Malmenorismo a la peruana: el mensaje del poder

Escrito por Laura Arroyo

El concepto “mal menor” no nos es ajeno en el Perú. Si acaso, es la norma. En cada domingo electoral se nos recuerda que ese concepto define la identidad política peruana. Esto no siempre es exacto y no siempre es justo. Es también una estrategia discursiva desde el poder con la intención de omitir las razones en positivo de determinadas opciones políticas. Yo misma he caído en esa trampa múltiples veces. No es verdad que siempre votamos tapándonos la nariz. El voto no es un ejercicio utópico sin contradicciones, es una apuesta política realista y pragmática a partir de las opciones y el elenco disponible. No me tapé la nariz para votar a Castillo frente a la mafiosa de Keiko Fujimori -que hoy gobierna- y creo importante reivindicar que lo mismo pasó con una mayoría de peruanos y peruanas que encontraron en Castillo una opción política mucho más cercana y válida que su contendora. Eso no fue el mal menor, fue una apuesta democrática mayoritaria en el contexto de segunda vuelta de 2021. Que para ciertas élites -incluidas ciertas izquierdas institucionales- el voto por Castillo fuera un “mal menor” no quiere decir que lo fuera para las mayorías. Una obviedad que estos días hay que repetir mucho.

Pero es verdad que el discurso del ‘mal menor’ a nivel mundial suele tener influencia. Esto no es casual. En tiempos de crisis la pulsión conservadora por mantener “lo malo conocido” suele abrirse paso con facilidad. En tiempos de crisis económica, guerra en Europa (Rusia-Ucrania), genocidio en Oriente Medio (Franja de Gaza), aumento de incertidumbres vitales por el neoliberalismo bestializado (Milei, Trump, Meloni, Sunak, Le Pen, etc.) este ‘malmenorismo’ se ha convertido en una descripción precisa de la derrota de las alternativas. Tanto en Perú como en la Latinoamérica y en Europa, ante la arremetida de las extremas derechas como vía para sostener un modelo agónico incompatible con la vida, la opción por “mantener lo que hay” desde una resignación antipolítica se vuelve la apuesta de ciertos sectores liberales e incluso progresistas que renuncian a transformar frente al temor de “lo peor”. 

Lo que no ven es que, paradójicamente, es precisamente esa renuncia la que hace de gasolina de esa extrema derecha que no encuentra oposición porque la construcción de una alternativa renuncia a ello en pos de un conservadurismo de derrota. Eso es lo que ocurre con la socialdemocracia europea actual, pero también con los llamados en Perú a la “moderación” o a la falacia de “un centro moderado” que no hace otra cosa que renunciar, por un lado, a plantear una alternativa impugnadora frente a la dictadura de Boluarte y el régimen del 93 sobre el que se cimienta y hoy recrudece; y, por otro lado, acepta el discurso equidistante y falso de que en Perú hay dos extremos “igual de malos” como si fuera equiparable la extrema derecha que se encuentra en diversos poderes y en el gobierno peruano, con las demostraciones de resistencia democrática desde el sur peruano, especialmente, hace ya más de un año. 

En los últimos meses, tras el deterioro sostenido del régimen de Boluarte y con el rechazo social constante, desde los poderes que cogobiernan y son cómplices del régimen, se empezó a construir una estrategia. De la defensa acérrima de un gobierno ilegítimo se pasó a la defensa del mismo porque “era el mal menor”. Esta apuesta que no es casual, se ha expresado de diversas formas, pero esta semana ha contado con una especialmente elocuente. Vamos a ella. 

Las encuestadoras, como sabemos, tienen diversas funciones pero aunque se crea que la principal es medir los ánimos sociales, en realidad su principal función es delimitarlos. Pocas cosas son más útiles para movilizar los ánimos políticos que una encuesta que demoniza a unos, invisibiliza a otros y plantea la “utilidad” de pensar como ganadores a uno que otro candidato. Pero, además, cuando no son contextos electorales, resulta especialmente relevante que aparezcan encuestas con la intención de mandar mensajes. Hace unos días se empezó a difundir una encuesta de IPSOS donde se ponía a Antauro Humala como un candidato que estaría en “segundo lugar”, varios puntos porcentuales por detrás de Keiko Fujimori. Si bien la mayoría de análisis han convenido en señalar que el objetivo de la encuesta filtrada era asustar a las élites, creo que se equivocan en que ese sea el principal mensaje de la encuesta. La información de la encuesta apunta en realidad a beneficiar a la dictadura presentando a la coalición autoritaria como el mal menor.   

