Pablo Stoll: “No tengo un problema genérico con la piratería”

Pablo Stoll (Foto: Revista Bla)

Escrito por Revista Ideele N°224. Octubre 2012

Los seguidores del cine latinoamericano recuerdan Whisky (Uruguay, 1984) como una de las películas más representativas de un cine apartado del aspaviento hollywoodense. La película es un retazo de vida gris, el relato de la rutina interrumpida de unos seres humanos envueltos en el tedio y la opacidad. Ideele conversó con uno de sus directores. (El otro, Juan Pablo Rebella, se suicidó dos años después del estreno y éxito de Whisky.)


–Varias obras literarias y cinematográficas uruguayas tienen un espíritu nostálgico, o al menos eso nos parece a nosotros. ¿Tiene algo que ver con el espíritu de la ciudad?

En realidad, los uruguayos odian eso. Las obras de nostalgia no tienen ningún tipo de éxito, y de cualquier película como las mías, los uruguayos dicen: ‘Qué horrible, qué bajón; por qué no hacemos algo alegre como los brasileños’.

–Galeano decía que su ciudad es nostálgica.
–Tampoco es que uno lo busque: sale así, solo. Pero no es una cosa como exitosa.

–Acá eres un director que gusta mucho entre la gente que conoce de cine latinoamericano. ¿En Uruguay no tienes tanta acogida?
–El cine uruguayo no tiene mucha aceptación en el país. Desde hace 10 años hasta ahora, cada vez va a verlas menos gente; y si bien la crítica es buena, el público está muy lejos.

–¿No es como en Argentina?
–Es igual. Allá la gente no va a verlas, salvo que esté Darín. Pero nosotros ni siquiera tenemos un Darín.

–Pero el Estado los apoya, porque la producción está creciendo…
–De hecho, desde hace cinco años el Estado está apoyando. La Ley de Cine se dio hace cinco años. 3 es una de las primeras películas apoyadas por esta Ley. Pero, independientemente de eso, el público no va. Cuando 3 se estrenó en Montevideo, la fueron a ver 15 mil personas, que es la mitad de un éxito. Un súper éxito hubiera sido 30 mil, pero este año ninguna película uruguaya ha llegado a esa cifra.

–Teníamos una idea totalmente diferente.
–Hubo una cierta novelería, por un tiempito, que yo atribuyo a que en el 2001 empezaron a haber películas: sacamos 25 watts, que la fue a ver mucha gente, y lo mismo ocurrió con Whisky. Pero después de esos tres años fue menos gente, y de allí para adelante cada vez menos.

–Y películas de género definido, tipo La casa muda, también corren esa suerte.
–A La casa muda fueron 30 mil personas; o sea, fue un éxito. Esa película fue muy pirateada y la vendían en las calles mucho antes de que se estrenara. Eso no pasa con mis películas: al público que consume piratería no les interesan.

–¿Ustedes tiene piratería tipo Polvos?
–No. Es mucho más chiquita, y, sobre todo, mucho más ignorante. Se piratean las películas de Hollywood del mes.

–Pero acá en el Perú sí te piratean bastante…
–Acá sí, por suerte.

–¿No te molesta la piratería?
–No tengo un problema genérico con la piratería, pero cuando a la página web argentina que colgaba películas, Cuevana, se la bajaron y el tipo salió a decir que él apoyaba al cine latinoamericano, al cine independiente, mentía, porque mis películas las hubiera colgado con permiso. Tengo problemas con ese tipo de negocio. Un tipo que vende varios DVD en la calle y se hace el jornal del día no me molesta.

–Tú has dicho que 3 no se parece en nada a Whisky, pero sí hay similitudes entre ambas. La soledad de los personajes, el patetismo del protagonista de 3, es parecido al de Marta. Hay un tratamiento parecido de los personajes.
–Fue un chiste para romper el hielo. Sí, se parecen un poco. De hecho, creo que comparten cierto sentido del humor. Creo que los personajes de 3 son un poco más complejos, y los de Whisky más lineales; así como la película, que es lineal. En 3 los personajes van y vienen más, tienen contradicciones que se ven en la pantalla. Whisky es como un cuento corto más romántico, y ésta (3) es más como una novelita que desarrolla varias historias que se juntan.

