Ana Katz: “Nunca conocí una familia funcional”

Ana Katz (Foto: Festival San Sebastián)

Escrito por Revista Ideele N°225. Noviembre 2012

A principios de mes cumplió treinta y ocho años esta directora, guionista y actriz argentina. No tiene una larga lista de películas en su haber, pero en sus tres propuestas —El juego de las sillas, La novia errante y Los Marziano— ha impreso su sello personal. Se trata de comedias negras en las que la basura familiar se trata de esconder debajo de la alfombra (sin éxito), en las que la vergüenza ajena y la desubicación son permanentes.

¿El juego de las sillas fue una adaptación al cine de una obra de teatro que escribiste?
—No fue ni lo uno ni lo otro. Fue un texto que comencé a escribir que hacía foco en una familia. Yo había estudiado muchos años teatro y también estaba en la Universidad del Cine estudiando la carrera de directora, y convoqué a un grupo de actores con los que empezamos a ensayar. A partir de eso filmamos la película y después hicimos una obra de teatro que se estrenó primero.

¿Es una familia disfuncional?
—Nunca conocí una familia funcional; no tuve la suerte de conocer una, ni la mía. En todo caso, está la pregunta constante de cómo se hace para llevar una vida compartida en grupo.

Además, ¿esa familia sería funcional en relación o con respecto a qué?
—Yo creo que son las que aparecen en la publicidad, familias funcionales al consumo o al sistema, las que uno ve desayunando en las cocinas grandes y lujosas y uno dice: “Qué bien se llevan”, mientras uno le sirve cereal al otro.

Una familia en la que cada uno ejerce un rol con eficiencia, pero roles impuestos por el sistema. Lo que muestras es cómo se pasa de lo habitual a estados casi de locura que transitan hacia lo patético.
—Sí, es una temática que arrancó en El juego de las sillas pero que de alguna manera se me vuelve a aparecer en cosas nuevas que voy escribiendo. Este año, que es de un poco de ostracismo, de estar mucho en mi casa, sí noto que vuelve a aparecer el tema del amor más esencial que lo vuelve tan conflictivo muchas veces, porque es un amor del cual uno no puede prescindir. Es difícil de transitar. Y sí, la familia es una expresión de eso, y también las parejas son una expresión de eso.

Tú has dicho que a veces hay personas desconocidas que te cambian la vida.
—En el último tiempo voy descubriendo que a veces también los desconocidos te pueden alterar todo. Hay momentos cuando el cruce con una persona puede generar una circunstancia que modifique a ambas personas.

En tu última película, Los Marziano, hay un vuelco en cuanto a la forma. Funciona muy bien como una comedia, pero el tema de fondo es el mismo: la familia, los odios y amores intensos de los cuales no se puede prescindir.
—Sí, el camino de una película termina dándote respuestas que uno mismo no tiene. Te devuelve impresiones que uno no descubrió al momento de hacerla. Se suele decir que los amigos se eligen y la familia no. Pero lo que descubrí cuando escribí el guión de Los Marziano, con mi hermano casualmente, es que cuando dos hermanos tienen 60 años y se siguen viendo es que se eligen, porque no hay razón para seguirse viendo si no es por ganas. No había nada que justificara un reencuentro: ni una madre ni una herencia.

Pero quizá sí las convenciones sociales.
—Sí, las convenciones sociales. De ellas yo he tratado de alejarme de a poquitos en mis elecciones artísticas y personales, porque por lo general te guían por una ruta genérica y aburrida y sin respuestas personales. En el caso de la película dijimos: “Vamos a tomar este caso de dos personas donde la tranquilidad la da la distancia”. Bueno, no podía haber un reencuentro con conversaciones compartidas, porque no era lo que sentíamos. También hay algo que tiene que ver con la forma, con la experimentación en un formato más grande, más comercial. Eso es como probar un plato distinto.

“El amor es una mezcla de fragilidad y de fuerza, porque sobrevive a todas las situaciones. No es frágil porque, si lo fuera, sería débil. Y, por el contrario, a veces es tremendamente fuerte. Es la comprobación de que las emociones nos gobiernan y, paralelamente, nos hacen sentir inseguros” Ana Katz

También hay un aspecto social, acerca de la felicidad y el éxito. Cómo este señor adinerado y exitoso no es del todo feliz. Y hay un pozo que es metafórico. Puedes tener todo pero la inseguridad está ahí. ¿Hay una llamada de atención sobre ello?
—Sí, la idea del pozo fue la génesis del proyecto. Un personaje va caminando por un campo de golf y se cae en un hueco profundo. A mí lo que gustaba es que ese pozo resulta difícil de esquivar, y que tiene que ver con la vida. Pero, en el caso de esa familia, ese pozo hace que el hermano se ablande y se sensibilice para encontrarse con el otro hermano.