En primer lugar, la utilidad electoral de esta información es nula pues, lamentablemente, estamos en un contexto NO electoral. Pero no es casual que “salga” tras la reaparición de Alberto Fujimori en público en un intento por normalizar su nuevo estado de libertad. Hay en la reaparición de Fujimori una estrategia comunicativa que comentamos en un anterior post en esta misma red social. El fujimorismo no es un actor aislado y, por lo mismo, la primera clave es recordar que el fujimorismo GOBIERNA hoy. No hay Boluarte sin alianza con la mafia fujimorista. No hay Boluarte sin Fujimori. Esto incluye a Keiko, pero también a Alberto. Es una alianza con el “poder fujimorista”. Que Keiko Fujimori sea primera en la encuesta filtrada evidencia que es el “oficialismo” el que va “primero”. Ahí está un primer mensaje: Boluarte sirve porque se lleva el rechazo social pero no lo contagia a toda la coalición. La prueba es que pese al rechazo amplio de la dictadora, la cogobernante Fujimori mantiene su fuerza electoral. 

Vamos ahora al segundo mensaje que es, a mi juicio, más relevante: ¿A quién beneficia que Antauro Humala “sea” segundo en las opciones electorales aún sabiendo que esto no significa a nada en un contexto NO electoral? A Keiko Fujimori en parte. Pero no sólo a ella ni sobre todo a ella. El mensaje es otro: NO al adelanto electoral. Este mismo mensaje lo hemos oído ya a lo largo de este inacabable año y tres meses de dictadura. Lo hemos oído en boca y pluma esos “periodistas” e “influencers” que se dicen demócratas pero repiten hace meses el mismo guión: unas elecciones podrían dar peores resultados. El mantra de Boluarte como el mal menor goza de buena salud gracias a estos cómplices. 

Y ese es el mensaje central que busca potenciar esta filtración “espontánea”. No busca principalmente asustar a los poderes que hoy, incluso con la inestabilidad política del gobierno, se sienten cómodos. El COGOBIERNO actual ES entre poderes. No hay miedo en ese sector. Si acaso, matices. Poco más. Pero ante la inestabilidad que no se revierte, ante la supresión descarada de libertades, de la separación de poderes, e incluso ante las fracturas internas en la coalición, los poderes hablan. Y lo que dicen es claro: “¡CUIDADO! Boluarte es nuestra. No nos arriesguemos.”

Para dejar el mensaje claro no hay mejor vía que una “encuesta” que te dice sin mucho rigor, en un contexto no electoral, con un margen de error amplio y sin tanta cercanía entre la primera y el segundo, que “viene el lobo”. Pero se equivocan si creen que para las mayorías peruanas no está claro que el  verdadero lobo ya está en Palacio de Gobierno y que está bien resguardado por los poderes que, cual aves carroñeras, no dejarán nada a su paso cuando esto acabe. El adelanto electoral NO soluciona la crisis sistémica, pero sacar a Boluarte es un imperativo para caminar hacia ese horizonte. Eso es lo que los poderes buscan evitar en este momento y para ello necesitan, por un lado, normalizar la dictadura y, por otro, presentarla como un mal menor ante “la incertidumbre” de una convocatoria electoral. Conviene no olvidar el papel del poder mediático en la instalación de estos dos mensajes. 

Los poderes apuestan por conservar a Boluarte de momento porque sigue siendo útil. Y para eso necesitan recordar a quienes duden que es peligroso abrir las urnas hasta que las controlen. Ese es el mensaje. No olvidemos que en Perú no hay democracia, pero que no la hay porque los poderes son responsables de ello.  Delinear al adversario en toda su amplitud es una responsabilidad democrática. El mal menor en Perú no está en el gobierno. Ellos son sólo el mal. La democracia, por el contrario, está en ese sujeto político plebeyo que sigue sosteniendo una resistencia en múltiples formas (manifestaciones, paros, carnavales, asociaciones por justicia, comunicadores populares, etc.) y que está guiando el camino que a cualquier demócrata nos corresponde recorrer.

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