Al toro por los cuernos

Al toro por los cuernos

Patricia Wiesse Directora de la Revista Ideele
Gerardo Saravia Editor de la Revista Ideele
Ideele Revista Nº 281

Foto: Paisaje transversal.

A pocos meses de las elecciones municipales el Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE) trajo al ex alcalde de Barcelona Joan Clos, uno de los artífices de la transformación de esa ciudad, quien no se cansó de repetir que la urbanización es una negociación política fruto de las confrontaciones entre los poderes locales, y que si los gobiernos locales no cuentan con recursos y el apoyo del gobierno central para llegar a acuerdos con las partes afectadas o interesadas, es muy poco lo que pueden hacer para planificar un crecimiento ordenado y funcional. Según Clos, el urbanismo genera más dinero del que cuesta, si se hace bien. Pero para eso hay que romper huevos, calzarse las botas y “pues hombre, tener cojones para enfrentarse a los poderes, a las mafias y a todos los que se oponen”.

 

Barcelona, la ciudad mediterránea que, a pesar de haber sido planificada por dos cuadriculados agrimensores que la diseñaron con calles rectas, como si fueran parcelas agrarias,  tuvo siempre un encanto especial que se incrementó con las intervenciones del arquitecto  Antoni Gaudí, a principio del siglo XX. Este genio le imprimió pinceladas de Art Nouveau a sus fachadas lúdicas, y las adornó con mosaicos de colores, poniéndole un llamativo sello a sus obras monumentales. Pero si bien externamente esta urbe siempre fue vistosa, por lo bajo había problemas de saneamiento, desorden y falta de infraestructura que solo el que la vivía día a día podía percibir.

La dictadura franquista la había castigado con su mano dura y escasos recursos, congelándole obras y otros beneficios, y fue solo en 1974 que empieza a revivir, cuando el retorno a la democracia permite la entrada de grupos políticos modernos dispuestos a renovar el rancio ejercicio de la política municipal. Junto con la consolidación del Partido de los Socialistas de Cataluña, que gobernó por 27 años seguidos y tuvo  cuatro alcaldes sucesivos, apareció un joven anestesista con experiencia en medicina epidemiológica y comunitaria, quien muchos años después terminó como director del Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos.

Ese joven era nada menos que Joan Clos, y todo empezó en 1979, cuando el ayuntamiento de Barcelona lo contrató como director de Servicios Sanitarios. En 1983 fue elegido concejal y trabajó en el mismo rubro hasta que fue nombrado teniente alcalde, un puesto que lo obligó a zambullirse en los aspectos económicos y presupuestales. Eso ocurrió un año antes de los Juegos Olímpicos Barcelona 1992, que marcaron un antes y un después en la historia de esa ciudad.

A mediados de los años 80 el gobierno de Barcelona ganó la nominación para ser la sede de los Juegos Olímpicos 1992. La región estaba atravesando un momento de fuerte crisis y vieron la oportunidad de atraer inversiones estatales y privadas, y de unir a la población en torno a un proyecto común. La apuesta fue un tiro al aire,  porque en una ciudad industrial de ese tipo, el deporte no estaba bien visto y se le consideraba “cosa de ricos”. Según Joan Clos, utilizaron los juegos para, de colada, hacer algunos proyectos urbanísticos decisivos que transformaron radicalmente el rostro de la ciudad.

La Villa Olímpica y la infraestructura deportiva – los estadios y las 2000 viviendas para los árbitros – salieron con yapa. El equipo municipal, con el teniente alcalde a la cabeza, “colaba” obras de saneamiento, obras de drenaje. Construyeron el periférico, le dieron la vuelta a la ciudad al recuperar la fachada marítima, inauguraron una marina, eliminaron las zonas industriales frente al puerto, habilitaron espacios públicos, instalaron una serie de monumentos en la periferia para otorgarle dignidad a los barrios.

“Inflamos lo que pudimos. Tuvimos 22 millones de pesetas para la infraestructura y con esa factura olímpica invertimos en obras para la población, y con la factura de los impuestos municipales. El Estado nos puso límites y tuvimos que elaborar muchos proyectos urbanísticos para venderlos a inversionistas privados. Por ejemplo, la Villa Olímpica fue entregada al sector privado”, sostiene Joan Clos.

