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Los procesos históricos de gran relevancia carecen de una fecha inaugural y terminal, exactas. Pues son productos de una indefinida suma de hechos y situaciones, en la que se entrelazan tramas políticas, económicas, tecnológicas, sociales, culturales, intelectuales, religiosas, etc. A veces, de gran proporción. Otras, casi imperceptibles. Que interactúan de forma compleja, haciendo que emerjan nuevos contextos, de continuidad o de ruptura. De ahí la necesidad de procurarse una perspectiva amplia en el estudio del tiempo procesual, a fin de comprender reflexivamente los eventos que se dan dentro del mismo.
Es difícil identificar el momento preciso en el que la civilización occidental empezó a perder el control sobre el mundo. También, de establecer con exactitud los procesos que colaboraron en la emergencia del mundo multipolar. Sin embargo, es un hecho demostrado que la hegemonía y potencia occidental no es la misma que la de hace un o dos siglos. Y que estamos a un paso, relativamente cercano, de que otras sociedades, de civilizaciones distintas a la occidental, consoliden un poder que, potencialmente, podría llegar a ser hegemónico. En ese sentido, dada la particular relación que hemos tenido con occidente desde el siglo XVI, en la que, sin duda, una parte importante de nuestra configuración cultural es de origen occidental, nos preguntamos, ¿cuál sería el tipo de relación que tendríamos con occidente en un contexto postoccidental?, ¿cuál sería nuestro lugar en un mundo postoccidental?, ¿en qué bloque geopolítico o geocultural nos situaremos?, y ¿cómo sería nuestra evolución política y cultural posterior a la influencia occidental? Ciertamente las respuestas a estas preguntas se irán desarrollando en las siguientes décadas, en la medida que el declinar de occidente se haga más manifiesto a lo largo del mundo, y mientras nuestra sociedad vaya formando rasgos culturales cada vez menos influenciados por occidente.
¿Hacia un mundo postoccidental?
Las dos guerras mundiales, la extensa guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y las múltiples revoluciones de carácter ideológico-identitario del último siglo, fueron causadas, fundamentalmente, por naciones de occidente, o se constituyeron en reacciones contra la hegemonía occidental. Sin embargo, a la par que el conflicto entre el occidente liberal y el occidente socialista llegaba a su fin, varios pueblos que habían experimentado revoluciones ideológico-identitarias desde mediados del siglo XX empezaron a desmarcarse del dominio occidental, afirmando sus rasgos culturales particulares y, sobre todo, su autonomía política y económica. El resultado práctico de estos procesos emancipatorios tuvo diversa fortuna. Sin embargo, un puñado de naciones, sobre claros objetivos geoestratégicos, lograron proveerse de una visión de país a largo plazo con relativa velocidad. Las experiencias emancipatorias de China, India, Arabia Saudita, EAU, Vietnam, Irán, Sudáfrica, Nigeria, entre otras naciones, y sin tomar en cuenta a los “tigres del Asia”, han tenido diferentes causas y motivaciones. Asimismo, los efectos económicos has sido diversos. Hay casos muy exitosos, como el chino. O experiencias muy asimétricas como la iraní o la nigeriana. Pero, al establecer alianzas entre sí, han logrado distintas cuotas de autonomía geopolítica.
En la medida que la Federación Rusa logró superar la profunda depresión económica producida tras la extinción de la URSS, fue encontrando en las naciones no occidentales un nuevo espacio, que le permitió reubicarse geopolítica y geoeconómicamente. La vertiginosa experiencia de los BRICS+, y sus particulares planes de construir un mundo multipolar, nos instala en una situación diferente a la de hace medio siglo. Pues debido al inmenso peso integral de China en el contexto actual y a la potencia de la industria militar de rusa (herencia soviética), se está organizando una alterohegemonía, con actores geopolíticos impensados hace medio siglo.
Esta condición postoccidental, no es solo geopolítica. Es decir, no se trata tan solo del declinar imperialista de occidente. Es una situación más compleja, en la que los principios occidentales, muchas veces contradictorios en sí, empiezan a ser suplantados en gran parte del mundo, ante la emergencia de otras nociones, prácticas y valores surgidos de la evolución cultural y política de varias sociedades de Asia, África y América Latina. El sistema de organización conceptual de occidente- ética, política, económica y moral-, ya no tiene resonancia efectiva en buena parte del mundo, porque los procedimientos de control colonial o neocolonial de occidente son bien conocidos. Es posible reconocer que, junto a los valores liberales que occidente ha enarbolado en las últimas décadas, se evidencia un claro pragmatismo en sus acciones de control global, al momento de evitar el surgimiento de una condición multipolar.
