El alma negra de la gente

El alma negra de la gente

Ideele Revista Nº 279

Foto: Youtube.

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Solo me recuerdo parado sobre un largo malecón frente a una de las cinco playas del desembarco de las tropas aliadas en Normandía. El llamado «Día D» ocurrió un 6 de junio de 1944 y produjo la liberación de los territorios de la Europa occidental para acabar con el flagelo racista nazi y su absurda fantasía del mito del hombre blanco de los bosques.

El viento congelaba, era un frío intenso e insoportable que, apenas por segundos, permitía una sola posición para apreciar el desordenado vaivén de las olas desde las alturas, desde donde se supone estuvieron las tropas nazis aniquilando a los aliados, para luego huir y guarecerse en algún lugar protegido. Si terrible para mí —guardando las distancias y la proporción—, ¿cómo habría sido para los soldados allá abajo durante el desembarco? En ese momento pasó por mi mente el nombre del hombre que dirigió la acción: Dwight D. Eisenhower y las palabras que, tiempo atrás, le oí a un antiguo amigo ligado a la diplomacia: «se trata del último estadista de los Estados Unidos».

A lo lejos, siempre debajo, un mar agitado con sucesivas olas y ese frío mortal que no me permitían entender las condiciones del desembarco. Hay que recordar que la acción fue postergada un día por las inclemencias del clima, y que el resultado, pese a los innumerables soldados muertos, será la estratégica conquista de una cabeza de playa que abriría el camino del triunfo final.

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Ahora Lima, frente a la pantalla de mi computadora, recorriendo notas y en mi interés por los crímenes cometidos por adolescentes, redescubriendo un dato al que le otorgué un errado valor anecdótico: el 16 de junio de 1944, George Stinney, un chico negro de 14 años, habitante del Condado de Clarenton en Carolina del Sur, fue condenado a la pena de muerte y ajusticiado solo tres meses después de su sentencia. ¿Su crimen? Era el presunto culpable de haber matado a dos niñas blancas de 11 y 8 años, a quienes, según la acusación, intentaba violar. El juicio duró cinco horas y al jurado, integrado solo por gente blanca, solo le tomó diez minutos decidir la sentencia. Lo curioso es que setenta años más tarde se reivindicó a Stinney apelando a la idea de que el juicio duró muy pocas horas y que su confesión había sido forzada. Algo así como aquello tan de moda en nuestro país: ausencia de respeto al debido proceso.

Me salta, entonces, de pronto, el recuerdo del «Día D» y la coincidencia de fechas: el mes de junio, el año 1944. Entre Normandía y Carolina del Sur, el desembarco y la ejecución, tan solo unos diez días de diferencia. Mientras en el exterior se luchaba con bravura para acabar con ese pavoroso régimen nazi, en las propias entrañas del país que aportaba la mayor fuerza militar para liberar al mundo, se acababa con la vida de George Stinney, un adolescente negro que moría en la silla eléctrica con un shock de alto voltaje dirigido a la cabeza.

El motivo de este asesinato no fue otro que su negrura.

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Es ridículo y absurdo, no puedo definirlo de otra forma. Para representar teatralmente el mundo de los negros, un negro tenía que cubrirse el cuerpo de hollín y resaltar sus labios con un intenso rojo para destacar su condición racial. No me lo invento. Así sucedió durante el siglo XIX en los Estados Unidos, sobre todo en los estados del sur, donde la esclavitud reinaba de modo «natural»y salvaje. La clase media disfrutaba mucho de este espectáculo llamado Minstrel en el cual se unían la ópera inglesa con la representación teatral de la vida, la música y los bailes de los negros de las plantaciones del sur.

De esos ambientes, gracias a un actor blanco que interpretaba a un torpe esclavo negro, surgió el calificativo de«Jim Crow» («el cuervo Jim» en español) para hablar despectivamente de los negros.

«Jump Jim Crow»se llamaba el espectáculo creado por Thomas Dartmouth ‘Daddy’ Rice: un actor y comediante que reproducía el baile de un negro viejo y tullido al que había visto mendigando por la calle. Con la cara pintada y el cuerpo cubierto de harapos, Dartmouth exageraba los movimientos, grotescos e hilarantes, del personaje al que representaba y denigraba al mismo tiempo. Tuvo, sin duda, un éxito grandioso. Algunos años después serían los mismos negros los que se pintarían la cara, resaltando sus labios con un rojo intenso y desproporcionado que representaba, de forma patética, su propia situación.

Desde luego, aquello no terminó ahí. «Jim Crow» pasó de ser una expresión racista a convertirse en una serie de leyes segregacionistas que negaban los derechos civiles de los negros. Leyes que por todos los medios buscaban perpetuar la esclavitud. El desprecio que estas leyes reflejaron se extendió incluso hasta el siglo XX y, de alguna manera, es también la causa de la sentencia a muerte de George Stinney: no solo un negro «Jim Crow», también un adolescente transformado en adulto, y un adulto transformado en mano de obra barata por la necesidad indiscriminada de riqueza y dominio de ese mundo de blancos que le confiscó sus derechos y lo condenó a muerte.

