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Un libro de todo para todos

A través de un amigo común, que vive en Berlín, me llegó el libro del literato, poeta, periodista, César Ángeles (1963-). La publicación lleva por título Cortes intensivos. Entrevistas y crónicas 1986-2014 (Oposición editores, Lima 2015).

Con el autor, nos conocimos el año 1990 en Lima. A mediados de esa década nos encontramos en Barcelona. Finalmente, a fines de la década mencionada, nos reencontramos en Berlín. Con ligeros contratiempos, en estos 26 años, nuestro contacto académico-intelectual se mantiene incólume.

Creemos que para una mejor comprensión, sin dar importancia al momento en que fueron publicadas las entrevistas y los ensayos, el libro ha sido organizado en 2 partes. Las mismas guardan relación entre sí. Como totalidad, se enmarca en lo que comúnmente se denomina humanidades.

La primera parte lleva el título genérico de: Entrevistas. La que a su vez está compuesta por 3 subtítulos que rezan: Cirugía plástica. Espada clavada en la lengua. Un país clavado en el quirófano. La segunda parte es titulada: Homenajes. Recordemos que el libro se titula: Cortes intensivos.

Lo primero que llama la atención, leyendo el título y los sub-títulos, que componen la primera parte de la publicación, es la utilización consciente de términos biológicos para designar acciones históricas, sociales, políticas y artísticas. En ello no hay ningún equívoco. El autor ex profesamente lo confiesa: “… veo la realidad como un organismo vivo; por lo cual, toda labor desde ella es una suerte de operación, así como toda escritura es una cirugía de gran calado…” (Ángeles, 2015: 12)

En consecuencia, el lector podría pensar que el poeta, si no es seguidor, por lo menos es simpatizante de las teorías organicistas, biologistas, que tuvieron en el sociólogo inglés Herbert Spencer (1820-1903) su mayor sistematizador. La verdad es otra. Ángeles utiliza esta terminología como metáforas mas no como conceptos. Esto se observa desde el Ingreso, como se denomina a una especie de introducción con la cual se abre el libro, hasta Hallazgo de la poesía, una declaración de parte del autor, con la cual se cierra el mismo, que nada lo emparenta con el biológico título, sub-títulos, mencionado. (1)

Luego, el entrevistador, que a la vez es el autor, ha tenido el buen tino de preguntar lo justo. Interrogar lo preciso. Dejando que sus entrevistados hablen sin cortapisas. No ha cometido el recurrente error, en que caen muchos entrevistadores, de pretender ser él la figura central de la entrevista. (2). No hay ningún afán de demostrar que él es más docto que los entrevistados en el tema abordado.

Finalmente. En las páginas de la publicación se tratan muchos tópicos. Variados temas, los que están dirigidos a un público amplio. Especialmente a los interesados en las ciencias humanas.

Dos tópicos reiterativos
De los muchos temas relacionados con el Perú, deseamos mencionar 2. Ellos atraviesan, en unos casos abierto y en otros casos velado, el tenor de las entrevistas, el contenido de los ensayos. En primer lugar, el tema de la identidad en unos. La identidad nacional en otros. La identidad nacional peruana en unos terceros. En segundo lugar, el rol de la violencia política en la historia del Perú. Ésta tuvo en los últimos 20 del Siglo XX dos actores centrales. Uno permanente, que viene desde los tiempos de huari, inca, colonia, república, el Estado. Y el otro circunstancial, el PCP-MRTA.

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Comencemos con la identidad entendida como sustantivo. El término fue inventado por Aristóteles (384-322). Antes de haber sido concebido para la filosofía, fue pensado para la lógica formal. (3). Su radio de acción se limitó a ese nivel de conocimiento. El problema fue cuando se intentó aplicar sus enunciados a otros campos del saber. Este principio no se da en el plano personal, tampoco en el nivel colectivo. La razón es muy simple. Nadie, ni nada, es idéntico a sí mismo. Todo lo que existe en el tiempo, en algún lugar en el espacio, es, son, procesos. La humanidad es un constante hacerse-rehacerse. Nada es dado de una vez para siempre. El cambio, producto del auto dinamismo, del inmanentismo, es lo absoluto. La unidad, que se expresa externamente, sólo es modo. No pasa de ser forma de ese eterno fluir. Esto es una ley en todos los niveles de la condición humana. Es la razón del por qué los nombres son pasajeros. Las convenciones son circunstanciales.
Todo ente, toda unidad, todo ser, es proceso. Es incesante devenir. El ser es y no es al mismo tiempo. Es por ello que Theodoro Adorno (1903-1969), con toda razón, afirmó: “El concepto, que suele ser definido como unidad característica de lo que bajo él se halla comprendido, fue, en cambio, desde el principio, el producto del pensamiento dialéctico, en el que cada cosa sólo es lo que es en la medida que se convierte en aquello que no es.” (Adorno, 1944: 70)

