Gainesville, 1984. Consultor en programas y políticas sociales del PNUD, Banco Mundial, BID, AECID, ACDI Ex Director Ejecutivo del CIES Miembro del Comité Técnico para la Evaluación de Programas Sociales-CIaS-PCM. Ha sido también ex Decano del Colegio de Antropólogos de Lima y ex Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

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