El asalto marginal a la política. Algunos apuntes críticos

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“porque hay un oráculo según el cual la ciudad perecerá

cuando sea regida por el hierro o el bronce”.  

Platón, República III, 21

Uno de los problemas más antiguos en la historia del pensamiento político fue responder a la pregunta sobre quiénes serían los llamados a gobernar. Las respuestas variaron según los autores y las épocas: los más inteligentes, los más prudentes, los más valientes, los más sagaces, los más justos, los más santos, etc. En esa misma historia del pensamiento, apareció otra inquietud referida a las formas de gobernar. Es decir, se planteó la pregunta concerniente a las instituciones, a fin de limitar los efectos negativos de los que gobiernan o de potenciar sus consecuencias positivas. Tiempo después, se empezó a considerar que era igualmente importante tener en cuenta quién debía gobernar y, al mismo tiempo, la forma de gobernar. Cierta racionalidad política estableció, desde la evolución teórica y empírica, una serie de criterios suficientes a fin de conciliar ambas posiciones.

Así, desde Maquiavelo a Weber y otros autores más cercanos, se intentó dotarle a la teoría política la suficiente base conceptual como para tener en cuenta todo lo que implica el manejo de la organización institucional del poder. Esta conducción, por alguna razón, debería caer en sujetos, más o menos dotados, capaces de interactuar con el mundo político, acaso, el mundo más complejo, desde una estructura institucional. Sin embargo, también la experiencia nos enseña que cuando las instituciones políticas son muy frágiles y las formaciones político partidarias, sustentadas en diversas filosofías e ideologías políticas no existen, desde los extramuros de lo público, lo marginal toma el control de las instituciones, con resultados desoladores. Esta reflexión se centra en el vínculo entre marginalidad y política, dialogando con las actuales circunstancias del Perú.   

Releer a Maquiavelo desde los márgenes

Cada cierto tiempo, innumerables estudiosos de la práctica política, han tenido la necesidad de volver a leer a Nicolás Maquiavelo (1469-1527), porque en sus obras más célebres – El Príncipe y Los comentarios a la década de Tito Livio-, se exhiben una ingente diversidad de reflexiones y de descripciones que nos permiten reconocer la política en su dimensión más instrumental.  Asimismo, porque su forma de interpretar y comprender el ejercicio del poder posee el inmenso mérito de ponernos permanentemente “contra la pared”. Es decir, de obligarnos a acepar sus presupuestos descarnadamente realistas, apoyados en una profusa y bien seleccionada muestra de casos en los que los “principales” se muestran dispuestos a hacer todo lo posible por llegar al poder y mantenerlo a toda costa. En la lectura tradicional, la casuística mostrada por el humanista florentino ha sido considerada como una apuesta efectiva de escindir la política de las finalidades morales y de la legitimación religiosa. Cuyo resultado metodológico fue empezar a conocer la racionalidad política desde la política misma.

Sin embargo, para ponderar la producción intelectual de Maquiavelo, es preciso situarnos en el contexto en el cual se desarrolló su obra. Alrededor del 1500, aun cuando la inmensa mayoría de europeos seguía considerando que la política humana estaba conectada absolutamente a la voluntad divina, el ejercicio de los políticos y gobernantes evidenciaba que tal vínculo ya se encontraba disuelto. Es muy probable que Maquiavelo haya sido uno de los pocos intelectuales de su momento, que se percataron que el orden teológico político ya no tenía sustento desde la nueva organización del poder, carente de hegemonías y obligada al juego calculador de fuerzas de similar potencia. Y que, eliminado Dios de la política, emergían una serie de individuos- políticos- que actuaban sin brújula teleológica, y sin cuerpo doctrinal reconocible. Así, la práctica política se desarrollaba alrededor de líderes religiosos o seculares específicos, cuyos objetivos se centraban en los intereses de esos mismos cabecillas. De ahí que en la “Década de Tito Livio” centrara su reflexión en los viejos valores republicanos, desaparecidos en su época.

En el mundo de Maquiavelo, las ideas que habían conducido el movimiento político estaban experimentando una mutación semántica desconocida. En estas circunstancias de cambios, diversos actores del poder mostraban una clara insuficiencia conceptual para orientarse en esta germinal crisis de la teología política, la misma que terminaría dos siglos después gracias al lexicón de la filosofía política ilustrada. Por lo tanto, los “príncipes” de Maquiavelo actuaban desde cierta marginalidad aconceptual; solo en función de ambiciones a corto plazo y sin cuestionar sus desenvolvimientos sociales. Así, el ejercicio público de varios de los personajes descritos por el pensador toscano denota una franca incapacidad para situarse bajo el amparo de alguna idea política reguladora. Frente a la imposibilidad del canon ético-político y de la teológica moral, el procedimiento de los actores del poder carece de contención. Lo marginal suplanta las nociones regulativas, y el delincuente, el asesino, el corruptor, el corrupto, el demente, el usurero, etc., se erigen en las conductas ejemplares de lo social.