"A pesar de que el futuro mundial será de inevitable fusión racial, social y cultural, todo parece indicar que en el Perú pervive el mito alemán del hombre blanco".

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Lo tenían amarrado a un poste de tres metros en la antigua Penitenciaría de Lima: el antiguo edificio carcelario que llevaba la forma del Panóptico de Bentham. Su nombre oficial era Jorge Villanueva pero todos lo conocían por su horrendo apelativo: «El monstruo de Armendáriz».

Se le acusaba de haber violado a un niño pero él siempre lo negó y lo siguió negando hasta el día de su muerte. «Soy inocente», dijo antes de los disparos que le cortaron la vida; algo que certificaba el médico forense, Víctor Maurtua, para quien Villanueva había sido sentenciado «sin ninguna prueba consistente». El niño, la víctima, se sabría después, había muerto atropellado por un auto. Corría el año 1957. Villanueva era un ciudadano afroperuano.

En 1966, Jorge Villanueva se convirtió en Guillermo Lavalle y «El monstruo de Armendáriz» pasó a ser«Pichuzo». El método fue el mismo: lo tenían atado a un poste en la isla San Lorenzo cuando lo asesinaron a tiros. Su crimen —dijeron— había sido violentar y degollar a un niño de 3 años. «Pichuzo» también alegó inocencia pero lo mataron igual; por coincidencia, otro afroperuano. Curiosamente esta vez el mismo forense habló de su culpabilidad, de pruebas irrefutables, y relató haber visto al niño descuartizado.

Sin embargo, en la actualidad, argumentando contra la pena de muerte, el reconocido penalista Mario Amoretti afirmó, de manera contundente, que tanto Villanueva como Lavalle eran inocentes. 60 años después, en 2017, el presidente del Poder Judicial, Duberlí Rodríguez, pedía reivindicar la inocencia de Villanueva.

En las pantallas de televisión aparece el «Negro Mama» y se supone que es una creación humorística del cómico Jorge Benavides. Se trata de un afroperuano que aparece rústico y grotesco: rostro pintado de negro, indumentaria precaria, movimientos y jeta desmedidos. El creador del «Negro Mama» señala —seguro con buena e ingenua intención— que su personaje es «un negro bueno y tiene valores», como si existiera algún ser humano que, siendo bueno o malo, careciera de ellos.

En lo que no repara Benavides es en el estereotipo nocivo que crea del negro sucio y desaliñado, de mirada suspicaz y alerta, de ampulosos rasgos físicos y de muy poca educación que evita, por todos los medios, caer en el mal. Sin pretenderlo divide a su personaje entre el negro bueno y el negro malo, y mucha gente parece apreciarlo identificándose con uno de sus lados pero negando el otro: encuentra, pues, divertimento en la situación; lo que, en otros términos, es vomitar la angustia de sentir que pueden también tener la parte mala. 

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En el último estudio elaborado por el Ministerio de Cultura, sobre diversidad cultural y discriminación, se evidencia una conclusión dolorosa y ciertamente patética: sectores de la población de origen selvático, andino y afroperuano estarían dispuestos a que sus hijos no sigan sus costumbres por temor a que sean discriminados.

Con ello parecen indicar no sentir orgullo por su herencia cultural y étnica, pero esto no ocurre por un desprecio a sus orígenes, sino por la tremenda segregación a la que están expuestos y sufren. Claro, por ahí está también «La paisana Jacinta» (lo mismos prejuicios que el «Negro Mama» pero enfocados en las poblaciones andinas) o la ridiculización burlona del acento selvático en el habla.

A pesar de que el futuro mundial será de inevitable fusión racial, social y cultural, todo parece indicar que en el Perú pervive el mito alemán del hombre blanco.

Pero esto tiene doble filo, pues la dolorosa situación de padecer el desprecio, se convierte, en muchos, poco a poco, en una subrepticia y dura revancha: pasar de ser víctima a ser victimario, de ser perseguido a ser persecutor, una horrible y mal construida dialéctica sin promesa de buena síntesis.

La dinámica es evidente: un ideal temido y deseado (para el caso: el hombre blanco), un vecino que sufre de lo mismo que yo (el rechazo y la marginación), y al que haré padecer, identificándome, con esa parte del ideal soñado (hacer que me sienta como el hombre blanco colocándolo en mi lugar). Solo una cosa, la precisión del mecanismo del reloj cojea: yo sé que no soy lo que anhelo (que es mi fantasía de salvación), y en la ambivalencia que genero poco a poco me convierto en mi propio racista. Al final anhelo lo que nunca alcanzaré, porque es un mito y solo eso.

No nos damos cuenta de que aquella nostálgica añoranza expresada con mucha frecuencia («Ojalá nos hubieran conquistado los alemanes, ellos sí son inteligentes»), no solo es una forma de perpetuar el prejuicio y el mito, sino una forma muy autoagresiva de hablar de nosotros mismos. Como metáfora, una horrible manera de pintarse la cara para representarse a sí mismo: nos recuerdan el «Día D» y George Stinney.

En una mano la liberación, y en la otra la opresión en un mismo personaje.

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