La transformación de Barcelona llevó 15 años. El exanestesista fue elegido alcalde en 1997 y estuvo en el cargo por nueve años. Luego de la primera gran cirugía urbana, continuó con un megaproyecto diez veces mayor a los que se ejecutaron con motivo de los juegos olímpicos, que consistió en reurbanizar algunos barrios: el Besós y Diagonal Mar, La Sagrera - para permitir que el tren de alta velocidad llegara a la ciudad - ,  además de construir el nuevo barrio tecnológico [email protected]

Para lograr estas transformaciones propuso un plan estratégico a largo plazo, y para su elaboración convocó a las universidades, los colegios profesionales, los sindicatos, la patronal, el puerto, el aeropuerto y la feria. “La participación tiene que ser en serio porque si no la gente se enfada, se siente utilizada. Les dimos buena parte del presupuesto de inversiones para que ellos decidan”, remarca.

Se establecieron 15 prioridades; una de ellas, por ejemplo, ampliar el aeropuerto al doble de su tamaño. Paralelamente hubo un proceso de consulta a la población que debía contestar dos preguntas aparentemente simples: ¿cómo está Barcelona? y ¿qué te gustaría que cambiase en Barcelona? Recuerda: “Dividimos la ciudad en 46 barrios e hicimos un plan especial que incluía un equipo de tres arquitectos para cada uno. Les dimos dos años y ellos hicieron los proyectos de mejora que consideraran convenientes”.

Sostiene que lo más difícil fue formar la autoridad del transporte. Lograrlo le costó 15 años y las canas que lo adornan. Había que juntar la administración del metro y del bus - que eran manejados por la municipalidad -, con los ferrocarriles- que dependían de la región- y luego unificar las tarifas. Eso costó un esfuerzo de transparencia en un sector que siempre manejó sus recursos con absoluta autonomía.

Pisó clavos, rompió huevos y cogió al toro por los cuernos. En tres años hizo reingeniería de impacto en el ayuntamiento. Redujo el número de trabajadores de 17,000 a 12, 500; subió los impuestos y los tickets del tranvía. Fueron medidas duras e impopulares que le generaron 500 millones de pesetas al año solo para inversiones urbanas. El exalcalde dice: “No se puede vivir de pedir dinero al Estado. Barcelona tenía déficit desde 1888 y pasamos a tener superávit”. Hoy por hoy, Barcelona y Dublín son las dos ciudades de las que sus habitantes se sienten más orgullosos.

Según el experto en manejo urbanístico de la Universidad de Nueva York, Jaime Vásconez, “Barcelona es un ejemplo de planificación a futuro. Los que la planificaron tomaron en cuenta que iba a ser nueve veces más grande”. Lo mismo sucedió con la cercana Quito, que en 1940 sacó su primer plan regulador que llegaba hasta el 2020.

Ciudades del Pacífico

Para que sirva de consuelo a los limeños, el crecimiento cada vez más informal de las ciudades es una tendencia mundial y es imparable. La nueva tendencia es que crezcan más las ciudades intermedias que las metrópolis. Según las cifras aportadas por GRADE, Lima ha duplicado su área urbana en diez años (1985-2015), aunque hay ciudades de la costa que han crecido más rápido que Lima en el mismo período: Cañete es la que más ha crecido (42% de área), luego Trujillo (33% de área) y Barranca (22% de área). Ha habido 1900 invasiones, se han creado 1800 asociaciones de vivienda y 5000 urbanizaciones semi informales.

En el Perú, 16% del crecimiento urbano se realiza sin planos, sin servicios, atomizada, en las laderas de los cerros, sin considerar los problemas ambientales, sin redes de transporte adecuadas. Hay un 36% de crecimiento con algún tipo de lotización previa y con planos, pero igualmente sin servicios. Todo lo contrario a lo que se debería hacer: una inversión masiva en infraestructura urbana que permita la aglomeración  y que eleve el valor del suelo.

Las ciudades peruanas crecen horizontalmente y son de baja densidad, si las comparamos con el promedio latinoamericano. Cada familia que llega ocupa un lote, mientras que la tendencia mundial es al crecimiento vertical. En algunos pueblos hay menos de cinco mil habitantes. “Ese es un problema porque la baja densidad en una ciudad eleva los costos de infraestructura. Se necesita tener 120 habitantes por hectárea para que las inversiones sean rentables. Por eso la red de agua es muy cara en el país”, sostiene Álvaro Espinoza de GRADE.

