Relaciones familiares en Andahuaylas durante el conflicto armado interno

Relaciones familiares en Andahuaylas durante el conflicto armado interno

Ideele Revista Nº 237

La violencia familiar y sexual es un tema que se torna cada vez más frecuente en nuestro país. En los últimos años ha alcanzado cifras alarmantes presentadas por distintos estudios e investigaciones que contribuyen a visibilizar este problema. Creemos que para acercarnos a la complejidad del tema es necesario analizar los distintos tipos de violencia sufridos en diferentes periodos de nuestra historia, entre ellos el llamado “conflicto armado interno” y la militarización de varias zonas del país, especialmente andinas.

La violencia familiar o “privada” no está desconectada de otras violencias sociales —que pueden ser, a la vez, causa y consecuencia—, y se manifiesta, entre otros modos, como violencia conyugal, principalmente del hombre hacia la mujer, como una muestra de dominación y de poder. En las zonas donde el conflicto armado interno tuvo mayor impacto, se ha incrementado visiblemente la violencia familiar y sexual. Ése es el caso del departamento de Apurímac, donde además existe muy poca investigación sobre el tema.

La provincia de Andahuaylas, como la de Chincheros, tuvo un papel protagónico en el conflicto armado interno que vivió el Perú; junto a los departamentos de Ayacucho y Huancavelica, fueron las primeras regiones golpeadas por la violencia social. Así lo sostiene la CVR en su Informe final: “Andahuaylas y Chincheros se encuentran en una zona importante para los intereses del PCP-SL [Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso]. Su proximidad a la zona de Chungui ‘Oreja de Perro’ […] constituye un factor muy importante en el análisis del surgimiento y crecimiento del PCP-SL. Más aún: es desde la provincia de Andahuaylas que el PCP-SL expande sus acciones a la zona de Chungui” (CVR 2003. tomo IV: 104).

Conviene anotar que los pobladores de la provincia de Andahuaylas protagonizaron —antes de la llegada de Sendero Luminoso y la posterior militarización de sus pueblos— las acciones de “toma de tierras”, en las que los campesinos organizados desalojaron a los propietarios de las haciendas y sus familias para hacer cumplir la reforma agraria decretada por el gobierno de Juan Velasco Alvarado en 1969. Es decir, se trataba de una zona de alta movilización campesina, no poco politizada.

En 1981 la población de Andahuaylas era de 145 066 habitantes, mientras que en 1999 llegó a 128 390, ya separada de la provincia de Chincheros, que tiene 48 481 habitantes. La mayor concentración de población se encuentra en el eje agrourbano del valle del Chumbao, que alberga 26 553 habitantes que representan 21% de la población provincial (Molina 1995). Gran parte de la población era analfabeta: en 1972, ésta alcanzaba el 56%, y según el censo de 1993 se redujo a 40,5%, de los cuales 22,6% eran varones, y 56,6 %, mujeres.

En 1993 las mujeres representaban el 51,58% de la población provincial; de ellas, el 3,59% tenía trabajo fuera de su casa, el 28,10% estaba al cuidado del hogar, el 14,92% estudiaba y el 2,45% ayudaba sin pago en otra familia. En cuanto al nivel educativo, el 2,13% del total de mujeres estudiaba en el nivel Inicial, el 29,62% en el Primario, el 7,15% en el Secundario y el 6,03% se encuentra entre los niveles Superior Técnico y Universitario.

En ese contexto sociohistórico llegó Sendero Luminoso en la década de 1980, e inmediatamente —para combatirlo— arribaron las Fuerzas Armadas (Ejército) y las Fuerzas Policiales con sus batallones especiales antisubversivos: los Sinchis de la Guardia Civil y los Llapan Atecc de la Guardia Republicana, y así se dio inicio así al proceso denominado “militarización” de los pueblos andinos afectados por la subversión. Este fenómeno trajo consigo la agudización del machismo ya existente en la zona, que generó la “hipermasculinización” que adoptó diversas formas y tuvo diversas expresiones en Andahuaylas, donde el poder y la demostración de fuerza varonil alcanzaron niveles insospechados de violencia.

Patricia Tovar Rojas, en un estudio realizado en Colombia, dice que la violencia privada no está desconectada de otras violencias sociales y toma principalmente la forma de maltrato hacia la mujer, los menores y los ancianos. “La familia está dentro de la guerra y hay guerra dentro de la familia” (Tovar Rojas 2003: 172). Podríamos afirmar, entonces, que una situación de guerra implica, en toda sociedad, el debilitamiento de los cimientos familiares. La violencia familiar tiene una gran variedad de modalidades de brutalidad física, sexual y psicológica que produce daños permanentes y, en algunos casos, hasta la muerte. “Constituye un proceso de dominación basado en el temor, muchas veces mezclado con el afecto, para producir mayor dependencia y debilidad” (Tovar Rojas 2003: 171), de modo que afecta no solo a la víctima directa sino a toda la familia y su entorno.