Si esto es una constante en la base de toda sociedad, es decir el ser humano, con mayor razón se da en las colectividades. No hay tribu, fatria, confederación, comunidad, pueblo que no se mueva, que no se transforme. Todo ello impulsado por causas internas e influencias externas. Ente que no se mueve muere. Sujeto que no se transforma perece. Es por ello que todos los grupos sociales, desde los más antiguos y simples, son mezclas, son híbridos. Lo puro, lo incontaminado, es una quimera. Gracias al movimiento de los individuos-sociedades, que se acometen permanentemente, nadie es originario de ninguna parte. Todos, en algún momento, fueron forasteros. Nadie apareció aquí, allá, caído del cielo. La planta, con ser planta, es producto, a la larga, del fenómeno de polinización. Los argumentos de que “… esto nos pertenece porque nosotros llegamos primero…”, es simplemente lógica de todo colonialismo. Es llanamente argumento de todo imperialismo.
Algo diferente es la identidad como verbo reflexivo. Con rigor, ello ya no es identidad. Es identificación. Las personas, los grupos, los pueblos, países y hasta continentes, se pueden identificar con tal o cual hecho. Al mismo tiempo, en otro momento, dejar de identificarse e identificarse con algo diferente-distinto, así sucesivamente. Esto es lo más normal y lógico.

Siguiendo este mismo raciocinio, hay que entender el sentimiento de identidad. Éste es parte de la condición humana. Sin perder de vista que todo sentimiento es construido histórica, social y culturalmente. Producto de esta acción, los seres humanos sientan, se identifican con tal o cual hecho, fenómeno o cosa. Pero aceptemos también el principio de que así como se construye socialmente el sentimiento, del mismo modo, también se de-construye socialmente el mismo.

El sentimiento de identidad que algunos tienen hacia algo, que otros sencillamente no lo tienen, no se discute. Por la simple razón de que los sentimientos son parientes de las creencias. Entre ellos se alimentan mutuamente. Consecuentemente, los sentimientos se toleran. De la misma forma como se respeta al crédulo. Aquel que necesita creer en tal o cual tótem, en tal o cual mito, en tal o cual dios.

A propósito de la identidad como sentimiento. La identidad como creencia. El varias veces mencionado en el libro de Ángeles, Jorge Luis Borges (1899-1986), en el cuento Ulrica, narra el encuentro de un profesor colombiano con una periodista en la ciudad de New York. El profesor se presentó diciendo: “… soy colombiano.” Ella de inmediato preguntó: “¿Qué es ser colombiano? -No sé -le respondí- Es un acto de fe.” (Borges, 1975: 44)

En este mismo discurrir mental se da un paso más hacia adelante. Al sustantivo identidad se agrega el adjetivo nacional. De esa manera tenemos: la identidad nacional. La idea de la nación, como es historia conocida, fue parte del deseo de unidad territorial, económica, política, cultural, psicológica, que la burguesía en ascenso, particularmente en Europa, necesitaba para erigirse en clase dominante. Para legitimar su Poder ante los ojos de las demás clases. La identidad, en sí y para sí, era la que daba sustento a esta unidad que debería tomar cuerpo en la nación. De allí, al Estado nación, sólo mediaba un paso.

Ese plan, ese deseo, fallaba por la base. Primero. El sustantivo identidad no existía. Sólo era una construcción mental en unos o sentimiento creado en otros. Segundo. La unidad nacional del Estado moderno se pretendía construir sobre una base internacional. Era otra falsedad. Teniendo en cuenta que la mercancía, el mercado, el capital, el dinero, no tiene límites, no tiene patria, no tienen país, no tiene continente. El capitalismo es el primer sistema mundial. La denominada globalización lo está confirmando.

Descontando la existencia de países, de Estados, de Gobiernos, en el espacio geográfico donde se forjó este deseo de construir la identidad nacional, el Estado nación, no hay ningún país que haya logrado plasmar ese deseo. Sencillamente porque es un imposible histórico-político.

Desde la perspectiva de los Estudios Culturales, se viene utilizando el término etnicidad para ayudar a comprender el tema de la nación. No obstante, este concepto es puesto en tela de juicio por un especialista en la materia. Stuart Hall (1918-2015), por mencionar un caso, escribe: “Es tentador, por lo tanto, tratar de utilizar la etnicidad como de esa manera `funcional´. Pero esta creación resulta ser un mito, en el mundo moderno. Europa Occidental no tiene ninguna nación que esté compuesta solamente de un pueblo, una cultura, o una etnicidad. Las naciones modernas son todas híbridas culturales.” (Hall, 2010: 382)

Todo ello impulsado por causas internas e influencias externas. Ente que no se mueve muere. Sujeto que no se transforma perece. Es por ello que todos los grupos sociales, desde los más antiguos y simples, son mezclas, son híbridos. Lo puro, lo incontaminado, es una quimera.

Con estas anotaciones previas, sobre la identidad y la nación, cabe la siguiente pregunta: ¿De qué identidad nacional peruana se habla? En unos casos, son repeticiones de discursos que en ninguna parte del mundo tiene sustento real. En otros casos, son loables intenciones. En el libro que comentamos, varias veces aparece formulada la interrogante. Del mismo modo, nadie da ninguna respuesta. No puede haber respuesta porque se parte de una proposición falsa. Se afirma por costumbre que la identidad existe. Que la nación existe. Inclusive que la identidad nacional existe. Que el Estado nación existe. ¿Pero qué es esto? ¡Nadie lo sabe. Nadie puede saberlo!

