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Lima 2013: El arte de engullir cultura

(Foto: La República)

La diversificación de las ofertas culturales, la ampliación del mercado de arte, el desarrollo de las industrias culturales. ¿Aumento de oferta y de demanda? ¿O es el mismo público “culturoso” que recorre los espacios de producción artística? Ésta es una mirada a lo que está pasando en el cine, el teatro y la industria del libro en Lima.

Pero para evitar el sobredimensionamiento y limitar la información a seis distritos de la capital, y a los sectores A/B, es imprescindible presentar algunos resultados del Estudio Roper, realizado por GFK Conecta, que baja el entusiasmo a tierra.

Las cifras son bastante desalentadoras. Los “consumos” son elitistas y centralizados. Se dan en Lima y en los niveles más altos: es algo relevante solo para la población de clase alta, capitalina y joven. Más de la mitad de la población peruana nunca va al cine (en el sector D, dos tercios). Por otro lado, la cuarta parte del segmento A/B que tiene entre 15 y 30 años va al cine al menos una vez al mes.

Uno de cada cinco peruanos señala que nunca lee libros. El 26% de limeños nunca ha leído un libro. A la pregunta de la encuesta de Arellano Marketing realizada en Lima: “Si su presupuesto personal se incrementara en 25%, ¿qué producto o servicio consumiría más?”, solo el 1% respondió “libros”.

Sin embargo, la asistencia y las ventas en las ferias han sido nada despreciables en los últimos años. Según Liliana Minaya, gerente de la Cámara Peruana del Libro, “a la Feria Internacional del Libro de Lima han asistido 450 mil personas durante los 17 días en que abrió sus puertas. Se trató de un público B+, B, C y D”. Esta cifra implica un aumento de más del 55% con respecto al año pasado, cuando hubo 290 mil visitantes. Las ventas también se dispararon: en 2011 fueron de 7 millones de soles; en 2012, de 8 millones; y este año ascendieron a 10 millones.

Un panorama alentador para unos y dramático para otros, como todo en el Perú: 72% de peruanos, sobre todo en el sector D y en la selva, nunca ha asistido a un museo o a una exposición.

La situación en las provincias contrasta con lo que ocurre en el reducido circuito cultural limeño: salas llenas, entradas compradas con semanas de anticipación, festivales que se superponen, películas que se cruzan. Los primeros meses del año las carteleras lucen ralas, pero conforme va pasando el tiempo se van nutriendo, y alrededor de junio están rebosantes. La “movida cultural” está en auge. La industria cultural que más impulso ha tenido es el teatro.

Tras bambalinas
El número de salas se ha duplicado en los últimos años: son 20 en Lima Metropolitana. Algunos representan sueños de toda una vida, como el teatro Ricardo Blume de la familia Chiarella, el Teatro de Lucía de la señora Irurita y sus hijas, o el teatro-escuela Ensamble de Sergio Galliani. Han aparecido nuevos grupos, varios de ellos independientes, como Ópalo, Racional, Vía Expresa, Cexes, Pukllay y Tránsito, además de los que están ligados a instituciones o conglomerados financieros, como la Asociación Cultural Plan 9, cuyos proyectos tienen el auspicio del BBVA Continental.

El veterano actor Carlos Victoria lanzó una hipótesis “socioeconómica” que puede explicar, en parte, la actual realidad teatral. Dijo que más gente del sector A está haciendo teatro, y que ello les abre la puerta a los auspicios, ya que les resulta más fácil conseguir el apoyo económico de las empresas de sus parientes y conocidos. (Salvo Alberto Ísola, y uno que otro más, en las décadas pasadas los actores y directores provenían de la clase media y media-baja.) En esa misma línea, es interesante el caso del Teatro La Plaza, que funciona en el sótano de Larcomar, un proyecto personal y empresarial de la directora Chela De Ferrari que va por su septuagésima puesta en escena. Esta empresa ha adoptado un modelo de gestión europeo en el que las obras que se estrenan responden a estudios de marketing cultural. Como en el primer mundo, la sala se encarga de la producción y de los auspiciadores, y el director se concentra en la puesta en escena y en el trabajo de dirección actoral. Hay un grupo de actores y directores que tienen la agenda copada y a los que no les falta trabajo. Por ejemplo, un director joven como Jorge Villanueva ha declarado que no para de trabajar desde el año 1994, cuando se inició en el teatro. A éstas se suman las propuestas que dependen de instituciones como las que financian el Centro Cultural de la PUCP, el Teatro de la Universidad del Pacífico, el MALI o el Teatro Británico, y que brindan facilidades parecidas a los directores y actores. Pero ¿cuántas de las nuevas productoras teatrales independientes pueden cumplir con la Ley del Artista, pagar a los actores durante los ensayos, o separar al director de la búsqueda de financiamiento?

Un proyecto que no responde a una gestión empresarial y que más bien funciona casi por amor al arte es el del Teatro Racional, de Eduardo Adrianzén. Es la inversión de su vida, el anhelado espacio propio que comparte con sus socios Claudia Sacha y Franklin Dávalos. En él se presentan alrededor de seis obras por año. “Cada grupo busca su financiamiento y con el mínimo que les cobramos pagamos el agua, la luz y la vigilancia. No pretendo ganar ni que sea rentable, solo que exista”, manifiesta Adrianzén. En cada función los productores cruzan los dedos para que las 50 sillas de la sala estén ocupadas y puedan obtener la ganancia, que es equivalente al 70% de la taquilla.