Según el “Informe sobre violencia conyugal física en el Perú” del INEI —publicado el 2006—, las zonas del país más afectadas por la violencia política fueron las que luego de los años de guerra y tras la pacificación presentan mayor porcentaje de violencia familiar en general. Este informe señala que “[…] la residencia en zonas de violencia política sí hace una diferencia en el grado de vulnerabilidad de las mujeres a la violencia conyugal” (INEI 2006: 80). Como podemos apreciar en el siguiente cuadro, en las regiones afectadas por la violencia existe un 15,8% de violencia física reciente frente a un 10,2% en las regiones que no fueron afectadas por ella.

Fuente: INEI 2006: 80.
Elaboración propia.

Según el mencionado informe del INEI, Apurímac no solo es uno de los departamentos con más alto nivel de violencia conyugal, sino, además, presenta los más altos índices de violencia frecuente (INEI 2006: 82):

El análisis de la relación entre violencia física contra la mujer y regiones de violencia política, permite identificar una asociación significativa entre ambas variables. Se observa que las mujeres que viven en departamentos que sufrieron violencia política, son más vulnerables a la violencia conyugal física, puesto que el porcentaje de agredidas es mayor en las regiones afectadas por violencia política (43% vs. 37%)” (INEI 2006: 80).

Esto quiere decir que las familias que habitan un lugar en el que hubo violencia política tienen un riesgo 1,55 veces mayor de sufrir violencia conyugal que las que habitan en lugares donde no hubo violencia política.

Por lo expuesto, creemos importante reflexionar sobre los vínculos familiares y sentimentales en las zonas de conflicto. Dada la complejidad del tema, ingresamos esta vez a través de las mujeres que se relacionaron —de distintas maneras— con miembros de las fuerzas antisubversivas en las zonas de emergencia durante el conflicto armado. Para efectos del presente estudio, conocimos el caso de cuatro mujeres que viven en la zona urbana de Andahuaylas, que han mantenido relaciones de pareja con miembros de la Policía o el Ejército y que han sufrido violencia familiar y sexual.
Como es de suponer, los miembros de las Fuerzas Armadas que llegaron a Andahuaylas para enfrentar a Sendero Luminoso se relacionaron afectivamente con las personas que allí vivían. La militarización de la sociedad no estuvo al margen de las relaciones personales, de la formación de familias y de la creación de vínculos de parentesco; lo que supone, inevitablemente, comportamientos y actitudes específicas de hombres y mujeres, porque “[…] cada sociedad, cada grupo social posee una especie de cultura sexual y afectiva que conlleva formas masculinas y femeninas de ser” (Mannarelli 2004: 24). El grupo social que vivía en Andahuaylas durante el conflicto armado poseía, entonces, una cultura afectiva y sexual específica, señala la misma autora: “Hablar de las familias, pasa de todas maneras por abordar la sexualidad”, dentro y fuera de la institución matrimonial.

El proceso de militarización en Andahuaylas hizo que muchos jóvenes varones salieran prácticamente huyendo de su provincia para refugiarse en las grandes ciudades; las mujeres se quedaban a cargo de la casa, las tierras, los animales y otras pertenencias. La violencia política, además de desaparición y muerte, también propició la migración obligatoria de los varones. Entonces, las mujeres se vieron forzadas a “negociar” su cuerpo como un “mecanismo de supervivencia”; o tal vez, en su “natural” proceso de socialización, se relacionaron con soldados y policías. Al respecto, nos cuentan Luisa y Carmen:

Yo tuve una relación amorosa con un miembro de la Policía. Lo conocí un día en la peluquería. Era un miembro de la Republicana. Yo estaba en quinto de media… así nos conocimos y tuvimos un año saliendo como enamorados; luego convivimos tres años. Cuando nació mi hijo lo cambiaron, y solo nos vimos cinco años después.