Es necesario recordar que muchas instituciones que surgieron en occidente a lo largo de su modernidad se fueron trasplantando a diversas partes del orbe, sobre todo, el modelo capitalista de generación de la riqueza, la organización del conocimiento teniendo como base a la ciencia y utilizando como motor del desarrollo a la producción que proviene de la innovación tecnocientífica. El uso efectivo de la práctica capitalista y de la ciencia tecnológica, junto a políticas nacionalistas, es lo que permitió la emergencia de nuevos actores globales. Occidente sembró a lo largo del mundo las semillas de su propio declinar sin haberlo planificado. Fueron consecuencias no deliberadas de las prácticas coloniales y neocoloniales de los siglos XIX y XX, en la medida que el capitalismo imperialista colaboró en la formación de economías locales, en la constitución de clases medias de científicos, intelectuales y profesionales, y de elites empresariales y burocráticas. Estos elementos fueron evolucionando y se convirtieron en las partes de una estructura autónoma que se fue distanciando de occidente
Más allá de estar a favor o contra del declinar del occidente, es una situación de hecho que se evidencia en la construcción de una arquitectura global que cada vez toma menos en cuenta lo que las sociedades de occidente, sus aliados y sus sistemas de colaboración (OTAN, UE, G7, etc.), plantean y deciden. El peso económico y geopolítico de varios de los actores mundiales superan la capacidad de control de la OTAN, la UE y del G7. Esta situación es sabida por las potencias emergentes, de ahí que con frecuencia estas naciones toman decisiones al margen de lo que espera occidente y sus aliados. De ahí que este escenario se encuentre más allá de la experiencia histórica conocida. Pues si la expansión de occidente y su supremacía global – que empezó en siglo XVI y se prolongó hasta el siglo XX-, fue una situación inédita antes del 1500, el surgimiento de un mundo proveniente y posterior a la hegemonía occidental es igualmente distinto.
La guerra en Ucrania y el otro orden mundial
Dos acontecimientos han marcado profundamente al mundo contemporáneo: la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania. El primer evento ha sido ampliamente estudiado y comentado, así que no diremos nada más al respecto. El segundo evento, es algo que precisa un mayor examen. Sobre todo, por lo que se está jugando, en términos de geopolíticos, en el mencionado conflicto. Contra todo constructivismo social y relativismo gnoseológico, la pandemia y la guerra han puesto de manifiesto la efectividad concreta de los hechos. Es decir, que ocurren eventos más allá de la tentación de considerar a la realidad como una narrativa o un simulacro. La COVID – 19 y la guerra en territorio ucraniano, devuelven de golpe, al plano fáctico, a aquellas mentes que se habituaron- gnoseológicamente-, a identificar el relato con la realidad. Pues las consecuencias de la pandemia y la actual guerra en el oriente europeo, no se desenvuelven en el plano del simulacro narrativo; afectan y afectarán las relaciones internacionales en diversos planos.
A simple vista, pareciera que la guerra fuese entre Rusia y Ucrania. Sin embargo, los hechos nos indican que esta conflagración enfrenta a la OTAN y a Rusia. Pues los recursos económicos y las armas utilizadas por las fuerzas armadas ucranianas son suministradas por la OTAN. Si Ucrania no hubiera recibido una ayuda considerable de occidente, este conflicto bélico ya hubiera terminado hace mucho tiempo. ¿Por qué la OTAN está haciendo todo lo posible para que Rusia no triunfe esta guerra? Porque occidente reconoce que una victoria rusa llevaría al mundo contemporáneo a un punto de no retorno. Pues sería la confirmación de que Rusia y su red de aliados económicos (varias de las naciones de las BRICS+), estarían ad portas de conformar una realidad global diferente en términos efectivos. El auxilio integral de China a Rusia nos muestra la decisión impulsar un escenario mundial postoccidental, donde una nueva geopolítica -que tiene al Asia-Pacífico como eje-, confirme los impresionantes logros geoeconómicos de China en los últimos treinta años.
