El placer de los oídos

Foto: tomada del libro "La radio en el Perú" de Emilio Bustamante

Escrito por Revista Ideele N°225. Noviembre 2012

Luces y sombras de los 88 años de la radio en el Perú.

En su película Ilusiones de un mentiroso, Robin Williams interpreta a Jakob, un hombre que habitaba en un gueto polaco en plena Segunda Guerra Mundial. Un día, de casualidad, escuchó en una emisora de los soldados nazis una noticia alentadora: los rusos estaban cerca. Cuando les dio la buena nueva a sus compañeros (algunos hasta pensaban en suicidarse por la desesperanza), el estado de ánimo cambió. Pero las noticias también fueron cambiando para mal, y si Jakob se las narraba a sus compañeros iba a causar una desmoralización general. El buen hombre decidió entonces mentir y se empezó a inventar  noticias buenas. A   partir de ese momento se convirtió en un ave de buen agüero para sus amigos de cautiverio. Lo que no sabía, en ese momento, es que los alemanes, conscientes del poder de la radio, también fabricaban sus propias noticias alentadoras (y falsas).

Ésa era la radio a mediados del siglo pasado: un medio poderoso capaz de transformar la vida de las personas. Tan poderoso que Orson Welles puso en vilo a los Estados Unidos cuando simuló, a través de las ondas electromagnéticas, un ataque extraterrestre.

Este año se cumplen 88 del nacimiento de la radio en el país, 92 en Latinoamérica y 104 en el mundo; sin embargo, los estudios acerca de la historia y el desarrollo de este poderoso medio en el Perú son escasos, casi nulos.

Emilio Bustamante, quien acaba de publicar un libro de casi 800 páginas sobre la historia de la radio en el país —tenía dos certezas al momento de iniciar su investigación: la primera, lo que hemos visto: el poder de la radio en un país caracterizado por su precariedad; la segunda, que debía partir casi de cero—. Salvo algunos estudios iniciales como los de Juan Gargurevich, la bibliografía es muy escasa. Emilio tuvo que zambullirse en los archivos más recónditos. La información que les presentamos está basada en la exploración de este investigador de la Universidad de Lima:

“El mayor archivo de sonido que encontré fue el de Radio Nacional, que tiene cintas desde 1950-1952, más o menos, y que guarda también las que eran de Radio La Crónica. Y ése sí es un archivo más o menos grande, pero es prácticamente el único que encontré. Después hay coleccionistas privados que tienen algunas grabaciones, pero no hay mucho. Por eso en la investigación utilicé fundamentalmente periódicos, revistas, material hemerográfico, algunas entrevistas y otros libros también de Juan Gargurevich y Alonso Alegría”.

Tiempos remotos
La radio no siempre estuvo cerca de la gente. Como tantos otros inventos, cuando nació era un lujo, y mientras fue expandiéndose se iba debatiendo la forma de abaratar este privilegiado capricho.

El monopolio privado, el monopolio estatal, la liberalización del mercado, la diversificación de los monopolios y los oligopolios: es la historia del país y también la de la radio. En el Perú la trayectoria de este medio de comunicación refleja, asimismo, los diferentes procesos económicos por los que ha pasado el país. Y como la economía es prima hermana de la política, también ha tenido con ésta algunas relaciones intensas. El doctor Montesinos no solo conversó en su sala de estar con los dueños de los canales de televisión, pero ésa es la parte del epílogo de una década funesta en la que la radio no fue una convidada de piedra y sí una invitada especial.

Augusto B. Leguía, el presidente que nos gobernó 11 años, se trazó la modernización como meta. En esos días aquella palabrita tenía forma de onda electromagnética. Un país sin radio era simplemente arcaico. Por esos años, la radio familiar era una aparatosa máquina con muchos tubitos que parecían sacados de algún laboratorio. La radio tenía el tamaño de un televisor, y también ocupaba su lugar.

