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Teoría política y confusión de términos

La evolución del pensamiento político ha traído consigo una gran confusión en el uso de determinados términos o palabras. Es frecuente, así, encontrar una equivalencia entre lo que podríamos denominar “estatista” y “de izquierda”. Esto parece tener origen en que la izquierda marxista, hoy casi extinta, promovía una economía dirigida y una gran intervención del Estado. En realidad, estamos hablando de dos aspectos o ejes diferentes. Como se puede ver en las ilustraciones, en el eje vertical los extremos están constituidos, por un lado, por lo que los anglosajones llaman “libertario” (libertarian), que preferiría que el Estado no interviniera o que lo hiciera mínimamente, y, por el otro, por el nombrado “estatista”, que, contrariamente, defiende una gran participación del Gobierno.

En el eje horizontal (derecha-izquierda)(1), los extremos son, por un lado, los conservadores (derecha), y, por el otro, los liberales o progresistas; es decir, los que prefieren mantener el statu quo (conservadores) y los que exigen cambios (liberales). Resulta bastante obvio que, por regla general, los primeros defienden sus intereses, mientras los segundos creen que el sistema requiere de cambios.

Aunque sin duda hay muchos matices en lo antes afirmado, como es de esperar, hay un tercer grupo, constituido por los que no están a los extremos, y que se podrían denominar “moderados”, que están en el centro de los ejes (vertical y horizontal) y que sostienen que el Estado debe tener una participación y que son necesarios cambios en el sistema, pero que no se deben hacer bruscamente.

Con este panorama, es difícil que en la prédica política un partido o grupo se sitúe en los extremos, y lo es más que se autodenomine “conservador”, porque resultaría en completa minoría y con muy pocas posibilidades de ganar una elección, por la sencilla razón de que siempre hay muchos descontentos. En consecuencia, es frecuente encontrar partidos o grupos conservadores que hacen lo posible por no parecerlo, pero que sin duda defienden la prevalencia del statu quo que los favorece.

Por otro lado, la caída del Muro de Berlín ha resultado en que la defensa del estatismo o Estado totalitario haya decrecido hasta niveles muy bajos. La discusión, hoy, se da más bien entre liberales extremos y los que podrían considerarse keynesianos, es decir, los que creen que el mercado no soluciona todos los problemas e insisten en la participación del Estado o del Gobierno en la vida económica de los pueblos.

Es frecuente encontrar partidos o grupos conservadores que hacen lo posible por no parecerlo, pero que sin duda defienden la prevalencia del statu quo que los favorece.

Otro elemento al que ciertos grupos quieren cerrar los ojos es la evolución en el pensamiento de quienes fueron parte de la izquierda marxista de la década de 1970. He tenido la oportunidad de conversar con algunos de los miembros de estos grupos y casi todos aceptan la necesidad actual de la economía de mercado —por supuesto, con un Estado muy presente que equilibre la repartición de la riqueza mediante los impuestos—. Es común ver cómo ciertas personas siguen insistiendo en criticar posiciones que ya no existen o que están en una minoría casi extinta.

Suele también aseverarse que la derecha es trabajadora y creadora de riqueza y que la izquierda pretende repartir la pobreza, suponiendo, como he indicado, que la última sigue en sus antiguas posiciones marxistas. Sin embargo, fue más bien Marx quien defendió el trabajo como único factor de la producción y quien criticó la rentabilidad recibida por el capital por considerar que su origen era ilegítimo (la plusvalía).

Como buen aristotélico, no creo en los extremos, por lo que considero que el término medio suele ser la mejor alternativa. Aunque soy un beneficiado con el sistema, no soy conservador y creo que hay muchas cosas por mejorar, pero considero que los grandes cambios requieren de la educación y maduración de las poblaciones, quienes llegarán a exigirlos en su momento. Los gobiernos vistos con distancia solo hacen eco de lo que sus pueblos les exigen. Como he dicho muchas veces, las reformas y las transformaciones difícilmente se hacen desde arriba: es la sociedad la que tiene que demandarlas. 

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(1) Es interesante percatarse de que la distinción entre derecha e izquierda tuvo sus orígenes en el lugar que ocupaban los Estados Generales Franceses después de la Revolución de 1789, cuando la nobleza tomó el lugar de honor a la derecha del Rey, mientras los integrantes comunes del “tercer Estado” se sentaban a la izquierda. No tenía nada que ver con el capitalismo embrionario de la época. En el siglo XIX la izquierda francesa estaba por encima del resto de republicanos y se identificó mucho con el anticlericalismo y, más tarde, con la oposición al antisemitismo que se manifestó con el caso Dreyfus. Como resultado de estos sucesos, el Partido Radical Socialista, altamente burgués, insistió en seguir a la izquierda (Brittan, Samuel: “Cuidado con la falsa diferencia entre izquierda y derecha”. Diario El Comercio, Lima, 17-4-2012, p. B-16.

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