Durante el conflicto armado en Andahuaylas, si bien es cierto que el matrimonio no perdió vigencia social —al parecer, anteriormente estaba bastante arraigado—, podríamos decir que se incrementaron las relaciones extramatrimoniales: consensualidad, bigamia, nacimientos fuera del matrimonio y affaires clandestinos, especialmente entre la población femenina y los miembros de las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Policiales. Así sucedió y sucede en zonas afectadas por guerras o conflictos sociales prolongados: ocurrió en nuestro país durante la Conquista y la Colonia entre conquistadores e indígenas o entre religiosos y laicos (Mannarelli 2003). Aunque ésta es una realidad, ello no quiere decir que sea el “ideal” en una sociedad como la que ahora nos ocupa: las mujeres sienten inseguridad fuera del matrimonio, y la convivencia es una decisión masculina unilateral. Así lo comenta Carmen:

Todos los policías que llegaron a trabajar aquí buscaban pareja. La mayoría solo quería divertirse o “vacilarse”, como ellos decían; otros seguramente buscaban compañía porque se sentían solos. Por eso muchos convivieron con las chicas de aquí, algunos se casaron… muchos tuvieron hijos que la mayoría abandonaron.

 

Las mujeres se vieron forzadas a “negociar” su cuerpo como un “mecanismo de supervivencia”; o tal vez, en su “natural” proceso de socialización, se relacionaron con soldados y policías

La época del conflicto armado fue un escenario —valga la redundancia— conflictivo y triste en todos los aspectos de la vida cotidiana, según los testimonios de nuestras entrevistadas: “Todos sufrimos mucho en ese tiempo… de diferentes maneras” (Ana). Frente a esto, las personas buscan afecto, apoyo emocional y un ámbito de refugio, sugiere Theidon (2004: 49), porque “[…] los conflictos armados y el temor alteran las percepciones […]. La violencia efectúa un asalto tremendo sobre los sentidos y los significados”. Al respecto, Luisa manifiesta lo siguiente:

Creo que en ese tiempo había una gran necesidad de cariño… de sentirse querida…. Por eso era muy fácil que se dejaran conquistar por estos “caballeros”. Claro que después de unos meses, éste agarraba sus cosas y adiós… nunca más sabías de ellos.

En las décadas de 1980 y 1990, fueron frecuentes las uniones entre mujeres de la zona urbana de Andahuaylas y miembros de las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Policiales. No tenemos cifras al respecto, y es difícil encontrar evidencias que corroboren nuestra apreciación. Sin embargo, las ocasiones en que estas parejas se mantenían juntas por tiempo prolongado eran muy escasas, debido, por una parte, a la movilidad permanente de los policías y militares y, por otra parte, por la disponibilidad en que debían estar ante su comando. Los casos de Luisa y Rosa son un ejemplo:

La mayoría de las chicas que hemos tenido alguna relación con los policías nos hemos separado, aunque en algún momento hayan formado una familia y hayan tenido hijos. Al cabo de un tiempo todas se han separado (Luisa).

En realidad, a pesar de que convivíamos, yo le conocía poco, porque él siempre estaba viajando y de patrulla. Era muy difícil hacer una familia en esa forma (Rosa).

Las inequidades de género y otras diferencias sociales ya existentes en la zona se manifiestan en asimetrías de poder, y se agravan por situaciones externas como el “estado de emergencia”, con todo lo que este hecho conlleva: temor, amenazas y zozobra. Esto contribuye a fomentar la discordia, el conflicto y la violencia dentro de estas familias recientes que probablemente, desde sus inicios, estaban destinadas a desintegrarse a raíz de las dificultades económicas, el desplazamiento y la incertidumbre social. Muchas uniones eran precarias por las mismas razones descritas; los militares y los policías tenían parejas en diferentes lugares donde se les destacaba, lo que generaba también incertidumbre en ese aspecto, tal como podemos apreciar en el siguiente testimonio de Luisa:

Muchos policías han convivido con chicas de aquí: como era zona de emergencia, no podían traer a sus parejas formales, porque era muy peligroso. Entonces se hacían pasar por solteros, viudos o divorciados.

Los efectos del conflicto también comprometen la salud física y mental de las personas (de las mujeres de manera diferente a la de los varones). Las relaciones hombres-mujeres en el Perú —antes del conflicto y probablemente después— no son democráticas, ni justas ni equitativas, reconoce el Informe de la CVR. De ahí que el conflicto haya acentuado, profundizado y transformado estas relaciones. Se trata de un sistema de género caracterizado por la desigualdad, la jerarquía y la discriminación (CVR 2003, tomo XVIII: 46). Así lo reconocen nuestras entrevistadas en diferentes oportunidades:

Las mujeres hemos vivido diferente el tiempo del terrorismo, hemos sufrido diferente, como mujeres, como madres… Creo que para nosotras ha sido más duro (Carmen).