Esta guerra entraña el conflicto profundo entre la OTAN, la UE y el G7, y los BRICS+. De ahí que la contienda actual, revele la tensión entre el mundo conocido y el mundo por venir. En efecto, occidente ha sido el protagonista principal de la civilización humana desde el siglo XV. Su huella cultural y política se encuentra esparcida en todos los pueblos del mundo. Sin embargo, esta hegemonía podría desaparecer, erigiéndose un contexto desconocido después de la guerra: el mundo postoccidental.
Pensar al Perú en un mundo postoccidental
Por razones históricas conocidas, el Perú ha construido su relación con el mundo desde el vínculo particular que ha tenido -y aún tiene- con occidente. Varias de nuestras instituciones políticas, culturales y económicas, se han desarrollado a partir del continuo legado de occidente y las específicas formas de absorción cultural de dicha herencia. Pero esta vinculación empezó ha reducirse en la medida que el perfil cultural del Perú se modificaba debido a la emergencia de las numerosas culturares locales, que habían permanecido en condición subalterna ante la hegemonía criolla. Observando el comportamiento político y social de nuestro país, hemos experimentado un notable proceso de desoccidentalización tradicional, y han germinado innumerables experiencias hibridadas desde el capitalismo tardío. Es decir, lo que se ha ido desvaneciendo es la herencia occidental más emblemática, reformulándose muchos hábitos a partir de la fusión entre lo local y las prácticas morales y estéticas del individualismo contemporáneo, producidas por el mercado sin fronteras. De ahí que muchas de las manifestaciones culturales observadas, no tengan todavía un derrotero definido. Es muy difícil intuir hacia dónde mutarán las innumerables formas de ser de los peruanos y si éstas permitirán mantener la frágil unidad política del Perú en un mediano plazo.
Una de las consecuencias del paulatino proceso de desoccidentalización del Perú, es el desvanecimiento ideológico de las grandes tendencias políticas de la modernidad occidental. Lo que pudo haber sido la experiencia liberal, conservadora, nacionalista o socialista de nuestro país, tuvo correlación con la occidentalización de la vida peruana. Pero al irse disipando lo occidental en el Perú, las ideologías modernas dejaron de ser relevantes en este país. De ahí que, incluso, las diferenciaciones entre derechas, izquierdas y centro no tengan mayor relevancia en el Perú de nuestros días. Asimismo, las dicotomías más generales, como progresismo y conservadurismo, tampoco resultarían reconocible o relevantes en este medio. Hay, por lo tanto, una enorme crisis conceptual en la política peruana que proviene de la indefinición de las realidades políticas concretas. Observar los comportamientos políticos actuales, nos posibilita identificar un innumerable muestrario de hibridaciones, sobre las cuales es difícil construir nuevas nociones de comprensión.
La crisis referida podría crear las condiciones intelectuales para elaborar, de forma efectiva y realmente emancipada, una praxis epistémica postcolonial, que supere la dependencia epistemológica de occidente y de las instituciones de control gnoseológico que occidente aun manipula en países como el Perú. Descolonizar la ciencia en el Perú no pasa por la sustitución de la razón científica por racionalidades mitológicas, precientíficas y holísticas, que nos vuelven más vulnerables a la dominación. La política académica postcolonial implica poner al conocimiento científico, la ciencia tecnológica, las ciencias sociales y humanas, al servicio de la autonomía efectiva de nuestro país frente a occidente y los nuevos actores hegemónicos. Descolonizar la academia es superar a los tentáculos que occidente nos sigue obligando a admitir como los únicos que deben ser tomados en cuenta para la formación y distribución del saber. Hay que ser conscientes de que en la academia se muestra con mayor tirantez la dinámica dominación-liberación. De ahí que un paso importante para descolonizar nuestra episteme es elaborar una ruta propia, crítica y autónoma, de ponderar el saber que se forma entre nosotros, sin perder de vista la escala global de interdependencias de la civilización de conocimiento.
¿Está el Perú en condiciones de integrarse al mundo postoccidental? Creemos que será viable en la medida que descolonicemos políticamente nuestra episteme académica. Pero ésta será posible si la academia reconoce la última estrategia de dominación que occidente planeó para mantenernos sometidos: el control en la formación del conocimiento y el control de las profesiones desde el conocimiento. Una vez que la academia supere el estadio de la dominación colonial en el saber, podremos integrarnos con mayor conciencia al nuevo mundo que se avecina. Pensarnos en serio en un mundo postoccidental, parte por acoger lo mejor de la ciencia y de la filosofía de occidente para encontrar nuestras propias estrategias de bienestar. Esta tarea aún está en ciernes.

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