A principios de la década del 80, del siglo pasado, cuando investigamos este concepto, pudimos comprobar que existían algunas definiciones, más que sobre la identidad o la nación, sobre el Perú a secas. Ellas fueron vertidas en los últimos 100 años. Definiciones que, en la mayoría, son metáforas. Deseos bien intencionados. Estados de ánimo. Actos de fe. Y cuando no, exabruptos para salir del paso. (4)

Terminemos con la misma pregunta hecha al profesor en el cuento de Borges, cambiando lo de colombiano, por peruano: “¿Qué es ser peruano? -No sé -le respondí- Es un acto de fe.” La verdad es que no pasa de eso. Con la fe no se juega. Una vez más el sentimiento, la creencia, la fe, se respeta como se respeta a los muertos. Sin olvidar que toda persona cuando muere es buena. Pero la vida se predica con los vivos y no con los muertos. ¡Los muertos bien muertos están. Que descansen en paz!

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El rol de la violencia en la historia política peruana. Sobre el tópico, hay más comprensión y ejes de unidad entre las respuestas de los entrevistados, en el contenido de los ensayos. La conclusión es que: ese espacio geográfico denominado Perú es un país que ha sido construido históricamente teniendo como base la violencia. Ello no implica que, en determinados momentos, no haya habido consenso. Entendimiento, diálogo, cuando lo hubo, fue la excepción. La verdad es que casi siempre el diálogo terminó en ruptura. No hubo acuerdo. El diálogo-ruptura entre el Inca Atahualpa (1500-1533) y el cura Vicente de Valverde (1498-1541), en los orígenes del Perú, sólo sería un hecho simbólico de la violencia que venimos hablando.

Por lo tanto, la violencia político-militar, 1980-2000, que tuvo como actores centrales al Estado-PCP-MRTA, sólo fue un eslabón más de la larga cadena de violencia que se viene desenvolviendo en este país desde sus orígenes como formación histórico-social.

Recordemos. Todas las investigaciones serias al respecto nos evidencian que desde sus orígenes, el Estado en Huari (Lumbreras), la violencia fue un componente fundamental para lograr la centralización. La misma historia de repite con los Incas (Espinoza y Vega). La conquista fue un hecho violento. Sobre esta base se construyó el sistema colonial (Araníbar y Burga). Las respuestas anti-colonialistas fueron violentas. El caso más emblemático fue el encabezado por Túpac Amaru II (1742-1781) (Valcárcel y Flores Galindo). La independencia se selló con el fuego de las armas en Junín y Ayacucho. En estas batallas hubo más nativos “originarios” en las filas del ejército realista que en las fuerzas independentistas. “Viva el Rey y su corona, muera la patria ladrona”, fue su consigna.

Desde este momento, el Estado republicano se convirtió en el sustento del orden. En puntal de las clases dominantes. En la principal fuente de violencia para controlar a los dominados. Para someter a los explotados. Recordemos algunos hechos en los últimos 100 años. La protesta social en Puno dirigida por Clodomiro Gutiérrez Cueva (1864-) (Rumi Maki-Mano de piedra) fue exterminada violentamente por el Estado. Las luchas reivindicativas con tinte milenarista-anarquista en el sur andino (Puno, Cusco, Apurímac) en los primeros años de la década del 20, fueron marcialmente liquidadas. La denominada revolución del “año de la barbarie”, 1932, dirigida por el APRA, terminó con el fusilamiento de 6,000 alzados en las ruinas de Chanchán. Las guerrillas de la década del 60 fueron brutalmente reprimidas por el Estado. Llegamos a la década del 80, la misma lógica se repite hasta el 2000. En el Siglo XXI, los que protestan, los que se levantan, son liquidados. Con mayor razón los revolucionarios que pretenden cambiar el orden existente.

Como es historia conocida, el actor central permanente en la guerra interna del 80 al año 2000, fue el Estado. El PCP-MRTA fueron los actores circunstanciales. Ganaron los representantes del orden como en los últimos 1,000 años. ¿Qué pasará en el futuro? ¡La última palabra aún no está dicha!

Todo lo humano es nuestro
En las cerca de 200 páginas del libro desfilan personajes polémicos, ideas encontradas, figuras desgarradas, en la proliferación de pensamientos reside una de las mayores atracciones de la publicación que aquí comentamos. Como en la primera parte, ahora nos interesa puntualizar en 2 temas. Uno. El compromiso político de la inteligencia. Dos. La coherencia entre la prédica-práctica de los mismos.