Una de las consecuencias de la guerra fueron los embarazos adolescentes y no deseados por efecto de violaciones, seducción de menores y abuso de poder por parte de los militares. Estos embarazos contribuyeron a incrementar la situación de incertidumbre y temor en las personas, porque las mujeres víctimas no veían ninguna salida a una situación tan crítica. En muchos casos de hijos de policías con mujeres jóvenes, los padres de ella —es decir, los abuelos— les hicieron pasar como sus hijos, para preservar su “honor y buen nombre”. Ana nos cuenta un caso:

Una compañera de colegio salió embarazada a los 14 años de un policía, pero no quería decirles a sus papás quién era el padre de su bebé. Sus papás le encerraron en su casa y luego le llevaron a Lima. Después que dio a luz regresaron diciendo que tenía un hermanito; ahora lleva el mismo apellido que la mamá.

Las violaciones sexuales fueron una práctica de guerra extendida en todas las “zonas de emergencia” como un medio de demostración de poder de los militares. Sin embargo, este tipo de violencia sexual no solo se perpetró como forma de tortura en los cuarteles, sino también dentro de la casa, en la pareja, como un ejercicio de violencia familiar y de género. Al respecto, Ana dice:

Aquí en el pueblo también sucedieron violaciones sexuales. En mi caso, por ejemplo… llegaba de la patrulla, borracho, y me obligaba a estar con él. Siempre lo he callado, porque era mi pareja, pero más por vergüenza, por orgullo y hasta por miedo… lloraba sola en mi cuarto.

El maltrato hacia la mujer durante el conflicto armado adoptó todas sus formas, entre ellas la infidelidad, que denota menosprecio hacia la pareja. La infidelidad masculina se convierte a veces en el único cambio que le pueden dar a una vida encerrada en un círculo de violencia. Porque la infidelidad o las aventuras no solamente son un asunto de sexo; de hecho, los expertos en relaciones de pareja sostienen que “[…] la infidelidad trae consigo un gran dolor, la pérdida de confianza, pérdida de autoestima, humillación, impotencia y rencor”. Al parecer, durante el conflicto armado los miembros de las fuerzas contrasubversivas encontraron en la infidelidad y las “aventuras amorosas” otra forma de escapar a su realidad, sin contar con el dolor que podían generar. Así lo podemos apreciar en el siguiente testimonio de Carmen:

Cada vez era más mujeriego. Siempre me engañaba. Yo me enteré de varias mujeres que estaban con él; hasta le encontré con una mujer en mi propio cuarto. Él me había mandado con pretextos a la calle: como nunca, me dijo que visitara a mi familia. Con mis dos bebes me fui, y cuando regresamos le encontré con otra mujer en mi cuarto.

En esta sociedad, altamente jerarquizada debido a la coyuntura militar, existe una ausencia de control y hasta, diríamos, una aceptación tácita de parte de las instancias públicas y privadas del comportamiento sexual masculino, en contraste con discursos altamente prescriptivos y prohibitivos sobre la conducta de las mujeres, relacionados con la cultura persistente de servidumbre (Mannarelli 2004). El adulterio masculino estaba prácticamente aceptado en la sociedad andahuaylina, especialmente durante el conflicto: la movilidad geográfica constante de la población y de policías y militares justificaba la infidelidad, porque era una “necesidad” que debían satisfacer para compensar su soledad. La violencia, en estas circunstancias, es alimentada por las relaciones desiguales entre hombres y mujeres y por el acceso que tenían los hombres a relaciones extraconyugales con mujeres de la zona.

La discriminación racial o étnica también se manifestó como otra forma de violencia en estas uniones durante el conflicto armado. Fue mediante el insulto, la burla o el menosprecio. Como lo reconoce Salomón Lerner, presidente de la CVR, refiriéndose a los testimonios que recogieron: “Agobia encontrar, una y otra vez, el insulto racial, el agravio verbal a personas humildes, como un abominable estribillo que precede a la golpiza, la violación sexual […] de parte de algún agente de las Fuerzas Armadas o la Policía”. La discriminación dentro de la pareja adopta formas muy crueles que menoscaban la autoestima de las personas. Podemos hablar aquí de una discriminación íntima, familiar, considerando a la pareja “el otro”: inferior y diferente. Luisa nos cuenta su experiencia al respecto:

Él me decía: “Todos estos cholos son terrucos. Ves cómo me miran; seguro están planeando algo. De repente tú también eres terruca, seguro eres una chola terruca y tu familia también es…

Las mujeres estuvieron en medio del conflicto, a veces militando en un grupo subversivo, otros defendiéndose o simplemente tratando de sobrevivir con sus hijos. Pero en casi todos los casos llevaron la peor parte: consideradas útiles para servir y realizar el trabajo doméstico o como trofeo de guerra. En el imaginario colectivo se mantenía esta imagen de la mujer como un “regalo” a veces preciado y otras veces menos. “La sexualidad se volvió una vez más objeto de manipulación del poder ejercido sobre las personas: “[…] en épocas de guerra, estas prácticas no solo subsisten, sino que se agudizan porque se trata de manifestaciones de poder en tierra de nadie. El cuerpo forma parte de esa tierra de nadie que se puede invadir” (Henríquez 2006: 78). Al respecto, Ana nos cuenta:

Otro caso era cuando entre dos policías se peleaban por una chica. Incluso se llegaron a matar entre amigos; pero cuando tomaban en las cantinas, siempre terminaban en pelea y generalmente por las mujeres. Por cualquier motivo ellos sacaban su arma y empezaban a disparar.