"La realidad es que los distritos que no tienen planes urbanos son los más pobres".

La consigna ha sido “crecer al revés”: primero se invade y luego se planifica. En otros países primero se habilitan los terrenos con todos los servicios e infraestructura, se construyen las viviendas sobre ese suelo disponible y urbanizado y, finalmente, se promueve el acceso de los más pobres a las viviendas, como ocurría antaño en los complejos residenciales y en las ciudades satélite. Es revelador que en provincias sólo el 24% de las municipalidades tengan planes de acondicionamiento territorial, y sólo el 10% de la inversión pública esté considerada dentro de esos planes.

Hay que señalar que Lima y varias de nuestras ciudades costeras se estrellan con la Cordillera de los Andes en su crecimiento desbordado, y deben adecuar su crecimiento trepando por las quebradas y laderas empinadas. Esa naturaleza andina impresa en la geografía no es tomada en cuenta por los urbanizadores informales e invasores, y por eso cada año las inundaciones, deslizamientos y sismos son catástrofes que se agudizan por el cambio climático.

El urbanista Luis Rodríguez, de la Universidad Católica, sostiene que estos escenarios se deben contemplar a la hora de pensar el futuro de la ciudad. “Más de un millón de personas de los estratos más pobres están en riesgo actualmente en Lima. Hay que consolidar la periferia de manera planificada. Debe haber una densificación de la vivienda en esas coronas periféricas. Por ejemplo, se podrían construir edificios en los bordes altos y bajos de las laderas que son estables, y reforestar las áreas de riesgo. A la gente que vive en estas zonas se las podría reubicar en torres de carácter temporal mientras se les traslada a otros lugares”, sostiene.

En un momento de este intercambio de ideas surgen matices y diferencias entre el exalcalde barcelonés y los especialistas peruanos.  Julio Calderón, de la Universidad de Ingeniería, manifiesta que debería existir apoyo estatal en forma de  bonos para los proyectos que estén dentro de los planes del gobierno central, porque la realidad es que los gobiernos locales no tienen dinero para invertir.

Joan Clos le responde que la forma moderna de hacer ciudad es a través de proyectos pequeños con un diseño económico, jurídico y físico. Afirma que hay fondos para proyectos fiables, elaborados por economistas y pensados para generar un rendimiento económico a través de impuestos, productividad y ocupación. Esta manera de concebirlos permite que los préstamos se devuelvan. “Hay fondos mundiales de pensiones que dan créditos. Yo no veo la dificultad por ahí. Para mí lo más difícil ha sido involucrar a la población y que ésta confíe en el proyecto, puntualizó”.

Arturo Yep, el decano del Colegio de Arquitectos, le obliga a hacer un aterrizaje forzado a  esta calamitosa realidad peruana, al mencionar un conjunto de dificultades como la falta de articulación de los mecanismos jurídicos y económicos. Agrega: “Debido a la desigualdad de ingresos y a la ocupación informal de los terrenos, la demanda del sector más pobre no  puede ser atendida por el Estado ”.  

La realidad es que los distritos que no tienen planes urbanos son los más pobres. Existe una desarticulación entre los municipios y el Ministerio de Vivienda; tampoco se coordinan los diferentes programas como Techo Propio o Mi Vivienda, o los programas de mejoramiento de los barrios y los de crecimiento de las viviendas. La política de COFOPRI sigue siendo la de sanear los terrenos que ya han sido invadidos.

El Ministerio de Vivienda ha tenido una reacción lenta, por decir lo menos. Ya cuando prácticamente es poco lo que se puede hacer, y cuando no se puede tapar por más tiempo el sol con un dedo, anuncia que este mes de julio se elevará al Congreso la Ley de Desarrollo Urbano Sostenible, que contempla la elaboración de 77 planes para 130 distritos, y que busca que se aproveche mejor el suelo, que se evite su especulación y que se financien proyectos urbanísticos. Se han confeccionado instrumentos de gestión urbana para que los usen los gobiernos regionales y locales como los planes de acondicionamiento territorial o los reajustes prediales.

La ciudad infinita

Todas las críticas hacia nuestra capital apuntan a una ciudad caótica, a la cual le urge planificación. Pero, ¿alguna vez fue distinta?