En las entrevistas a los poetas Enrique Lihn (1928-1988), Blanca Varela, Washington Delgado (1927-2003), Pablo Guevara (1930-2006), entre otros temas, aparece el recurrente tópico del compromiso político del intelectual en general. Del poeta en particular. En otras palabras. Los “poetas puros”. Los “poetas sociales”. La verdad es que ese corte es antojadizo, por un lado. La pureza es un invento, producto del tremendismo del idioma. Por otro lado, es un tema que de alguna forma fue zanjado, teóricamente, en los años 30-40 del siglo pasado. Recordemos las opiniones de 3 intelectuales-artistas al respecto. Comencemos con el poeta César Vallejo (1892-1938). Él escuetamente sostiene: “El artista es inevitablemente un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política, probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética.” (Vallejo, 1978: 253)

Luego el poeta precisa, diáfanamente, las tareas del creador: “El artista no se circunscribe a cultivar nuevas vegetaciones en el terreno político, ni a modificar geológicamente ese terreno, sino que debe transformarlo química y naturalmente.” (Vallejo: 1978: 154)

Finalmente, el autor de Trilce hacía esta advertencia a sus pares que confundían las instancias: “Sepa usted distinguir las conveniencias políticas del arte de las conveniencias artísticas de la política.” (Vallejo, 1978: 261)

Por su parte, Jean-Paul Sartre (1905-1980), de igual manera sobre el tópico en debate, escribió: “Todo escrito posee un sentido, aunque este escrito diste mucho del que el autor sonó dar a su trabajo. Para nosotros, en efecto, el escritor no es ni un Vestal ni un Ariel; haga lo que haga, `está en el asunto´, marcado, comprometido. Hasta su retiro más recóndito.” (Sartre, 1990: 9)

Una página después, el autor de El ser y la nada, insiste: “Aunque nos mantuviéramos mudos y quietos como una piedra, nuestra misma pasividad sería una acción. Quien consagra su vida a hacer novelas sobre los hititas tomaría posición por esta abstención misma. El escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Cada silencio también.” (Sartre, 1990: 10)

Finalmente, como el anteriormente citado, hace una advertencia a los literatos comprometidos: “Recuerdo, en efecto, que, en la `literatura comprometida´, el compromiso no debe, en modo alguno, inducir a que se olvide la literatura y que nuestra finalidad debe estribar tanto en servir a la literatura infundiéndole una sangre nueva como en servir a la colectividad tratando de darle la literatura que le conviene.” (Sartre, 1990: 24 y 25)

Terminemos este debate con la opinión del novelista Alejo Carpentier (1904-1980). Sobre el tópico en cuestión, el mencionado sostenía: “…de todos modos queda uno comprometido, porque quien no se compromete se compromete. No comprometerse es una forma de comprometimiento. Por lo tanto hay que saber con qué se compromete uno, y al hacerlo, hacerlo con los principios, con las ideologías que pueden ser consideradas como las de una buena causa.” (Carpentier, 1981: 29)

Los puntos de vista de los 3 citados son claros que no merecen hacer más comentarios. Menos aclaración alguna. Si lo mencionado se da en la teoría, en la práctica, la historia es distinta. La relación “armónica” entre compromiso político revolucionario y arte revolucionario de alto nivel daría la impresión que es una meta cercana a lo imposible. El artista revolucionario tiene que navegar artísticamente contra la corriente. Artísticamente traspasar las duras vallas de las costumbres establecidas. Emprender el camino de: sensibilizar la razón. Luego, hacer el camino de retorno: racionalizar la sensibilidad.

Esta tarea compromete la existencia, no sólo del artista como tal, sino de la condición humana como totalidad. No obstante este enorme desafío, hay elevados espíritus que sirven como paradigma a las generaciones venideras de artistas comprometidos conscientemente con la trasformación del mundo. Con su compromiso político, con su producción artística, han demostrado que sí es posible, tal vez no llegar; pero sí acariciar la ansiada conjunción: sensibilizar la razón-racionalizar la sensibilidad.

En los últimos 200 años, entre elevados espíritus, mencionemos al dramaturgo Georg Büchner (1813-1837), al poeta Heinrich Heine (1797-1856), al novelista Heinrich Mann (1871-1950), al poeta y dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956). En América Latina, el caso excepcional es César Vallejo. Todos ellos han pasado por la cárcel. Todos ellos salieron al exilio. Algunos de ellos murieron en el destierro. La razón: su artístico compromiso político.

En lo externo, las condiciones socio-políticas, ideológico-culturales de la sociedad peruana fueron casi idénticas. El ambiente de efervescencia social. El deseo de cambio. El mito de la revolución social. En ellos, Heraud y Ángeles socializaron su yo colectivo. Entre el Perú de los años 60 y el Perú de los años 80, la diferencia era de grado, de nombres. Los actores histórico-sociales fueron los mismos. 

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El segundo tema que tiene que ver en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Para adentrarnos en este mundo, la entrevista a Blanca Varela nos abre algunas puertas. Sus respuestas nos franquean ciertas ventanas. Ella aborda el tema personal del ser, escribir, vivir. Sus palabras son como siguen: “Sucede que ahora quiero parecerme más a lo que escribo; quiero aceptar a la persona que soy. Que no mistifique un ser: `el ser poético´, como hacen muchos poetas que en la vida pueden ser unos cerdos, pero son ángeles cuando escriben.” (Ángeles, 2015: 64)

La verdad de las verdades es que el mundo del arte (hay que hacerlo extensivo a la producción de ideas) está casi enteramente copado por los primeros, los segundos escasean notablemente. En el libro que comentamos, de los muchos personajes que desfilan por sus páginas, hay 2 nombres que podrían simbolizar, en alguna forma, los arquetipos mencionados por la poetisa citada. Todo al margen de las simpatías-antipatías ideológico-políticas que podrían existir. Pablo Neruda (1904-1973) y Jorge Luis Borges.