El alcoholismo es otro elemento que agudiza el problema de violencia en las familias de la zona de conflicto. Apurímac tiene uno de los índices más altos entre los departamentos del Perú. Theidon sostiene que existe una relación compleja entre el trauma psicosocial, la embriaguez y la violencia doméstica en comunidades rurales y poblaciones afectadas por la violencia política que convulsionó el país. Aunque es cierto que antes del periodo de violencia los indicadores de alcoholismo ya eran altos en Ayacucho y Apurímac, y había proliferado el consumo del alcohol metílico, no apto para ingesta humana, siendo masivamente difundido en la sierra, la insistencia de la relación entre la violencia y el consumo de éste resulta convincente (Theidon 2004: 93). La violencia, al parecer, ha incrementado los índices de alcoholismo en las zonas de conflicto, y esto, sumado a los casos de padres machistas, ha generado una situación grave en sus hogares, señala un estudio de la CEPAL (1993). El hombre se gasta la mayor parte de sus ingresos en necesidades personales como alimentación o bebida alcohólica. Carmen nos cuenta sus experiencias al respecto:

Otras veces desaparecía y no sabía dónde estaba. A pesar de mi preocupación y de que me sentía tan sola, prefería que no llegue al cuarto borracho… porque me pegaba; pero a veces no tenía nada de plata y no tenía para comer… varios días me quedaba sin comer, aunque él siempre comía bien en los restaurantes.

“Emborracharse fue una forma de ‘anestesiarse’ frente al terror durante la guerra, y sirve ahora como un medio para buscar el olvido”, nos dice Theidon en su libro Entre prójimos (2004: 99). Parece ser que las personas quieren vivir en otro mundo y salir de alguna manera del real; por eso todos “aprenden” a tomar, especialmente los que de alguna forma o desde algún frente mataron a un ser humano. Y así también nos cuenta Luisa:

Parece que la única distracción que tenían era tomar; no tenían otra cosa que hacer si no estaban de patrulla: tomaban, tomaban y tomaban. En ese tiempo se empiezan a abrir discotecas en Andahuaylas, se abren cantinas y bares… estaban repletos de militares hasta con uniforme y armados. Por eso cuando ya estaban mareados empezaba las peleas y se disparaban entre ellos o jugaban la famosa “ruleta rusa”.

Podríamos afirmar, entonces, por el testimonio de nuestras entrevistadas, que un sector que consumía más alcohol y con mayor frecuencia estaba compuesto por los miembros de las fuerzas contrasubversivas, hecho que incrementó significativamente los índices de violencia en sus familias. Quizá, como reflexiona Theidon, es más difícil para los hombres descargar sus emociones, sus miedos y temores, que no serían pocos en estas circunstancias. Entonces, si el espacio del duelo público, el llanto, es un espacio “femenino”, hay que pensar acerca de dónde los hombres se descargan. En quechua, uno de los nombres para el trago es wagay (llorar). “Se ocultaban tras la borrachera para llorar” (Theidon 2004: 102). Rosa nos comenta sobre esto:

Todos los días tomaba, a veces solo o con sus amigos. Se juntaban los policías a tomar… y todos los días tomaban, a veces en mi cuarto. Hablaban groserías, cosas terribles, cosas que nunca había escuchado; hablaban especialmente de mujeres, hablaban de todas las mujeres del pueblo. También hablaban de las personas que mataban en los pueblos. Ellos se jactaban de eso; yo me impresionaba tanto que empezaba a vomitar. Yo decía “¿qué es esto?”. Esto no me puede estar pasando a mí, ¿será una pesadilla?

