Apuntes sobre los desafíos de la izquierda en el contexto actual

Escrito por María Sosa

La institucionalidad —esa por la que los sectores progresistas, en los últimos tiempos, ensayan sus más férreas defensas—, como sostenía el filósofo griego Cornelius Castoriadis[1], posee una potente dimensión imaginaria en sus bases. Así, significados y valores específicos son los que actúan como principios fundacionales de los sistemas vigentes y encarnan, finalmente, instituciones políticas.

En este contexto, es posible reconocer dos tipos de momentos: aquellos de transformación hacia un nuevo orden y aquellos en los que predomina la gestión.

El primero, sin embargo, a pesar de ser una posibilidad permanente, solo puede ocurrir cuando los procesos de sedimentación de las instituciones democráticas —es decir, su normalización por parte de la sociedad—, se ven cuestionados mediante oportunidades de activación de contingencia, en la que los significados originales de las instituciones sedimentadas[2] logran ser reinsertadas en el sistema de opción histórica real de la que fueron escogidos. Solo así un nuevo camino puede ser estructurado[3].

El problema de las izquierdas actuales, como ha afirmado la politóloga belga Chantal Mouffe, es que han construido consensos que ahogan un verdadero debate sobre las alternativas políticas en juego.

Si en términos generales aquello ha posibilitado, de acuerdo con  el historiador argentino Pablo Stefanoni[4], que sean las extremas derechas las que logren capitalizar la indignación social, mientras que las izquierdas se han vuelto defensoras del status quo —ya que a final de cuentas lo clave en política no es solo qué demandas son escuchadas sino también en qué relato son incorporadas—;  vale la pena hacer una distinción de la defensas de las izquierdas en relación a su ubicación geográfica.

A diferencia de lo que el político y politólogo español Iñigo Errejón sostiene de la institucionalidad europea[5], en la que los estados ofrecen soluciones a los problemas de la población, organizan una buena parte del control del territorio y poseen el monopolio de la violencia, generando así una subjetividad ciudadana en la sociedad; en la región —pensado sobre todo en Perú— es casi una certeza que el problema de un individuo no va a ser resuelto en una ventanilla estatal (ni en varias).

Como ha señalado Carmen Ilizarbe[6], esto ha hecho que en Perú la protesta social —a pesar de su carácter territorializado, focalizado y desarticulado, del que se ha hablado extensamente— se haya establecido como una forma de participación política informal con peso propio en la política institucional.

Las protestas callejeras no son ya acciones extraordinarias, sino más bien normalizadas como un canal alterno para exponer las demandas de grupos diversos de la sociedad que no tienen otra forma de influir en las decisiones políticas y no se resignan a que sus voces sean silenciadas.
(Ilizarbe, 2022: 21)

De allí que la defensa a la institucionalidad por parte de los sectores más progresistas de la izquierda sea, aquí más que en otro lugar, una defensa vacía, que la desconecta del sujeto pueblo que se propone representar.

Lo anterior podría parecer una crítica desfasada en el escenario peruano actual. Hace poco el politólogo Alberto Vergara proponía como única solución al fatídico panorama peruano la articulación de una coalición mínima que, dejando de lado las diferencias ideológicas, concentre su accionar en contra de quienes buscan una impunidad total a la corrupción y usan la política para beneficios propios[7]. Una suerte de agrupación de actores caracterizados por el ejercicio de una “política decente”, como se propuso hace unos años por un pequeño pero influyente sector en redes que apostaban por un acercamiento entre el Partido Morado y Juntos por el Perú. Sobre esto quedan algunas preguntas: ¿debe la particular coyuntura política desactivar el enfrentamiento ideológico?, ¿debe o no haber una alternativa de izquierdas mientras las nuevas derechas se fortalecen, concertando por lo bajo con intereses particulares en desmedro de lo público?, ¿qué tan extensas pueden ser las alianzas de las izquierdas en un contexto como el actual?  


[1] Castoriadis, C. (1987). The Imaginary Institution of Society. Cambridge: The MIT Press.

[2] Laclau (1990) sostiene que, en la medida en que un acto de institución ha tenido éxito, tiende a ocurrir un “olvido de los orígenes”, el sistema de posibles alternativas tiende a desvanecerse y las huellas de la contingencia original a desvanecerse. De este modo, lo instituido tiende a asumir la forma de una mera presencia objetiva. Este es el momento de la sedimentación (p. 34).

[3] Laclau, E. (1990). New Reflections on the Revolution of Our Time. Nueva York: Verso.

[4] Stefanoni, P. (2021). ¿La rebeldía se volvió de derecha?. Siglo XXI.

[5] Ver https://www.youtube.com/watch?v=oVG8e7QO4E0

[6] Ilizarbe, C. (2022). La democracia y la calle: protestas y contrahegemonía en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos.

[7] Vergara, A. (07 de abril de 2024). ¿Desenlace? Las cuatro C. La República. https://larepublica.pe/opinion/2024/04/07/desenlace-las-cuatro-c-por-alberto-vergara-504798

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