¿Sigues pensando, como cuando hiciste La novia errante, que las relaciones de pareja son tan frágiles?
—El amor es una mezcla de fragilidad y de fuerza, porque sobrevive a todas las situaciones. No es frágil porque, si lo fuera, sería débil. Y, por el contrario, a veces es tremendamente fuerte. Es la comprobación de que las emociones nos gobiernan y, paralelamente, nos hacen sentir inseguros.

¿Reflexionaste bastante sobre la pareja cuando escribiste La novia errante?
—Sobre la no-pareja: el abandono. La mayoría de personas han vivido el despecho. El novio desaparece a los cinco minutos y lo que Inés hace es un monólogo interior. Queda la soledad que intentamos evitar pero que es la ley.

Y el sentirse bien consigo misma. ¿Al final ella logra un equilibrio?
—Creo que no; mi sensación es que ella está ante la puerta de un estado de mayor sosiego, pero quién sabe, quizá sí, quizá no; depende de para dónde le chifle el moño, como decimos en Argentina.

Y esa escena terrible y memorable en la que ella lo llama, cuelga, vuelve a llamar. Él está en la línea pero no quiere contestarle. Suele pasar.
—Pasa mucho, pero uno lo esconde. Gracias a Dios, existe la discreción. Allí la cámara decide meterse, exponer al personaje; quizá si fuera un amigo cerraría la puerta. En el amar aparece una zona oscura de exposición. Al personaje le aparece una necesidad de destruir todo, y hasta parece que lo disfruta.

¿Y el papel de las madres? La madre en El juego de la silla era el centro de la familia y el centro de la locura y el patetismo.
—Justo mi próxima película es sobre eso. Se llama Mi amiga del parque. Ocurre en un parque donde van las madres con sus cochecitos y se crean una serie de intrigas domésticas y robos entre ellas. Es una especie de thriller doméstico que me resulta gracioso; es un mundo que estoy observando muchísimo últimamente, porque tengo dos hijos muy chiquitos. La escritura me está resultando apasionante, pues mi sensación es que el tema de la maternidad está lleno de tabúes.

¿Como en el caso del rol de la madre y lo que se espera de ésta?
—Me parece que hay muchos temas vinculados al cambio de identidad que vienen con el ser madre y que no se abordan. Sí se habla de lo práctico: cómo hace una mujer que trabaja con los hijos, o se le muestra en su casa, o quejándose porque no tiene tiempo para depilarse. Me parece que en esta revolución tremenda que está habiendo en el mundo, los hombres también están cambiando mucho en relación con su paternidad. Hay una gran incógnita en cómo resolver esto. Existen un montón de soluciones pero que traen mucha ansiedad, culpa, hiperactividad.

El fondo no ha cambiado.
—No, la culpa se siente igual.

Tu cine es muy actual, pero nunca has tocado temas neurálgicos como los que vivió Argentina en la época de la dictadura. ¿No te interesa hacerlo?
—La política sí me interesa mucho. Creo que más adelante, cuando tenga mayor claridad, no de mis opiniones, sino de cómo abordar ciertos temas para que no terminen siendo didácticos. A veces siento que al cine político le resulta muy difícil esquivar lo propagandístico. Tampoco quiero parecer tibia. Si hay algo que odio en política es esa idea de que todos tenemos nuestro punto de vista, esa cosa amplia.

¿No te gusta el panfleto?
—Hay un cine como el de Ken Loach que me encanta, sobre todo sus primeras películas, en las que logra transformar un conflicto político en la historia de un padre que tenía que conseguir un vestido para la hija que cumplía 15 años. Pero siento que hay que saber muy bien cómo hacerlo. Sí tengo una idea.

En Argentina se ha abordado el tema de la memoria y los desaparecidos en muchas películas de manera ejemplar.
—En Argentina, si se hace una película sobre desaparecidos, dicen: “Ay, otra más”, cuando en verdad creo que faltan muchísimas sobre ese tema, porque hay una gran cantidad de gente que lo sigue negando. También en esto influyen las grandes cadenas con sus temáticas masivas.

La última pregunta relacionada con lo que se viene y que puede causar otro terremoto político. ¿Estás a favor de la Ley de Medios que debe entrar en vigencia este diciembre?
—Sí, solo que se tiene que aplicar, y no es fácil.

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