Según la misma autora, con respecto al consumo del alcohol, lo que surgió fue la “domesticación” de la violencia: fue “cotidianizada” y empezó a formar parte de la realidad de la gran mayoría de hogares. Todas las tensiones que se cargaban por la muerte, la incertidumbre, el miedo o el dolor, no encontraban otro desfogue que la violencia dentro de la casa, contra la mujer y los hijos. “Niños y niñas dijeron que sus padres se emborrachaban con frecuencia y que cuando estaban mareados les pegaban todavía más” (Theidon 2004: 104). Podemos ver, así, cómo la violencia prolongada altera a una persona, a una familia y a una comunidad:

Escuchaba gritos en mi cuarto, buscaba de dónde venían y me daba cuenta de que era yo misma que estaba gritando. En realidad estaba con problemas desde el día que me he casado. Nunca fui feliz. Con decirte que el día que me casé, él compró como siete cajas de cerveza, tomó con sus dos colegas que estuvieron en la ceremonia y cuando ellos se fueron se quedó tomando solo, borracho. Amanecía y seguía tomando, anochecía y seguía tomando (Carmen).

Asimismo, tal como señala Theidon (2003: 105): “Es importante ver cómo se incrementa también el consumo de alcohol en las mujeres. Las cifras invierten una tendencia sostenida en la literatura sobre el consumo de alcohol y el género”. Parece que las mujeres han asumido un patrón “masculino” de consumo de alcohol, una ventana por donde huir de su realidad, una válvula de escape para salir de los problemas. En Andahuaylas sucedió lo mismo; así nos lo cuenta Luisa:

Los militares recogían en sus carros a algunas chicas y se iban a las discotecas o a los bares: Tomaban bastante, las mujeres igual que los hombres… Y las mujeres cuando toman también se ponen lisas (agresivas) pegan y pelean.

En este contexto del conflicto armado en el Perú, son las mujeres las más afectadas por la violencia en el ámbito privado. La violencia contra ellas en la vida cotidiana se incrementa: “En muchos momentos, ambos aspectos de la violencia se mezclan y confunden —sostiene Narda Henríquez—. Las formas de violencia contra las mujeres (en el conflicto armado) se reproducen y los agresores se multiplican, pero los argumentos de la violencia permanecen intactos, los códigos de género trascienden y se instalan en la guerra” (Henríquez 2006: 81), o quizá vienen en un mismo paquete:

Cuando llegaba de una patrulla, se iba a tomar con sus colegas y después venía a pegarme, por gusto; de repente tú también eres terruca, me decía (Carmen)

Cuando teníamos alguna pelea, él me amenazaba con su arma y a veces comenzaba a disparar al aire o al suelo. El cuarto tenía varios agujeros de balas, o si no él mismo se apuntaba con el arma, hasta con su arma de guerra; se la ponía en el cuello, era horrible, una tortura de todos los días (Luisa).

Una vez llegó mi mamá cuando me estaba pegando, y también le amenazó a ella con su arma. Estaba bien borracho y empezó a disparar para que mi mamá se vaya, disparaba al suelo... Ella se fue corriendo a la comisaría y como allí estaban sus colegas y amigos, vinieron dos y se lo llevaron… pero no detenido, sino se fueron a seguir tomado trago; tres días no apareció (Carmen).

Las violaciones sexuales fueron una práctica de guerra extendida en todas las “zonas de emergencia” como un medio de demostración de poder de los militares

Estas uniones entre miembros de las fuerzas militares y mujeres de la zona estaban marcadas por la violencia social de la cual no podían o era muy difícil desprenderse: el conflicto armado estaba fuera y dentro de la familia. En estas circunstancias, las desigualdades alrededor de la familia ejercen una gran presión sobre las estructuras sociales, lo que se manifiesta, a su vez, en las atribuciones que los hombres tienen —o creen tener— sobre los cuerpos de las mujeres. Las desigualdades que se expresan en la familia hacen parte de las relaciones de poder que se dan en la sociedad. Carmen nos comenta al respecto:

Yo todo ese tiempo estaba muy mal psicológicamente, totalmente frustrada conmigo misma. No entendía nada, y no quería saber nada de nada ni de nadie: no veía televisión, no escuchaba radio, pensaba cómo me he metido en un mundo tan terrible, donde no quiero estar.

Tal vez una de las explicaciones para el sometimiento de las mujeres y el incremento de la violencia en la familia —además del contexto del conflicto armado— sea el legado social de la “cultura de hacienda” y la figura del patrón, “[…] personaje que ha quedado fijado en el imaginario social ejerciendo una influencia poderosa en la formación de las identidades” (Neyra y Ruiz Bravo 2001: 212), que además expresa un núcleo simbólico donde se entrecruzan consideraciones de clase, género, etnicidad y estatus social. Según estos autores, estudiar la “palabra densa” de patrón nos abre una puerta para la comprensión de los sistemas de género, la formación de las feminidades y masculinidades, además de las inequidades que conllevan estas categorías en nuestra sociedad.