Entre los 2, hay algunos datos que se cruzan. Nacieron en el mismo continente. Escriben en el mismo idioma (5). Son de la misma generación para unos. De la misma promoción para otros. Son conocidos en el mundo de la literatura. Los 2 son poetas. Aunque el segundo se considera cuentista. Es más conocido como tal. Se conocieron personalmente, en Buenos Aires, en 1930. No lograron tener amistad. Los 2 se consideraban anarquistas. Neruda, de izquierda en una primera etapa. Borges, de derecha hasta el final.

Las diferencias son mucho más acentuadas. Comenzando con su producción artística. En la poesía. Neruda es más de adjetivos. Borges es más de sustantivos. El primero es más de figuras. El segundo es más de conceptos. Neruda es de frases largas que tocan la piel. Borges es de frases cortas que alimentan el cerebro. Neruda es del verbo colorido, de tono grandilocuente. Borges es de verbo claro, que se mueve subterráneamente. Neruda es poeta de la geografía. Borges es poeta de la fantasía. El primero daría la impresión que fabrica libros, que escribe por encargo. Es menos “original”. (6). El segundo escribe por necesidad, los motivos le viene a él. Es más “original”.

Sobre estas 2 formas de poetizar no hay martillo para dictar sentencia. Para esta forma de expresión espiritual no hay juez en el mundo. En el arte, en la poesía, antes que reglas hay tendencias. En estas crepitaciones del espíritu, antes que leyes hay pinceladas. En la comida, en el amor, en el arte, el gusto, orientado-construido, tiene su juego.

En el plano ideológico-político, las diferencias son mucho más evidentes. Neruda, autodeclarado comunista. Militante del Partido Comunista de Chile. Senador de la república. Desde 1930, varias veces cónsul del Estado chileno. Embajador del mismo en no menos de 2 países. Asistente a muchos eventos antifascistas. Miembro del Consejo Mundial de la Paz. Él se declaraba ser un poeta conscientemente comprometido ideológica y políticamente con la causa de la revolución, del socialismo.

Por su lado, Borges está en la antípoda del antes nombrado. Cuando él tuvo la oportunidad de definirse ideológica-políticamente, dijo: “… soy un anarquista conservador.” ¿Qué quiso decir con ello? ¡Nadie lo sabe! (Recordemos que muchos fascistas declararon lo mismo). Su conservadurismo desbrozado lo llevó al anticomunismo. Su conservadurismo elitista generó su rechazo al movimiento justicialista. Al mismo tiempo lo indujo a apoyar regímenes fascistas como el de Augusto Pinochet (1915-2006). De igual modo escribió: “Adentro esta la cámara letal. Dicen que lo inventó un filántropo cuyo nombre, creo, que era Adolfo Hitler.” (Borges, 1975: 214)

Finalmente lo llevó, de ser verdad lo que Manuel Scorza (1928-1983) dijo de él: “Hay afirmaciones suyas que considero absolutamente inaceptables. Hoy, para nosotros, un escritor debe ser, fundamentalmente, un ser humano. ¿Cómo aceptar, aunque escriba obras hermosas, la afirmación de un hombre que dice que la solución del problema chino es tirar la bomba atómica en China? Hoy la estética ya no es ningún pretexto para disimular una carencia ética.” (Campra, 1987: 183)

Con estos antecedentes, finalmente en el plano personal, en el diario vivir, las diferencias son abismales. Pablo Neruda fue llamado, por sus allegados primero, por algunas otras personas después, como “chancho”. Con lo de “cerdo” de Blanca Varela es sólo una feliz-infeliz coincidencia. Lo de “chancho”, ¿era por su aspecto físico? ¿Era por su conducta personal? Es posible que haya sido por las dos cosas al mismo tiempo.

Intentemos una explicación. Vivir en el derroche, en permanentes y suntuosas celebraciones sin tener dinero. Rendía culto a las cosas hasta el exceso (joyas, ropa, casas, autos) adquiridas con dinero que sólo él y Dios saben de dónde venía. Vivir a cuerpo de rey, por el mundo, con el dinero de Delia del Carril (1884-1989). Una rica estanciera argentina. Abandonar en las peores condiciones a su hija, des-capacitada, Malva Marina Reyes (1935-1943), que tuvo con la ciudadana holandesa María Antonieta Haagener. Recibir premios fabricados en la Unión Soviética y fabricados por la CIA sin ninguna mala conciencia. Negar pasajes a César Vallejo, Vicente Huidobro (1893-1948) y Nicolás Guillén (1902-1989), además de negarle la condición de poeta a este último, para asistir al Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura, 1937, celebrado en Madrid. El argumento: sus compañeras no eran militantes comunistas. Las mencionadas son algunas de las perlas en la vida diaria del “chancho” Neruda. Nada de esto aparece en Confieso que he vivido.