Atento espectador de su época, Maquiavelo observa el vaciamiento conceptual de aquel momento, y opta por elaborar una semántica sustentada en la descripción descarnada de los actores del poder. Ya no hay los héroes ni los prohombres del mundo antiguo, ni los santos ni los caballeros de la cristiandad. Ahora, el “príncipe”, de reúne con asesinos y se sirve de ellos, soborna a autoridades eclesiásticas y seculares, y constituye su poder desde la posibilidad práctica de dejar de ostentarlo.  Porque todo aquel que obtiene algo de poder están en condición de perderlo, frente al acecho de otros. En ese sentido, los actores de lo público se desplazan aleatoriamente; la “fortuna” domina un mundo sin certezas, y la “virtud”, el carácter férreo, es lo que le proporciona sentido al ejercicio de “el príncipe”. El poder se justifica a sí mismo, porque se ha extraviado temporalmente su razón de ser. Tendrá que pasar más de doscientos años, para que a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, se empiece a superar la inmensa crisis que Maquiavelo tuvo el talento de advertir.

La política marginal

Nicolás Maquiavelo tomó en cuenta los efectos de la ausencia de ejes éticos y religiosos en la política práctica. Al estudiar a los actores del poder “sin bien” y “sin Dios”, pudo observar, con detalle, el eventual convivio entre los centros institucionales del poder y lo marginal. “Principales” como César Borgia o los Sforza, habían naturalizado el pacto con delincuentes para hacer más efectiva su fuerza y potencia sobre lo público. Por ello, resulta importante considerar de qué forma Maquiavelo describió – analíticamente -el puente entre la práctica delictiva y el ejercicio político y, probablemente, intuyó de qué manera la racionalidad delincuencial se fue apropiando de la lógica del gobierno.

Es evidente que las asociaciones criminales y delictivas pueden estar en condiciones de estrechar sus nexos con los actores de la práctica política. Sin embargo, cuando existen ejes éticos-político, éticos-jurídicos y jurídicos-institucionales, más o menos consolidados en una sociedad, las posibilidades de esa relación son menos probables. De este modo, la racionalidad delincuencial, se mantiene en la “fronteras” de la sociedad, al igual que otras experiencias marginales. Sin embargo, ¿solo las organizaciones criminales se ubican en los márgenes de la política?

En la marginalidad política no sólo se encuentran formaciones delictivas o proclives al delito. También, grupos de individuos que no han tenido contacto crítico con los distintos estratos de la política organizada. Por ejemplo, aquellos que se han dedicado -exclusivamente -a las múltiples actividades productivas, los que se desenvuelven en el ámbito del entretenimiento y de la diversión o los que evidencian alguna limitación específica que les inhibe descubrirse políticamente consientes. En suma, la marginalidad política está constituida por aquel diverso grupo humano que carece del lexicón suficiente como para organizar un saber que les permita interactuar y manejarse en el mundo de lo público y sus intersecciones con la economía, la cultura, la moral y el conocimiento. Sin la suficiencia conceptual necesaria, para identificar que se juega en una sociedad cuando hablamos de política, nos encontramos en las fronteras de lo público, respectos a otros mundos humanos.

El asalto marginal a la política

En lo político se revela la condición humana en su profundidad y complejidad. Pues se vincula a la manifiesta necesidad de organizarnos para convivir entre nosotros – grupos y sujetos diversos-, con intereses convergentes y divergentes. De ahí que es un error creer que el ámbito político es simple, de fácil conocimiento y comprensión. La dimensión política implica, en términos ideales, un saber que posibilita una visión en conjunto del mundo social, tomando en cuenta sus espacios específicos y las relaciones entre los mismos. De igual modo, precisa de un conocimiento que permita evaluar las consecuencias sociales de las decisiones cuando se detenta diversas cuotas de poder.