En 1925 Leguía le confió el monopolio de esta nueva tecnología a Peruvian Broadcasting Co., a quien adjudicó la frecuencia OAX, que fue justamente el nombre de la primera emisora. Esta empresa estaba compuesta por amigos suyos, pero quebró al poco tiempo. Se le entrega entonces la responsabilidad a la misma empresa que controlaba los correos y telégrafos: Marconi, una empresa privada y extranjera, dos características que en su momento generaron polémica. Un sector importante consideraba que por motivos de seguridad nacional no podía entregarse un instrumento tan influyente a manos extranjeras. Se trataba, en realidad, de una pugna de intereses.

La suspicacia era previsible en una nación con recientes y no saldadas heridas de guerra. Además, la radio había nacido entre balas y medianoche: la industria bélica fue un acicate fundamental apara apuntalar este tipo de tecnología.

El periodo en que la radio fue un artículo privilegiado no duró mucho. El capricho no tardó en volverse necesidad. Pronto se comprendió que la única manera de sostenerse que tenían las emisoras era mediante la publicidad: o sea, publicitar en los programas radiales los productos para que la gente los compre; y tenía que ser mucha gente, para que el negocio funcione. La masificación de la radio fue entonces una necesidad.

Tampoco duró mucho el monopolio de Marconi. Muchos empresarios hacían cola y presionaban para poder tener un sitiecito en este emprendimiento. El término de su reinado coincidió con el de su promotor. El presidente Leguía fue depuesto en 1930, y el Estado asumió por corto tiempo la administración de la empresa para luego dársela a otra compañía privada pero nacional, y que para salir de dudas llevaba la marca de la patria desde el nombre: la Compañía Nacional de Radiodifusión. En 1937 OAX se convierte en Radio Nacional del Perú. Sin embargo, hacía ya tres años que habían empezado a entrar en funcionamiento otras radios comerciales. El monopolio —al menos en esta parte de la historia— había fenecido.

Las primeras radios solo trasmitían algunas horas al día, primero dos y después cuatro, y tenían escrupulosas normas que cumplir. En ese entonces se consideraba que la radio debía servir a los intereses de la patria y tener un sentido educativo. A pesar de la existencia de diversas radios comerciales y del término del monopolio privado, no existía un modelo propiamente liberal, pues, con algunos matices, los diferentes presidentes (y vaya que fueron muchos) que gobernaron en esa época —sobre todo los militares— impusieron un férreo control sobre este sistema. La radio se iba consolidando como un poderoso medio de comunicación desplazando a los diarios, y si bien ya la época de suspicacias de que termine en manos extranjeras había terminado, el Estado tomó nota de que se encontraba ante un verdadero tesoro parlante.

Galope y golpe
El reino absoluto de la radio fue en las décadas de los 40 y los 50. Los periódicos compartían la torta publicitaria con este medio. A fines de los 50, la televisión desplazaría a la radio. Los reyes destronados temieron su desaparición. ¿Por qué van a preferirnos a nosotros si ha salido una radio que además de hablar tiene un cine incorporado?

En pleno siglo XXI, esa historia ya la conocemos. Los mass media no se destruyen, solo se transforman. A pesar de que la irrupción de la televisión le quitó publicidad a la radio, ésta, en vez de desaparecer, afianzó su identidad. Con el empuje de la masificación de la televisión, la radio tuvo que reinventarse.

No obstante las subidas y bajadas comerciales, el aluvión radial nunca se detuvo y se fueron consolidando importantes emisoras comerciales, cada una con un estilo particular. Para ese entonces ya la mayoría tenían programación todo el día.

En la década de los 70 ya estaba visto que el desarrollo de la televisión no sería igual al de la radio, y que su expansión iba a ser mucho más pausada. También estaba claro que en lugares como Lima, donde cada vez más gente tenía televisor o se la gorreaba al vecino, no pensaban abandonar a su fiel compañera.

La embestida iba a llegar no en forma de caja boba sino más bien de tanque. El golpe militar de 1968 confiscó los medios de comunicación y las diferentes emisoras nacionales pasaron a formar parte del engranaje de Sinamos (el ente estatal que controlaba las telecomunicaciones). Algunas emisoras tuvieron la suerte de que les expropiaran solo el 25% de las acciones; otras no tanto, y fueron absolutamente incautadas.

