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¿Qué significa dialogar?

La palabra diálogo pareciera evocar para algunos una necesidad y para otros una trampa. La primera perspectiva es siempre manifestada cada vez que se desborda un conflicto social y se enrumba por el camino de la protesta y la violencia. La Defensoría del Pueblo cree que el diálogo debe ser la bandera que guíe la prevención y solución de los conflictos sociales, como lo sugiere el libro titulado Ante todo, el diálogo (Lima, 2005). Otros piensan, más bien, que el diálogo —y, más aún, las Mesas de Diálogo— son mecanismos de profunda sospecha, pues producen la desmovilización del movimiento social y su fatiga por el efecto “mecedora” del proceso.

Esta paradoja también es expresada en la experiencia de diálogo del país. Por un lado, las llamadas Mesas de Diálogo, que ahora cuentan con denominaciones diversas como Mesas de Alto Nivel, Mesas de Trabajo, Grupo de Trabajo o Mesas Multisectoriales, han creado efectivamente mayor frustración o no han logrado transformar una situación de conflicto en una oportunidad para el cambio social constructivo. Sin embargo, el Perú puede jactarse de contar con procesos de diálogo vinculados al sector extractivo que han dado muy buenos resultados, como la Mesa de Diálogo de Tintay(1) a o el Grupo de Diálogo Minería y Desarrollo Sostenible.

Sin embargo, las diversas connotaciones del término siempre nos invitan a formular la misma pregunta: ¿Qué entienden ustedes por diálogo?

Hacia una mejor comprensión del diálogo
En gran medida, la falta de una comprensión común sobre el término diálogo tiene que ver no solo con las malas experiencias en cuanto a la implementación de este tipo de mecanismos, sino también con que el término suele entenderse, en un sentido amplio, como acto de conversar, hablar e intercambiar ideas. Una verdad a medias y, por tanto, insuficiente, aunque importante, puesto que se reconoce a la palabra, mas no a las acciones (muchas, violentas), como las que definen el resultado de un conflicto.

Para otros, en cambio, dialogar puede significar seguir la confrontación a través de la palabra, de modo respetuoso o irrespetuoso. En el primer modo estamos ante lo que técnicamente denominamos debate. Allí se busca convencer, persuadir y prevalecer a partir de argumentos. Sin embargo, eso no es diálogo.

Tampoco es diálogo aquel en el cual se busca obtener resultados inmediatos, lograr beneficios, realizar concesiones. Allí lo que tenemos es una negociación que se produce en muchos procesos erróneamente denominados de “diálogo” para salir de una crisis. Importa la desescalada del conflicto y entrar en una fase de normalización de las conductas. Menos aún será diálogo aquellos que buscan finalidades mezquinas como ganar tiempo, debilitar al otro, firmar actas que no se van a cumplir o, sencillamente, engañar. Esto lamentablemente también suele suceder con cierta frecuencia.

Habría que asociar el diálogo con una fuente de cristal, una suerte de continente que muy delicadamente se construye y que, por tanto, podría estropearse fácilmente. Ese continente tiene como su insumo principal el ‘cristal’ de la confianza que no siempre existe pero que debe construirse de a pocos. Ese cristal se construye ―como dice Hal Saunders―, a través de un “proceso de genuina interacción mediante el cual las personas cambian gracias al aprendizaje adquirido por su profunda disposición a escuchar. Cada una de ellas se esfuerza por incluir las inquietudes de los otros en su propia perspectiva, aun cuando el desacuerdo persista. Ninguno de los participantes renuncia a su identidad, pero cada uno reconoce suficientemente la validez de las reivindicaciones humanas de los demás, y en consecuencia actúa en forma diferente hacia los otros” (Manual de diálogo democrático, 2008, pp. 20-21; cursivas añadidas).

Tal es la necesidad de precisar el verdadero significado del término diálogo, que organizaciones como ACDI, IDEA, OEA y PNUD han requerido adjetivar el término como “diálogo democrático”, “diálogo verdadero”, “diálogo transformativo” o “diálogo genuino”, y elaborar materiales como el magnífico texto Diálogo democrático: Un manual para practicantes, para recuperar su legitimidad y fomentar las buenas prácticas.