–¿Cómo se les ocurrió el personaje de Marta, realmente inolvidable?
–El personaje creció mucho durante el rodaje, gracias a la actriz. En el guión era un personaje más utilitario en función de la relación entre los dos hermanos. Pero lo empezamos a reescribir en función de ella y acabó siendo un personaje más importante que el hermano que viene de Brasil.

–Al protagonista de 3, Rodolfo, ¿lo botan de su casa o él se va?
–Le sacan las plantas, y ésa es una forma de botarlo.

–Al final el padre vuelve a la casa, pero la madre ya tiene otra relación.
–Yo creo que vuelve a ese equilibrio inestable. Pero no vuelve a la cama ni al matrimonio.

–Es una ex familia donde se juntan tres crisis. El padre está empezando y la mujer está saliendo. La hija está totalmente perdida. ¿Está deprimida? Porque parece que no le dieran las fuerzas para algo tan simple como llegar temprano a la escuela.
–No, es una adolescente en su momento de búsqueda. He visto compañeros de clase así, pero nunca los vi como depresivos; simplemente como pelotudos. Están así por un par de años y después vuelven a estar bien. Es un momento en el cual no sabes bien qué se espera de ti, qué te pasa, qué te gusta.

–¿No es que ella haya absorbido la crisis de sus padres?
–Tal vez de alguna manera, pero no lo vi así. También quería mostrar que uno no puede zafar de sus padres, y cuando va creciendo se va dando cuenta de que se parece a ellos más de lo que quisiera.

–Parece que has analizado mucho cómo la institución familiar nos envuelve con su tela de araña.
–Es una fuente inagotable de drama y comedia. Yo soy observador, y vengo de una familia súper disfuncional desde los 8 años de edad: padre y madre divorciados, con otros hijos, abuelos separados. Soy producto de eso. Y pensé: qué pasaría si mi padre volviera a la casa de mi madre.

–Empezaste a escribir el guión de 3 con Juan Pablo Rebella. ¿Y después que pasó?
–Cuando Juan Pablo murió, teníamos 30 páginas escritas; estaba la historia en estado embrionario. No era técnicamente un guión. Después yo lo dejé, porque fue una situación tan fuerte [su muerte] que no podía pensar en nada más que curarme. En ese momento no había un solo ámbito en mi vida que no estuviera tocado por la muerte de Juan: mi familia lo conocía hacía años; lo mismo los colegas con los que trabajábamos, nuestros amigos. Y me dediqué a otras actividades: hice televisión, otra película. Cuando me sentí fuerte para hacerlo, decidí continuar escribiendo.

“Yo soy observador, y vengo de una familia súper disfuncional desde los 8 años de edad: padre y madre divorciados, con otros hijos, abuelos separados. Soy producto de eso” Pablo Stoll

–Por el tipo de películas que han hecho, parece que ustedes hablaban mucho de cosas personales.
–Con Juan, además de colegas, éramos muy amigos. Pasamos años muy definitorios juntos. Nos conocimos en la universidad a los 18 años. Estudiamos Comunicaciones y estuvimos trabajando juntos como 10 años.

–¿Y tu película Hiroshima marca la salida de ese duelo?
–Un poco sí. Era una película que quería hacer antes de que Juan muriera, y la quería hacer solo porque era sobre mi hermano, con una estética radical que no tenía nada que ver con la que manejábamos con Juan. La película está dedicada a él, y yo creo que le hubiera gustado. Tal vez en Hiroshima hay más de Juan que en 3, donde su presencia se fue diluyendo en el tiempo y en los tratamientos y forma que le di a la película.