La “cultura de hacienda” prevalece en la provincia durante la etapa militar. Por un lado patriarcal, donde hombres y mujeres ven en el soldado o policía al nuevo “patrón”, proveedor y protector. “El patrón es una metáfora que alude a diversos aspectos de la identidad de las personas y de sus relaciones, configura una ‘masculinidad dominante’ pero también un principio de orden” (Neyra y Ruiz Bravo: 2001). Y, por otro lado, patrimonial, pues el que tiene el poder cree tener todos los derechos sobre sus “súbditos”, como señala M. Weber cuando se refiere a la “dominación tradicional”: “Los tiene como algo propio, apropiado como cualquier otro objeto de posesión”. El papel de patriarca es ejercido en muchos casos por el padre; sin embargo, en la época del conflicto ese protagonismo es transferido a los miembros del “Comando Político Militar” y todo lo que ello representa en el imaginario popular.

Durante la “militarización” las mujeres fueron consideradas patrimonio de los hombres, específicamente de sus maridos, según el “código de honor” del que nos habla Mannarelli (2003). Éste y la “cultura de la hacienda” fueron rasgos que se exacerbaron en la época en cuestión. Muchos militares convivieron con las mujeres que creían estaban a su disposición, a su servicio: eran consideradas parte del “botín de guerra”. Algunas de ellas eran mujeres humildes, provenientes de las zonas rurales:

Yo conocí a una chica que en ese tiempo tenía 15 años, y un oficial de la Policía la enamoró, convivió con ella un año, le hizo abortar y cuando se fue le dejó “encargada” a un compañero, y ese compañero le dejó la posta a otro. Ya todos le conocían como el “relevo” de los policías […] en una ocasión se quiso suicidar. Luego se fue de aquí con un policía, un subalterno (Ana).

Como en la hacienda, otra forma de manifestar el poder que tenía el patrón era precisamente su capacidad de disponer de las mujeres: “Así se construyó un modelo de virilidad señorial con un dominio que tenía pocos límites sobre el cuerpo femenino y sobre mujeres sometidas a la servidumbre doméstica y sexual” (Mannarelli 2004: 351). Igualmente, en la época del conflicto armado los policías y militares tenían el poder en la sociedad en general y sobre las mujeres en particular.

En los pueblos andinos han sobrevivido actitudes profundamente arraigadas en la moral de la servidumbre, que encuentran un lugar en los espacios familiares y que asocian lo menor y lo femenino con lo inferior y con lo tutelado. Además, todavía se arrastran los patrones de tenencia de la tierra, el gamonalismo, las relaciones feudales imperantes en el campo y que significaron un obstáculo poderoso para el cambio de las costumbres, la manera de comportarse y sobre cómo tratarse (Mannarelli 2004). Allí resalta el papel femenino de las labores de casa y el papel masculino de “guerrero”. Estos modelos se agudizaron durante la militarización de la zona: el policía se comportaba como el patrón y la gente del pueblo era tratada de manera similar a como lo fueron los sirvientes o yanaconas. Otro ejemplo de ese amor-servicio, nos lo cuenta Carmen:

Cuando empezó la relación yo me fui de la casa de mis padres. Yo vivía con él, pero en realidad prácticamente sola, porque él venía de vez en cuando. La mayor parte del tiempo estaba de patrulla o en el cuartel. Venía trayendo su ropa sucia para que se lo lave o a recoger su ropa limpia y después se iba. La mayor parte de mi embarazo lo pasé sola; tampoco estuvo cuando nació mi hijo.

El control del cuerpo y la libre movilización es otra forma de maltrato. Las frases “No me dejaban salir” o “la mujer es de su casa” son otro ejemplo recurrente del código de honor imperante, en el que “[…] entre otras cosas, el encierro de las mujeres fue un ideal masculino más o menos explícito. Poder mantener a las mujeres al margen de las calles era una señal de poder viril”, dice Mannarelli en el artículo titulado Palabra escrita, autonomía y derechos de las mujeres. El control sobre la movilidad de las mujeres es una forma de violencia bastante extendida; así nos lo comenta Ana:

Cuando comencé a enamorar con él, lo veía poco porque mi papá no me dejaba salir de la casa. Luego empezamos a convivir. Entonces con él [su pareja] era peor: no podía salir sola a ninguna parte, no quería que me vieran sus colegas… eso era lo peor para él… decía que todos sus compañeros eran mujeriegos. A veces me encerraba en la casa y se llevaba la llave.

