La picadura del escorpión

Escrito por Revista Ideele N°224. Octubre 2012

Fernando Villarán ha escrito un libro en donde describe a las ideas y los personajes que precipitaron la crisis financiera de 2008 y que están deteniendo  el desarrollo económico y social del mundo.

Desde que estalló la crisis financiera en setiembre de 2008, han sucedido muchas cosas: la quiebra de numerosas empresas, el aumento del desempleo y de la pobreza en cientos de países, las oportunidades perdidas para millones, el descontento social generalizado. Como respuesta a esta situación muchos economistas e intelectuales se lanzaron a analizar las causas de la crisis, a proponer cambios y soluciones viables para los diversos males y problemas con la idea de construir una alternativa al modelo neoliberal (o de libre mercado). Son cientos, si no miles, los que participaron en esta tarea. Yo seguía fielmente esta polémica mundial y devoraba todos los artículos y la mayoría de libros que fueron apareciendo. Estaba seguro de que esta explosión de inteligencia y análisis de la situación iba finalmente a concretarse en mejores políticas, acciones más efectivas, resultados positivos para todos.

Sin embargo, nada de esto sucedió. Las ideas y propuestas de Paul Samuelson, Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Noam Chomski, Robert Reich, Simon Johnson, Christina Romer, Nouriel Roubini, Thomas Friedman, George Cooper, entre otros, no llegaron a los olimpos gobernantes, o si llegaban, no recibían mayor atención. Tampoco lograban gran eco en los principales medios de comunicación del planeta, sobre todo en la televisión. Más bien eran las viejas ideas y recetas, las mismas responsables de la crisis, las que se mantenían vigentes y se hacían más fuertes con el paso de los meses. Esas ideas seguían orientando las decisiones de la mayoría de países occidentales y de los principales organismos internacionales, rápidamente regresábamos a la situación de «aquí no pasó nada» y «todo sigue igual».

Durante casi todo el año 2009, y mientras duraba la peor recesión desde la segunda guerra mundial, se había alcanzado un cierto consenso sobre los responsables de la crisis: la desregulación financiera, las hipotecas de mala calidad (subprime), los bancos de inversión, los instrumentos financieros que ellos crearon —correctamente denominados armas de destrucción masiva—, entre otros. En esos momentos teníamos en nuestra memoria, muy frescos aún, los masivos paquetes de estímulo que habían diseñado e implementado los Estados Unidos para salvar a los bancos y reactivar la economía. Todavía estaba presente la figura de Henry Paulson, ministro de economía de ese país, que junto con el presidente George Bush lanzaron un paquete de 700 billones (miles de millones) de dólares como recurso salvador de los bancos, entre los que se contaba el suyo: el Goldman Sachs. Todos vimos cómo los bancos del mundo rogaban a sus Estados para que también los ayudaran a evitar su bancarrota y la inevitable recesión. El argumento era fácil: salvándolos a ellos se evitaba el sufrimiento de los pobres y de los trabajadores. No dudaron en ponerse de rodillas porque era su propia sobrevivencia la que estaba en juego. Sin embargo, en el 2010 y más en el 2011, todos estos personajes (los bancos y sus ejecutivos) fueron pasando a un segundo plano mientras aparecían en escena los nuevos culpables de la crisis: los Estados. Eran los nuevos malos de la película, incluso se les llegó a llamar chanchos, PIGS en inglés, por las letras iniciales de Portugal, Irlanda, Grecia y España (Spain). Casi toda la prensa mundial se ensañó con ellos, y aún lo sigue haciendo. Los Estados, y solo ellos, eran los irresponsables, los que se habían endeudado más allá de sus posibilidades, los que gastaban demasiado, los ineficientes que hipotecaban el futuro de los hijos y nietos de todo el planeta. En Estados Unidos surgió el Tea Party, movimiento reaccionario y conservador, que acusaba a Obama de comunista por tratar de regular la economía y colocar al Estado en un lugar parecido al que ocupó en el New Deal de Franklin Roosevelt. En Europa, igualmente, crecieron los partidos de derecha que culpaban de todos los males a los inmigrantes, y a los Estados que los dejaban entrar, porque competían por el escaso empleo que había, en lugar de mirar por qué y quién creaba ese desempleo.

En medio de esta situación vino a mi mente el cuento de la rana y el escorpión: ambos animales se encontraban en una isla en medio de un río, de pronto el caudal empezó a crecer aceleradamente y era evidente que en pocas horas el agua cubriría la pequeña isla. Desesperado frente a tal situación, el escorpión rogó a la rana que lo salvara llevándolo a la orilla. Desconfiada, en un principio la rana se negó pues sabía que podía morir lenta y miserablemente si el escorpión la picaba. Pero este le prometió, en nombre de todos sus santos, que bajo ninguna circunstancia la picaría pues ella era su única oportunidad para sobrevivir. Ante tales palabras, la rana accedió y acomodándolo en su espalda lo trasladó hasta la orilla más cercana. Cuando ya habían llegado a tierra firme, y antes de que la rana pudiera reaccionar, el escorpión le clavó su aguijón. La rana, dolida y sorprendida, le preguntó: ¿por qué me has picado, por qué has roto tu promesa?, a lo que el escorpión respondió: porque esa es mi naturaleza, mi instinto.