Después de recibir el Premio Nóbel de literatura, se autoconsideró el poeta más grande de lengua castellana. Gabriel García Márquez (1927-2014) dijo que “Él es el más grande poeta del Siglo XX en cualquier idioma.” Un ególatra sin límites que se vendía “de comunista”, estaba de moda esta postura, para estar siempre en la cresta de ola de los acontecimientos de cualquier naturaleza que fueran.

Si nos orientamos por la información que nos brindan Adolfo Bioy Casares (1914-1999), en su libro titulado Borges y Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) en el suyo titulado Jorge Luis Borges: Biografía literaria, nos damos cuenta que “el anarquista conservador” Jorge Luis Borges está en la antípoda del “comunista” Pablo Neruda.

Su sencillez en el diario vivir y su timidez en el trato con otras personas, que no comenzó con la ceguera ni la tartamudez, son bastante conocidas. Su deseo de pasar desapercibido sin escándalos ni estriptis. Su vivienda pequeña, en un edificio, con lo elemental para vivir y escribir. Siempre fue solidario con los que necesitaban. Reñido con la pomposidad y el derroche. El dinero le fue indiferente, porque él escribió: “… la posición de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.” (Borges, 1975: 206)

Por último, ni siquiera se consideraba escritor. Leamos estas declaraciones: “Si yo tuviera que definirme diría un escritor, aunque tal vez sería mejor decir un lector, ya que yo creo ser mejor lector que escritor.” (Pérez, 2016: 16)

Esta idea la hace extensiva a toda su obra publicada. Para él, ésta no tiene mayor valor. Salvo El libro de arena. Leamos: “Para mí, mi mejor libro es el que se titula El libro de arena. Es de fácil lectura, es un libro breve, no uso ninguna palabra que requiera el uso del diccionario. (…) El libro de arena es el único del que estoy satisfecho. Tal vez el tiempo juzgue así también y borre los demás, que son realmente borrables borradores.” (Pérez, 2016: 16)

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Pablo Neruda, en Veinte poemas de amor y una canción desesperada y en Residencia en la Tierra, hizo poesía. Pero se olvidó del compromiso político. En España en el corazón (7) y Las uvas y el viento, hizo compromiso político. Pero se olvidó de la literatura. El canto general es un poemario salido de la fábrica. Fue escrito a pedido. Confieso que he vivido son las memorias para el autoelogio. Para justificar casos y cosas. Por el lado de Borges la situación es distinta. Él, antes que poeta, se considera cuentista. Su espíritu de “Anarquista conservador” imprimió su sello a toda su producción. No pretendió nada más. Dentro de su concepción del mundo, de su filosofía de la vida, plasmó lo que había querido y podido. Su consecuencia y coherencia es prístina. No hay lugar a reclamo.

La pregunta es: ¿Lograron los mencionados, a través de su producción artística-literaria, ese ideal de sensibilizar la razón, de razonar la sensibilidad? ¿Acariciaron la zona claroscuro donde se acometen las palpitaciones del corazón con las cavilaciones del espíritu? En otras palabras, ¿consiguieron desflorar el capullo donde se almacigan las glorias-penas de la condición humana? El alma. La vida. En la medida que: “El arte tiene que desvelarnos ideas, esencias espirituales sin formas. La cuestión suprema en una obra de arte reside en cuán profunda la vida puede emanar de ella.” (Joyce, 1996: 184)

Nosotros no estamos muy seguros. Las dudas nos asaltan. Finalmente creemos que no. De ser lo contrario, el paso de los siglos lo demostrará. Homero (s.VIII.a.e.), Dante Alighieri (1265-1321), Friedrich von Schiller (759-1805), Oscar Wilde (1854-1900), César Vallejo, les harán lugar seguro en el universo de la literatura.

Por otro lado: ¿Qué hay de los “cerdos” en la vida diaria? ¿Qué hay de los “ángeles” cuando escriben? A ellos se refiere Blanca Valera. En el caso de Neruda, el apodo de “chancho” es un indicio que lo emparenta con unos. En el caso de Borges, con su ceguera, su tartamudez, su timidez, lo acerca a los otros. Salvo mejor parecer.

Una vez más, esta polémica entre “revolucionarios” y “conservadores”, no es nueva. Allá por los años 20, del Siglo XX, José Carlos Mariátegui (1893-1930) se encontró con una disyuntiva parecida. Tenía al frente un poeta conservador. Incluso con marcadas tendencias ideo-políticas fascistas. Leopoldo Lugones (1874-1938). No obstante ello, en una carta dirigida a Samuel Glusberg (1898-1987), en mención al punto, dijo lo siguiente: “Estoy políticamente en el polo opuesto de Lugones. Soy revolucionario. Pero creo que entre hombres de pensamiento neto y posición definida es fácil entenderse y apreciarse, aun combatiéndose. Sobre todo, combatiéndose. Con el sector político con el que no me entenderé nunca es el otro: el del reformismo mediocre, el del socialismo domesticado, el de la democracia farisea. Además, si la revolución exige violencia, autoridad, disciplina, estoy por la violencia, por la autoridad, por la disciplina. La acepto, en bloque, con todos sus horrores, sin reservas cobardes. En Lugones he admirado siempre al artista, al pensador que se expresa sin equívoco y sin oportunismo. Ideológicamente estamos en campos adversos. Me aflige que él refuerce con su nombre y con su acción a los conservadores. Aunque siempre es una ventaja encontrarse con adversarios de su estatura.” (Mariátegui, 1984: 79)