Debido a la magnitud de los procesos humanos que se desenvuelven en la política, el pensamiento crítico- filosófico o científico-, ha dirigido su atención teórica y examinadora hacia lo público, a fin de establecer qué se juega en la política y cómo funciona ésta en diversos contextos culturales e históricos. Dicho conocimiento nos ha permitido establecer que las mayorías de las organizaciones políticas precisan de instituciones fundamentales, que sirven de ejes jurídicos y morales sobre los cuales giran las relaciones de poder de una sociedad. Para que estas instituciones sean funcionales y cumplan sus objetivos, las sociedades, a partir de su sistema de conocimiento, han pretendido formar a sus elites gubernamentales para que se sepa qué hacer con el poder que proviene de las instituciones, y cuáles son los objetivos que éstas tienen en el tiempo.

La formación y desenvolvimiento de las clases dirigenciales ha tenido diversa fortuna según las sociedades. La eficacia política de dichas élites se puede evaluar según las cuotas de bienestar, desarrollo y estabilidad que la mayoría de las personas disfrutan. Si la mayoría de las personas de una sociedad sufre de inseguridad, pobreza, injusticia, carencia de oportunidades de desarrollo personal; es suma, si la mayoría está excluida de una vida mejor, entonces dicha élite no ha sido útil.

Las instituciones políticas, para que cumplan sus fines, deben estar orientadas por personas capaces de descubrir epistemológica y moralmente lo que se juega en las decisiones del poder. Sin embargo, cuando una sociedad ha ido pauperizando, de forma sostenida, su sistema del conocimiento, como ha ocurrido en el Perú, dicha comunidad social carece de una dirección sensata. Y, al mismo tiempo, no tiene los medios suficientes (diversos y materiales) como para instituir las condiciones que hagan posible la emergencia de la conciencia ciudadana. En este proceso de carencias formativas, no arriban a las instituciones del poder, las personas adecuadas que permiten su funcionamiento eficaz y su desenvolvimiento hacia el bienestar mayoritario. Por el contratarlo, quienes comienzan a ocupar los espacios de las instituciones provienen desde los diversos márgenes, tanto los que se encuentran dentro de la ley o, lo que es más preocupante, de los que están al margen de la ley. Cuando los ejes institucionales de lo público comienzan a ser manejados por individuos carentes del lexicón político, las instituciones del poder pervierten sus fines, porque éstos sólo entienden una milésima parte de la magnitud de la política, es decir, el zoon polikón: la condición política del ser humano, en relaciones de codependencia a fin de garantizar su convivencia efectiva.

El asalto marginal a la política es lo que precede a la destrucción de lo político. Los sujetos que provienen de los márgenes de la política, y que aspiran a controlar a las instituciones del poder, más allá de la nobleza o turbiedad de las intenciones, poseen una lectura rudimentaria de lo que se juega en la política. De ahí que se formulen soluciones simples a problemas que deben ser abordados desde diversas aristas, tomando en cuenta la complejidad de la sociabilidad humana. En ese sentido, una de las características más evidentes de la marginalidad política, sea la visión elemental y reduccionista de la vida social, de la economía, de la cultura y de la educación. Así, mientras más al margen se encuentre el que pretende ingresar al mundo político, mayor es el daño que puede ocasionar. Pues, ya sea desde la lógica criminal o desde la ingenuidad e ignorancia, no hay conciencia del perjuicio social causado.

Al desvanecerse los filtros críticos de la racionalidad política, los sujetos que anteriormente se encontraban en los extramuros de dicha racionalidad, asumen el control de las instituciones. Los baremos de la razón pública, al extinguirse, permiten el ingreso de cualquiera a las esferas del poder. Cuando eso ocurre de forma creciente, una sociedad se encuentra en riesgo de desaparecer o de mutar a situaciones que son desconocidas. El drama de la marginalidad antipolítica es que socava las bases fundamentales de una comunidad y la lleva, potencialmente, a su disolución. 

Sobre el autor

Ricardo L. Falla Carrillo Es jefe del Departamento de Filosofía y Teología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM). Es autor del libro, “La trama invisible de lo útil. Escritos sobre conocimiento, educación y poder” (2022) y de varios artículos de investigación que han sido publicados en libros y revistas tanto del Perú como en el extranjero.

Sobre el autor o autora

Ricardo L. Falla Carrillo
Jefe del Departamento de Filosofía y Teología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM). Es Dr (c) en Humanidades por la Universidad de Piura y maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Cuenta con un postgrado en Gerencia Social Ignaciana por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Autor del libro “La trama invisible de lo útil. Reflexiones sobre conocimiento, poder y educación” y de numerosos artículos académicos vinculados a la historia de las ideas, con énfasis en la historia conceptual, y en las relaciones entre conocimiento y sociedad en el Perú y América Latina.

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