“Lima siempre ha sido un infierno latente, con gravísimos problemas de diseño urbano y servicios deficientes. Bastaría hacer un inventario de la cantidad de episodios trágicos derivados de las epidemias de peste bubónica, fiebre amarilla o cólera para tener una idea cabal de lo que ha sido esta metrópoli. La idea que alguna vez Lima no tuvo problemas es una mentira que se ha creado a partir de esa narrativa engolada de valses”, dispara el urbanista Wiley Ludeña, quizás la persona que más ha estudiado la arquitectura de nuestra ciudad.

 La respuesta del especialista nos deja sin posibilidad de mirar atrás. Aquel pasado señorial, del que nos hablaban los valses generó una distorsión en la visión  de la capital. Del puente a la alameda, menudos o robustos pies recorrieron desde tiempos inmemoriales una ciudad insalubre.

La ciudad planificada en sus orígenes es un mito, y siglos después no se ha avanzado en la solución de sus problemas básicos. En 1903 la municipalidad hizo un censo sobre las condiciones de habitabilidad  de Lima. Eran los tiempos en que la peste bubónica mataba a cientos de personas. Los datos arrojaron que en Lima el 70% de la población vivía en pésimas condiciones, con índices de hacinamiento de 8 personas por cuarto. Luego de 100 años el porcentaje es casi el mismo.

“La frase es desarrollarse para no desarrollar. No hay forma de explicar por qué 100 años después se sigue manteniendo este porcentaje, no hemos hecho absolutamente nada para revertir esta suerte de administración deficitaria, esta clamorosa deficiencia de servicios y latente crisis higiénica o ambiental  que signa la estructura esencial de la metrópoli”, sentencia Ludeña.

Cuando se asume que en algún momento existió una Lima ordenada, inevitablemente se cuela Zavalita para preguntar ¿en qué momento de jodió Lima? Y no faltará quien piense en migraciones e invasiones.

Para el urbanista no hay diferencia en la forma de proceder de la élite económica, concentrada en las zonas más pudientes, y las clases populares, que habitan en los márgenes. Estas últimas reproducen el mismo sentido de ciudad que los ha albergado, y cualquier variación ha sido para mal.

Desde el inicio, ni a los ricos ni a los pobres les interesó la ciudad. Para los primeros no era necesaria, ellos tenían su casa hacienda y en la ciudad solo tenían sus clubes. Los pobres, por su lado, tuvieron que abandonar un empobrecido campo y enfrentar una urbe que no le ofrecía ninguna posibilidad de desarrollo.

Hubo un tiempo en que el paradigma fue Villa El Salvador. En el extremo sur  de la urbe caótica y con grandes abismos sociales se erigía una ciudadela planificada en el arenal, la lotización contemplaba casas, espacios para parques y servicios públicos. Tampoco existían muchas diferencias sociales. Fue una invasión dirigida por el Estado- en 1974 bajo el gobierno de Velasco-  para darle cobijo a miles de familias pobres.

Sin embargo, la planificación repitió también los vicios de la descontrolada urbe de la que se quisieron diferenciar. El modelo de ciudad infinita se repitió: casas individuales y expansión dispersa.

Wiley Ludeña también, en algún momento, valoró esta experiencia, pero ahora la ve de manera distinta:

“Vista con perspectiva histórica lo de Villa fue una decisión desafortunada que lo único que hizo fue desarrollar clientelaje político. Se trata de ciudades antiurbanas; se han debido  desarrollar otras formas de densificación urbana. Pero, en términos de coyuntura,  de repente en los años 70 yo mismo hubiera propuesto una medida como esa”.

"La guerra con Chile terminó con el impulso de construir una ciudad con el modelo francés. La reconstrucción se hizo como se pudo, sin dinero y sin ideas".

Del modelo francés al modelo estadounidense

Alguna vez las élites pensaron una ciudad compacta a la usanza francesa, con casas colectivas. Había plata, producto de la época de prosperidad del guano, y el paradigma era París. Aún hoy se puede ver algunos rasgos de la ciudad que nunca fue, en los edificios que rodean la Plaza Dos de Mayo y La Colmena.

La ciudad compacta es la ciudad donde existe un promedio de 600 habitantes por manzana. Lima tiene entre 150 y 200 habitantes por hectárea. Casi nada. Una ciudad con ese porcentaje de densidad tiende a expandirse sin límites, tragándose las áreas verdes. Por el contrario, la ciudad compacta permite que los servicios públicos estén al alcance de la población y funcionen de manera óptima. También permite muchas áreas libres y un servicio de metro eficaz. Esto es imposible en Lima porque su estructura urbana es la de una ciudad que no deja de crecer en el  horizonte.