Como el escorpión, los banqueros tienen sus propios instintos, pero también inteligencia y libre albedrío, al igual que los economistas neoliberales, los políticos comprados por las corporaciones y los periodistas de los medios ideologizados. Todos ellos podrían haber quedado muy gradecidos con el salvataje realizado por los gobiernos, con el rol que jugaron los Estados en la salida de la crisis, así mismo hubieran podido realizar una reflexión conjunta sobre las causas que originaron tal debacle e iniciar un periodo de cooperación entre los bancos y el sector privado con los gobiernos. También hubieran podido ponerse de acuerdo sobre una adecuada regulación, sobre las medidas económicas más apropiadas para asegurar una recuperación sostenida y de largo plazo en sus respectivos países, o proponerse la creación de empleo y bienestar para todos. Pero nada de eso sucedió, continuaron con sus posiciones irreductibles, con su codicia suelta en plaza, con su cegadora ideología y, zas, clavaron el aguijón a los Estados. Ahora los culpan de todos los males y niegan su propia responsabilidad. Pero, a diferencia del escorpión, no se dieron cuenta de que la rana todavía no había llegado a tierra firme, y resulta que ahora los dos están en peligro de morir ahogados.

Todos vimos cómo los bancos del mundo rogaban a sus Estados para que también los ayudaran a evitar su bancarrota y la inevitable recesión. El argumento era fácil: salvándolos a ellos se evitaba el sufrimiento de los pobres y de los trabajadores

No es retórica. Con el triste espectáculo del Congreso estadounidense en torno a las discusiones sobre el límite de endeudamiento y la reducción de la gradación dada por la Clasificadora de Riesgo Standard y Poor (la misma que siempre puso triple A para los instrumentos financieros tóxicos) a la deuda soberana de Estados Unidos, las bolsas de todo el mundo se están desplomando en forma reiterada, como sucedió el lunes 8 de agosto de 2011 (en el caso de Wall Street la caída de la bolsa fue peor que la del 15 de setiembre de 2008), el famoso «lunes negro». Lo más importante es que las economías de los países desarrollados enfrentan perspectivas recesivas, o de crecimiento cero en el más optimista de los cálculos, para los próximos cinco o quizá diez años. Aunque lo peor de todo esto es que los gobiernos, y sus respectivos ministros de economía, no tienen una pista de qué hacer para evitar la crisis que se viene y que ya está acá.

Al mismo tiempo, los jóvenes desempleados se echaron abajo a los gobiernos de Túnez, y Egipto, iniciaron la rebelión en Libia, y pusieron en jaque a los demás países árabes; otros jóvenes, también desempleados, y además indignados, toman las plazas de las principales ciudades de España y de otras ciudades de Europa; y Londres se incendia, como en la segunda guerra mundial. Las manifestaciones se extienden al propio Wall Street, lugar donde empezó la crisis. La derecha europea y estadounidense dice que los que protestan son delincuentes y que se debe responder con mano dura; lo dicen aquellos que estuvieron detrás de las políticas económicas que condujeron a la recesión y al desempleo juvenil, los mismos que hoy día están planteando recortar los programas sociales y la ayuda a los más pobres. La ideología neoliberal les impide conectar todos estos fenómenos, aceptar su propia responsabilidad en ellos, y cambiar el rumbo. Lo único que ahora están haciendo es echar más leña al fuego.

Los problemas y tendencias que llevaron a la crisis de 2008 siguen en pie, y los gobiernos no parecen saber qué hacer, tienen el aguijón clavado en el lomo, desconcertados se retuercen de dolor. La confusión se generaliza y el pánico espera a la vuelta de la esquina.

El libro La Picadura del Escorpión  pretende reducir la confusión y evitar el pánico. Es perfectamente posible salir de esta crisis y construir una economía que dé empleo a los jóvenes y oportunidades de progreso y bienestar para todos. La «solución» no es fácil ni va a salir de una sola cabeza, de una sola idea o propuesta, ni de un solo líder carismático e iluminado, vendrá del aporte de muchos. Se trata de dejar fluir ese talento e inteligencia que existe en los pueblos, y que a lo largo de la historia siempre surgió desde abajo. La condición fundamental para ello es abandonar las ideologías que nublan la razón. Será imposible entendernos si ellas prevalecen, en especial si el pensamiento único neoliberal sigue dominando la escena. Al analizar la crisis del 2008 y la posterior recesión mundial, este libro ubica y precisa las ideas, las políticas y las acciones que la originaron, e intenta introducir la razón y abrir los corazones para la reflexión y la construcción de soluciones.
Si bien hay un relato sobre la crisis que comienza desde el capítulo uno y se

Estoy convencido de que crear un nuevo modelo de desarrollo (o eventualmente un nuevo sistema económico y político), que supere al viejo modelo neoliberal, va a requerir del concurso de muchos. Espero que este libro contribuya a ello.

Sobre el autor o autora

Fernando Villarán
Ex Ministro de Trabajo y Promoción del Empleo. Master en Economía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fundador del actual Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (CEPLAN). Ha sido Director del COFIDE y funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Profesor principal de la Facultad de Ingeniería y Gestión de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM).

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