En lo transcrito podemos percibir fácilmente quién encarnaría, en este comentario, al conservador. Y quien encarnaría, en el mismo, al supuesto socialista. Con el conservador se puede entender y confiar porque él dice lo que hace, hace lo que dice. Con el socialista, oportunista, falso, arribista, no hay manera de entenderse ni combatiéndose ni confraternizando. Como persona, en la vida diaria, Borges era cercano a un ángel. Como persona, en la vida diaria, Neruda, sus allegados, lo llamaban “chancho”.

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César Ángeles cierra el libro con el encuentro de la poesía. En uno de los párrafos, dice: “Quizás mi hallazgo de la poesía haya sido todavía anterior, o -como dicen ahora- incluso ya en el vientre de mí madre haya tenido mis primeros roces y audiciones con la poesía, si es verdad -como parece- que poesía es toda vida y emoción que nos impacta el corazón.” (Ángeles, 2015: 188)
Este encuentro, que es recordado después de casi 40 años, no sólo se queda en la intimidad del ser. Como se podría desprender de una primera lectura. Este ser íntimo, que lleva en las manos su descubrimiento, la poesía, se rebela, se desdobla, se realiza. Para decirlo con Jean-Paul Sartre “… el ser devino existir”. Allí estriba su mérito. En eso descansa su grandeza.

Cedamos la palabra al autor para que nos explique el proceso de tránsito del ser al existir. El poeta dice: “El hallazgo de la poesía tiene relación con el otro verdadero, con el trabajo, con el amigo, con la dignidad de vivir -y de morir- , con nuestro niño y niña. El hallazgo de la poesía depende mucho de ti, en condiciones normales de existencia. Y es, una vez más, el amor. El oculto, deformado, silencioso amor. El que de tanto, asusta. El que de tanto poco, mata.” (Ángeles, 2015: 190)

Para Ángeles, el concepto de amor trasciende los linderos de lo trivial. Desborda los límites de lo prosaico. Este concepto es elevado a una de las más altas conquistas de la condición humana. En esta valoración, se da la mano con muchos de su especie. El extraordinario Óscar Wilde (1854-1900) fue de la misma opinión. Leamos: “Me hizo comprender lo que es la vida y lo que significa la muerte y por qué el amor es más fuerte que ambas.” (Wilde, 1985: 193)

En este proceso de búsqueda, en la “relación con el otro”, hay una figura central en la producción literaria, en el compromiso político, del autor aquí comentado. Él es el joven, poeta-guerrillero, Javier Heraud (1942-1963). Hay mucho en común entre el admirado y el admirador. La extracción social, el barrio donde nacen y viven, los colegios privados que visitan, la universidad donde estudian, la profesión que eligen, es la misma. La diferencia temporal sólo es de 20 años.

En lo externo, las condiciones socio-políticas, ideológico-culturales de la sociedad peruana fueron casi idénticas. El ambiente de efervescencia social. El deseo de cambio. El mito de la revolución social. En ellos, Heraud y Ángeles socializaron su yo colectivo. Entre el Perú de los años 60 y el Perú de los años 80, la diferencia era de grado, de nombres. Los actores histórico-sociales fueron los mismos. Los de abajo que se rebelan. Los de arriba que reprimen. La diferencia fue que el primero fue poeta-guerrillero-murió. El segundo se quedó en poeta-vive.

El primero pereció en su intento por tomar el cielo por asalto. De él queda su muerte como expresión de su vida. Javier Heraud feneció en éste y con este poema. En las primeras estrofas se lee: “Porque mi patria es hermosa como una espada en el aire, y más grande ahora y aún más hermosa todavía, yo hablo y la defiendo con mi vida. No me importa lo que digan los traidores, hemos cerrado el pasado con gruesas lágrimas de acero.” (Heraud, 1976: 29)

Por su parte César Ángeles vive en éste y con este poema. El que en la última parte, dice: “Y la poesía es un relámpago maravilloso, una lluvia de palabras silenciosas, un bosque de latidos y esperanzas, el canto de los pueblos oprimidos, el nuevo canto de los pueblos liberados. Y la poesía es entonces, el amor, la muerte, la redención del hombre.” (Heraud, 1976: 39)
Finalmente, ponemos punto final a este desfile de conceptos, figuras, metáforas, personajes, diciendo que los encuentros-desencuentros, las penas-glorias, las voces-silencios, los cerdos-ángeles, aunque que no sean de nuestro agrado, todos son aceptados, porque, al margen de buenas-malas intenciones, “Todo lo humano es nuestro.”