La guerra con Chile terminó con el impulso de construir una ciudad con el modelo francés. La reconstrucción se hizo como se pudo, sin dinero y sin ideas.

Quienes asumieron esta tarea fueron, en buena parte, los inmigrantes italianos que provenían de familias pobres, pero que hicieron plata en el país, ya que la guerra no les afectó. Los convenios internacionales prohibían expropiar a las colonias extranjeras, cuando se estaba en situación de guerra.

“Los italianos deciden, de algún modo, desarrollar un modelo urbano distinto a este modelo metropolitano compacto. Como son italianos pobres, casi campesinos, y  no tienen una experiencia de ciudad metropolitana, lo que hacen es entrar en el negocio de venta de lotes de casitas individuales. Es decir,  crean las bases de una Lima suburbana de vivienda individual” relata el urbanista.

El modelo incipiente de ciudad compacta y colectiva dio paso al de la casa individual estadounidense. El modelo francés consistía en pequeños edificios de 20 metros de altura. Al haber mucha concentración de gente, la ciudad funcionaba de manera más eficiente porque se podía  tener los servicios básicos al alcance. Esto también permitía contar con grandes espacios para el solaz de la población.

El modelo de casa individual, por el contrario, implica una expansión sin límites. En los buenos tiempos se hablaba de unir Ica y Lima a través de un tipo de tren. Este sueño  pronto será realidad, pero por la voracidad de las de las inmobiliarias y la inmovilidad del Estado.

El automóvil se convirtió en el eje de la ciudad. En torno a él se fue vertebrando la estructura de pistas y calles.

Golpe tras golpe

Wiley Ludeña encuentra una relación entre los golpes de Estado y los fallidos proyectos de planificación urbana. Las pocas veces en las que ha querido a regular o planificar, un golpe de Estado ha interrumpido el intento.

Sucedió con Guillermo Billinghurst, el presidente que impulsó un programa de vivienda obrera. En su mensaje de Fiestas Patrias de 1913 dijo que  las viviendas que albergaban a los pobres eran la causa “directa e inmediata” de la alta cifra de mortandad en la capital. Al mismo tiempo, dispuso una serie de medidas para la construcción de viviendas "sanas, alegres y baratas". El golpe de 1914 de Oscar R. Benavides puso fin a este proyecto.

Volvió a suceder con Bustamante y Rivero, cuando su gobierno creó la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo. Fue el blanco de las críticas de aquéllos que piensan que  cualquier tipo de planificación estatal es sinónimo de comunismo. Propuso desarrollar un plan piloto de Lima que buscaba revertir los intereses privados sobre el suelo urbano y  limitar el crecimiento de la capital. El golpe de 1948 del general  Odría puso fin a este propósito.

Sucedió con el general Juan Velasco Alvarado, cuando empezó a discutir la reforma urbana. Las élites no se lo perdonaron. Se divulgaron rumores de que el Estado iba a expropiar las casas, que iba a disponer de las habitaciones, que se iba a vivir como en la Unión Soviética. El golpe de 1975 del general Francisco Morales Bermúdez puse fin a este impulso.

“No digo que los temas urbanos son los  factores de los golpes, pero hay sin lugar a dudas una correlación importante. La cuestión urbana es estratégica y fundamental en la acumulación de riqueza y en la afirmación de poder económico”, advierte Wiley Ludeña.

 La mirada del urbanista es pesimista, no se cree el cuento que el Perú avanza.: aquel eslogan que promocionaron los gobiernos en la última época de bonanza que tuvimos. Piensa que cada uno de los ciclos económicos que hemos celebrado nos ha dejado una ciudad peor.

Culmina:“Cada  ciclo económico es peor que la anterior para la ciudad,  porque perdemos áreas verdes por la lógica salvaje de la expansión urbana. La diferencia es que ahora este ciclo está comandado por  una suerte de republica empresarial achorada que ha puesto de cabeza cualquier sentido de sensatez de ciudad letrada en el manejo de la  cuestión urbana. Un desastre absoluto”.

Epílogo

Cuando le pidieron que proponga soluciones, Joan Clos respondió sabiamente: “No hay recetas. Las soluciones son locales. Existen un millón de ciudades y ninguna está repetida”.

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