La violencia —sostiene Tovar Rojas (2003)— produce un quebrantamiento, muchas veces repentino, del entorno familiar y de las estructuras de apoyo, además de generar dolor y sufrimiento. Los conflictos y problemas personales o familiares que pudieron existir antes se agravan a causa del conflicto armado; la situación de orden público agrava y agudiza una serie de conflictos, tanto en el fuero interno como en el familiar. Rosa reflexiona al respecto:

Ellos eran violentos… no eran personas que llegaron aquí a trabajar en una oficina. Ellos eran soldados que vivían una guerra, y ni siquiera sabían contra quién luchaban. Al otro bando no se le veía. Esas personas estaban totalmente afectadas psicológicamente; entonces, qué relación podían tener con alguien, con una mujer, con sus hijos, ni siquiera con su familia. La relación con una pareja era muy violenta; eran personas que todo el tiempo estaban con el miedo de que les pudieran atacar, les podían matar. Entonces tenían ataques de depresión y desesperación.

Según diferentes estudios, existe una relación entre lo militar, la formación castrense y la actitud hacia las mujeres muy particular en las zonas de guerra y conflicto armado, que se resumen en “[…] una exaltación de la agresividad masculina, acompañada de la exaltación de virilidad, la ‘incontrolable’ potencia masculina y el sometimiento sexual de las mujeres” (Henríquez 2006: 69), a la que se le ha llamado “hipermasculinización”, o como la ha denominado Bourdieu, “ultramasculinidad”, que se construye a través del menosprecio a lo femenino. Este autor señala al respecto: “La ultramasculinidad va casi siempre de la mano con el autoritarismo político, mientras que el resentimiento social más cargado de violencia política se nutre de fantasmas inseparablemente sexuales y sociales” (Bourdieu 1998). Los rasgos de este fenómeno, que se caracteriza por la exacerbación de la sexualidad masculina, violencia por razones de género y un mal entendido “código de honor” —según nuestras apreciaciones— se han manifestado en todas sus formas en Andahuaylas durante las décadas del conflicto.

Así, en esa época las relaciones familiares tuvieron características particulares de violencia, reflejo de las necesidades de supervivencia del grupo. Igualmente, eran particulares las relaciones de género y poder, la estructura de la familia, y las prácticas de socialización y crianza de los hijos se manifiestan de manera diferente. Podríamos decir que “[…] existe un reacomodo cultural, una desintegración cultural rápida debido a factores externos, en este caso el conflicto social y la guerra”, tal como sucedió en Colombia; así lo señala Tovar Rojas citando a Korbin (Tovar Rojas 2003: 192).

Sin embargo, ¿qué cultura se desintegra en nuestro país? Una que ya se describió líneas atrás, patriarcal y específica, en la que las mujeres no son precisamente autónomas porque sus oportunidades han sido mínimas. Estas mujeres se relacionaron con los miembros de las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Policiales desde una tradición emocional, afectiva y familiar específica, bastante patriarcal y tradicional también, por lo que fueron fácilmente sometidas. De acuerdo con el fenómeno de hipermasculinización, las mujeres eran “cosificadas”, menospreciadas por género y raza, porque “el lenguaje militar no solo reproduce estereotipos sexistas sino racistas” (Henríquez 2006: 72).

En conclusión, podemos afirmar que en Andahuaylas, así como en otras zonas afectadas por el conflicto armado, ocurrieron hechos sangrientos y numerosas muertes registradas y publicadas en el Informe de la CVR (2003). Pero, además, la violencia social generó “otras víctimas” producto de la militarización de estos pueblos, daños que no se ven fácilmente, que no se exteriorizan físicamente y que tuvieron como escenario el ámbito privado. Los años de zozobra constante, familias atemorizadas, incertidumbres y miedos se sumaron al hambre y la pobreza de estos pueblos, dando paso a distintos tipos de violencias, porque “la violencia privada no está desconectada de otras violencias sociales” (Tovar Rojas 2003: 173). La violencia estuvo instalada también en la vida cotidiana de las personas, en sus afectos, en sus relaciones de pareja y en su familia.

Las mujeres que se relacionaron con miembros de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas Policiales que llegaron a las zonas de emergencia fueron también víctimas de este periodo de violencia, con las cuales tenemos una “deuda social”: son personas e historias que no se han considerado hasta ahora. Creemos que es necesario volver la mirada a estos otros actores del periodo de violencia, porque son algunos de los temas que quedaron al margen de las recomendaciones derivadas del Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Estas mujeres, que en su mayoría nunca hablaron de su dolor por temor a ser ellas y sus familias víctimas del resentimiento que puede guardar la población contra los militares y policías que estuvieron en la zona de emergencia, necesitan ser escuchadas, visibilizadas como sujetos de derechos en nuestro país.

 

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