Notas
(1).- En América del Sur, entre 1900 y 1935, se publicaron algunos libros donde queda marcado, en los títulos, esta influencia organicista. Veamos algunos de ellos: Manual de patología política del argentino Agustín Álvarez, El continente enfermo del venezolano César Zumaeta, Enfermedades sociales del argentino Manuel Ugarte, Pueblo enfermo del boliviano Alcides Arguedas, La locura en Argentina del argentino José Ingenieros, Radiografía de la pampa del argentino Ezequiel Martínez Estrada. En el Perú, de igual modo, este fenómeno se repitió. Uno de los más celebres fue Carlos Miró-Quesada con sus libros: Radiografía de la política peruana y Autopsia de los partidos políticos en el Perú.
(2).- Alfonso Tealdo Simi (1914-1988) en el pasado, César Hildebrandt (1948-) en un tiempo más cercano, podrían ser los prototipos del estilo de periodistas donde el ego es muy grande, en el Perú.
(3).- El filósofo, en el libro Metafísica, plantea esta conocida triada respecto a lo que venimos hablando. “De la identidad, de la no contradicción y del tercio excluido.”
(4).- Las más conocidas definiciones sobre el Perú son: “Para mí el Perú es un chiste” (Piérola). “El Perú es un organismo enfermo, donde se le aplica el dedo brota pus.” (Gonzales Prada). “El Perú soy yo” (Leguía). “El Perú es todavía una nacionalidad en formación.” (Mariátegui). “El Perú es un problema; pero también una posibilidad.” (Basadre). “El Perú es un Estado multinacional.” (Martínez de la Torre). “El Perú es un país terrible, donde todo está por hacerse.” (Vargas Llosa) “El Perú es un burdel.” (Macera). A estas definiciones se podrían agregar muchas más como que: “El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”, “El Perú es un poncho”, “El Perú es un plato de ceviche”, “El Perú es una mierda”, “El Perú es una fiesta chichera”, etc.
(5).- Borges, a decir de Rodríguez Monegal, despreciaba el idioma español. Porque era el idioma que hablaban las sirvientas, el barredor y el pulpero. Él habló, hasta los 6 años de edad, sólo inglés. Lo hizo con su abuela materna que lo tuvo bajo su cuidado. Ironías de la vida. En inglés, de igual modo en los otros idiomas que Borges hablaba, no ha dejado nada. Mínimo, nada importante.
(6).- El escritor Juan José Sebreli (1930-), en torno al poeta hindú Rabindranath Tagore (1861-1941) y Pablo Neruda, escribió al respecto lo siguiente: “… a partir de la traducción por André Guide de su colección de poemas Gitanjalí. Su fama alcanzó hasta las ciudades del Lejano Occidente donde el poeta chileno Pablo Neruda llegó casi al plagio en Veinte poemas de amor y una canción desesperada.” (Sabreli, 1992: 225)
Este llegar “casi al plagio” ocurrió también con el poema titulado La canción desesperada. Nombre y contenido que tiene mucho de parecido con el poema Canción desesperada que aparece en la novela Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes (1547-1616)
(7).- Neruda dice que el libro se imprimió en el frente de guerra. Que los partisanos españoles tuvieron que fabricar el papel para poder materializarlo. De igual manera que los guerrilleros en cuenta de cargar su ropa o alimentos, en costales cargaban el libro suyo. Leamos: “Mi libro era orgullo de esos hombres que habían trabajado mi poesía en un desafío a la muerte. Supe que muchos habían preferido acarrear sacos con los ejemplares impresos antes que sus propios alimentos y ropas. Con los sacos al hombro emprendieron la larga marcha a Francia.” (Neruda, 2003: 157)

Bibliografía

-Adorno, Theodoro Dialéctica de la Ilustración. Editorial Trotta, S.A (Madrid) 2004.
-Aristóteles Metafísica. Espasa Calpe (Madrid) 1988.
-Borges, Jorge Luis El libro de arena. Emecé Editores (Buenos Aires) 1975.
-Campra, Rosalba América Latina: La identidad y la máscara. Editorial Siglo XXI (México) 1987.
-Carpentier, Alejo La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos. Editorial Siglo XXI (Madrid) 1981.
-Hall, Stuardt Sin garantías. Tarea Asociación Gráfica Educativa (Lima) 2010.
-Heraud, Javier Poesías completas y cartas. Biblioteca peruana (Lima) 1976.
-Joyce, James Ulises. Editorial Planeta S.A (Barcelona) 1996.
-Mariátegui, José Carlos Correspondencia. T.I. Editorial Amauta (Lima) 1984.
-Neruda, Pablo Confieso que he vivido. Mondadori, S.A (Barcelona) 2003.
-Pérez, Claudia Entrevista inédita a Borges “Soy un anarquista conservador”. En: El país (Madrid) 14-06-2016.
-Sartre, Jean-Paul Situación dos. ¿Qué es la literatura? Editorial Losada (Buenos Aires) 1990.
-Sebreli, Juan José El asedio a la modernidad. Editorial Ariel (Barcelona) 1992.
-Vallejo, César Desde Europa. Crónicas y artículos (1923-1938) Ediciones Fuente de cultura peruana (Lima) 1987.
-Wilde, Óscar El ruiseñor y la rosa. Editorial arte y cultura (La Habana) 1985.

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