Hace dos años que se viene realizando el único evento internacional de teatro que se lleva a cabo en la capital: el Festival de Artes Escénicas de Lima, que cuenta con la presencia de diversos grupos de teatro latinoamericano y de otras partes del mundo. Se trata de una iniciativa de la Municipalidad de Lima, que lo financia en un 90%, y justamente por eso su sobrevivencia penderá de un hilo cuando haya cambio de gestión. No sería raro que sufra la misma suerte que la Bienal de Arte de Lima, organizada durante el gobierno municipal de Alberto Andrade, que fue eliminada de un brochazo por la siguiente administración, a pesar de que garantizaba una concurrencia masiva.

El FAEL congrega principalmente a un público joven interesado en las artes escénicas. Se calcula que el año pasado asistieron 16 mil personas, una cifra importante para una experiencia tan reciente. Marisol Palacios, directora del festival, manifiesta: “Los auspiciadores nos apoyan con diseños gráficos, las embajadas costean los gastos de algunas delegaciones, con El Comercio hemos firmado un convenio por el cual pagamos algunas páginas de publicidad y otras nos las dan gratis, aunque la mayor difusión se realiza a través de las redes sociales”.

La situación en las provincias contrasta con lo que ocurre en el reducido circuito cultural limeño: salas llenas, entradas compradas con semanas de anticipación, festivales que se superponen, películas que se cruzan

Multiplicación de los “panes” fílmicos
Este año se han realizado seis festivales de cine: el Festival de Cine de Lima, el Festival Al Este de Lima, el Festival de Cine Independiente, el Festival de Cine Digital, el Transcinema (no ficción) y el Festival de Cine Europeo, lo que demuestra que ha crecido el público interesado en estas propuestas alternativas al cine comercial. Según Claudio Cordero, organizador del Festival de Cine Digital, “este número no es excesivo para una ciudad grande siempre y cuando haya un espacio prudente entre la realización de uno y otro, además de tener una personalidad diferente, para que no sean repetitivos”. (No se superpusieron, pero fue una seguidilla que aturdió al público que tenía interés en asistir.)

Un dato importante es que los festivales más jóvenes tienen tres años de vida consecutiva. Esto constituye un mérito, porque la organización se asume más como un compromiso que como un negocio lucrativo, lo que resulta obvio si se analizan los festivales que no tienen apoyo institucional, como es el caso del festival Al Este de Lima, que este año, en su cuarta e intermitente edición, ha presentado 30 películas de países de Europa del Este y ha congregado a un promedio de 8 mil espectadores que buscan un cine que no llega a la cartelera limeña. Cecilia Maric, productora de Al Este de Lima, ha tenido que pasar por más de una vicisitud: “Es muy difícil, porque como no tenemos el respaldo de una institución, no contamos con la infraestructura, el personal y tampoco con un presupuesto fijo. No podemos garantizar que los servicios mínimos estén cubiertos. Que salga es admirable, pero también refleja gran precariedad: funcionamos con trueques, favores y gracias a gente que trabaja como voluntaria”.

La inversión ha sido fuerte. Solo por los derechos de cada película han pagado entre 600 y 800 dólares. Maric sostiene que este año han recibido el apoyo económico del Estado a través de PromPerú y del Mali, que les ofreció su auditorio. “El apoyo de la empresa privada también fue fundamental. Por ejemplo, la UPC lo hizo a través de sus estudiantes, que nos ayudaron a subtitular varias de las películas”, añade.

Otro es el cantar cuando se cuenta con la infraestructura y los fondos de una institución como la Universidad Católica, que durante 17 años ha organizado el Festival de Cine de Lima, especializado en la difusión del cine latinoamericano. El nivel de inversión es bastante alto, porque, entre múltiples gastos, traen como invitados a artistas de prestigio internacional. (Hace tres años, la invitada fue la gran actriz francesa Isabelle Hupert, a la que hubo que pagarle el viaje al Cusco con comitiva incluida.)

Este año se presentaron 308 películas y asistieron 121 mil espectadores. Se trata de un público de edad variada, principalmente de los sectores B+ y B. El ingreso propio no es una bicoca, porque los cines les dejan un porcentaje de la taquilla.

Finalmente, se debe mencionar la experiencia de la sala Cine Arte UVK de Larcomar, que, junto con Cine América de Colombia, son las dos únicas cadenas comerciales de Latinoamérica que han apostado por el cine independiente. América Sánchez, la gerente de marketing alternativo de UVK, recuerda que en 2011 empezaron con un ciclo de cine francés: “Así nos dimos cuenta de que existía un amplio público: el mismo que va a Polvos Azules a buscar películas que no se pasan en el cine”.

La capacidad de aforo de la sala es de 120 espectadores y se arman ciclos en los que se exhibe, además de cine independiente, los filmes latinoamericanos preseleccionados al Óscar, los de Sundance y los del festival Ventana Sur de Argentina. Los distribuidores de cine independiente no consideran al Perú como un mercado importante, y por eso la sala debe buscar sus propios títulos. “Estamos en una etapa de ‘alfabetización cinematográfica’ en lo que se refiere al público. Cada trimestre aumenta la afluencia en un 35%. Cuando pasamos Taxi Driver vino gente de 16 a 50 años”, comenta Sánchez.

Las reposiciones de los filmes de los grandes maestros también es otro de sus rubros. Las cintas restauradas de Hitchcock se tuvieron que mandar subtitular a Bélgica. El esfuerzo mayúsculo tuvo sus recompensas: atrajeron a 6 mil asistentes en tres semanas.

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¿Se mantendrá esta efervescencia? ¿Se ampliará a otros circuitos y públicos? ¿Se volverá rentable la producción de cultura? ¿O es otra de esas burbujas? ¿El sueño de una noche de verano?

Entrevista