Añadir nuevo comentario

Un cineasta junto al cielo

Ronald Arancibia en pleno rodaje en San Antonio. Foto: Martín Vargas.

Cuando, por la mañana, digamos 07:00 am, algún forastero arriba a la plaza de Julcán, luego de haber viajado por tres horas desde la ciudad de Trujillo y haber subido una cuesta que parece interminable, descubre que el frío se abraza a uno como si buscara compañía. Trepa rápidamente por los pies, se abriga en las extremidades y toma posesión de cada hombre, mujer o niño que se atreva a transitar por tan gélida región.

A esa hora, alrededor de la mencionada plaza, unos pocos vendedores se apuestan en la acera para iniciar el diario comercio. Ofrecen alimentos para el desayuno a quien se encuentre transitando por allí, mientras que el vigía nocturno de la municipalidad observa con cierta inquietud su reloj para confirmar que aún queda una última hora antes de ser reemplazado por otro miembro del serenazgo local.

En Julcán muchos despiertan a tempranas horas de la mañana para empezar los quehaceres del hogar, alistarse para ir a trabajar en algunas de las oficinas públicas de la zona o asistir al colegio.  Esto solo ocurre en la zona urbana de la provincia. A esa misma hora, en las alturas de la región, hombres y mujeres de la tierra, campesinos, gente del campo, se encuentran ya despiertos realizando el duro trabajo agrícola en los sembríos de la provincia.

La primera vez que Ronald Arancibia visitó Julcán pensó que nunca antes había estado en un lugar tan frío. Con temperaturas que oscilan entre los 7 y los -10 grados, la provincia liberteña de Julcán es un lugar muy duro para alguien que llega de la desértica costa peruana. Ronald Arancibia, egresado de la Facultad de Ciencias de Comunicación de la Universidad Peruana Antenor Orrego, natural de Trujillo y cineasta solitario, llevaba varios años buscando descubrir una imagen que pudiera llevarlo a concretar el proyecto de realizar una película. En el abrasador frío de Julcán encontró esa imagen. Y es posible que –sin saberlo- hallara algo más.

En Santa Apolonia, uno de esos alejados caseríos, Ronald encontró una familia que lo acogió como uno más de la casa.

Hace un año, cuando José Luis Lescano, amigo suyo, entusiasta del cine y la fotografía, lo invitó a sumarse a un equipo que iría a trabajar durante algunos días a Julcán, Ronald accedió sin dudarlo, más que nada por una incesante necesidad económica antes que por un interés genuino en la región, sin imaginar que en ese viaje encontraría algo nunca antes visto por sus ojos, un nuevo mundo, algo ajeno al sol, la arena y las playas de su natal Trujillo.

Julcán es una de las 12 provincias que conforman el departamento La Libertad. Esta región, ubicada en el norte del territorio peruano, tiene una extraña forma de H que se extiende desde el mar hacia la cordillera los Andes. Creada el año de 1961, la provincia de Julcán se compone por 4 distritos: Julcán, Huaso, Carabamba y Calamarca.

Luego de finalizado el trabajo en Julcán, José Luis le dijo a Ronald que allá arriba, en las alturas de la provincia, había una pareja que dedicaba su vida al cultivo y cuidado de diversas variedades de la papa nativa. Entonces Ronald, sin dudarlo, tomó prestada una cámara y subió para observar aquel mundo del que apenas sabemos en las ciudades: la vida del hombre campesino y el constante trabajo en una naturaleza tan agreste.

Julcán - y aquí me refiero al distrito- tiene alrededor de 50 caseríos. Pampán, Huaso, Huasochugo, Unigambal, Calamarca, Carabamba, San Antonio, El Rosal, La Victoria, San Pedro, Carrapalday Chico, Carrapalday Grande y Santa Apolonia son solo algunos de los caseríos adonde llegó Ronald gracias al apoyo de Fernando Cruz, gerente de Turismo de la Municipalidad Provincial de Julcán, quien luego de conocer a Ronald decidió brindarle el apoyo que estuviera en sus manos para que nuestro joven cineasta pudiera conocer el campo serrano de La Libertad.

En Santa Apolonia, uno de esos alejados caseríos, Ronald encontró una familia que lo acogió como uno más de la casa. Allí, en medio de sembríos de papa nativa y atentos bueyes, don Ermitaño Lozano y su esposa, la señora Santos, acogieron a Ronald como un hijo que regresa a casa luego de haber abandonado su tierra natal. Gracias a ellos, Ronald aprendió a reconocer las señales del cielo, a comer siempre caliente y abrigarse de forma adecuada para soportar las temperaturas que en cuestión de segundos pueden quitarle la voluntad incluso al más rebelde. Ese frío que por las noches hace insoportable la soledad para un joven llegado del desierto.

Tal encuentro permitió que Ronald centrara su atención en las preguntas que debía plantearse si quería continuar con este proyecto. Y así lo hizo.

Durante esas primeras noches de intenso frío, Ronald buscó en su memoria imágenes que creía haber vivido anteriormente. Entonces recordó las historias que su padre le contaba sobre la vida en el campo.  Y en medio de esos recuerdos, el quiebre, la familia, los sangre y los caminos recorridos por sus padres años atrás desde Julcán hacia la ciudad de Trujillo, del campo a la ciudad, el camino del progreso.

Fue durante esas solitarias caminatas por el espacio vacío que le ofrecían los Andes que Ronald pensó en mostrarnos la vida del hombre de campo. Sumergirse en la quietud  de la vida campesina, alejarse de la vorágine urbana y retratar la existencia de un mundo aun ligado al trabajo de la tierra.

Cuando hace poco más de un mes el proyecto fue seleccionado para participar de unas asesorías organizadas por Corriente: Encuentro Latinoamericano de Cine de No Ficción en la ciudad de Arequipa, Ronald pudo conversar con diversos realizadores cinematográficos, tales como Madi Piller, Mauricio Godoy, Carlos Cárdenas, entre otros. También le sirvió de mucho conversar e intercambiar puntos de vista con los jóvenes realizadores de Chile, Bolivia y Ecuador, que como él habían llegado a Arequipa para encontrar la forma adecuada de contar sus historias.

Tal encuentro permitió que Ronald centrara su atención en las preguntas que debía plantearse si quería continuar con este proyecto. Y así lo hizo.

La búsqueda de Ronald por las raíces que alguna vez tuvieron sus padres lo han llevado a internarse en los caseríos de la sierra liberteña. Él dice que no quiere visitar aquellas localidades como lo haría un turista: pasear por los pueblos, obtener un encuadre bonito y regresar a la ciudad. Por ello, se interna y convive con quienes que lo han acogido como un miembro más de la familia. Come con ellos en la mesa familiar y conversa sobre sus problemas como si fuera el hijo que regresa luego de varios años a reencontrarse con sus padres.

Ronald Arancibia Arroyo continúa registrando la vida en las alturas del departamento de La Libertad en el Perú y en su incierto deambular busca encontrar el camino de su propia historia familiar.

Colaboraciones