–Ahora escribes en equipo, pero diriges solo. ¿Ese paso a asumir toda la responsabilidad de la dirección de la película ha sido difícil?
–Fue raro, pero no fue para nada traumático. Además, dirigíamos clips, cortos y otras cosas por separado. Y siempre hablábamos mucho antes de la película, así que en el momento del rodaje la cosa iba sola. Además, sigo trabajando con el mismo equipo: con el director de arte, fotógrafo y sonidista, que también somos muy amigos, y que forman el grupo al que siempre le consultábamos. Ellos siguen estando allí. A Juan lo extraño mucho más en la vida cotidiana que trabajando.

–Tu productora se llama “Control Z”. ¿Cuántas películas has producido?
–Cuatro además de la mía: La perrera, Acné, Gigante y una nueva que se llama Tanta agua, de dos chicas, de las que una es mi novia, y que ya la están terminando.

–Has sido duro al referirte al cine argentino. Has dicho que se están repitiendo clisés, que han perdido originalidad.
–¿Dije eso? No me acordaba. Creo que en el cine latinoamericano en general hay una forma de producción que tiene que ver con la plata que viene de Europa, y eso hace que haya anquilosamiento en algunas búsquedas. Y me parece que hay que sacudirse de eso para hacer películas más interesantes.

–En el cine latinoamericano hay muchas películas que explotan la miseria.
–Es como el rico que hace películas sobre pobres. Me pone muy mal. Además, eso siempre vende. Yo no tengo vergüenza de clase. Yo soy de clase media, vivo en un apartamento de Montevideo como Miraflores; no me da temor decirlo. Y ése es el lugar desde donde me salen cosas interesantes.

Gol y política
–En tus películas siempre está presente el fútbol. En Whisky hay un momento en el que el protagonista está alentando a un equipo de segunda. Y en 3, los personajes lo juegan.
–Sí, me gusta mucho el fútbol; verlo y jugarlo. Soy hincha de un equipo chico que se llama Defensor. El fútbol uruguayo es muy amateur, las canchas son muy chicas y se está muy cerca de los jugadores. El fútbol de la A y de la B es muy parecido: muy chico. El campeonato siempre lo gana Peñarol, y es muy complicado y muy injusto: los jueces siempre arbitran a favor de los grandes. Y ser hincha de un cuadro chico es sufrir todo el tiempo. En Hiroshima también hay una escena de fútbol muy linda.

–Acá vemos a tu presidente, Mujica, como un personaje entrañable, que puede emocionarse hasta las lágrimas en un discurso oficial. ¿Cómo lo ves tú?
–Es un personaje entrañable, sí. Y ahora que he estado en Chile, claro, no lo cambio por Piñera. Pero su discurso dista bastante de lo que está haciendo en el Gobierno.

–Hay una continuidad con respecto al gobierno anterior.
–Bastante, sí. Mujica es un tipo muy pragmático, muy inteligente, y tiene un sentido común a prueba de balas. Hace tiempo le preguntaron algo sobre el poder y dijo: “Yo tengo el Gobierno, no tengo el poder”. Sabe dónde está y cómo moverse, y sabe cuáles son los costos de las cosas que a él de repente le gustaría hacer. El partido de gobierno se llama Frente Amplio, y es muy amplio.

–¿Cuál es la agenda de la izquierda uruguaya y qué le reclaman?
–No sé qué se le reclama en general. Lo que a mí me parece es que es un Gobierno muy pragmático, y en el pragmatismo entra todo. Entonces hay que pararse a pensar si no están entrando cosas por la ventana que no entrarían por la puerta. Hay una cuestión minera que se viene, las papeleras tienen una zona franca y no pagan impuestos, la atracción de capitales sin ponerles condiciones. Y, además, el Estado es súper ineficiente. Esto no es algo que tenga que ver con la izquierda: es histórico.

–Pero por lo menos se ha atrevido a dar una ley como la de la legalización de la marihuana, que ninguno de los otros presidentes se ha atrevido a plantear.
–Acabo de escuchar, por la radio, que han mandado el proyecto al Parlamento. Creo que no va a pasar nada.

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