Como podemos apreciar, la experiencia mayoritaria de “diálogo” no ha tenido un balance positivo en nuestro país, ya que este tipo de procesos que se han abierto como necesidad de poner fin a conflictos que han alcanzado su peor momento (crisis) no han dado los mejores resultados. Más bien nos hemos topado con experiencias de negociación política muy dura, como en el caso del proceso de “diálogo” post-Bagua, denominado Grupo Nacional de Coordinación para el Desarrollo de los Pueblos Amazónicos(2) que, a pesar de haber tenido momentos dialógicos muy positivos entre los diversos integrantes de los cuatro grupos de trabajo, finalmente no logró consolidar los resultados esperados, entre ellos la Ley de Consulta Previa. Recordemos que ésta, a pesar de contar con la aprobación de las organizaciones e instituciones que participaron en el proceso de diálogo y de las bancadas del Congreso, fue observada por el presidente de la República Alan García el año 2010.

Habría que asociar el diálogo con una fuente de cristal, una suerte de continente que muy delicadamente se construye y que, por tanto, podría estropearse fácilmente.

¿Qué se requiere para que los procesos de diálogo genuino funcionen adecuadamente?
En principio, que cumplan un rol preventivo, puesto que suele invocarse el diálogo en la peor etapa del conflicto, cuando hay confrontación abierta, polarización y violencia. Los proyectos extractivos deberían invertir al menos el primer año de su presencia en el campo para instituir un proceso de diálogo genuino con la población y el Gobierno Local, y solo cuando esté adecuadamente encaminado, iniciar las operaciones mineras. En otros contextos en los que existan actores estatales y ciudadanos, el diálogo genuino debería ser visto como un mecanismo que facilite la participación ciudadana y la democracia en temas prioritarios. En ambos casos, el diálogo:

  • Fortalece una cultura de participación ciudadana.
  • Refuerza una cultura más democrática (participativa y opuesta a la democracia representativa, que se basa en elegir y ser elegido).
  • Promueve la cultura de paz.
  • Cumple una función pedagógica, al fortalecer prácticas y valores democráticos.
  • Es muy útil en procesos de participación ciudadana, interculturalidad y consulta.
  • Es una excelente metodología para la creación o reformulación de políticas públicas.
  • Es un mecanismo de prevención, gestión y transformación de conflictos.

Además, que se conozca que el diálogo genuino exige mayor conocimiento sobre la metodología que demanda el mecanismo. Lo que hemos podido ver en diferentes procesos de diálogo es que este tipo de procesos, al no entendérselos, se improvisan y se convierten en mecanismos afectados por las pugnas de poder para controlarlo. Por tanto, se requiere, antes que nada, real voluntad de construir el proceso de modo igualitario y participativo, la verificación de condiciones para su implementación y, posteriormente, contar con ciertos recursos y capacidades para una gestión apropiada.

Finalmente, se debe reconocer que el diálogo es un proceso que toma tiempo, plantea desafíos y que puede fatigar en algún momento a las partes. Sin embargo, no olvidemos que una vez construida esta fuente de cristal, que tiene como insumo la confianza, los diferentes actores podrán llenar el continente con diversos temas y mecanismos como la solución conjunta de problemas, la negociación de disputas y la solución preventiva de conflictos.

 

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(1) No confundir la Mesa de Diálogo de Tintaya con el proceso del Convenio Marco de la Provincia de Espinar, que en mayo pasado entró en una situación de crisis (véase video sobre la Mesa de Tintaya).
(2) Este proceso fue creado por Resolución Suprema 117-2009-PCM, del 10 de junio del 2009, y por el Acta de Acuerdo del Grupo Nacional de Coordinación para el Desarrollo de los Pueblos Amazónicos del 22 de junio del 2009, suscrito en la sede de la PCM en Lima.