Los cambios no se hicieron esperar: himno nacional al abrir y cerrar los ojos, nada de rock; producción nacional todo el día y full música criolla. Muchos de los grandes éxitos que se escucharon el 31 de octubre pasado fueron gestados por estos años.

El periodo en que la radio fue un artículo privilegiado no duró mucho. El capricho no tardó en volverse necesidad. Pronto se comprendió que la única manera de sostenerse que tenían las emisoras era mediante la publicidad: o sea, publicitar en los programas radiales los productos para que la gente los compre; y tenía que ser mucha gente, para que el negocio funcione. La masificación de la radio fue entonces una necesidad

Regreso con fuerza
En 1980 retornó el régimen democrático al país y las emisoras fueron devueltas a sus propietarios. Las programaciones volvieron a cambiar, y poco a poco se dejó de escuchar el himno nacional en las mañanas, y las radios, al volver a competir entre ellas, empezaron a ofrecer una serie de novedades: concursos, programación las 24 horas del día, rankings y música de moda.

En los primeros años de esa década, un aviso publicitario invadió los televisores e impuso un slogan que se recuerda hasta hoy: “La radio está más cerca de la gente”. Se trataba de un intento de los empresarios radiales por seducir a los anunciantes. La liberalización de los medios de comunicación incautados por la dictadura imponía nuevas reglas en la disputa por un mercado aún incipiente en nuestro país.

Los empresarios apostaron a explotar la idea de cercanía y masividad de la radio, cualidades de las que carecían otros medios de comunicación. Eran los inicios de los 80, no existía Internet y los periódicos llegaban a algunos lugares mal, tarde y nunca. Para muchas personas el televisor era un producto suntuario, y en muchas provincias junto al monumento de la Plaza Mayor se exhibía el veinte-único televisor del lugar.

A lo largo de esos años otro actor iba a entrar en el espectro radial: la FM. Hasta ese momento la frecuencia más sintonizada era la amplitud modulada (AM). Otros también sintonizaban la onda corta. Eran los curiosos a quienes les gustaba explorar las noticias de otros países o aquellos admiradores del otro lado de la cortina de hierro. Radio Moscú y Radio La Habana contaba por esos años con una nada despreciable fanaticada en nuestro país.

La frecuencia modulada, más conocida como FM, poco a poco fue aglutinando a más emisoras. La calidad del sonido era superior y por ello su programación era sobre todo musical. Como los transistores más económicos no contaban con FM, en un momento se identificó a esta banda con un sector de la población más acomodado. Hubo emisoras, como Radio América o Radio Panamericana, que tenía una programación en AM diferente a la de la FM.

Pero fue un periodo corto: la FM no tardaría en imponerse. Las empresas radiales más poderosas migraron de banda. Hubo casos singulares, como el de Radio 1160, que tenía ese nombre por su ordenamiento en la otra banda. Cuando cambió de frecuencia parecía no entenderse el nombre, pero la marca de una de las emisoras más populares de esa época ya había pegado.

Hasta ahora existen cientos de emisoras pequeñas que circulan en la amplitud modulada. Si la fidelidad de sonido es su principal pasivo, su cobertura es un bien preciado. Existen lugares remotos de nuestro país a los que la FM no llega y la Internet sigue siendo un invento del futuro. Para todos ellos la AM es su única ventana al mundo.

La amplitud modulada es una frecuencia mucho más cercana. Por su poca fidelidad, la música se escucha con ruido y es más recomendable para las locuciones radiales. Será por eso que, en la misma Lima, una emisora muy querida continúa siendo Ovación (“Un Perú en sintonía”), puntualísima en todos los partidos del descentralizado y con una legión de fans de toda condición social.

