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El lazo social y la lucha antidrogas

Foto: Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.

Cuando escucho sobre lucha antidroga, saco mi persona. Quizá sea mi deformación profesional (psicólogo social soy y no me compadezcan), pero una de las cosas que suelo echar de menos en los enunciados sobre desarrollo alternativo es la referencia a las personas que viven en zonas cocaleras como algo más que recursos humanos para actividades agrícolas. Ya en 1984, o sea, hace 34 años, el antropólogo Carlos Eduardo Aramburú advertía que “el enfoque básicamente agrarista que los Proyectos Especiales de Desarrollo tienen de la selva alta, es una limitación ya que cuando se trata de impulsar el desarrollo integral hay que referirse, necesariamente, al conjunto de la región” (1984: 68)[1].

Que ese “conjunto de la región” incluya los factores subjetivos, quizá no parecía muy evidente en la década de los ochenta, ni en la lucha antidrogas ni en la políticas públicas en general. Posteriormente, las diversas intervenciones fueron incorporando componentes sociales orientados a ganar las mentes y corazones de las personas que viven en los valles cocaleros, con mucho énfasis en el aspecto comunicacional y las acciones de marketing social y comunitario, a fin de que la población acepte la erradicación y se involucre activamente en los programas de desarrollo alternativo.

Sin embargo, debemos tomar en cuenta que las sociedades están atravesadas por antagonismos, que no son homogéneas y que incluso dentro de una misma comunidad cocalera, aunque hay ciertos enunciados regresivos que se repiten como mantra y crean la ilusión de un sentido común favorable al narco, cada familia y cada individuo se posiciona de manera particular frente a la coca, pero también frente a la posibilidad de dedicarse a otra cosa.

Estas brechas en el sentido común suelen ser vistas con recelo por los agentes del narcotráfico, que acusan de divisionistas o traidores a las personas que tienen el propósito de llevar su vida dentro de la legalidad. Son estas brechas también la oportunidad para impulsar procesos de cambio comunitario a partir del desarrollo de un capital social alternativo y el fomento a la iniciativa individual, al tiempo que se debería acompañar con mayor presencia del estado de derecho en estas zonas.

En ese sentido, el componente inmaterial que acompañe a los componentes más “duros” de la intervención en una zona de producción cocalera debe ser concebido como un dispositivo de cambio a partir de comportamientos que reduzcan la probabilidad de las personas se involucren en la vida ilícita.

Entonces, considerando que el narcotráfico genera un espacio de experiencias y horizonte de expectativas (Kernaghan, 2009)[2] en cuyo marco las personas llevan sus vidas, se revela insuficiente una comunicación unidireccional con mensajes meramente orientados a resaltar los efectos nocivos del narcotráfico. Además de eso, se trata sobre todo de incentivar el desarrollo de prácticas que dibujen un horizonte de vida diferente, no solamente en lo agrícola, ni siquiera sólo en lo económico, sino también en otras actividades sociales, cívicas y culturales que brinden a las personas la oportunidad de desarrollar su potencial y construir sentido de comunidad.

Considero firmemente que eso implica establecer una forma de relacionarse con las personas. Se necesitan servidores públicos que establezcan relaciones equitativas y justas con los ciudadanos del campo, pero que también incentiven la autonomía y la creatividad. El factor humano es clave para que una política pública funcione, es decir, para que el diseño de gabinete se vea actuando en el campo, pero también para que las personas perciban que su estado los representa y está a su servicio.

¿Cuál es el lazo que queremos tener con las personas que viven en las zonas cocaleras?

En este punto me parece pertinente echar mano a mi experiencia como coordinador de proyectos de CEDRO en zonas cocaleras y en tránsito a la vida en legalidad. Hemos conocido personas que en algún momento o en alguna forma, se dedicaron al cultivo de coca para el narcotráfico, con sus propias experiencias y expectativas. Pero, afortunadamente, las personas son mucho más que un mero eslabón en una cadena nefasta. Tienen historia y familias, afectos y anhelos, van con ellas por la vida y se encuentran con organizaciones como la nuestra y con instituciones del estado. Pero antes que con personas jurídicas, se encuentran con otros compatriotas que trabajan por unos objetivos determinados en el marco de una misión institucional. Se espera que tal encuentro sea fructífero, pero para ello es necesario que los actores estén predispuestos para la escucha, el respeto por aquello que es valioso para el otro y que puede ser el punto de partida para imaginar una forma de vida diferente.

Es importante que los formuladores de políticas y los funcionarios públicos tomen en cuenta estos aspectos del mundo de la vida. Debemos ponerles rostro, voz y olor a quienes en los documentos aparecen como “público objetivo”. Generar lazos que funcionen bien, que aporten legitimidad a las políticas públicas y seguridad a la nación.

Lazos como el que alguna vez tuve con don Teófilo. Hace un par de años, de manera fortuita me reencontré con don Teófilo en Tingo María. Cuando lo había conocido en el 2010, poco después de haber salido en libertad luego de estar tres meses injustamente detenido por cargos falsos de terrorismo. Él, que vivía hostigado por los beligerantes dirigentes narco-cocaleros del Monzón y su vida corría gran peligro, sin otra protección que su familia, tan sólo por no querer cultivar coca sino arroz y cacao. Con los años, las cosas cambiaron en el valle: llegó la erradicación de cultivos ilícitos y luego los programas de desarrollo alternativo. En el nuevo contexto, Teófilo vivía con más tranquilidad, dedicado a sus actividades productivas y albergando algunos sueños políticos un tanto peculiares. Al despedirnos de ese breve encuentro me dice: "tantas cosas que pasamos, hermano, que cuando todo se calmó ya dejamos de vernos".

Las contingencias forjan y modelan los lazos. Y sí, quizá algunos lazos, como el que se puede tener con una persona que está viviendo situaciones de riesgo en un entorno complicado, requieran instantes de peligro para mantenerse y si estas condiciones desaparecen, el lazo también se extinga. Sin embargo, que luego la ausencia se haya sentido como pérdida, indica que ese lazo fue verdadero. He ahí su valor.



[1] Aramburú, Carlos Eduardo. (1984) “Problemática social en las colonizaciones de la selva alta peruana”. En: Centro de Investigación y Promoción Amazónica: Población y colonización en la Alta Amazonía Peruana. Lima: CIPA.

[2] Kernaghan, Richard (2009). Coca´s gone. Of might and right in the Huallaga post-boom. Stanford: Stanford University Press.

Colaboraciones