A pesar de su contraste, la arcaica AM ha encontrado otro espacio de sobrevivencia en las modernísimas redes virtuales. Ovación, Radio La LuzRadio Santa RosaRadio Libertad no reventarán los informes mensuales de Ibope, pero sin duda siguen dando la hora para sus fidelísimos oyentes. Además, Santa Rosa y Libertad siguen siendo una excelente academia para los periodistas que, recién saliditos de la universidad, buscan un lugar que los acoja y guíe sus primeros pasos en el periodismo.

***

La década de los 80 se inició con la devolución de las radios a sus propietarios y terminó con millones de oídos pegados a la voz amiga de Miguel Humberto Aguirre de RPP, quien minuto a minuto y directo en directo hacía de lazarillo de todos aquellos peruanos a los que Sendero Luminoso nos dejaba sin luz.

En esos años la radio volvió a demostrar su ventaja comparativa. En la memoria colectiva está guardada la imagen de la familia alrededor de una vela y un aparato a transistores mediante el cual se enteraban no solamente de las causas de la penumbra sino también del destino de sus familiares ausentes. No existían ni los celulares ni la Internet. Los teléfonos públicos estaban en agonía y la telefonía fija demoraba aún años de trámites obtenerla.

En el decenio de los 90 se consolidó la FM y las principales emisoras se mudaron con todos sus pertrechos a esta frecuencia, hasta que se pobló por completo. Tanto es así que ahora es común que se calcen entre ellas. Han aparecido en los últimos años muchas emisoras locales y otras tantas piratas que perjudican un funcionamiento ordenado del dial.

Sombras
La historia de la radio es parte de la historia nacional, contagiada de sus luces y sus sombras. Las relaciones promiscuas entre el poder y la prensa no hicieron una excepción con este medio. Cada cierto tiempo la sociedad peruana recuerda los videos de las reuniones que sostuvo el ex asesor presidencial Vladimiro Montesinos (hoy en la cárcel) con los dueños de los canalazos de televisión con quienes negociaba la línea periodística de sus empresas a cambio de algunos millones de dólares. Sin embargo, pocos recuerdan el video en el cual Manuel Delgado Parker, dueño de RPP, la principal emisora de noticias del país, le prometió al Doc tener bajo control a sus periodistas. Lo más triste de la historia es que se referían a unas de las voces más venerables del dial.

El caso de RPP no fue el único: el Doc también “conversó” con el dueño de Radio Libertad, Jorge Polack, lo que significó un cambio radical en la línea informativa de la emisora del pájaro loco. Libertad había mantenido una férrea oposición a la re-re elección de Fujimori, y Polack había sido elegido parlamentario por un partido de oposición. Luego de la conversa se cambió de bancada y empezó a apoyar el fraguado tercer mandato del gobierno de Fujimori-Montesinos.

Una situación similar sucedió con Ricardo Palma Nickelsen, dueño de Radio Miraflores. Palma fue enviado a prisión por un problema de impuestos. Luego de que fuera excarcelado, la emisora, que se había caracterizado por una línea independiente, no tardó en alinearse con el fujimorato. Su columna diaria, “Buenos días, señor presidente”, se volvió lambiscona.

Con la principal emisora atada de manos y de conciencia, empezaron a surgir en el cuadrante radial nuevas opciones. Radio CPN se funda en la segunda mitad de los 90 y quería disputarle el espacio a RPP. Pero carecía de cobertura y de la tradición que durante décadas habían hecho de su rival una emisora entrañable. CPN no pudo destronar a RPP, pero poco a poco fue ganando un espacio importante en el fragor de la lucha contra la dictadura.

Junto a CPN, Radio 1160 también se sumó a la lucha contra el régimen de Fujimori, pero de una manera frontal. Un ejemplo de ello fue el programa Paralipómenos, del desaparecido Bruno de Olazábal, una trinchera inteligente y jocosa en tiempos nada chistosos.

La dictadura finalmente terminó, y por esa característica que tiene el universo radial, tan oral y efímero, los latrocinios de sus dueños durante esta etapa poco se recuerdan. Para documentar el pasado vergonzante de los dueños de canales de televisión y de periódicos existen muchas pruebas, no así para las emisoras radiales. Las palabras entran y salen de los oídos, y no existe registro a la mano para probar las fechorías.

“Yo no tuve acceso a Radio Programas; hice una carta, pero no pude tener acceso. Sé que las grandes emisoras de los años 50, 60, no guardaron archivos, salvo Radio Nacional”, refiere Emilio Bustamante.

Otros aires
Pero mal se haría en este pequeño viaje por los aires peruanos si se obviara una importante experiencia. En el interior del país, y con el apoyo de un sector de la Iglesia católica, se empezaron a formar una serie de emisoras con un contenido alternativo cuyo objetivo era que la radio se convirtiera en un instrumento efectivo de información, comunicación y diálogo.

“Desde fines de los 50 hay un interés muy claro de la Iglesia católica en usar la radio con fines de evangelización y de educación. Éste es un fenómeno bien importante, porque durante la época de violencia política, en los 80, estas radios sufrieron atentados tanto de Sendero Luminoso como de las Fuerzas Armadas, por mantener la línea de defensa de los derechos humanos”, explica Bustamante.

Parte de esa experiencia es asumida por el Instituto de Defensa Legal (IDL). En un inicio el IDL elaboraba microprogramas de sensibilización sobre temas de derechos humanos. Poco a poco fueron ampliando su cobertura de temas y hoy producen No hay derecho, un programa de actualidad política dirigido por Glatzer Tuesta. IdeeleRadio dio el salto de ser una experiencia sectorizada a ser un importante centro de noticias de alcance nacional.

Últimamente, cogiendo parte de la experiencia de las radios que impulsara la Iglesia católica, hay un resurgir de las radios en provincias. “La radio en provincia es escuchada por oyentes que quieren escuchar también noticias locales y se ha convertido además en casi un medio de acceso a cargos públicos para sus propietarios que postulan a alcaldías o al Parlamento.”

Bustamante se refiere a un fenómeno que merecería un análisis especial. Existen algunas regiones en el país donde, junto con un movimiento político y un grupo de adherentes, los candidatos necesitan tener una emisora radial desde donde hacer marketing político. No todas las experiencias son buenas: muchos de estos políticos, además de los micrófonos, usan la ignominia como arma para capturar votos. Otros aún siguen siendo un fiel retrato de El Sinchi, aquel periodista selvático de la novela Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa, cuyo negocio radial era chantajear a las autoridades.

Tiempos (pos)modernos
Los primeros años del nuevo siglo coincidieron con la recuperación económica del Perú, que luego de un auge inicial en la primera mitad de los 90 se había deprimido como consecuencia de la crisis del sudeste asiático. De pronto el Perú, aquel paisito que una década atrás estaba en bancarrota, se convirtió en una excelente plaza. Las inversiones aumentaron y los capitales se concentraron. La expansión económica significó la contracción de los dueños de las emisoras radiales. Si hace 10 años existían 20 emisoras, cada cual con su propio lugar en el dial, ahora existen dos grandes corporaciones radiales.

Lo último son las emisoras por Internet, pero que rompen con todo el esquema clásico. No son masivas sino especializadas, pero están liberadas de la opresión de la publicidad. Mientras la banda ancha de la Internet no sea más ambiciosa, las emisoras digitales seguirán esperando el día de su suerte. Un ejemplo de ello es Mambo Inn, una emisora especializada en salsa dura gracias a la brega solitaria de Enrique Vigil Taboada.

A pesar del tiempo transcurrido, la radio ha salido ilesa de la avasallante revolución de las telecomunicaciones, pero resultó contusa en todos los experimentos dictatoriales, con las heroicas excepciones mencionadas y otras que el espacio —mas no el olvido— no permite reseñar.
Ahora existe un abanico de opciones de todos los ritmos y colores pero que no pueden resistir una mirada escéptica. Si se quiere conseguir una originalidad legítima, tendría que regresarse a la siempre entrañable amplitud modulada o seguir navegando en Internet. Es que puede que la Radio esté más cerca de la gente, pero las grandes emisoras siempre estarán mucho más cerca del poder.

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